Por la gracia de Dios: víctimas burguesas y mucha voz en off

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Un viejo amigo de los scouts pregunta al banquero Alexandre Guérin (Melvil Poupaud): ¿contigo también ‘jugueteaba’ el padre Preynat? Tras un fallido ritual “expiatorio”, Alexandre decide emprender acciones legales contra el sacerdote y el arzobispo Philippe Barbarin (encubridor de los crímenes). A la denuncia de Guérin se suman François (Denis Ménochet) –creador  de una web para buscar otros casos– y Emmanuel (Swann Arlaud, el más notable del elenco) –víctima de los suburbios que padece ataques epilépticos–. Estos hechos serán el origen de la organización La Parole Libérée.

La nueva película de François Ozon tiene una pregunta polémica entrelíneas: ¿es lo mismo ser una víctima burguesa que sufrir abusos siendo de clase media o baja? Aunque Por la gracia de Dios inicia como otra historia más “basada en hechos reales”, concluye cuestionando las diferencias sociales ocultas detrás de los movimientos sociales (muy en la línea de 120 latidos por minuto de Robin Campillo, que alternaba la recreación histórica con un relato particular).  

A lo largo de las más de dos horas de duración, la atmósfera y el discurso se transforman; el filme inicia solemne y termina como una sátira a discreción (Ozon tiene sus límites). En el tercer acto, el realizador incluye burguesas tertulias que irrumpen en la seriedad de la trama: en una se discute sobrevolar un “pene” sobre el vaticano a manera de marketing/protesta y en otra la esposa de una víctima califica a los denunciantes de “bichos raros”. Esta violencia pasiva y banalidad en algunos diálogos da indicio del conservadurismo en las élites francesas (sin importar status e ideología).

Mientras tanto, Emmanuel y su madre (los únicos que no pertenecen a la alta sociedad del resto de  personajes) continúan con el tono dramático del inicio. En otras palabras, la justicia no se siente del todo tangible en la clase media baja (prestar atención a cómo los personajes se enfrentan en los careos con Preynat: los primeros lo saludan con “diplomacia” y Emmanuel no puede ni mencionarlo).

Muy tenue es la capa de crítica social sobre la “invisible” desigualdad en la metrópoli francesa (más explícita en la ficción de En la casa, por ejemplo). Es muy importante destacar esa particularidad, porque da una noción del arriesgado trabajo de un autor como Ozon (tan ensimismado en sus lugares comunes) al abordar una “historia verídica”. Mientras en películas como Spotlight (2015) o The Post (2017) se quita todo “color” para aparentar rigurosidad en la reproducción de los hechos, Ozon remata con un juicio personal de los protagonistas (casi en clave para los conocedores de su cine).  

Por la gracia de Dios también va sobre las nuevas masculinidades. Los protagonistas (en su condición de víctimas) son para su entorno “hombres rotos”, cobardes para superar el pasado (como muestra, a Guerin le dice su madre: “eres bueno revolviendo la mierda”). El objetivo de la lucha no es sólo meter a Preynat y Barbarin en prisión sino, también, sanar sus identidades masculinas vulneradas. Las mujeres se mueven en segundo plano, pero con funciones determinantes en los tres casos (ya sean madres o esposas).

No obstante, para llegar a ese final metadiscursivo es necesario ver más de una hora de metraje (muy) mesurado, resultado del ejercicio “periodístico” que el director realizó (entrevistó e investigó más de 70 casos publicados en La Parole Libérée). Durante la primera hora se da uso efectivo a la voz en off para reproducir la correspondencia online entre Guérin y los villanos (Regine, Barbarin y Preynat). Aunque el director intenta trasladar al cine la dinámica evasiva de los jerarcas católicos, esto aporta bastante paja a un primer acto que podría ser más breve o sustituido por más casos.

