Pasajeros: El camino bifurcado

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Por culpa del producto hollywoodense más bipolar de este año (y no por el responsable de escribir estas líneas), el lector se encuentra ante el camino bifurcado. Un sendero a su izquierda y otro a su derecha, o uno por delante y otro por detrás, o uno en el párrafo de arriba y otro en el párrafo de abajo —las cuestiones de espacio establecidas por un texto en internet son más bien caprichosas y ya sabrá usted acomodarse ante las dos opciones que estoy por presentarle. Como el héroe, armado de valor y sabiduría, escoja el camino que prefiera tomar, o, para dejar el juego más claro, la película que preferiría ver:

sz2vph41. Una travesía intergaláctica, luminosa y energética que, a pasos discretos, se acerca al terror psicológico. Estelarizada por las dos caras bonitas del momento, Chris Pratt y Jennifer Lawrence, aprovecha la apariencia inocente y optimista de ambos para enganchar a su público devorador de palomitas, pero no desperdicia los defectos implícitos en esas personalidades tan engolosinadoras: Pratt, como el niño en cuerpo de adulto que representa en todos sus papeles, es peligrosamente irresponsable e inseguro, y cuando no soporta más la soledad en la opulenta nave espacial Avalon —pues su cápsula de hibernación, por un error técnico fatal, lo despertó 90 años antes de llegar a su planeta de destino y ahora es el único tripulante despierto, sin manera de volver al congelamiento y sabiendo perfectamente que pasará el resto de sus días en el espacio—, cede ante los impulsos más románticos y egoístas de su corazón desesperado y comete la atrocidad de sabotear otra cápsula (que funcionaba de maravilla) para despertar a una tripulante voluptuosa y forzarla, prácticamente, a compartir su vida condenada al encierro; Lawrence, a su vez, no sólo presume su joven cuerpo en trajes de baño diminutos, sino que se enamora del hombre que selló su destino (y que no tuvo la decencia de confesárselo) como se enamoran las mujeres más fuertes y solitarias, es decir, con una bola de fuego en las entrañas lista para explotar sobre el amante traicionero con histérica e incontrolable violencia. Su agresividad potencial es la espada de Damocles que pende sobre el protagonista, ahora desolado por la perdición de su alma, que cambió por una vida con la chica de sus sueños.

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El vacío del espacio sideral es el ambiente óptimo, como lo ha sido en las mejores cintas de ciencia ficción, para orillar a una persona al borde de sus angustias latentes y enfrentarla contra el horror de la existencia. El confinamiento extraterrestre está engalanado, además, no con el humor hueco de The Martian (Ridley Scott, 2015), sino con el dinamismo visual y la simpatía de Moon (Duncan Jones, 2009) que, no obstante la ligereza de sus personajes, llevó el delirio de la clonación, el engaño y el distanciamiento hasta el final. Lo que inicia como un misterio aventurero, puede terminar como una oscura tragedia que castiga los vicios del protagonista o como una oscura comedia que lo ayuda a corregir sus errores después de hacerlo pasar un infierno (en cualquier caso, se cumpliría satisfactoriamente un arco dramático).

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Una carrera contra el reloj para salvar a 5 mil cristianos de UNA EXPLOSIÓN INMINENTE. La nave espacial Avalon está en peligro y la raza humana depende de la bravura de Chris Pratt, siempre fuerte y carismático, dispuesto a sacrificarse gracias a su heroísmo innegable y a la terrible culpa que siente por haber despertado a Jennifer Lawrence, siempre soberbia y melodramática, dispuesta a olvidarse de que el hombre al que ama la asesinó virtualmente. Los terrores pasados no importan porque existe el amor invencible, que dota de fuerza sobrehumana a los pulmones de la heroína para no morir ahogada en una piscina en 0-G, a los músculos (y la piel) del salvador para no morir carbonizado por un torrente de llamas y a las sonrisas de los espectadores cínicos para no morir de risa cada vez que Laurence Fishburne sale a cuadro.

