Películas gastronómicas imperdibles: un viaje a través de siete países

Por: Citlalli Juárez (@citlallijuarez)

Qué es preparar un platillo, sino crear una narrativa que busca contar una historia de amor.

Fernando Moreno, crítico de cine

¿Cuál es el objetivo primordial del cine? Si me lo preguntan, y de manera muy personal, diría que es evocar sentimientos a través de historias visibles. En ese sentido, ¿el trabajo de un chef es diferente al de un cineasta? Ambos artistas seleccionan los mejores ‘ingredientes’ para preparar el platillo perfecto, la película perfecta. 

La relación entre el cine y la comida es humilde y la mayoría de las veces discreta. La comida es el actor silencioso que se encuentra en muchos de los momentos inolvidables del cine (pensemos en la escena del pastel de chocolate en la cinta Matilda de Danny DeVito) o en los más impactantes (la secuencia del strudel de manzana en Bastardos sin gloria). La comida es el seductor desvergonzado que conquista al espectador con tan sólo un cuadro; basta pensar en el recorrido por la comida callejera de Singapur en Crazy Rich Asians (Jon M. Chu, 2018) para salivar instantáneamente.  

Y es que, como menciona el director Fatih Akin, el cine y la cocina tienen muchos elementos en común, tanto así que incluso los roles son equiparables; si consideramos la película un restaurante, entonces el productor es el propietario del lugar, el director es el chef, los técnicos se convierten en los camareros y los espectadores son los clientes. Finalmente, ambas profesiones responden al mismo sentido de servicio; el poner alma y cuerpo en un producto con la esperanza de que este provoque aunque sea el mínimo sentimiento en quien lo recibe. 

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La importancia de la comida en el cine no reside en su encanto visual y estético, sino en el fuerte poder simbólico que adquiere al ser utilizada de la manera adecuada. Es por eso que a continuación te recomiendo algunas películas de diferentes rincones del mundo en donde la comida es un vehículo del amor, el pegamento de familias, el detonante de pasiones y depravaciones, y la tan necesitada redención que muchos necesitamos. 

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Dinamarca

El festín de Babette (Gabriel Axel, 1987)

A una pequeña aldea gris y sin vida de Dinamarca llega una mujer francesa a pedir refugio en la casa de dos hermanas puritanas. Babette, la francesa, comienza a trabajar para las mujeres seniles, hijas del pastor de la aldea y líderes de la congregación desde la muerte de su padre. Los años pasan y un día Babette descubre que ganó la lotería; en un acto de agradecimiento, la cocinera le pide a las hermanas estar a cargo del banquete de celebración del centenario de su padre y pide preparar un auténtico banquete francés.

Los feligreses son seducidos con espectaculares delicias parisinas como codornices rellenas de trufas y foie, sopa de tortuga, tarta de cerezas, selección de quesos y frutas exóticas, además de los mejores vinos y champagnes de la época. En esta película basada en el relato de Karen Blixen, Babette es un rayo de luz en la penumbra que cobija el pueblo, mientras que su comida es la cura del odio y el desdén.

Estados Unidos

Burnt (John Wells, 2015)

Adam Jones (protagonizado por Bradley Cooper) es un chef prodigio que tira su carrera a la basura tras caer en las drogas, además de frustrar la trayectoria de sus compañeros de trabajo e incluso la reputación de su mentor, Jean Luc. Después de un castigo autoinfligido, Adam regresa a Londres en búsqueda de su antiguo equipo de trabajo para abrir un restaurante y conseguir su tercera estrella Michelin. Uno por uno visita a sus amigos, convenciéndolos de trabajar con él, a pesar de las horribles circunstancias en las que terminó con la mayoría de ellos.