François Ozon lleva vigente en la industria europea más de dos décadas, presentando la mayoría de sus películas en alguno de los tres festivales de cine importantes del mundo (Cannes, Berlín o Venecia); sin embargo, Por la gracia de Dios no será de sus obras representativas. Sí, es muy importante el tema de la película y su  desarrollo es de un formalismo a la altura de Hollywood, pero le falta la violencia disruptiva de sus anteriores trabajos. En la película hay bastantes excesos: así como El amante doble (2017) era ofensivamente alocada e incoherente, Por la gracia de Dios es demasiado cordial con los espectadores; el experimento de “realismo social” que a uno de los máximos provocadores del cine francés le dio por explorar.  

A Hidden Life: el regreso de Malick a lo convencional

Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

En plena Segunda Guerra Mundial, Franz (August Diehl) es un agricultor que vive en la campiña austriaca con Franziska (Valerie Pachner) y sus tres hijas. Cuando el invasor régimen nazi lo obliga a unirse a sus filas, él se niega a combatir y se declara “objetor de conciencia”. En represalia, será arrestado y enjuiciado como traidor, mientras su esposa sufre el ostracismo en el pueblo.

Lo sorprendente de la nueva película de Terrence Malick es la existencia de un hilo narrativo (con inicio, desarrollo y final), en un intento por recuperar a la audiencia comercial que perdió con sus tres películas anteriores. A Hidden Life (2019) parte de la idea de insurgencia como acto espiritual (con la cosmovisión sacralizada de El árbol de la vida). La condición de Franz como beato no es con relación a su fe católica sino a la lealtad al movimiento antibélico.

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Malick tira alto con su reflexión sobre los límites de la bondad y el resultado es aceptable. Caso contrario a otros colegas –como Scorsese en Silencio–, matiza el sentido teológico y lo difumina con una buena carga de moralismo contemporáneo. Además, la película tiene un enfoque biográfico muy concreto, sin divagar en los caminos de la existencia y la metafísica (como lo hizo en El árbol de la vida, el pináculo de su filmografía).

El centro del relato es la fragmentación del héroe-santo entre el deber (el desacato al Tercer Reich) y el deseo (proteger a su familia). Los intercambios de cuitas entre Franz y su esposa permiten al director acotar los límites de la bondad en el “nuevo mundo” que se aproxima (similar a la propuesta de László Nemes en Atardecer): el pronóstico de una era de luchadores sociales bajo la amenaza de convertirse en “el enemigo del pueblo”. 

La reclusión por transgredir las normas es sufrida, en igual medida, por Franz y su esposa (tanto prisionero se es en cuatro paredes como en “libertad”). La tesis que los lleva a la insurrección es universal: “matamos inocentes, arrasamos ciudades por la noche y rezamos los domingos, ¿qué pasa con nuestro país?”. El código de Franz viola hasta su propio credo, en defensa de la justicia y la corrección moral (en un excelente desarrollo argumental de los altos valores de la revolución).

La figura del “héroe anónimo” e incorrupto es lo más atractivo y conmovedor de la película (coronado con la cita final de George Eliot). El director se toma muy en serio la buena voluntad de Franz y enaltece sus virtudes a niveles mesiánicos (aspecto que puede generar empatía o rechazo en los espectadores políticamente más radicales).

A diferencia de largometrajes anteriores (ambientados en la “actualidad millennial” desde la perspectiva baby boomer), el realizador se siente temáticamente “más cómodo” y desarrolla un ensayo introspectivo sobre la espiritualidad y la ideología política; aspectos que se sentían impostados y desfasados en la infame etapa prolífica de Malick.

La ambientación en el siglo XX hace que la película funcione con la crítica, debido a la distancia con el “estilo publicitario” del realizador (preciosista y analítico). Como lo mencionó en 2017 durante el SXSW, Malick es consciente de la similitud de sus imágenes con el marketing actual; sin embargo, nada ha cambiado en el rumbo de su filmografía –más allá de retornar al revisionismo histórico de Días de Gloria  o La delgada línea roja–, ya que, visualmente, A Hidden Life es igual de plástica y cansina que Song to Song.

