Cuatro razones para ver ‘Cindy La Regia’

Cindy La Regia ha desatado una discusión alrededor de sí misma y de las comedias románticas mexicanas, algo que lucía imposible en el futuro cercano. Por un lado, la crítica especializada ha vertido considerables elogios hacia la película dirigida por Catalina Aguilar Mastretta y Santiago Limón; por otro, un -amplio- segmento del público se resiste a caer en el barullo alrededor de esta adaptación. 

Es una película inteligente

Con esto no me refiero a que dé profundas reflexiones sobre la vida y el ser, sino que, inserta en su argumento sobre una chica fresa de San Pedro Garza García -quien tras un shock amoroso huye a la Ciudad de México para encontrarse a sí misma- hay una verdadera contraposición de mentalidades. Una mentalidad conservadora representada por Cindy (Cassandra Sánchez-Navarro), la chica católica -Dios es “Daddy God”- cuya máxima realización vendría con el matrimonio, ante unas ideas más “liberales”, encarnadas en Angie “La Prim” (Regina Blandón), una “feminista odia-hombres” que cree en el trabajo, la autosuficiencia y el acompañamiento entre mujeres. Con el paso de los minutos se ve la evolución de la protagonista en muchas de sus convenciones, pero no lo adelantaré. Sin tabúes ni prejuicios.

Tiene un retrato fiel -¡al fin!- de las clases sociales que aborda

Esta es una de las grandes deficiencias de las películas mexicanas con pretensiones industriales… “comerciales”, pues. Es increíble que en equipos de múltiples guionistas no exista una sola idea de cómo autoescribirse -si entendemos de qué segmento socioeconómico suelen provenir estos escritores- ni mucho menos, de cómo escribir al otro. Vean Mirreyes vs Godínez y notarán de lo que hablo.

En esta película vemos identidades construidas a partir de una comprensión del entorno: la familia -o la ausencia de ella-, la ocupación, la sexualidad y el lugar de residencia. Esto último es fundamental, pues hay una excelente sátira sobre la idiosincrasia de ambos lugares, lo que me lleva al siguiente punto…

Es una comedia que… ¡da risa!

Cindy La Regia es una comedia con tonos románticos. Pero con comedia efectiva, basada en el ingenioso libreto de María Hinojosa, el cual mofa alrededor de muchos aspectos de las culturas que opone, regiomontana y chilanga, tales como la aparente obsesión capitalina con los bolillos o las relaciones entre primos que -dicen- son comunes en Monterrey.

Además, la comedia omite o no abusa de muchos mecanismos comunes de este género nacional como el pastelazo –slapstick- exagerado, el clasismo, el machismo (cosa que de hecho se juzga) o la homofobia. Se puede satirizar sin lanzar ofensas injustificadas o caricaturizaciones.

Las actuaciones son encantadoras

El guion se sustenta en las excelentes interpretaciones del elenco. Cassandra Sánchez-Navarro resulta ser una revelación en su primera aparición en pantalla grande al apropiarse totalmente de la persona de Cindy, la “niña más cool de México”. Regina Blandón da la que, en mi opinión, es la actuación de su carrera en su papel de bohemia iluminadora. Hasta Martha Debayle lo hace bien en su papel de jefa culera; fíjense que le sale muy natural… 

Entiendo los posibles prejuicios ante este género, especialmente porque no se ha demostrado que haya muchas propuestas distintas (aunque en esta página hay un conteo que rescata algunas), pero Cindy La Regia logra distinguirse por sus discursos y riesgos, los cuales existen y eso ya la aparta del resto de comedias que no se atreven a más. Tiene una suficiencia técnica que se aventura por momentos.

Comedias románticas mexicanas | Top 5

Hablar de los géneros a través de la historia del cine es una discusión bastante amplia, pero si nos acotamos al cine mexicano, notamos que es una industria siempre imposibilitada de terminar su construcción. Ya sea por falta de apoyo gubernamental, la mala operación de las cabezas a cargo de su crecimiento o un convenio económico que amarra a las cintas nacionales en favor de las majors extranjeras -principalmente estadounidenses-, el cine nacional ha tenido que recurrir a diferentes estrategias de realización para no desvanecerse ante los blockbusters del Tío Sam. Una de esas es reducir su producción a géneros probados ante el público, en un caso totalmente atípico y fortuito: la comedia/comedia romántica y Nosotros los Nobles (Gary Alazraki, 2014), película con la que empezó esta ola del tres o cuatro veces “nuevo” cine mexicano.

Así como sucediera en los años 40-50 con el melodrama ranchero, actualmente el cine mexicano dedica buena parte de su producción a la comedia romántica, un formato trasladado desde el contenido televisivo, muy similar a los argumentos de las telenovelas (¡orgullo nacional!), y con cierta legitimación del público fiel a las salas del duopolio de exhibición. Sin embargo, este apoyo que recibe de las productoras no se ve justificado en pantalla.