Burnt es un claro ejemplo de la tesis trabajada en muchos otros filmes de artistas obsesionados: la de la perfección que consume al artista. En algunas ocasiones dicho perfeccionismo puede resultar benéfico (recordarán la sonrisa de satisfacción de Fletcher en Whiplash) y en algunas otras incluso puede ser mortal (como Aronofsky sugirió en El cisne negro), pero tal vez esta película sea una aproximación más “real” al sentimiento sofocante de las altas expectativas personales, una batalla contra el tiempo en búsqueda del éxito y el ser incapaz de confiar en otros y en uno mismo. 

Chef (John Favreau, 2014)

Película obligada para todos los foodies, pues está repleta de escenas dedicadas a la preparación de platillos deliciosos con las que puedes babear y que definitivamente abrirán tu apetito. 

Esta entretenida comedia cuenta la historia de Carl Casper, un chef que trabaja en un restaurante cuyo dueño está atrapado en el tiempo y se rehúsa a innovar y cambiar el menú. Un día llega al restaurante un famoso blogger de comida, quien destroza los platillos en su crítica; motivado por el enojo, Casper le responde por Twitter y, como buen fósil tecnológico, no se percata de que su respuesta fue pública, sin embargo, la gente simpatiza con él y gana seguidores. Carl le ofrece una revancha al ‘crítico’, pero en esta ocasión cocina algo con el corazón, aunque no es suficiente para convencer al blogger y esta vez pierde algo más que su orgullo, también su trabajo y su credibilidad como chef. Motivado por su exesposa y el desempleo, Carl decide abrir un foodtruck de sándwiches cubanos.

Llena de sabor, color y música, Chef es una historia familiar excelente para ver el fin de semana. Eso sí, no la veas con el estómago vacío. 

Francia

La gran comilona (Marco Ferreri, 1973)

Anteriormente mencioné que la comida en el cine ha sido el detonante de pasiones y depravaciones, y no existe mejor ejemplo que La gran comilona, una de las cintas más “escandalosas” de todos los tiempos, incluso comparada con Saló o los 120 días de Sodoma. 

En una pequeña residencia se dan cita cuatro amigos para llevar a cabo el evento culminante de sus vidas: un suicidio gastronómico. Los hombres deciden quitarse la vida comiendo deliciosos festines diarios, de día, tarde y noche, llenando sus estómagos de gloriosos manjares y saciando sus deseos carnales con algunas prostitutas y una tímida profesora. En esta barahúnda, entre platos y cubiertos, se da rienda suelta a la bebida, la comida y el sexo, siendo la muerte la culminación de todos los deseos y perversiones. 

Desde su estreno, La grande bouffe (título original) se convirtió en la pesadilla y el dolor de estómago de decenas de cineastas. Es bien conocida la anécdota de la presentación de esta entrega en el Festival de Cannes, ocasión en la que Ingrid Bergman, presidenta del jurado de aquél año, sufrió un percance después de verla.

En este filme, la forma en que los amigos deciden quitarse la vida es una metáfora de la burguesía y todo lo malo que hay con ella, mientras que la comida se convierte en un medio de placer y tortura. 

Los sabores del palacio (Christian Vincent, 2012)

Basada en una historia real, esta película cuenta la experiencia de Hortense Laborie,  una cocinera y productora de la región de Périgord, quien es llamada para convertirse en la cocinera personal de nadie menos que el presidente de Francia. Su labor consiste en atender la única petición del canciller: devolverle el amor por la comida simple y casera. Es así que Hortense comienza su trabajo como la nueva cocinera del presidente, ganándose inmediatamente el repudio de los chefs de la cocina central del palacio. Conforme los días avanzan, los cotilleos y los desprecios de sus colegas masculinos incrementan, además Hortense comienza una desgastante lucha con la administración que le impide hacer su trabajo de la mejor manera.  Lo que comienza como una experiencia revitalizante y retadora, pronto se convierte en una situación paralizante y conflictiva. 