La seriedad discursiva es inverosímil cuando el “estilo Malick” es innecesario en las tomas y pareciera que (literalmente) la cámara golpeará al actor. Mientras Yorgos Lanthimos, por poner un ejemplo, curva la imagen sin hacer el mínimo ruido, Malick hace todo lo posible para que notes sus experimentos visuales –y para lograrlo repite composiciones una y otra vez–.   

Como en la mayoría de sus películas, existe un exceso de metraje y monólogos redundantes, ocasionando que los puntos fundamentales del discurso se pierdan entre tanta “voz en off ilustrada” (un estilo sobrecargado que debe ser dosificado para no terminar en el empalagamiento). A Hidden Life parece ser un ejercicio edificante previo a The Last Planet, su próxima película sobre (¡qué novedad!) Jesucristo (donde, seguramente, habrá bastantes soliloquios aún más densos).

En una década, Malick nos ha confirmado que no planea abandonar su zona de confort reflexiva. Está de más encontrar contras, A Hidden Life es la película de un artista con ideas arraigadas y sin hambre por explorar lo que está fuera de su pensamiento. El largometraje es un placebo para los fans y una obra accesible para quienes inician en el sesudo universo del realizador. 

Grandes videos musicales dirigidos por David Fincher

Por: Brenda Hernández (@lalelilolupita)

Antes de ser el realizador de las súper-producciones hollywoodenses en las que explora la vida moderna y la psique humana (Se7enFight Club, The Social Network, Gone Girl), David Fincher destacó como una de las figuras más importantes de la industria del videoclip en la era de MTV. Aerosmith, Madonna y The Rolling Stones son sólo algunas de las estrellas con las que ha trabajado en casi 40 títulos. 

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Su aportación al audiovisual pop también le permitió perfeccionar el estilo de sus exitosos largometrajes, en los que la precisión del montaje y el ritmo son fundamentales. A diferencia de la mayoría de los videos musicales en los que comúnmente se recurre a un sinfín de cortes frenéticos, los de Fincher están hechos de forma meticulosa; cada movimiento, toma y corte tienen una intensión narrativa. 

Aunque Fincher es una referencia del videclip de los 80, es un trabajo al que recurrió en los últimos años con artistas como Nine Inch Nails o Justin Timberlake. 

Bop ‘Til You Drop de Rick Springfield (1984)

Janie’s Got a Gun de Aerosmith (1989)

Express Yourself de Madonna (1989)

Straight Up de Paula Abdul (1989)

L.A. Woman de Billy Idol (1990)

Freedom ’90 de George Michael (1990)

Vogue de Madonna (1990)

Home de Iggy Pop (1990)

Who Is It de Michael Jackson (1992)

Love is Strong de The Rolling Stones (1994)

Only de Nine Inch Nails (2005) 

Suit & Tie de Justin Timberlake (2013)

Me amarán cuando esté muerto: el documental sobre el último filme de Welles

Por: Brenda Hernández (@lalelilolupita)

“Ninguna película tiene final feliz, a menos que dejes de contarla antes de que termine”

-Orson Wells 

En 1970 Orson Wells comenzó la realización de Al otro lado del viento, en la que a partir de un falso documental se narra la historia de Jake Hannaford (John Huston), un cineasta que vuelve a Hollywood tras una larga temporada en Europa para realizar su última película antes de morir. El rodaje duró más de seis años de manera intermitente y durante más de 40 la producción estuvo inconclusa por problemas económicos, legales y el principal conflicto… la muerte de su creador. 

Me amarán cuando esté muerto (2018) es un documental de Morgan Neville, en el que vemos a quienes formaron parte del elenco y staff de la inacabada cinta. En ella se explora el proceso creativo del también director de Ciudadano Kane (1941) al filmar su última película. Una retrospectiva a su vida personal y profesional permiten encontrar múltiples similitudes entre el protagonista y el creador. En este queda de manifiesto la importancia que tuvo para él la improvisación, su estilo particular de rodar, la meticulosidad de su edición y la característica personalidad abrumadora del estadounidense, quien gozaba en llevar al límite a todos su colaboradores.