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La tensión en esta historia de acción trepidante está marcada y remarcada por el score ensordecedor de Thomas Newman, que indica claramente cuando una escena debe sentirse cómica (como en sus composiciones juguetonas en las dos películas de Finding Nemo), emotiva (como en Wall-E o Scent of a Woman) o intensa (como en sus trabajos para las últimas entregas de James Bond). La ilustración, efectiva, corre a cargo del cinefotógrafo mexicano Rodrigo Prieto, que, a pesar de ser ligeramente rebasado por el espectáculo de efectos visuales, sigue demostrando el talento que ya está inmortalizado en The Wolf of Wall Street y en sus colaboraciones con Alejandro González Iñárritu.

***

Aquél que haya favorecido alguna de las dos visiones podría decepcionarse al encontrar que Pasajeros (Passengers, 2016) intenta ser ambas películas, pero no completa ninguna; plantea, de forma sorpresiva para su industria, la primera opción y la remata cobardemente con la segunda. Como respondiendo a una demanda de un productor nervioso que teme por la seguridad de sus cheques gigantes, el director Morten Tyldum abandona el conflicto moral/criminal de la pareja en la última media hora y lo reemplaza con la resolución bombástica que le asegure más clientes y ganancias en taquilla.

Según los productores, el público no va al cine para angustiarse con dilemas éticos imaginarios. Según el público, no sé. El lector sabe si tienen razón.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Morten Tyldum.

Guion: Jon Spaihts.

Producción: Stephen Hamel, Michael Maher, Ori Marmur, Neal H. Moritz.

Reparto: Chris Pratt, Jennifer Lawrence, Michael Sheen, Laurence Fishburne, Andy Garcia, Vince Foster.

Dirección de fotografía: Rodrigo Prieto.

Edición: Maryann Brandon.

Música: Thomas Newman.

País: Estados Unidos.

Año: 2016.

Estación zombie: un viaje claustrofóbico

La fórmula “zombie” en el cine y la literatura se ha desgastado a más no poder, seres humanos infectados con ojos blancos, desaliñados, agresivos y con sed de carne humana se han presentado en infinidad de veces en las pantallas.

Cada cinta nueva que pretende tocar el tema, retoma la clave e intenta forzadamente agregar variables pensando que la esencia está en las criaturas y no en la historia.

Estación zombie revive efectivamente la fórmula, pero a diferencia de muchas otras que se enfocan en querer mostrar lo repugnante de los infectados, lleva al espectador por las vías de un ascenso dramático, manejado de una manera creativa.

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Películas como Soy leyenda, Exterminio, Rec, Guerra mundial z, etc. han agregado características a los infectados como súper velocidad, sentidos agudizados, vulnerabilidad a algún elemento, entre otras. Estacion zombie no se queda atrás y convierte a los infectados en seres súper veloces y con una vista y oído bastante desarrollados.

Si te gustan las historias de zombies te recomiendo que te atrevas a subir a este tren que te llevará por un camino turbulento, lleno de acción, tensión y suspenso.

El tema tan repetitivo y lleno de clichés no merman la cinta, sus cambios y giros de tuerca mantienen al espectador en su asiento con la duda en la cabeza: qué viene después?

Se destaca el guion que funciona de una manera efectiva y justifica de forma natural cada situación sin dejar huecos, y el ritmo narrativo jamás desciende.

Un terrible virus se ha esparcido por todo Corea del Sur, infectando a todo el que se cruce en su paso. La reacción solo toma algunos segundos y en poco tiempo, cientos de personas son atacadas. Gong Yoo interpreta a Seok-woo, un padre descuidado, quien pondrá todo de su parte para salvar a su pequeña hija Soo-an (Kim Su-an). Las motivaciones para argumentar la presencia de Soo-an y su papá dentro de la historia son sencillas: la pequeña cumple años y como regalo le demanda a su padre que la lleve a Busan a visitar a su mamá.

Tan pronto como abordan el tren, cosas extrañas comienzan a pasar en el interior, una vez que dan la señal de salida, no habrá escapatoria.