Los deliciosos platillos tradicionales franceses (como filete de res en hojaldre, revuelto de hongos, tarta de crema con frutas del bosque, entre muchos otros) se complementan con la exquisita interpretación de Catherine Frot, quien da vida a una poderosa y rebelde Hortense. Le sabours du le palais (por su título original) explora los sentimientos de desesperación e impotencia al estar atrapado en un lugar en el que se espera que fracases, demuestra que el retirarse no significa ser vencido y que para superar algo, en ocasiones es mejor iniciar de cero. 

Grecia

Un toque de canela (Tassos Boulmetis, 1994)

Película que cuenta la historia de Fanis, un astrónomo que reside en Grecia, y las memorias de su abuelo, a quien no ha visto en décadas y que recuerda al enterarse que ha sido internado en el hospital. 

En este filme, la comida es una acompañante en la vida de Fanis, presente en las lecciones de astronomía de su abuelo en el ático de la tienda de especias del viejo o las tardes en donde las tías y su madre se reunían para instruir a la más reciente nuera en la preparación de las recetas familiares. Todas estas bellas cotidianidades son interrumpidas cuando oficiales turcos le notifican a su padre que serán deportados a Grecia, separándolo de su abuelo y su amor de infancia. 

Los aromas y las especias en la película son detonantes que rememoran los amores imposibles e impiden matrimonios arreglados. A su vez, la comida es una carta de amor para los seres queridos y una despedida cordial para el futuro que alguna vez se deseó. 

India

The Lunchbox (Ritesh Batra, 2013)

Esta coproducción entre India, Alemania y Francia demuestra que el cine indio es mucho más que las cómicas y dramáticas películas bollywoodenses, con una historia sencilla y emotiva. 

Situada en Mumbai, una de las ciudades más pobladas de India, un error en el sistema repartidor de meriendas provoca que la comida que Ila (Nimrat Kaur) preparó para su esposo sea entregada al contador Saajan (Irrfan Khan). Este desafortunado incidente da inicio a una amistad entre ambos solitarios personajes, quienes encuentran apoyo y consuelo en el otro. Cada día, Ila esconde una nota entre el pan pita y prepara deliciosos platillos para enviar, mismos que Saajan devora con gusto y responde cordial y sabiamente a las quejas de su nueva amiga y cocinera. Pronto los protagonistas comienzan a desarrollar sentimientos indescriptibles por el otro y deciden que es momento de verse, ¿cómo resultará eso?

Una maravillosa historia donde la soledad y el amor son sentimientos principales en la trama, la comida es una manifestación más del amor, que se complementa perfecto con las grandiosas actuaciones de los actores principales, los cuales llenan de credibilidad y simpatía a sus personajes. 

México

Como agua para chocolate (Alfonso Arau, 1992)

Basada en la novela de Laura Esquivel, esta película se desarrolla en el México revolucionario y cuenta la historia de Tita y Pedro, dos enamorados condenados a vivir una trágica historia de amor. El cariño de ambos jóvenes se frustra cuando la madre de Tita impide su casamiento, obligando a la joven a vivir en la soltería para hacerse cargo de ella cuando llegue a la vejez. En un acto desesperado, Pedro decide casarse con la hermana mayor de Tita, para así poder estar a su lado, decisión que condena a los enamorados a una vida de sufrimiento. 

Está claro que no se puede hacer nada y que la mala fortuna los persigue, pero Tita, quien nació en la cocina entre aromas y sabores, demuestra su amor por Pedro de la mejor manera que conoce: a través de la comida. Es así que entre chiles en nogada, frijoles y tortillas, florece un amor desbordante.

Los platillos preparados con todo el corazón de Tita, se convierten en un diálogo apasionado de amor que cautiva a cualquiera que pruebe bocado de tan fantásticas creaciones. Es así que unas simples rosas obsequiadas por el amor de su vida, se transforman en un festín orgásmico y sin igual.  