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Pese a que Wells lo negó múltiples veces, la descrita como una película dentro de otra, es considerada como su autobiografía. Primero filmó la película de Hannaford, a la que se refirió como una producción con máscara, ya que tenía la libertad de hacer una historia  que no fuera hecha por sí mismo. Después rodó las escenas con estilo documental, algunas de las cuales tardó hasta cinco años en realizar. Los cambios constantes de locación y el caos que él mismo provocó fueron la principal causa de malestar entre el reducido crew y los actores, quienes confiesan no tener claro de qué iba la película.

Tras la odisea que implicó recuperar y terminar Al otro lado del viento (2018), se estrenó en la 75ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia. Se trata de una reconstrucción de la que según el propio Wells, sería la mejor película de su vida.

“Orson era la personificación de viento, yo conocía el otro lado de vierto. El viento que era capaz de acariciarte, levantarte y hacerte bailar” 

-Oja kodar

¿Qué quería hacer? ¿cuál era la esencia de la película? ¿quería terminarla? ¿quería siquiera hacerla? O quizá su verdadera intención era convertirla en un mito para que se hablara de ella. Todas estas preguntas se plantean en el documental, lo cierto es que no existen respuestas, pero al menos, ahora podemos ver ambas cintas y ser testigos de otro lado del genio.

World Press Photo: entre el arte de la luz y la polémica

Por: Karla León (@klls_luu)

La controversia no sólo se ha desatado dentro del concurso, recientemente el World Press Photo facilitó un debate sobre la ética periodística de los fotógrafos y de la organización, al publicar la serie Dreaming Food (2018) de Alessio Mamo, a quien se le concedió el segundo premio en la categoría Personas, por mostrar a niños y adultos de zonas rurales en la India con la cara cubierta y una mesa de comida falsa frente a ellos. La organización publicó un comunicado con la disculpa del fotoperiodista, así como sus argumentos sobre la importancia de presentar este tipo de trabajos.

Sin duda, la World Press Photo ha fungido como un espacio noble para el arte de la luz, donde historias de vida se impregnan para mostrarle al mundo la nueva realidad y la cotidianidad de nuestros tiempos. No obstante, también es cierto que la polémica nunca se separará de dicho certamen porque, con alteraciones o no, el periodismo nació para incomodar. 

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Aquí te presentamos las fotografías más polémicas que han opacado a esta importante organización en los últimos años. 

Gaza Burial (2012)

Galardonada en la categoría Noticia de actualidad, y reconocida como Foto del Año, el sueco Paul Hansen desató polémica en la 56° edición del World Press Photo, luego de que el analista de imágenes, Neal Krawetz, afirmó una supuesta falsificación de la fotografía con superposiciones y retoque en los rostros para dramatizar la escena. 

La imagen, que muestra los cuerpos amortajados de dos menores que son trasladados a una mezquita para su funeral, fue sometida a valoración para comprobar las alteraciones. Sin embargo, más allá de comprobar la postproducción al cambiar la densidad de la luz, no se encontraron modificaciones en cuanto al supuesto montaje. 

La WPP se deslindó de las críticas al asegurar el endurecimiento de los protocolos para la selección de las fotografías, además de la asesoría de expertos en el tratamiento de imágenes.

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The Dark Heart of Europe (2015) 

Aunque en 2013 se reforzaron las medidas para la selección de las fotografías, la 58° edición del World Press Photo fue cuestionada por la revocación del primer lugar a la serie fotográfica The Dark Heart Of Europe del italiano Giovanni Troilo, de quien afirmaron, tergiversó la ubicación y organizó las acciones dentro de las tomas. 

