Con sus contradicciones y ambigüedades, el creador de Bebé Reno salta al vacío en una asombrosa autoficción que no teme caer en el crudo narcisismo.
El aspirante a humorista Donny Dunn (Richard Gadd) inicia una “amistad” con Martha Scott (Jessica Gunning), la vehemente clienta del bar donde trabaja como tabernero. Pronto descubre que ella es una peligrosa acosadora, pero Donny decide no denunciarla al ver que su stalker le da cierto sentido a su vida, aunque el asedio de Martha ponga en riesgo su romance con Teri (Nava Mau).
Mucho ha sucedido desde el estreno de Bebé Reno (Baby Reindeer) en Netflix, pero lo más destacable es cómo (tras el éxito) el público se dio a la tarea de buscar a los “verdaderos” victimarios del autor Richard Gadd. El “Basado en Hechos Reales” continúa siendo problemático para un receptor masivo que no distingue fácilmente la frontera entre realidad y ficción. Mientras los espectadores pusieron toda su atención en el par de agresores, lo realmente sugestivo en la autoficción de Richard Gadd es el oscuro viaje hacia su propio trauma y las cosas perdidas durante dicho proceso: la “verdad emocional” mencionada por el creador.
Muy similar al catártico Podría destruirte (I May Destroy You, HBO) de Michaela Coel, Gadd construye una asoladora crónica sobre la ansiedad y el caos emocional posterior al abuso, estados autodestructivos alimentados por otras agresiones cotidianas. Sin embargo, Bebé Reno está lejos de ser otra convencional historia de sobrevivencia y resiliencia. Como Gadd ha contado respecto a Martha, la ficción no busca ser autocompasiva bajo una dualidad víctima-buena/victimario-malo, pues el comediante explora mediante un alter ego su propia responsabilidad en las consecuencias de los sucesos.
La expectativa social juega un papel importante, porque los silencios del personaje por no expresar sus emociones y vulnerabilidades —no sólo con relación al abuso, también sobre su relación con Teri (Nava Mau) o sus fracasos profesionales— responden a una tóxica alienación a lo esperado socialmente de “un hombre”. Posterior al cuarto episodio, la serie se vuelve aún más directa en tal discurso, ya que la sensación de “haber perdido el poder” le da un giro a su conexión con Martha. Entonces descubrimos que Donny tiene cierto control en esa relación.
En historias donde a las mujeres se les asigna el rol de depredador, del tipo Atracción fatal (1987), siempre se exime al personaje masculino de sus propias red flags. En Bebé Reno, Martha es una consecuencia a la falta de responsabilidad afectiva del protagonista, derivado de una tradicional educación heteronormada (inevitablemente machista) y agudizada por un evento traumático. Richard Gadd pone énfasis en la percepción sobre sus dos agresores: a Martha puede denunciarla con mayor facilidad que al productor, pues hay una inequitativa dinámica de poder que le impide señalar a ambos abusadores con la misma firmeza.

Lo anterior sería conflictivo en una narrativa victimista, pero el autor incluye momentos donde él (ficticio) y Martha llegan a mimetizarse, puesto que ambos comparten el mismo caos emocional. Es llamativa la anécdota de acoso en Bebé Reno, pero es todavía más trascendental el retrato de un par de personajes en crisis, acorralados por proyectos de vida fallidos. La caracterización de Martha (por una asombrosa Jessica Gunning) tiene momentos de brutal fragilidad que nos hace preguntarnos si somos más parecidos a Donny o a la impulsiva y violenta Martha, una ambigüedad remarcada por la última escena de la miniserie.
A diferencia de otras series surgidas del Festival Fringe de Edimburgo —como Fleabag o Juice—, el carácter autocrítico de Richard Gadd en Bebé Reno carece de matices cómicos que mitiguen el tono pesimista de la miniserie. La mayoría del “humor negro” (por llamarle de alguna forma) viene a través de elementos externos a la crónica del protagonista, cuando las emergentes directoras Weronika Tofilska y Josephine Bornebusch (encargada del bestial episodio 6) resaltan el terror del acoso mediante la exageración paranoica de los planos o la música en el montaje, con el objetivo de mantenerse al margen del drama británico promedio. En ocasiones, la producción es llevada a terrenos del absurdo, donde es fácil reconocer la influencia de Misery (1990) en la superficie de su estética.
El trasfondo de Bebé Reno también gira en torno a la frivolización de la crueldad en la escena humorística previa al Me Too. El miedo a “no ser visto” y “no ser gracioso” va agravando la adicción del protagonista al autodesprecio. El antihumor de Gadd es un grito desesperado hacia la audiencia, en búsqueda de “simpatía” desde el dolor, demostrando al morboso espectador que quizás lo añorado de la comedia pre-”cultura de la cancelación” es la maldad implícita en ella y no la supuesta “libertad humorística”. El sensacionalismo despertado por esta miniserie es muestra de ello.
Sin embargo, Richard Gadd va más allá de una simple experiencia tremendista, al crear un producto incomprensible en su totalidad al primer visionado. Con sus contradicciones y ambigüedades, el creador salta al vacío en una asombrosa autoficción que no teme caer en el crudo narcisismo. Bebé Reno lleva varias semanas en el catálogo de Netflix y no ha caducado su vigencia entre los usuarios, algo que sólo demuestra la importancia de la miniserie, ya sea como entretenimiento o como punto de partida para múltiples conversaciones.
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