Reino Unido

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989)

Como su nombre lo sugiere, la película aborda la relación pasional entre Georgina y Michael, un hombre educado y amante de los libros que es cliente habitual del restaurante ‘Le Hollandais’ propiedad del esposo de Georgina, un prepotente abusador y ladrón cuya única pasión parece ser la alta cocina. En esta historia el chef, Richard Borst, juega un papel importante como el aliado y protector de la pareja, es él quien ayuda a los enamorados a engañar al desagradable ladrón. 

La notable formación artística del director se presenta en la composición de los cuadros y el manejo de la iluminación en la cinta, misma que utiliza diferentes colores para representar los sitios en los que se desarrolla la historia, además de lograr una bella armonía entre disciplinas como la pintura, la música y el cine. A su vez, la comida se presenta como el personaje principal del drama, opulenta y exuberante se muestra entre cuadros, los ingredientes se mezclan con los cuerpos desnudos de los protagonistas en un encuentro pasional, los platillos son recompensas para los enamorados y un exceso para los demás. Por último, la comida se convierte en el pináculo de lo que se podría considerar una de las mejores venganzas en la historia del cine. 

La historia de un niño hambriento (S.J. Clarkson , 1989)

Basada en la vida del chef y escritor de cocina, Nigel Slater, esta película es la historia del pequeño Nigel, un niño que vivía en una casa donde la buena comida no era conocida. Su madre, a pesar de ser un alma dulce y amorosa, no sabía cocinar más que comida enlatada y pan tostado. Después de una trágica enfermedad, Nigel queda huérfano de madre, quedando a cargo de su padre, un señor malhumorado con quien nunca ha congeniado. Su vida se vuelve de cabeza cuando una nueva señora de limpieza, la señora Potter, comienza a trabajar en su casa, vistiendo ajustados atuendos y seduciendo a su padre con deliciosas comidas. Nigel, renuente a que su padre se relacione con la señora Potter, comienza una lucha desgastante contra ella para ver quién gana el corazón del patriarca a través de la comida. 

Toast (por su título original) es protagonizada por la excéntrica Helena Bonham Carter, quien personifica a la perfección a la madrastra Potter, y Freddie Highmore, tan sutil y delicado como siempre, da vida al joven Slater. Una historia donde la familia y el hogar son una prisión, y la comida pasa de ser un arma de batalla a una súplica de amor. Una bella historia que demuestra que el destino sólo cambia si se tienen las fuerzas suficientes para hacerle frente.

Ocho películas sobre adolescentes en contextos difíciles

¡Ah, la adolescencia! Para algunos, la mejor etapa, para otros, el peor momento de sus vidas. Sea cualquiera de las opciones, lo cierto es que esta transición entre la infancia y la adultez está llena de dudas y cambios, repleta de experiencias que nos llevan a establecer nuestra identidad. Si a esto le añadimos un contexto social abrupto que enfatice o complejice todos esos procesos e incertidumbres, la etapa se vuelve más determinante y memorable.

Aquí te comparto una lista de ocho películas en las que sus protagonistas se enfrentan a crecer en un ambiente que les plantea encrucijadas mayores a las de cualquier adolescente.

Monos (Alejandro Landes, 2019)

El largometraje, más colombiano que de cualquier otra nacionalidad de las involucradas en su producción, se centra en las actividades de un grupo paramilitar conformado por jóvenes quienes, entre juegos y relaciones amistosas y amorosas, crecen en las montañas y en la selva mientras cuidan a su rehén, la Doctora. Su director declaró, que quería mostrar esa sensación vertiginosa de estar en un conflicto armado y en un momento tan melodramático como la adolescencia.

La película, estrenada en Sundance, aborda un tema recurrente, pero desde decisiones estéticas que se apoyan mucho en la fotografía de Jasper Wolf para hacerla más sensorial que política. 

Chicuarotes (Gael García Bernal, 2019)

Después de 11 años de su debut como director con Déficit, García Bernal trae la historia de Cagalera y Moloteco, dos adolescentes que, fastidiados de su ambiente hostil y poco prometedor, están dispuestos a ser delincuentes para cambiar la vida que llevan.