La controversia estalló cuando se demostró que en una fotografía de la serie que participó en la categoría de asuntos contemporáneos, en la que se muestra un encuentro sexual dentro de un automóvil, se empleó un flash de control remoto para iluminar el asiento trasero, de esta forma, el jurado determinó una violación a las normas básicas del concurso. 

An Assassination in Turkey (2016)

El cuerpo del embajador ruso Andréi Kárlov junto a Mevlüt Mert, su agresor y quien sostenía en arma mientras una mirada iracunda penetraba a través de la lente de los periodistas, fueron los elementos que le dieron a Burhan Ozbilici el reconocimiento a Foto del Año en la 59° edición del World Press Photo. 

La elección de la fotografía dividió al jurado y más tarde a los espectadores, quienes iniciaron un debate en torno a si debían galardonar el evidente odio y violencia que existe en nuestra época. No obstante, el acto del Ozbilici fue reconocido por capturar un momento significativo en la historia de Turquía, además de demostrar la ardua y difícil labor de los fotoperiodistas. 

An Iranian Journey (2017)

Hossein Fatemi obtuvo el segundo premio en la categoría Proyectos a largo plazo por la seria An Iranian Journey, trabajo en el que mostró a la sociedad iraní desde un punto de vista diferente y acentuando las actividades de las mujeres jóvenes, quienes, desde la perspectiva del autor, no parecen sufrir las consecuencias de un estado apegado a la religión. 

Aunque pesar se presentaron varias pruebas para demostrar que las acciones dentro de las tomas fueron planeadas y que, incluso, Fatemi compartió el montaje con la fotógrafa iraní Mojgan Ghanbari, la WPP expuso un comunicado en el que se determinó que tales argumentos no contaban con el fundamnto para determinar el fraude de las imágenes. Tras el escándalo y la nominación, una persona decidió presentar una denuncia en contra de Fatemi por retratarla sin su consentimiento.  

The Lake Chad Crisis (2019)

Este año la controversia no se separa del certamen que ya exhibe el material galardonado en el Museo Franz Mayer de la Ciudad de México. En esta ocasión no se trata de ninguna fotografía seleccionada, sino de la trayectoria del italiano Marco Gualazzini, quien participó con una serie sobre la crisis humanitaria en el lago Chad, lo cual lo llevó a conseguir el primer premio en la categoría Medio Ambiente y una nominación a Foto del Año e Historia del Año. 

En 2017, miembros del gremio cuestionaron su ética como periodista al presentar un reportaje sobre mujeres que habían sido víctimas de abusos sexuales en la India, en el que, aseguran, puso en peligro la vida de las afectadas al exponer sus rostros en las imágenes, además de mostrar a algunas menores, lo cual, representa un delito grave. 

Las investigaciones comprobaron que la historia construida en torno a esta situación no fue del todo verídica, ya que al menos una de las protagonistas del reportaje no tenía la edad que aseguraba Gualazzini y, sobre todo, no era víctima de ningún tipo de abuso o violencia, incluso, la joven aseguró que él le pidió posar para retratarla. 

Orson Welles: la radio antes del cine

Por: Rubí Sánchez (@rubynyu)

Orson Welles fue uno de los autores más ambiciosos a la hora de contar historias. El cine se convirtió en su mejor forma, pero lo venía haciendo desde el teatro y luego en la radio, en la cual encontró las bases para su estilo audaz. Sus adaptaciones radiofónicas son una muestra de su capacidad para comprender a los personajes y narrar sus tragedias.

En 1941 los escenarios de teatro en Dublín, Irlanda, veían a aquel joven de 16 años, que en menos de una década debutaría en el cine con una de las mejores óperas primas en la historia del cine. Sin embargo, el séptimo arte aun no estaba en los planes del chico originario de Wisconsin. Después de Irlanda preparó su camino para Broadway, esta vez con la compañía Mercury Teather, que fundó junto al productor John Houseman. Al mismo tiempo, Welles comenzaba a escribir y a dirigir adaptaciones de obras literarias a la radio. 