Seok-woo busca a la pequeña Soo-an que se ha movido de su asiento. En un vagón se encuentra con un tipo duro llamado Dong-seok Ma (Sang Hwa) y su esposa embarazada Yu-mi Jung (Sung Gyeong). Las cosas se salen de control rápidamente y entre furgón y furgón solo hay una puerta de cristal que  separa a los infectados de los sobrevivientes.

Nadie entiende qué pasa, pero su instinto de salir ilesos es lo que los mantiene luchando.

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Las motivaciones de los personajes se muestran de una manera natural; Dong-seok solo piensa  en salvar a su esposa, pero también se encarga de ayudar a quien lo necesite, mientras Seok-woo trata de salvar a su hija y a sí mismo a costa de cualquiera. Pero en el camino, la curva dramática de Seok-woo cambia significativamente y termina en un cierre heróico

Una esperanza representada por la mujer embarazada y la niña, mantienen atento al espectador, e incluso se vuelve partícipe al querer salvarlas.

Los giros de tuerca no anticipan ni predicen la siguiente escena, toman en curva la atención de la audiencia y así consigue que generar emociones opuestas en el público. El final es memorable, gracias a un montaje planeado precisamente para generar tensión y al mismo tiempo minimizarla.

Otro punto a su favor son las secuencias de acción que generan una inevitable claustrofobia y estrés, la velocidad y la coreografía son planeadas minuciosamente, el ritmo que emerge de ellas se mantiene hasta el final; así es como Estación zombie te tendrá aferrado a tu asiento.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.

Rogue One: Un nuevo respiro para la saga

En 1977 un joven cineasta presentó al mundo una película que mostró a las personas de marketing y a los productores una nueva manera de engordar las carteras y generar cantidades obscenas de dinero fuera de las salas de cine. Esa película, como muchos saben es Star Wars, el primer episodio que irónicamente comienza siendo el cuarto (en otra ocasión abordaremos el porqué de esa decisión). Pero el joven George Lucas, aficionado a las carreras de autos y a los cómics, tuvo un trasfondo menos comercial, y que incluso podría ser hasta romántico al momento de concebir esta ópera espacial.

En un concepto más básico, Lucas creó una analogía entre los jóvenes creadores con ganas de cambiar el establishment de las productoras hollywoodenses para llegar a un público con ganas de otro tipo de historias.

Ese puñado de rebeldes representados por Spielberg, De Palma, Scorsese, Coppola y el mismo Lucas se enfrentarían al temido Imperio, que no es más que la visión que el creador de Indiana Jones tenía sobre las grandes productoras de la Meca del cine.

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Lo que sucedió con Star Wars es una historia que la mayoría conocemos y otros, padecemos. Pero en este año 2016, que se antoja lejano en todos sentidos con el 1977 que vio nacer la saga más lucrativa de todos los tiempos; se presenta el primer filme que no pertenece a la línea argumental a la que estamos acostumbrados, es decir nadie tiene que ver con los dilemas y conflictos de la familia Skywalker, pero si ocurre en el mismo universo.

Rogue One: A Star Wars History (Gareth Edwards, 2016) cuenta la historia de un grupo de outsiders de la Alianza Rebelde que logran tener información sobre una arma tan poderosa que puede destruir un planeta entero. La obtención de los planos de esta arma es vital para evitar que el Imperio Galáctico domine la galaxia para siempre.

La historia es protagonizada por Jyn Erso (Felicity Jones) quien sufre una ruptura familiar debido a los planes del imperio por construir la temida estrella de la muerte, cuya construcción es liderada por su padre Galen Erso Capturada por el grupo de inteligencia de la Alianza Rebelde, quienes desesperados por saber qué es esta nueva arma están dispuestos a realizar cualquier acción para lograr detener esta “asesina de planetas”.

La película cuenta con un ritmo audaz que lleva de la mano la acción y las diferentes situaciones que llevaran a este grupo de rebeldes a realizar el plan tan ambicioso. Se siente apresurado el primer acto, justo porque así están las cosas en el Consejo de la Alianza Rebelde.

Al ser el primer largometraje que se desprende de los episodios que integran la saga principal, cuenta con otro formato, por decirlo de alguna manera. Es la historia de un puñado de personas que serían desconocidas, no hay Jedis, son solo rebeldes.