El guion de Augusto Mendoza, de hace 16 años, demuestra lo poco que ha cambiado México en cuanto a sus problemáticas sociales. Sin embargo, García Bernal no se acercó a ese tema, ya tan conocido por los mexicanos, de una forma novedosa y hace que su segundo largometraje se sienta un poco atropellado en cuanto al tono o al desarrollo de sus personajes. Esto no le quita que sea un claro ejemplo de hacia dónde te pueden llevar decisiones impulsivas tomadas por el hartazgo que provoca una realidad violenta.

Atlantique (Mati Diop, 2019)

Derivado de su corto documental Mille Soleis, el primer largometraje de Diop lleva al terreno de la ficción los dilemas de los jóvenes senegaleses: mujeres con matrimonios arreglados; los hombres, en incipientes embarcaciones, cruzan el Atlántico en busca del sueño europeo. De nueva cuenta se hacen presentes las pocas oportunidades para la realización profesional de ciertos sectores de la población.

La ganadora del Gran Premio del Jurado en Cannes sigue la historia de Ada, una joven que ve partir a su novio en una de esas pequeñas barcas, mientras ella debe seguir con un casamiento que no desea. Aunque la película fue criticada por la mezcla de temas y géneros, es una historia romántica, social y fantástica a la vez. Diop le apuesta más a las imágenes que a la trama para darle otras resoluciones a los conflictos de los jóvenes en Senegal. 

Ya no estoy aquí (Fernando Frías, 2019)

Esta es la historia de Ulises, líder de los Terkos, un grupo de amigos que son parte de los cholombianos. Obligado por un conflicto entre las bandas de su colonia migra a Nueva York, Estados Unidos. Ahí comienza su verdadero viaje de regreso a casa a través de la nostalgia de dejar el espacio y a los amigos que lo hacen ser quien es. Fernando Frías no realiza una película sobre la violencia en las zonas más precarias de Monterrey, la establece como parte de la cotidianidad de sus personajes. Con la “guerra contra el narco” de telón, se centra en Ulises y de qué manera conforma su identidad, en especial desde la música.

Aunque el director ponga a su protagonista a lidiar con sucesos muy agresivos, también le da oportunidad de ser adolescente, de convivir con sus amigos y con ello darle un respiro a él y al espectador de toda esa realidad que a veces nos desintegra. 

American Honey (Andrea Arnold, 2016)

Star abandona un hogar disfuncional y se aventura a ser parte de una suerte de clan de niños perdidos que venden revistas de puerta en puerta. Sin miedo a dejar nada atrás y sin una promesa, más que la de la libertad por delante, Star es representante de una generación por la que nadie apuesta. Aunque la película no fue tan bien recibida como Fish Tank (2009), Arnold vuelve a enfocarse en mujeres jóvenes que oscilan entre la inocencia y la fortaleza para seguir en pie en un contexto áspero.

El tercer largometraje de la directora británica le apuesta a la fotografía de Robbie Ryan y a su selección musical, no para darle una resolución a lo que plantea en pantalla, sino solo para dar ese recorrido junto a la protagonista. 

Voraz (Julia Ducournau, 2016)

Justine es una joven que, siguiendo los pasos de su familia, está por entrar a estudiar veterinaria, y en ese nuevo paso a la adultez personal y profesional, la protagonista se enfrenta a su propia naturaleza. En esta película, a diferencia de las demás en la lista, el contexto abrumador no viene de lo social, sino de las figuras de las que se vale el cine de horror para encuadrar predicamentos de la realidad. Los comentarios sobre las reacciones de asco y vómito ante lo gráfico de las escenas de canibalismo de la película de Ducournau desviaron la atención de los temas centrales que son la conformación de la individualidad a partir de la continuidad y desapego de lo familiar. 

