El último baile: Jordan toma el autobús | Capítulos 7 y 8

Seis campeonatos son un logro impresionante para cualquier deportista. El aficionado ocasional al basquetbol puede preguntarse: “Si Jordan era tan bueno, ¿por qué no ganó más campeonatos?”. La respuesta, considerando ya el periodo del “3peat” (término usado para decir “tres campeonatos al hilo”), es que jugó por un tiempo al béisbol profesional. Sí, suena raro, pero sucedió.

El título de este texto hace referencia a Jordan Rides The Bus (Ron Shelton, 2010), documental de la primera temporada de la serie 30 for 30 -insisto en la recomendación- donde se aborda justamente este lapso de su majestad ahora en el plano más mundano: siendo uno más de los Birmingham Barons, sucursal de AA (territorio de desarrollo) de los Medias Blancas de Chicago. Este mismo tramo es el argumento del episodio siete de El último baile.

El tratamiento del tema es similar en ambas producciones: comienza con la misma pregunta: ¿por qué se fue siendo el mejor de su disciplina y tras ganar un campeonato?, para después colocar la muerte del padre de Jordan como principal motivo, y ayudarle a cumplir un sueño: que su hijo fuera jugador profesional de las Grandes Ligas. Se utilizan casi los mismos clips de archivo como las conferencias, los entrenamientos, la firma del contrato y demás, pero una diferencia importante es la elaboración de teorías alrededor del caso.

Como se mencionó en el capítulo seis, “su aérea majestad” ya cargaba sospechas de adicción a las apuestas, las cuales se intensificaron tras la muerte de James Jordan, pues se manejaron versiones del crimen que conectaban su asesinato con el hábito de juego de su hijo, una versión ruin -muy comentada- pero ciertamente plausible. Esto se enlaza con el posterior retiro de MJ que siempre fue justificado por él bajo motivos de presión, falta de hambre competitiva por haber logrado todo, así como las ganas de cumplir el deseo de su papá; no obstante, otra versión propone que esta salida en realidad fue una suspensión de 18 meses para el astro por apostar a sus propios partidos.

Este planteamiento ha sido una teoría de conspiración barajada por aficionados y algunos miembros del medio desde que se sugirió, pero nunca se ha confirmado ni se han dado evidencias sobresalientes. Si bien, no es la primera vez que Jordan habla al respecto de esto, sí es la primera en cámara. Se le cuestiona sobre la idea, pero la refuta de inmediato y con calma. También le llegan con la pregunta al excomisionado de la NBA, David Stern, quien no niega, solamente se limita a decir que “no hay pruebas” para sustentar tal hipótesis. ¿El que calla -o rodea-, otorga?

El hilo del béisbol continúa al poner al entonces exbasquetbolista como un pelotero más que decente, otro ejercicio de elogio (para variar), aún si sus habilidades -como se puede notar en muchos fragmentos- no eran realmente superiores.

El siguiente capítulo, el octavo, elabora alrededor del fracaso de las eliminatorias en el año de regreso de Mike a la duela y cómo logra sobreponerse para llegar a otro título. A mi óptica, el peor de la serie hasta donde vamos.

No solamente es, narrativamente, el más endeble y con menos picos dramáticos insertos por el exceso de declaraciones y la falta de construcción argumental, es el más claro ejemplo de uno de los objetivos conocidos, más no admitidos totalmente, de la producción: elevar aún más la figura de Michael Jordan. Esto es especialmente notorio de forma descarada en la parte final, cuando sus excompañeros y figuras del deporte hablan sobre el duro carácter del altísimo, el cual podía llegar a la bravuconería.

Dicen, de manera resumida, que podía tratarlos mal porque era el mejor y él sólo quería ganar. En las gesticulaciones de algunos se puede percibir cierta incomodidad al hablar del tema, particularmente cuando destacan la agresividad con la que eran mangoneados bajo excusa del anhelo de triunfo. Vaya, esa razón me parece barata, no sólo porque no es justo abusar del otro por tus propias convicciones -incluso en un deporte de conjunto-, sino porque estas declaraciones contrastan con otras de la misma serie que ponían a Jordan como una persona amable. Aquí mencionan trash talk (insultos de cancha y fuera de ella) y una actitud de pedantería. No sólo es incongruente, sino que el reconocimiento de esta conducta por los entrevistados termina encumbrando todavía más ese concepto del bully sobresaliente, y todavía más a Jordan. Todo esto es montado con una serie de imágenes apantallantes de encestes y una melodía para subrayar un heroísmo totalmente absurdo.