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Las actuaciones son buenas, Jones hace una combinación del sentido de humor ácido de Han Solo con la fortaleza de la Princesa Leia, con Diego Luna que caracteriza al Capitán Cassian Andor quien a pesar de ser reacio al inicio genera empatía con Erso para lograr acceder a los planos de la Estrella de la Muerte. Además cuenta con la excelente actuación de Donnie Yen (Chirrut Imwe) un monje ciego que protege los restos de un antiguo templo Jedi, que cree con mucha devoción en la Fuerza.

Dentro de la trama es interesante como van entrando algunos personajes conocidos, tanto de la primer trilogía (Episodios IV, V y VI) y de personajes que no tienen tanto peso pero que aparecen en el Episodio III y dan pie a lo que ya todos sabemos que sucede en Una Nueva Esperanza.

En el apartado de dirección se siente esa importancia que da Gareth Edwards a la perspectiva, que es lo que ya habíamos visto en Godzilla (Edwards, 2014) y nos da una imagen dimensionando el tamaño de la Estrella de la Muerte. En la música, es notable que no exista un score realizado por John Williams, pero que a pesar de no estar esa pieza fundamental en el universo Star Wars no se sienta de golpe esa falta.

La fotografía y efectos especiales son, digamos, genéricos de la saga, lo sorprendente es el uso del CGI para dar vida a viejos conocidos de la saga.

Esta historia de Star Wars fue un alivio, después del sinsabor que dejó (para el que escribe) Episodio VII. Fue un acierto, a pesar de los problemas de producción que estuvieron a punto de dejarla solo como proyecto. Es emocionante, los personajes aparecen cuando deben y sobre todo, a pesar de que también apela a la nostalgia, no se siente forzada.

Sebastián Ortiz 

Comunicólogo que habala mucho y escribe (mal) sobre cine, música y ciencia ficción.

 

Capitán Fantástico: El bufón marxista

 

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Matt Ross estuvo cerca. Pudo haber asestado tremendo golpe, con risas y colores, al sistema de valores fundamentales de su país (y qué mejor momento para hacerlo). Pudo haber entretenido a las masas con una crítica de sus propios vicios, con el sueño de una divertida escapatoria de los amarres estupidizantes de la cultura estadounidense. Ya se adivina, en el subjuntivo desilusionado de esta entrada, que no lo hizo; que —por ponerlo en términos de ardor chilango— se rajó a la hora de la hora.

Le huyó más notoriamente, sin embargo, al otro ataque que plantea en Capitán Fantástico (Captain Fantastic, 2016), el que menos le gustará aceptar a los entusiasmados por el excéntrico modo de vida de sus personajes, pero cuya evidencia en el filme es mayor que la del aparente cuestionamiento al consumismo voraz de los gringos: la crítica opuesta, la ridiculización total de la intelectualidad.

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Así el asunto: Viggo Mortensen, intachable como siempre, interpreta al patriarca autoritario Ben Cash, que ha criado a sus seis hijos en un bosque luminiscente en donde, lejos de la abominable educación institucional y la civilización del espectáculo de Vargas Llosa, florece un puro ejemplo de comunidad anarquista. Sus pequeños atlantes están letrados en filosofía, literatura e historia, tocan diferentes instrumentos musicales y tienen la condición física suficiente para cazar su propia comida y subir montañas soportando el dolor de unos dedos rotos. La pequeñísima Zaja, de ocho años de edad, no solamente puede recitar la Carta de Derechos de los Estados Unidos de memoria, sino que comprende sus implicaciones sociopolíticas y sabe aplicarlas a procesos judiciales que han sonado en los medios de comunicación recientemente. Hasta el más amoroso padre, si tiene un gramo de izquierdismo en sus entrañas, abandonaría a sus hijos en un instante a cambio de la progenie Cash.