Hot girls wanted (Jill Bauer Ronna Gradus, 2015)

“No es difícil aprovecharse de una chica de 18 años que tiene sexo frente a una cámara. […] La mayoría de las chicas aceptaban hacer lo que fuera. Si tiene un signo de dólar al frente: anótame” dice Tressa en el documental de Bauer y Gradus. El valor de esta película, presentada en Sundance, no está en el tratamiento audiovisual, sino en la temática: mujeres de entre 18 y 21 años que incursionan en la pornografía amateur.

Las apenas legalmente adultas, aunque a voluntad, pero atraídas por sus aspiraciones a la fama y la autorealización o independencia de sus hogares, se inmiscuyen en un negocio misógino que, en su mayoría, vende como fantasía la idea de sexo no consensuado con mujeres muy jóvenes.  

La jaula de oro (Diego Quemada Diez, 2013)

Tres adolescentes, dos guatemaltecos, Sara y Juan, uno indígena mexicano, Chauk, protagonizan esta road movie, no en un convertible o camioneta amarilla, sino en un tren llamado la Bestia. Sin caer en un tratamiento melodramático de la travesía migrante a los Estados Unidos, el director presenta a los jóvenes con una actitud de mucha entereza ante las vicisitudes de lo que están por vivir. Más allá de enfocarse en las problemáticas que los llevan a irse, puesto que esos parecen ser ya temas obvios, lo importante en la película es el viaje que realizan, que toma relevancia conforme tiene que dejar a sus personajes atrás.

El primer largometraje de Quemada Diez toca muy de cerca la línea del documental, por haberse basado en cientos de relatos de migrantes para conformar esta historia de madurez a lo largo de un trayecto obligado. 

Los mejores cortometrajes de la antología ‘Hecho en casa’ de Netflix

Por: Leticia Arredondo (@leetyAV)

El 30 de junio Netflix estrenó Hecho en casa (Homemade), una antología de cortometrajes producida por el cineasta chileno Pablo Larraín. En la recopilación de 17 títulos, incluido uno del mismo Larraín, se hallan diversas inquietudes ante lo que representa un evento mundial: la pandemia por COVID-19.

Directoras y directores de Japón, Estados Unidos, México, Francia, entre otros países, se dieron a la tarea de retomar el confinamiento y plasmarlo en sus cortometrajes. Es así que apreciamos el mismo evento desde diversas perspectivas y propuestas visuales.

A continuación la selección de las que considero las mejores entregas:

Documentales que puedes ver gratuitamente en FilminLatino

Por: Erik León (@erictronikRKO)

FilminLatino, la plataforma del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) cuenta con diversas selecciones de cine gratuito (que en total superan los 100 títulos), a las cuales es posible acceder al realizar un rápido registro.

A continuación una selección de documentales mexicanos:

Hilario, músico extraviado (Roberto Bolado, 2009) 

Documental que presenta la recopilación de testimonios de personas cercanas al compositor mexicano de Jazz Hilario Sánchez del Carpio, especializado en marimba, piano y trompeta, quien desapareció misteriosamente en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas.

Como una manera de recordar al músico, se hizo la recopilación de varios testimonios de sus familiares que recuerdan cómo fue la infancia y la trayectoria del maestro de origen chiapaneco. Nominado en la Muestra Internacional Documental de Bogotá, el título fue ganador en la categoría libre de Sociedad y Cultura de la Cuarta Convocatoria de Canal 22/Conaculta.

DISPONIBLE AQUÍ

Jornaleros (Eduardo Maldonado, 1978)

El director se dio a la tarea de recopilar los testimonios de campesinos de Oaxaca, Morelos, Michoacán y Guerrero en su búsqueda de trabajo y salario digno. Lo que pretende este trabajo es mostrar el camino que suelen seguir agricultores de las zonas sur de México para acceder a las zonas de mayor desarrollo en el noroeste.  

Eduardo Maldonado también es director de los documentales Testimonio de un grupo (1970), Sociedad colectiva quechehueca (1971) y Atencingo, cacicazgo y corrupción (1973).  

