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Crítica de ‘Megalópolis’: el extravagante manifiesto familiar de Francis Ford Coppola 

Critica Megalopolis el extravagante manifiesto familiar de Francis Ford Coppola autor leticia arredondo zoomf7

En Megalópolis, Francis Ford Coppola pretende resignificar el tiempo, a su vez que desarrolla uno de sus mayores intereses personales: el tema de la familia.

“Trabaja con gran dedicación en sus fantasías, obligando a algunas de ellas a ver la luz un día”, se lee de la pluma de Peter Cowie en Coppola (1989), libro indispensable para dilucidar buena parte de la vida personal y profesional de Francis Ford Coppola. La frase no puede ser más precisa para acercarse al trabajo de un cineasta que desde los años 60 ha construido una filmografía impredecible, quizá la más impredecible del grupo de jóvenes que se alejó del clasicismo de Hollywood para dar vida a un nuevo cine estadounidense. Entre su primer y segundo largometraje, Dementia 13 (1963) y You’re a Big Boy Now (1966), hay un espléndido brinco del terror a la comedia. El entonces veinteañero nos llevó de un modesto relato en blanco y negro donde empleó atrayentes arquetipos del suspenso, a una película a color donde expuso su entusiasmo por la nueva ola francesa, despertando inevitables risas ante las peripecias de un chico que se ve obligado a “madurar”.

De ese Coppola que nunca ha dejado de explorar los géneros llega Megalópolis (2024), película en la cual hace un gran despliegue de elementos profílmicos (unos desconcertantes, otros fascinantes) para crear un mundo de fantasía, donde la ciencia ficción está presente a partir de César Catilina (Adam Driver), creador de un invento que promete mejorar el futuro: el Megalón. El protagonista, un ganador del Premio Nobel, también logra detener el tiempo y, literalmente, estar más cerca del cielo que toda la ciudad. Catilina es un hombre que juega a ser Dios en este mundo retrofuturista que combina la Roma republicana con la dinámica del Nueva York contemporáneo. El exuberante arquitecto visionario, quien va por la vida pregonando palabras de Shakespeare, no esconde su arrogancia, pero tiene varios obstáculos para construir esa ciudad hecha de sueños que pretende: el alcalde Cicero (Giancarlo Esposito), su primo Clodio (Shia LaBeouf), su amante resentida, el descontento de una población y una lucha interna con su propio pasado. 

Si bien Megalópolis pone sobre la mesa varios temas (el poder económico, el genio artístico, el significado del tiempo y otros más), es uno el que prioriza: la importancia del amor y la familia en el futuro de la sociedad. La familia que Coppola presenta es expuesta con todo y sus traiciones. El mensaje es claro, tanto en sus significaciones inmediatas como en las sugerentes. Catilina está seguro que la única institución que debe permanecer en su Megalópolis debe ser la familia; no solo lo expresa con palabras, sino que el rumbo de su vida (tanto para bien como para mal, pero sobre todo para bien) empieza a depender de su relación romántica con Julia y la conformación de esa nueva familia que viene con ella.

Critica Megalopolis de Francis Ford Coppola autor leticia arredondo zoomf7
‘Megalópolis’ (Francis Ford Coppola, 2024)

Cuando César corresponde al amor de ella, es cuando puede detener nuevamente el tiempo. No podía ser de otra forma, ya que para él, pero también para el autor de la película, “no hay nada que temer si amas”, y el amor es lo que para ambos se extiende a través del tiempo. Ahí está la fábula de Francis Ford Coppola, la cual se afianza en el final: el triunfo de Catilina como figura pública en un plano contrapicado con la familia y, posteriormente, un manifiesto donde se lee una promesa de lealtad a la familia que es la humanidad, la lealtad a “un solo hogar, indivisible, con larga vida, educación y justicia para todos”.

Aunque dichas resoluciones conservadoras pueden gustar o no al espectador, incluso no llegar a funcionar del todo dramáticamente, tienen coherencia si las miramos desde el mundo personal de Francis Ford Coppola. Para el italoamericano nacido en Detroit, Michigan, una de las cosas más importantes que se pueden tener en la vida es una familia ininterrumpida, que por un lado siempre ha procurado (a pesar de las crisis y altibajos que nunca negó entre él y su esposa fallecida, Eleanor, a quien dedica Megalópolis) y que, por otro lado, tuvo el infortunio de padecer, cuando en 1986 su hijo Gian-Carlo perdió la vida en un accidente a los 22 años.

Artísticamente, la perdida de su hijo mayor influyó fuertemente en su visión; después de ello, empezó a plantearse preguntas acerca de sus prioridades. Una de las más fuertes reflexiones que tuvo en esos tiempos fue la siguiente: “¿hasta qué punto es nada importante? Lo importante es poderse pasear, ver este campo, ver las vacas e intentar formar parte de todo ello, en lugar de agotarse intentando conseguir 30 millones de dólares para construir un nuevo estudio y cosas así, intentando lograr algo cuando quizás lo único que uno tiene que hacer es llegar a formar parte de todo”.