Su labor radiofónica arrancaba con la adaptación de Los Miserables para el programa The March of Time, perteneciente a la cadena Mutual Network. Esta actividad le permitía financiar sus producciones teatrales, pero se fue convirtiendo en algo más al trabajar en The shadow, la historia de un justiciero enmascarado con poderes hipnóticos, al más puro estilo pulp, muy popular en esa época. El talento de Welles veía una nueva oportunidad para despertar una diversidad de emociones en el público, y para el siguiente año integró a toda la compañía teatral a las adaptaciones radiofónicas, estrenando en Drácula en 1938, en la que desempeñaba dos papeles: el conde Drácula y al Doctor Seward. Así comenzaba su tradición no sólo de escribir, si no de actuar. A esta producción le siguieron La Isla del tesoro, El conde del Monte cristo y en El inmortal Sherlock Holmes, en las que fue la voz de los protagonistas. 

En el mismo año del estreno de Drácula, Welles presentaba el trabajo que le abriría las puertas a Hollywood. De nuevo junto a la Mercury Theatre, desató un fenómeno que alcanzó a una sociedad marcada por el inicio de la Segunda Guerra Mundial: la adaptación de La guerra de los mundos, del escritor H. G. Wells. Orson interpretó al profesor Pierson, quien, al interrumpir un programa supuestamente transmitido desde el Hotel Park Plaza en Nueva York, alertaba al publico de la llegada de visitantes espaciales al tiempo que se describían a los invasores: 

“Alguien está avanzando desde el fondo del hoyo. Alguien… o algo. Puedo ver escudriñando desde ese hoyo negro dos discos luminosos… ¿Son ojos? Puede que sean una cara. Puede que sea…”

El programa fue todo un éxito, lo escucharon alrededor de 12 millones de personas y provocó el caos entre quienes no llegaron a oír la advertencia inicial de que nada era real, y que durante 59 minutos vivieron los embrujos de la ficción. 

Posteriormente la compañía cambió su nombre a Campbell Playhouse, iniciando una nueva etapa con adaptaciones como A Christmas Carol, de Charles Dickens, que inauguraba la tradición del futuro cineasta en la grabación de producciones navideñas. El prestigio que significó La guerra de los mundos para Orson Welles le permitió contar nuevas historias con herramientas que no imaginaba antes, mismas que aprovechó para explotar su propio estilo. Gracias a la productora Radio-Keith-Orpheum (RKO), que le ofreció total libertad para escribir, producir y dirigir dos películas, es que nacía El ciudadano Kane (1941), por lo que el ahora director dividía su tiempo entre la radio y el cine.

Aun con la producción y estreno de la que hoy es considerada una de las mejores películas, Welles seguía en la radio. Participó en We Hold These Trust de Norman Corwin, un programa especial que celebraba el 150 aniversario de la Declaración de Derechos de los Estados Unidos, y el cual marca el inicio de su etapa en programas alusivos a la guerra, desde protagonizar un capítulo para el programa de hechos históricos Cavalcade of América, hasta escribir, narrar y producir Ceiling Unlimited, serie enfocada en glorificar la industria de la aviación, así como Hello Americans en la que se buscaba hermanar a los americanos del sur y del norte. En el misto tono, junto a Groucho Marx,  creó Orson Welles Almanac una serie que mezclaba la comedia y el patriotismo al llevar alegría a las tropas americanas. 

El estilo que Orson impregnaba a sus narraciones radiofónicas es incomparable, su trabajo de adaptación le permitió jugar con los deseos de sus personajes. La voz que aterró a la población alertando la presencia de alienígenas fue la misma que nos contó las desdichas de un magnate y nos emocionó con historias de amor destructivo. La mayoría de sus trabajos en radio pueden ser consultados en la página http://www.wellesnet.com

 

Toy Story 4: la secuela que superó la expectativas

Después de nueve años, la historia de los juguetes más famosos en el cine de animación, vuelve ante un público escéptico y que también llegó a manifestar disgustos por el diseño de algunos personajes. Al recordar los grandes momentos que nos dejó la última entrega, nos preguntábamos ¿era necesaria la continuación de un capítulo que creíamos cerrado?