La caracterización de esta familia superior y autosustentable tiene un encanto entretenido y no está del todo arruinada por la escalofriante presencia a cuadro de los peores actores infantiles del año (la voz del más joven de la tropa notoriamente doblada, de plano), pero es de una imposibilidad tal que pronto queda definida como una colorida caricatura. Una exageración para reírse del carácter inhumano de la gente culta a la que le teme el hombre común. Un enorme sueño húmedo de los que están hartos de la mediocridad de sus familiares que no abren un libro si no lo venden en Sanborns, que se expresan prácticamente en lenguaje televisivo, comunicándose entre ellos a través del nuevo video-sensación en Facebook y las fotos de gatitos en Whatsapp. Ni cómo culpar al guionista.

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La burla es una Swiss Army Man (Daniels, 2016) que salió de la adolescencia, pues emplea la estética del cine independiente feel good con sus colores brillantes, su música indie, sus campanas y coritos de fondo y su glorificación de la actitud “socialmente incómoda” para combatir las normas intransigentes de corrección cívica. Se sitúa, asimismo, en un bosque imposible amueblado de cachivaches en donde los elementos de la psique del protagonista están lo suficientemente aislados para darles orden a través de las acciones más inverosímiles (en Swiss Army Man, es un niño que intenta configurarse como un hombre; en Capitán Fantástico, es un hombre que intenta configurar a su familia). En otras palabras, la mentalidad del búnker: una especie de soledad post-apocalíptica muy popular en el cine de los últimos años —véase también en las dos películas más conocidas de Yorgos Lanthimos: Kynodontas (2009) y The Lobster (2015)— en donde, mediante la desproporción imaginativa y un vacío legal, se permite caricaturizar a la sociedad de nuestro tiempo.

Lejos de una connotación negativa, una buena caricatura sirve a dos propósitos. El primero es burlarse, sí, pero el segundo es hacer un juicio crítico. ¿A quién le tira la piedra Capitán Fantástico? ¿Cuáles son sus argumentos? Si la noción de que esos locos sectarios comunistas celebren “el Día de Noam Chomsky” (con todo y póster conmemorativo) en lugar de la Navidad es para morir de risa (porque lo es), ¿el cineasta quiere favorecer entonces a la incómoda cena que se comparte entre la hipocresía de los comensales bien portados? Si hace evidente el peligro que corren los niños empoderados con libertad, ¿prefiere el adormecimiento de los primos embrutecidos por rutinas interminables de videojuegos? De acuerdo con Fernanda Solórzano, Ross —que, además de dirigir, escribió esta película— “quiere complacer a Dios y al Diablo” y falló por su doble e inacabado discurso. Pero el director no parece querer complacer a nadie, sino pegarle a los dos bandos para no tomar partido por una indecisión tal vez no resuelta a la hora de terminar el guion. Mientras que una postura neutra es perfectamente válida en los andares políticos de la vida cotidiana, no le funciona muy bien a una estructura narrativa.

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El retrato exacerbado del súper-hombre y sus súper-retoños cojea en el momento de alcanzar el clímax que era tan prometedor, pues una resolución como Dios manda implicaría que se reviente la burbuja de fantasía revolucionaria de la que el argumento parece mofarse o que se reafirme que, después de convivir con los mortales y descubrir que la arrogancia de los anarquistas tiene algunas fallas, la vida en sociedad sigue siendo muchísimo peor. Aunque Capitán Fantástico da la impresión de tomar el segundo camino (en un alegórico rescatar a la madre de las garras capitalistas del sistema), el que esto escribe le aclara al lector paciente, sin spoilers, que no se va a llegar a ninguna parte.

Resulta que, en anticipación a la ira de un rey imaginario, el bufón marxista optó por guardarse sus chistes más puntiagudos.

Trailer: 

Ficha técnica:

Dirección: Matt Ross

Guión: Matt Ross

Producción: Monica Levinson, Jamie Patricof, Shivani Rawat, Lynette Howell Taylor

Reparto: Viggo Mortensen, George MacKay, Samantha Isler, Annalise Basso, Nicholas Hamilton, Frank Langella

Edición: Joseph Krings

Dirección de fotografía: Stéphane Fontaine

Música: Alex Somers

País: Estados Unidos

Año: 2016