En ese sentido, es decir, como espejo de la historia familiar y la filosofía de Coppola, Megalópolis resulta, a lo menos, entrañable. No sólo está el hombre para quien lo más importante es la familia —idea abordada con un tratamiento mucho menos interesante que en El padrino—, sino el que cree en América, el que creció viendo teatro, el que colecciona cientos de libros y, por lo tanto, ideas. Ese director que además de lo obvio, como la obra de Shakespeare, se inspiró en David Graeber y en Francis Fukuyama. Pero también está el Coppola en cuyos personajes y situaciones “rezuma el conservadurismo de sus orígenes italianos”, tal como lo describió el mismo Cowie. En esta cita, el autor hacía hincapié en la política sexual del director, apuntando que, si de vez en cuando alguna mujer escapa en sus películas a los vínculos familiares habituales (como Natalie en Llueve sobre mi Corazón o Kay en El Padrino II), debía soportar la terrible carga de la culpa.

‘Megalópolis’ (Francis Ford Coppola, 2024)

Dicho tratamiento (rebajamiento) del personaje femenino a partir de su aura sexual no es diferente en Megalópolis. La presentadora de noticias y amante de César, Wow Platinum (Aubrey Plaza), es una mujer frustrada ante su carrera profesional, una mujer que gusta del sexo oral y que anhela “ser la mitad de una pareja poderosa”. Sin embargo, alcanza sus deseos únicamente a partir de su resentimiento ante el rechazo de César, lo cual la lleva a casarse con el poderoso banquero de Nueva Roma. Claro, para el esposo ella no es más que un autoregalo sexual. Platinum se transforma en una mujer cuya única arma es dar placer a los hombres; no sólo así consigue un poder momentáneo, sino que es lo que la lleva a su propia tragedia.

Y aunque al inicio Julia también es una mujer que juguetea con el asunto de la sexualidad, su tratamiento es más amable al haberse alineado a la tradición familiar; también es una mujer cuya personalidad y ambición se van desvaneciendo hasta ser sólo la madre que protege a su hijo y acompaña la genialidad de su esposo. En este desfile de mujeres también está Vesta Sweetwater (Grace VanderWaal), cuyo talento igualmente se ve opacado cuando se exhibe su vida sexual.  

Megalópolis: las oportunidades desperdiciadas

Una vez destacado el asunto de la familia es importante mirar el resto. Y ahí es donde está la parte mayormente malograda de la película. Los temas que en la primera media hora se presentan se debilitan en lo posterior. Las grandes ideas se vuelven pequeñas; por ejemplo, el mismo Megalón, que cuando Coppola lo recuerda, únicamente lo vemos como un logro científico que sirve a la clase alta, ya sea para resolver problemas importantes a nivel personal (la recuperación del rostro de Catilina), para ser usado por pura banalidad (el espectacular vestido de Vesta) o como parte de los delirios del protagonista. Vaya, ni siquiera se alcanzan a comprender los señalamientos públicos de que es más bien un peligro para la ciudad. 

‘Megalópolis’ (Francis Ford Coppola, 2024)

Tampoco se aprovecha la idea de los dos proyectos de ciudad que en un inicio son presentados: el idealista y el capitalista, quedando en diálogos y monólogos que simplemente suenan bastante bien. Sobre el tema, Coppola nos regala frases excelsas, algunas propias, otras prestadas: “no dejes que el ahora destruya el siempre”, “si pretendes ser bueno el mundo no te tomará en serio”, “cuando saltamos a lo desconocido demostramos que somos libres”, “somos de la materia de la que están hechos los sueños”. La reflexión del tiempo también se queda corta, alcanzando sólo un nivel expositivo en este mundo antiguo pero actual en el que nos mete el director. 

Con Megalópolis, Francis Ford Coppola demuestra que sigue siendo un cineasta de grandes ideas, aunque en este manifiesto familiar vierta muchas sin cohesionarlas efectivamente. Pero nada quitará que fue uno de los más grandes de los años 70, espectacular década en la que nos entregó El padrino, El padrino II, La Conversación, Apocalipsis ahora y el guion de Patton, y que posteriormente no dejó de hacer buenas películas; ahí está su Drácula, de Bram Stoker (1992). Exigirle los mismos estándares sería incomprensible.

En tiempos de cine de propiedades intelectuales, merece un digno reconocimiento que sus decisiones creativas tengan origen en su terquedad y en sus creencias personales sobre lo que es fundamental en la vida del ser humano, y no en las exigencias de un gran un estudio; por lo tanto, de intereses meramente económicos. Volviendo a la cita inicial de Cowie, quedará en el público agradecer o no que Coppola haya trabajado con gran dedicación en esta fantasía, y que la haya obligado a ver la luz.  

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