Teatro penitenciario: libertad desde la sombra (Carlos González García, 2011)

Producción ganadora de la sexta convocatoria que realiza el Canal 22 para producciones independientes. Teatro Penitenciario. Libertad desde la sombra es un relato cinematográfico que nos adentra en la actividad que Jorge Correa realizó por más 30 años: montar obras de teatro en las cárceles mexicanas. 

El director crea un largometraje en que refleja a la perfección la labor de Jorge Correa, quien sin importarle que delito hayan cometido las personas privadas de su libertad, les permite despojarse de sus miedos y ser libres por algunos eternos instantes. A través del teatro, el principal objetivo es que se olviden de los horrores de la prisión. 

DISPONIBLE AQUÍ 

Agua Sagrada: Minería en Wirikuta (Varios directores, 2015)

El documental realizado entre diversos medios independientes, entre ellos Naranjas de Hiroshima, La Sandía Digital Subversiones, Agencia Autónoma de Comunicación, y el cual retrata la lucha que vive el pueblo Wirárika en contra del exterminio de la lógica capitalista.

Los colaboradores fueron a lugar para documentar a quienes siguen en pie de lucha por la defensa de su territorio. Aun con los triunfos que ha obtenido el pueblo Wixárika en la defensa de sus sitios sagrados, el cortometraje documental deja ver que persisten otros proyectos mineros que amenazan el sustento de las comunidades. 

DISPONIBLE AQUÍ 

Bastardos desterrados (Mario González Jimenez, 2018)

Documental que se exhibió en Philadelphia Latino Film Festival y en el San Diego Latino Film Festival. Trata sobre tres artistas urbanos que han encontrado en el rap un refugio ante la adversidad; su música es la forma de hacerse escuchar, representando la voz de sus comunidades a través de sus letras.

Gracias a que fue seleccionado en el Concurso Identidad y Pertenencia 2018 del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF por sus siglas en inglés), Bastardos desterrados formó parte del Short Film Corner, espacio del Festival de Cannes dedicado a la promoción y muestra de cortometrajes.

El manatí del caribe (Martha Dunhe, Miguel Camacho Figueroa, 2017)

Muestra las características del manatí, una de las tantas especies que se encuentran en peligro de extinción debido a la caza. 

El documental también detalla las acciones que los ecologistas comenzaron a implementar para investigar y promover el cuidado del medio ambiente y vigilar a esta especie para evitar su desaparición. 

Ocho películas asiáticas de cocina que hablan del amor, la familia y la vida

Por: Citlalli Juárez (@citlallijuarez)

Cuando pensamos en el papel de la comida en el cine asiático es muy probable que lo primero que brote en nuestra mente sean escenas como el festín del Sin Rostro en El Viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) o el desayuno de tocino y huevos en El Increíble Castillo Vagabundo (Hayao Miyazaki, 2004), dos referentes del food porn en la animación japonesa. 

La comida en el cine funciona como un elemento visual que representa la opulencia. Recordemos la escena de postres y moda de María Antonieta (Sofia Coppola, 2006), o la desigualdad de clases y los sirvientes que comen las sobras de los amos en El olor de la papaya verde (Anh Hùng Trần, 1993). También, la comida funge como un instrumento de venganza: ahí está Greenawey en El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1989). 

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Cuando se recurre a la comida como un elemento conciliador entre personas y culturas, o más que un mero adorno visual, el cine asiático (sobretodo el japonés) es el que destaca. En el cine oriental, la comida (y el comedor mismo) adquiere un fuerte poder simbólico: manifiesta un momento de reunión y convivencia; un instante de intimidad entre personas. Ejemplo de ello son las películas que a continuación refiero, donde la comida se desenvuelve como un puente entre culturas, el facilitador de las relaciones entre personajes e incluso un componente que invita a reflexionar sobre la vida. 

