Un día más con vida: Kapuściński en Angola

El periodismo es una de las profesiones -u oficios, dependiendo de la óptica- más importantes para la construcción de las sociedades sanas. A pesar de que, desafortunadamente, no es valorado como debería, quienes lo practican se guían por una convicción particular en servir al lector de cualquier forma que se pueda (me incluyo y le agradezco por leer estas líneas). “Es el mejor oficio del mundo”, alguien dijo por ahí.

Ryszard Kapuściński es uno de los periodistas más famosos de la historia, acreditado como pionero del llamado periodismo narrativo y deidad en las carreras de comunicación. Referencia obligada para quienes pretenden dedicarse al relato. Uno de los capítulos más célebres e importantes en su vida fue como corresponsal del proceso independentista de Angola. Un día más con vida (Raúl de la Fuente y Damian Nenow, 2018), basada en el texto homónimo de Ryszard Kapuściński, rememora estos hechos desde la perspectiva de los enviados a documentar el que se supone sería el primer paso en la creación de una nueva África.

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Es 1975 y las fuerzas coloniales portuguesas se han retirado de Angola, lo que advierte una conversión hacia la independencia. Sucederá el 11 de noviembre, pero ¿bajo los intereses de quién? Combaten el MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola), apoyado por el bloque comunista y la mayoría del pueblo angoleño y el FNLA (Frente Nacional para la Liberación de Angola), sustentado por europeos mixtos, Sudáfrica y, para no variar, Estados Unidos. Aquí es donde entra Ricardo -como allá le llamaban a Kapuściński-, quien debe reportar los sucesos de la guerra vía télex a la Agencia de Prensa Polaca.

Con un ritmo absolutamente vertiginoso -lo que se entiende, pues el hilo conductor es un conflicto bélico- la película expone una interesantísima mezcla entre tres formatos de material: animación en 3D basada en captura de movimiento -la mayor parte del desarrollo-, testimoniales de algunos involucrados en el conflicto y algunos clips de la sociedad angoleña en la actualidad, esto como breve ilustración del momento que atraviesa la trama. Es decir, aunque el estilo de animación puede remitir a la ficción con su apariencia que recuerda a un videojuego malón -la estructura del movimiento de las figuras es el punto más débil del filme- la intercalación del archivo documental y las tomas a los habitantes regresan la mirada hacia el recuento histórico, pues finalmente de eso se trata.

No obstante, como aderezo dramático, en los eventos más duros se rompe la narración animada “real” -refiriéndome a la recreación de los hechos- con instantes de fantasía para representar los conflictos emocionales del protagonista. Balas levitantes, aviones gigantescos pasan sobre el cielo mientras él se sabe diminuto ante el peligro y las consecuencias de las batallas… La explotación con gran inventiva de estas escenas sólo confirma la infinidad de posibilidades que ofrecen los formatos animados.

A pesar de que Kapuściński fungía como reportero y, dentro de su código profesional debe estar la “objetividad” (si hubiera unas comillas más grandes, las pondría), él actuó firme de acuerdo a sus convicciones, lo que es el principal núcleo subtextual de la película. Dentro de sus propias descripciones sobre lo que es ser periodista, dice que su misión es acompañar y dar voz a quienes no la tienen, a los oprimidos, convirtiéndose así en un combatiente más del MPLA. Además, esto sirve para dirigir al segundo punto: el periodismo no es imparcial, pues tal cosa no existe. Él no pretendía ser neutral ni quería serlo. Curiosamente, rara vez lo aclaran en la escuela.

Un día más con vida es un potente reconocimiento a un episodio fundamental de un exponente clave de la tradición periodística mundial, en una perspectiva, sí, quizá demasiado romántica. También, una reflexión sobre el periodismo en sí: narrador de instantes trascendentales, visibilizador de causas y acompañante histórico atemporal. Las letras también pueden ayudar a construir la libertad o, al menos, a que no se pierda de vista la opresión. Los ecos que siempre deben resonar.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.