Cuatro de nuestros integrantes nos comparten sus impresiones, ¿coincides con su crítica?

Pixar impulsó Disney a partir de una secuela. Toy Story 2 se planeó para salir directamente en VHS; la calidad de la historia y la portentosa animación –para la época– obligaron a los productores a cambiar el destino del filme. Inicialmente nadie creía en el resultado.

Un fenómeno similar ocurre con la cuarta entrega de la saga: ante el escepticismo del público, Josh Cooley entrega una película redonda pero más importante aun, como joven comandante del equipo técnico se arriesga a madurar los conflictos a los que nos tenían acostumbrados. Toy Story 4 resulta un ejercicio atípico para las propias convenciones del estudio, se equivoca con el guion pero es en tales resoluciones, a veces toscas, que encuentra una voz propia. Es un complemento idóneo para una de las mejores sagas en la historia del cine.

En Toy Story 3 la saga cerró su historia cuando Andy aceptó dar el gran paso de la juventud a la adultez, entregando sus juguetes a Bonnie, y cerrando el ciclo al que todo juguete está destinado. Esta nueva entrega es un epílogo que centra su desarrollo dramático en el vaquero, después de lo sucedido con su antiguo “niño” y su viaje existencial para tratar de dar respuesta a unas de las preguntas más importantes de la humanidad: ¿Quién soy? ¿A dónde voy?. 

En definitiva Toy Story 4 es la cinta más madura y existencialista de toda la saga. Hace 25 años Pixar estrenó en pantalla grande una historia sobre la camaradería entre dos muñecos rivales. Desde entonces, los personajes, su manera de ser y de pensar crecieron, al igual que los espectadores cómplices de esta aventura desde el inicio, hasta el final…o al menos espero que sea así. Un cierre que nos inspira a desafiar aquello que estamos destinados a hacer para convertirnos en lo que realmente queremos ser. 

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Toy Story 4 se presentaba como una sucesión totalmente superflua ante una excelente tercera parte, aparentemente concluyente, de una de las mejores franquicias en la historia del cine y la más importante del género animado. Qué equivocados estábamos. A pesar de comenzar con un descarado -y estupendamente ejecutado- llamamiento a la nostalgia, trastoca las bases en las que está fundada toda su narrativa: el propósito de un juguete y la consciencia de su existencia.

Woody confronta los vicios de su personalidad como su extrema “lealtad” que llega a codependencia, al cuestionarse por primera vez sobre si debe cumplir con su razón utilitaria de ser. Esta analogía sumamente inteligente -un tenedor, un franco utensilio, revela a otro utensilio con capacidades de raciocinio sobre su condición y su capacidad de elección-, construye un argumento atrevido para los estándares actuales de Disney-Pixar. Sí, probablemente es la cinta menos espectacular de todas pero, fiel a su esencia de atrevimiento impresa desde la entrega inicial, es la más interesante.

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Leslie Valle (@sirenamacarena)

Toy Story vuelve para demostrar –otra vez— lo que significa la lealtad y el amor. Aunque el conflicto es bastante similar a lo que ya conocemos, esta entrega cuenta con algunos elementos sumamente destacables, como la animación: los detalles en cada una de las secuencias son alucinantes, como si de escenarios reales se tratase. De igual manera está el crecimiento que tienen sus personajes, ahora vemos que Betty vuelve a la pantalla completamente transformada y empoderada (nada que ver con la tranquila y dulce pastorcilla) o a un Woody que –¡al fin! – piensa un poco en sí mismo y cede ante sus verdaderos deseos.

Aunque Toy Story 4, con su misma premisa de juguetes perdidos que intentan volver a casa, no revivió la emotividad y gloria de las otras tres, tiene un encanto genuino que hace que no sea otra secuela más.