Sobra decir que este género no ha entregado ninguna obra mayor como sí sucedió con el melodrama ranchero -ejemplos sobran- y quizás ni siquiera algo cercanamente similar. De hecho, los primeros exponentes de la comedia romántica exhibían terribles carencias formales y ni qué decir de las narrativas. Digo, no es como que la situación haya cambiado abismalmente, pero el canon ha ido refinándose para entregar filmes más cercanos a la virtud. Aquí dejo, sin orden particular, algunas comedias románticas mexicanas que merecen reconocimiento:

Todos queremos a alguien (Catalina Aguilar Mastretta, 2017)

A mi parecer, la mejor de su rama en 2017 y uno de los más sólidos exponentes recientes. La película gira alrededor de Clara Barrón (Karla Souza), quien es una exitosa ginecóloga cuyas consultas suelen contener consejos sobre el corazón, mismos que no puede aplicar en su vida. Para una boda, ella le pide a un compañero de trabajo hacerse pasar por su novio para evitar el escrutinio de las tías, pero se encuentra con su exnovio estrella y querido por su familia (José María Yazpik).

Desde aquí, la trama elabora el conflicto amoroso entre los sentimientos encontrados por su colega y el viejo cariño. Una trama para nada compleja, pero logra crear con provecho la farsa del desarrollo esquemático y aún gracioso, incluso con ciertas notas altas en realización.

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Todo mal (Issa López, 2018) 

No, no es una película autorreferencial. Sí, esa Issa López que merecía el Ariel a Mejor Dirección por Vuelven (2017), dirige con solvencia a Osvaldo Benavides, Martín Altomaro y Alfonso Dosal en una historia que involucra el penacho de Moctezuma, un hombre destrozado y enloquecido por haber sido plantado en el altar y una comedia con muchas licencias creativas para, de nuevo, aprovechar su farsa y crear un desarrollo ameno y eficaz.

Me estás matando, Susana (Roberto Sneider, 2016)

Basada en la novela Ciudades desiertas de José Agustín, este filme recrea la odisea de Eligio por recuperar a Susana, el amor de su vida que un día desaparece sin más. Una breve pero congruente exploración a la idiosincrasia machista mezclada con una grata comedia que deja muchas postales con franca chispa y frases memorables que no adelantaré. Valor agregado (supongo), es protagonizada por Gael García Bernal, el muchacho de oro del cine nacional.

La boda de Valentina (Marco Polo Constandse, 2018)

En otra patraña bien construida y sostenida, la película cuenta sobre Valentina (Marimar Vega), una mujer plena cuyo mundo se ve aturdido por la propuesta de matrimonio de su novio (Ryan Carnes). Ella teme mostrar su linaje, pues su familia es una de las más poderosas en la rama política mexicana, común a los escándalos por corruptelas. Además, se encuentra con Ángel (Omar Chaparro con decencia), su expareja, quien hará dudar a Valentina de su compromiso.

Aparte de la gracia ya mencionada, la cinta hace una pintoresco resumen sobre las virtudes y lo absurdo de la mexicaneidad como las máquinas de toques en los bares, donde -literalmente- grupos de gente pagan por sufrir una descarga eléctrica, costumbre adjetivada en una de las mejores escenas que ha visto este género.

No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (Manolo Caro, 2013) 

Por supuesto que Manolo Caro debía aparecer en esta lista, pues a pesar de las exageradas comparaciones que se le hacen con cierto realizador español, Caro ha sabido sacar provecho del nicho de la comedia romántica, desconociendo el fracaso -hasta ahora- en cuanto a aceptación popular. Con matices de dramedy, esta película relata los vaivenes en las relaciones entre vecinos de un conjunto departamental tras la llegada de Félix, un nuevo inquilino que agitará todo. Con un fluido manejo de actores -la principal virtud del director-, este filme consigue recrear un atrayente desarrollo con decentes picos dramáticos y un humor astuto.

Comprendo el recelo -muchas veces justificado- que hay contra este género, actual estandarte de la producción nacional del espectro “comercial” (por llamarlo de alguna manera). Al respecto, me permito referir a Fernanda Solórzano en su comentario sobre la película Belzebuth. En este fragmento, ella habla sobre el género de terror, pero considero que también aquí.

“Hay razones que justifican el escepticismo del público mexicano hacia el cine mexicano, pero también hay un punto en el que esa desconfianza se puede convertir en prejuicio. Creo que ese es el punto, por ejemplo, en el que si a uno le gusta una película, de inmediato desconfía si ese gusto es legítimo. Yo me pregunto, ¿por qué le damos tanto beneficio de la duda a tantas películas de terror que llegan a México y que no tuvieron tanta resonancia en su países. (…) La pregunta aquí es: ¿por qué les damos el beneficio de la duda? Porque no interfiere el prejuicio”.

Dar oportunidades, le dicen.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.