Sonora: un imperfecto paraíso desértico

Por: Karla León (@klls_luu)

Nueve viajeros surcan el desierto para llegar a Mexicali. Es 1931, la frontera México–Estados Unidos se encuentra ante una crisis sociopolítica irremediable. La deportación de ciudadanos mexicanos, así como las actividades de grupos extremistas para expulsar a la comunidad china que décadas atrás se había asentado en el norte del país, enmarcan la línea argumental de Sonora (2018), el cuarto largometraje de Alejandro Springall.

Basada en La ruta de los caídos de Guillermo Munro Palacio, la película retrata los hechos históricos de manera acertada y bajo una adaptación casi impecable; sin embargo, avanzada la trama y sin llegar a su punto más crucial, la estructura se vuelve monótona y premeditada, a tal punto que sólo se rescata por la fotografía, la cual enaltece los paisajes desérticos y el buen desarrollo de los personajes que encarnan grandes actores como Joaquín Cosío, Giovanna Zacarías, Juan Manuel Bernal y Dolores Heredia.

En plena época posrevolucionaria y ante la ola de violencia que se vive en Sonora, una pareja (Flavio Medina y Giovanna Zacarías) decide emprender un negocio para trasladar personas a destinos poco concurridos. Tras un evento desafortunado -el primero de los muchos que se ven a lo largo de la película- el hombre debe quedarse en un pueblo cercano para someterse a una operación. Los pasajeros, enardecidos y ansiosos por llegar a Baja California, convencen a la mujer para viajar por el desierto aún cuando ella desconoce la ruta. 

De esta forma, seis viajeros iniciales, entre quienes se encuentra un exvillista (Erando González), una mujer que busca cruzar la frontera para rescatar a sus nietos (Dolores Heredia) y un militar mexicano supremacista (Juan Manuel Bernal), son guiados por Emeterio (Joaquín Cosío) y por su sobrino (Harold Torres) por las veredas y dunas del camino más peligroso del norte del país. 

A lo largo del recorrido, más personas se suman al viaje, entre ellos, un par de contrabandistas (Rafael Cebrián y Ben Milliken) y una familia asiático-mexicana (Jason Tobin y Patricia Ortiz) que huye de las represalias del Estado. Estas adiciones son fundamentales para darle vida al planteamiento original de la película, pues de vez en cuando, se retoman algunos diálogos interesantes y reflexivos sobre el clasismo y la discriminación. 

Con todo esto, pareciera que Springall, quien produjo La delgada línea amarilla en el 2015, trató de dirigir una fórmula bastante similar a la obra de Celso García, al trazar una situación en la que domina un trayecto lleno de circunstancias aparatosas y un destino –o meta– que parece casi inalcanzable. Al final, esto no fue del todo acertado. 

Si hay algo que debemos aplaudirle a Sonora es el diseño de producción a cargo de Carlos Lagunas, por la adaptación de época y las locaciones, además del diseño sonoro de Pablo Lach y la música original de Jacobo Lieberman y Leo Heiblum, quienes elevan la poca capacidad de la producción por mantenernos apegados a las altas y bajas que sufren cada uno de los personajes durante la travesía, la cual de buenas a primeras concluye con una nueva hazaña de Cosío, la ayuda de una nativa de la región y la ubicación de lo que, para ellos, es un nuevo paraíso de oportunidades.