La camarista: la cruda incertidumbre del futuro

La educación de Lila Avilés en el mundo cinematográfico está alejada de las formalidades, pero muy próxima a las lecciones de John Cassavetes y Lucrecia Martel. El pilar de la película que la ha llevado al reconocimiento internacional cuenta con un elemento que en ocasiones se disuelve en las producciones que le apuestan a la grandilocuencia visual: la potencia de la historia.

Su ópera prima, La camarista (2018) cobra fuerza por el desenvolvimiento de su protagonista en las dimensiones física, psicológica y social, las cuales se entretejen hasta afianzar una conexión que enternece. Vemos la forma genuina en la que Eve (Gabriela Cartol) se relaciona en un Hotel de la Ciudad de México donde pasa la mayor parte de su vida, y cómo desde lo intimo desdibuja la barrera que lo socioeconómico ha determinado. Habla con lo que no tiene voz, pero que suele revelar el interior de las personas: los objetos de los que nos apropiamos y todo lo externo que se va fusionando con nuestro ser. 

Tal conmover no se debe a una frágil personalidad o a una mirada condescendiente por parte de la cineasta; tenemos a una mujer de un perfil más inclinado a lo impetuoso, combatiente, difícil de descifrar. La clave se halla en cómo esta personalidad introvertida, que se mantiene a la defensiva (lo cual entendemos hacia el final), se empieza a conocer, en diversos niveles, en el entorno donde está atada. Esta dualidad es uno de los componentes que define el subtexto, Eve está agotada por un ambiente que a la vez le permite encontrar la confianza en ella misma, esa confianza que finalmente es la única que posiblemente necesitamos.

Es una cinta con recursos minimalistas, contenida e intimista, en la que el apartado visual también adquiere gran relevancia; todo se tiñe de una paleta de colores que empata con la incertidumbre de un futuro, con el hastío de ser sólo una mínima parte de un gran sistema que vende perfección.

La directora ha comentado que lo que busca con el trabajo actoral es que éste sea meticuloso. Y este caso resulta el mejor ejemplo, ya que cada gesto está fuertemente relacionado con la psicología y evolución del personaje. Ese es uno de los grandes logros del filme, separarse de los recursos fáciles, como los diálogos, para revelarnos diversos sentimientos, especialmente los que emanan de la soledad.

La película dialoga con otras propuestas contemporáneas del cine mexicano; una de ellas es Tiempo compartido (Sebastian Hofmann, 2018), en la que también se manifiestan las aspiraciones de quienes mantienen la burbuja del bienestar del mundo hotelero. Ambas nos sumergen en cuestiones existencialistas y permiten una reflexión sobre las contradicciones que representan estos lugares, y el impacto de la jornada laboral para cada uno de los empleados.

Hacia el final la desolación pinta el panorama. Y ante esta esfera que permanece estática para quienes la mantienen, Eve seguirá transformándose y alimentándose de ilusiones, ¿cuánto tiempo? Esperemos que no mucho. 

La camarista tuvo su estreno internacional en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y posteriormente a nivel nacional en el 16° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), donde obtuvo el Ojo a Largometraje Mexicano.

Aquí el comentario para Cine para todos 

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.