Julian Casablancas la llamó superestrella pocos días después de que Charli xcx publicara Music, Fashion, Film. La escena ocurrió en San Francisco, durante el concierto de The Strokes en Outside Lands, cuando la cantante británica apareció sobre el escenario para interpretar Take It or Leave It. La frase podía parecer una cortesía entre colegas, hasta recordar que Charli pasó buena parte de su carrera ocupando una posición mucho más incómoda: demasiado pop para el underground, demasiado excéntrica para el centro de la industria. En 2019, Pitchfork la definía desde esa tensión entre ambos mundos.
Brat terminó de resolver la contradicción a su manera. El disco que parecía concebido para una temporada de fiestas convirtió a Charli en un fenómeno cultural y llevó su estética mucho más allá de las canciones. La artista que durante años había escrito, producido y colaborado alrededor de otras estrellas pasó a ocupar el centro de la conversación. Music, Fashion, Film, publicado el 24 de julio de 2026, comienza desde el momento en que Charli xcx ya consiguió convertirse en una superestrella y tiene que decidir qué hacer con una fama que, como todo lo demás, también está destinada a desaparecer.
En una fotografía en blanco y negro de Aidan Zamiri aparecen John Cale, Marc Jacobs y Martin Scorsese. El primero remite a la historia de la música experimental; el segundo, a una industria acostumbrada a convertir la ropa en identidad; el tercero, al cine estadounidense y a una idea del autor que parece cada vez más anacrónica en una cultura dominada por franquicias, algoritmos y celebridades intercambiables. Charli vuelve a quedar fuera del encuadre, como ya había ocurrido con la portada verde de Brat, pero esta vez la ausencia parece alcanzar otra función: alrededor de ella aparecen tres figuras que pertenecen a una tradición artística construida mucho antes de que el pop pudiera medirse en reproducciones.
Charli xcx, Scorsese, Cronenberg y una idea del legado
Scorsese es, entre ellos, la presencia que más interesa al cine. Su inclusión resulta difícil de separar de la preocupación que atraviesa el álbum: la fama, el paso del tiempo y la posibilidad de que una obra sobreviva a su autor. Cale y Scorsese tienen más de 80 años; Charli forma parte de una generación para la que la permanencia cultural ocurre bajo condiciones completamente distintas. Entre ambos extremos aparece una pregunta que el disco no parece dispuesto a resolver; ¿qué significa construir una carrera artística cuando la misma cultura que fabrica una estrella también puede volverla obsoleta en cuestión de meses? Para llegar a ella, sin embargo, hay que detenerse en la otra figura cinematográfica que Charli eligió para cerrar el álbum: David Cronenberg.
La conexión con Cronenberg tampoco es nueva. Crash, la adaptación de la novela de J. G. Ballard que el cineasta estrenó en 1996, dio nombre al quinto álbum de Charli, lanzado en 2022. Aquella elección ya decía algo sobre la relación de la cantante con el cine: sus referencias no funcionan únicamente como citas visuales, sino como materiales que puede incorporar a su propio lenguaje. Cuatro años después, Cronenberg vuelve a aparecer en su obra, esta vez con su propia voz.
Para grabar No One Lasts Forever, Charli viajó a Toronto, donde sostuvo con Cronenberg una conversación de aproximadamente una hora. De ahí surgió el monólogo que cierra el álbum, una intervención sobre la muerte, el legado y la imposibilidad de permanecer para siempre. La elección del cineasta tiene una lógica casi circular: Cronenberg ha dedicado buena parte de su filmografía a observar aquello que ocurre cuando el cuerpo, la identidad y la tecnología dejan de comportarse como esperamos.
En La mosca (1986), un científico ve su cuerpo transformarse hasta dejar de reconocerse; en Videodrome (1983), la pantalla termina alterando la percepción de quien la observa; en Crash (1996), el deseo encuentra una forma de existir a través de la destrucción. Ahora su voz acompaña a Charli mientras canta sobre una fama que, por definición, también está condenada a desaparecer.
En No One Lasts Forever, Charli parece reconocer esa misma condición desde otro lugar. «And I know deep down that it’s here and now / ‘Cause nothing’s gonna last forever», canta, consciente de que el presente adquiere valor precisamente porque no puede conservarse. La frase podría haber pertenecido a cualquiera de las noches de Brat: la urgencia de estar ahí, de bailar mientras la canción suena, de convertir una experiencia efímera en una imagen que pueda repetirse después; sin embargo, el cierre del nuevo álbum modifica esa perspectiva. La fiesta ya terminó y alguien tiene que recoger la basura.
La voz de Cronenberg entra entonces como una especie de contracampo. Charli habla desde el presente de una estrella pop; él, desde una vida dedicada a construir una obra que ha sobrevivido a varias décadas de transformaciones culturales. Cuando la frase “They are dead, they are gone, no one lasts forever” comienza a repetirse con eco, la voz pierde su carácter conversacional y adquiere algo casi espectral. El hombre que habla sobre la muerte termina convertido en una presencia que se desvanece mientras habla.
