Burning: la insoportable levedad del qué

¿Cómo hallar el sentido de la existencia?, ¿cómo está mediado? La insatisfacción suele ser una constante en la condición humana y, considerando la configuración socioeconómica, también la carencia. Es común la existencia acompañada de algún tipo de vacío, y cuando se encuentra algo que lo llena, se persigue.

Basada -mejor dicho, inspirada- en el texto Quemar graneros, de la colección de cuentos El elefante desaparece de Haruki Murakami, Burning (Lee Chang-dong, 2018) cuenta sobre Jong-su (Yoo Ah-in), un inestable joven cargador de mercancías, quien por mera casualidad se reencuentra con Hae-mi (Jeon Jong-seo), una vieja vecina del barrio. Restablecen su vínculo y ella le encarga cuidar su casa, pues hará un viaje espontáneo a África. A su regreso, vuelve acompañada de Ben (Yeun Sang-yeop), un gallardo misterioso que parece tener la vida perfecta. Las pugnas por la picardía de este sujeto no se harán esperar, desenvolviendo conflictos internos en el protagonista. 

La contraposición entre los dos tipos es el primer punto narrativo notorio, algo incluso expresado por el propio Jong-su: “Él es como un Gatsby”. Son la antítesis uno del otro. Uno es un timorato de personalidad contenida, con problemas familiares y de presente voluble; el otro, un confiado adinerado que se da el lujo de fumar marihuana “a pesar de ser delito”. Casi como una relación de antagonismo, el estelarista lo mira con discreto recelo por la liviandad de su vida; no parece tener preocupaciones ni angustias, y ¿quién no anhela eso en la actualidad? ¿El secreto? Quizá es que Ben quema invernaderos como hobbie. 

La búsqueda del sentido existencial es el principal núcleo subtextual. Ya sea el -incendiario- pasatiempo liberador o una travesía espontánea en la que aprendes una danza para saciar el Gran Hambre -el hambre de propósito-, tal como sucede con Hae-mi -quien en una escena hace este baile, denotando una catarsis interna-; las tres figuras expresan la necesidad de este deseo. El argumento trata un discurso existencialista que plantea dudas de todas índoles, adoptando un tono mayormente contemplativo en su desarrollo.

Este místico esbozo de la Gran Duda es la mayor variable para la recepción de la película; el director deja ver que no dará respuestas a todas las cuestiones que van surgiendo -tal como no lo hace el material de origen-: ¿qué crimen ha cometido el padre de Jong-su? ¿qué con el supuesto gato de Hae-mi? ¿cuál es el punto de todo esto? Es decir, la película, casi como autorreferencia, oscila entre una íntegra exposición de un metacuestionamiento que busca trascender la pantalla y una pretensión descarada de una expresión autoral incomprensible o sin sentido. Depende totalmente de la óptica y ambas lecturas, increíblemente, son igual de válidas.

Ahora, las virtudes estrictamente cinematográficas no se pueden desestimar. Chang-dong consigue revelar belleza en su trama con tenues picos dramáticos, que al ser expuestos en la composición explotan la plástica de sus escenarios, tal como se percibe en la escena donde, en un viaje por marihuana (y aprovechando la golden hour), la chica bailotea desnuda al ritmo de una genial pieza de jazz para terminar llorando. Aparte de ser un momento de gran finura, representa brevemente la sustancia del filme: la fluctuación del embeleso a la caída en la tristeza por la insuficiencia, por estar en la nada. El bajón.

Además, en otras ocasiones se refuerza el hilo de la búsqueda con los ejes fotográficos, usualmente bajos mientras capturan a los personajes observando paisajes abiertos.

Burning permite reflexionar mientras se le mira. Un ejercicio para apreciar las preguntas y dejar las respuestas internas a un lado. O puede ser una insoportable búsqueda del qué. Ambas englobadas en un despliegue cinematográfico de discreta eficacia, sin gran pomposidad y mayormente anticlimático. No es queja, pero tampoco reconocimiento.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.