Es decir, toda la serie habla prácticamente de él como para que exista este segmento inusualmente largo donde todos alaban una personalidad ampulosa. Estos episodios de El último baile son un despliegue de un tibio atrevimiento para abordar tabúes en torno a una mítica trayectoria, pero su desenlace es la alabanza innecesaria de un egomaniaco. Jordan cada vez me sorprende más, pero cada vez me cae peor.

 

El último baile: no existe el “yo” en un equipo | Capítulos 3 y 4

Netflix ha liberado los capítulos tres y cuatro de El último baile, serie que aborda la última corrida de campeonato de la dinastía de los Chicago Bulls. Contrario a lo que sucedió en los primeros dos capítulos, las dos recientes entregas se enfocan en dos miembros fundamentales del equipo: Dennis Rodman y Phil Jackson.

El capítulo tres comienza con algunas imágenes de Rodman, el miembro controversial del equipo y la segunda “persona” más grande después de Jordan. Primero se hace hincapié en su habilidad defensiva, única en la NBA e indispensable para el éxito de su conjunto; después, siguen con sus humildes orígenes y terminan con la explosión del monstruo mediático en el que se convirtió por su personalidad salvaje y descarada.

Si bien ya se conocía el lado oscuro del amigo de Kim Jong-un por sus múltiples escándalos, es valioso para este relato el agregar conversaciones más íntimas con el exjugador, quien sufrió por la pobreza y halló un desahogo en el baloncesto.

Intercalado con el relato de Rodman, se elabora alrededor de la rivalidad de los Toros con los Detroit Pistons su némesis desde la segunda mitad de la década de los 80 y el primer año de los 90. Con el barullo en torno al magnífico equipo de Chicago, el aficionado regular probablemente los encumbra como invencibles, pero hubo un periodo en el que tuvieron a un bravucón sobre ellos, una escuadra de una ciudad menor y con un estilo de juego muy físico, en el que una parte imprescindible fue Dennis Rodman, quien inició su carrera en Detroit. Esta “revelación” es importante para la articulación de la trama -al menos de este episodio-, pues se consigue un contraste interesante entre los ganadores indestructibles del ahora y los adorables perdedores del pasado.

Así se enlazan ambas partes del capítulo: mientras se trata el tema del sujeto adicto a los reflectores con una forma poco ortodoxa de desenvolverse en la esfera social y quien llegó a salir con Madonna, se rememora la época del Jordan y los jordinaries falibles. Cuando su Aérea Majestad no podía solo. Por él mismo, nunca pudo -y eso es medular para el argumento general-.

La mitad sobre las riñas Pistons-Bulls tiene un final feliz -pueden anticipar cuál es-, pero el cuento del excéntrico jugador tiene un desenlace abierto con Rodman pidiendo permiso especial a la gerencia para ir a Las Vegas a festejar… algo, la vida. Sí, al más puro estilo de una serie sobre desenfreno juvenil. Lo irónico es que funciona.

Este cliffhanger -descarado, y ya no temen en hacerlos así- enlaza con mucha virtud al capítulo cuatro, el mejor hasta ahora.

El coach es la cabeza de un equipo no sólo en el aspecto táctico, también debe contribuir al manejo emocional del mismo, especialmente en el ámbito profesional donde hay más distracciones y sentimientos volátiles en los jugadores. Phil Jackson es uno de los mejores entrenadores en la historia del deporte y una de sus principales cualidades fue la administración de sus elementos en la dimensión personal.

Con el material de archivo se introduce a un moderadamente exitoso Jackson como jugador y como entrenador de escuadras chicas hasta que Jerry Krause, gerente general y franco antagonista de la crónica, lo trajo como asistente del director técnico de entonces. Posteriormente, asciende a mandamás y el resto es historia. Esta cuarta entrega es la más provechosa porque, aún si no se omite por completo a Jordan -digo, eso es imposible desde cualquier punto de vista-, sí le quitan el balón narrativamente y, de hecho, también sucedió en la realidad, pues ese fue uno de los puntos capitales de la filosofía de este mánager: repartir el juego con los demás. Asimismo, buscó crear un crecimiento espiritual en sus muchachos al introducirlos a la sabiduría de los nativos americanos mientras elevaba sus condiciones atléticas y mentales. Todo para desembocar en el primer título histórico para los Toros ante los Lakers de Magic Johnson. Ahí nomás.

Aunque existen ciertos bajones de ritmo por la cantidad de declaraciones -situación más notoria en el tercero-, considero que El último baile sigue con un desarrollo muy completo, con picos dramáticos sorprendentes para, insisto, algo contado ya en múltiples ocasiones. Los enlaces que hicieron con el primer campeonato denotan que éste no es necesariamente un recuerdo del último baile en solitario, sino del baile entero. Los pasos para articular una coreografía.