Quizá por eso Cronenberg resulta más pertinente para Charli que cualquier estrella de la música que pudiera haber ocupado ese lugar. Su cine ha regresado una y otra vez al cuerpo como territorio de transformación: cuerpos que enferman, que mutan, que desean, que se deforman hasta volverse irreconocibles. Charli lleva años haciendo algo parecido con su propia identidad artística. Cada álbum modifica la figura que la precede, como si mantenerse vigente exigiera destruir periódicamente a la artista que el público ya aprendió a reconocer.
La cinefilia detrás de Brat
Charli xcx quiere dejar una película, un álbum, una imagen que sobreviva a su momento.
La relación de Charli con el cine tampoco puede reducirse a las referencias de Music, Fashion, Film. Durante 2024, mientras Brat se convertía en un fenómeno mundial, la cantante encontró tiempo para ver 212 películas. Su cuenta de Letterboxd, que terminó haciéndose pública a finales de ese año, mostraba un repertorio demasiado amplio para reducirlo a la colección de una celebridad aficionada al cine: Daisies (Věra Chytilová, 1966), Persona (Ingmar Bergman, 1966), Wings of Desire (Wim Wenders, 1987), The Texas Chain Saw Massacre (Tobe Hooper, 1974), La notte (Michelangelo Antonioni, 1961), Phantom Thread (Paul Thomas Anderson, 2017). Entre el terror, el cine europeo y los grandes nombres de Hollywood aparecía una curiosidad que se parece bastante a la que ha guiado su carrera musical: la voluntad de moverse entre géneros sin pedir permiso para pertenecer por completo a ninguno.
Esa cinefilia encontró una forma particularmente concreta durante la era Brat. Charli seleccionó una docena de películas que, según ella, compartían la energía del álbum y llevó una parte de ellas al Roxy Cinema de Nueva York para proyectarlas en 35 milímetros. Party Monster (Barbato, Bailey, 2003), Daisies (1966), Velvet Goldmine (Todd Haynes, 1988), Party Girl (Daisy von Scherler Mayer, 1995), To Die For (Gus Van Sant, 1995) y Project X (Todd Phillips, 2012) formaron parte de la programación; las demás quedaron fuera de la exhibición por problemas de derechos. Charli buscaba personajes y comportamientos en los que reconocía algo de sí misma. El cine le servía, así, para encontrar una genealogía de la actitud antes que una colección de imágenes.
La distinción importa porque permite entender qué ha cambiado entre un álbum y otro. Las películas que Charli vinculó con Brat están llenas de personajes que desean ser vistos, que convierten la noche en escenario y que encuentran en el exceso una forma de identidad. Hay fiesta, sexo, fama, juventud y autodestrucción. Music, Fashion, Film parte de una sensibilidad distinta. Sus referencias cinematográficas pueden rastrearse hacia cineastas como Cronenberg y hacia una tradición interesada menos en capturar la euforia del momento que en observar qué le ocurre al cuerpo y a la identidad cuando el tiempo comienza a hacer su trabajo.
La diferencia entre ambos discos adquiere otra dimensión cuando se observa desde ahí. Brat convirtió la inmediatez en una estética: la noche, el deseo, la inseguridad, la competencia y el miedo a envejecer podían convivir dentro de una misma pista de baile. Music, Fashion, Film parece mirar esas mismas preocupaciones desde cierta distancia. Las guitarras y la distorsión sustituyen parte de la urgencia electrónica; el blanco y negro reemplaza al verde que terminó bautizando una temporada cultural; Scorsese y Cale aparecen en la portada junto a una artista que todavía está construyendo su propia historia.
Para el último minuto de No One Lasts Forever, la voz de Cronenberg se repite hasta desgastarse: están muertos, se han ido, nadie dura para siempre. Después de un disco construido alrededor de la música, la moda, el cine y la necesidad de permanecer visible, la respuesta termina siendo una sentencia sobre la desaparición. Puede que ahí esté la verdadera provocación de su último disco: una estrella pop que acaba de alcanzar una dimensión cultural extraordinaria decide cerrar su nuevo álbum recordando que incluso aquello que parece destinado a perdurar terminará convertido en recuerdo.
El cine aparece entonces en el lugar más apropiado; como una máquina para conservar rostros, cuerpos, voces y gestos después de que sus dueños han desaparecido. Charli xcx quiere dejar una película, un álbum, una imagen que sobreviva a su momento. Cronenberg, desde el otro lado del tiempo, le recuerda que ninguna imagen tiene la última palabra.
Referencias en la realización de este artículo:
Roxy Cinema New York. (2024). Charli XCX presents: the brat collection.
Wang, S. (2025). Charli XCX’s favorite movies of 2024, according to her Letterboxd.
King, J. (2026). Charli XCX Tapped David Cronenberg For a Collab That Explains Music, Fashion, Film.
The FADER. (2025). Ranking Charli xcx’s movies by how much we want to see them.
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