El Club de los Vándalos es una película tan libre y valiente como los motociclistas de la ficción.
Inspirado por Marlon Brando en The Wild One (1953), Johnny (Tom Hardy) funda el club de motociclistas del Medio Oeste, que se termina expandiendo a todo Estados Unidos mediante filiales. Sin embargo, la organización comienza a salirse de control, por lo que el líder desea ceder el mando a Benny (Austin Butler), el más rudo y querido de sus camaradas. Las historias al interior de la pandilla son contadas al periodista Danny (Mike Faist) por Kathy (Jodie Comer), la incondicional esposa de Benny.
Muchas tramas sobre ascensos y caídas de “imperios” se han contado en el cine, pero pocas son tan humanas como El Club de los Vándalos (The Bikeriders, 2023); un homenaje a los clubs outlaw que ficciona el fotolibro homónimo de Danny Lyon, porque ¿para qué limitarse a un aburrido y pretencioso “basado en hechos reales” si se puede llegar más alto mediante licencias históricas? La misión de Jeff Nichols (director y guionista) fue diseñar el tono “épico” adecuado a lo que ya era una obra cumbre de la fotografía documental del siglo XX, dando a los moteros esta gloriosa crónica alternativa que recrea las raíces del clan, desde su estética original hasta los principios éticos e identitarios del movimiento.
Esquivando la road movie clásica o la nostalgia banal, el argumento escrito por Nichols explora a través de los Vándalos la decadencia del sueño americano. Tal desencanto tiene como principales referencias la reprobación juvenil hacia la Guerra de Vietnam y el resentimiento visceral entre abuelos, padres e hijos, un contexto que es imposible de resumir a partir de arquetipos como el “rebelde sin causa” o el “hippie pacifista”. Los personajes de Tom Hardy, Austin Butler y Toby Wallace –el más importante de los tres– representan de una forma compleja e inteligente la coexistencia de dichas corrientes de pensamiento (generacionalmente opuestas) al interior del mismo grupo disidente, las cuales sólo compartían el gusto por la violencia.

El Club de los Vándalos es otra experiencia que trastoca la nostalgia cinéfila de cualquiera, debido a su artificiosa estética de “retrato social” que adapta perfectamente la lente de Danny Lyon. Lo anterior evoca por momentos a los grandes documentales del New Hollywood, como The Salesman (1969) o Harlan County, USA (1976), especialmente cuando la trama principal de “sucesión” es tomada por los personajes incidentales: Zipco, Brucie, Sonny o los miembros de las filiales.
Constantemente, la película insiste en la importancia de la cultura mainstream —de The Wild One a Busco mi camino (Easy Rider, 1969)— en la conformación de la emergente subcultura del motociclismo, la cual aparentaba estar al margen de la ley y las responsabilidades cotidianas, cuando en realidad era otra consecuencia del capitalismo salvaje. La perspectiva de Kathy (una extraordinaria Jodie Comer) como narradora es el golpe de realidad (con ecos de Hal Ashby) sobre las limitantes de tal “libertad” sobre ruedas; una figura femenina racional opuesta a la brutalidad masculina transmitida por el Johnny de Tom Hardy, cuya dualidad se vuelve importante con la llegada de los nuevos renegados y la posterior desaparición de Benny.
En el corazón de El Club de los Vándalos está Johnny (Hardy) y su hermética personalidad, siendo un líder superado por la descomposición social de la época y el fanatismo de psicópatas sedientos de venganza. Al margen de la fascinación por los motores y la adrenalina, Jeff Nichols dota de ingenuidad a sus carismáticos personajes, amantes del honor implícito en una pelea “a puño limpio” y en contra del uso cobarde de las armas. El filme nos muestra a esta familia de outsiders como una zona segura frente a la sórdida vida formal, regida por tantos códigos y principios que les permitían jugar a “romper las reglas” y escapar de las obligaciones impuestas por el sistema. La película es un cautivador sueño que inexorablemente culmina con el trágico despertar de esa ensoñación.
Aunque El Club de los Vándalos es uno de las proyectos más personales de Jeff Nichols, su visión retrospectiva no está sesgada por la nostalgia romántica hacia la cultura biker y el punk, puesto que el cineasta es totalmente fiel al filtro periodístico de Lyon por encima de las características habituales del drama formal, como en las adaptaciones de los libros de Susan Eloise Hinton; algo todavía más notorio en su anticlimática parte final, simulando lo impredecible e irónico de la vida misma.
Los únicos elementos complacientes del filme son el soundtrack y la fascinante cinematografía de Adam Stone, quien logra una ilusión de cine naturalista, aunque cada rincón de la pantalla ancha esté pensado para emular obsesivamente el tiempo capturado por Danny Lyon. Las texturas del cuero, los rasgos duros de los personajes o los colores densos en el cielo de Ohio son el verdadero motor dramático de El Club de los Vándalos, película tan libre y valiente como los motociclistas de la ficción. Sin lugar a dudas, Jeff Nichols entrega uno de los títulos imprescindibles del año y tal vez el mejor de su filmografía.
El club de los vándalos está en cines de México
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