Comer, beber, amar (Ang Lee, 1994)

Se desarrolla en el corazón de Taipéi y cuenta la historia del Maestro Chan, un reconocido chef de la cocina tradicional taiwanesa, y su complicada relación con sus tres hijas. Después de la muerte de su esposa, el maestro cocinero y sus hijas se apartan. El único momento de convivencia que les queda como familia es la cena que el padre prepara cada domingo que se reúnen. Las tres hermanas difieren en formas de pensar y vivir, razón por la cual se alejan, mientras que su padre es incapaz de encontrar una forma de acercarse a ellas, además de que enfrenta la lenta pérdida de su sentido del gusto. 

La comunicación es el hilo conductor que guía la trama, ya que los protagonistas son incapaces de expresar amor y lo que aqueja sus corazones. En este caso, la comida sirve como el mensajero que articula los pensamientos y da razón a las emociones de la familia; la comida deja de ser un simple banquete dominical y se convierte en un vehículo para el amor. 

Comer, beber, amar es una joya cinematográfica del famoso director de Secreto en la montaña (2005) y La vida de Pi (2012), así como una evidente crítica al desplazamiento agresivo de las tradiciones por la modernidad (la mayoría de las veces asociado con occidente); un punto de convergencia entre el pasado y el futuro, los deseos familiares y las aspiraciones personales. 

Una historia que, en palabras del difunto chef Anthony Bourdain, “sólo una rata inmunda y sin corazón podría ser inmune a sus encantos”. 

A tale of samurai cooking (Yuzo Azahara, 2013)

Situada durante el dominio Kaga del Japón feudal, propone una historia nueva y diferente en las películas de los guerreros samurai. Este drama romántico de época aborda la relación entre Haru, una joven sirvienta con un talento excepcional para la cocina, y Yasunobu, el segundo hijo del cocinero real del dominio Kaga. 

El padre de Yasunobu le ruega a Haru casarse con su hijo para instruirlo en el arte de la cocina y que éste pueda reemplazar a su difunto hermano en la tradición familiar de los cocineros samurai. Haru le enseña al joven guerrero cómo ser un mejor cocinero y a respetar la profesión que le ha brindado orgullo a su familia durante generaciones. Lo que comienza como un matrimonio arreglado y lleno de desprecio, evoluciona en una relación de respeto y cariño. 

En la película la comida es un referente de los modos de vida de las comunidades bajo el dominio Kaga. Es así que los alimentos adquieren un peso político e incluso el papel del cocinero samurai se puede comparar con el de un diplomático mediador, pues restablece la dignidad de su pueblo y demuestra la fortaleza de su gente a través de sus platillos. 

Basada en las recetas escritas por Dennai y Yasunobu Funaki, recolectadas en el libro The Silent Ascetic of Cuisine (publicación sobre la cocina Koga), que continúan presentes en la cocina japonesa de hoy en día, esta película demuestra, a través de una historia simple y en ocasiones ligeramente cómica, que el trabajo de un samurai es mucho más que blandir una espada y derramar sangre. 

Tampopo (Juzo Itami, 1985)

Esta joya cómica fue presentada como el primer ramen western, en referencia al spaguetti western de los estudios italianos, y se ha convertido en un clásico del cine japonés. 

Tampopo es una mujer en sus treintas que dirige el restaurante de ramen de su difunto esposo, sin embargo, no posee el conocimiento ni el sazón para lograr que más gente la visite. Después de la repentina llegada de dos camioneros, Tampopo le pide a uno de ellos que le enseñe el camino para ser la mejor chef de ramen de su vecindario. Convencido por la inocente súplica de Tampopo, Gun accede a ayudarle, por lo que maestro y estudiante comienzan un entrenamiento arduo para lograr cocinar el mejor ramen del área. 

Durante la búsqueda de la receta del caldo perfecto y los mejores tallarines, Tampopo despierta la simpatía y compasión de quienes ven su travesía, y gana poderosos aliados que se convierten en maestros y finalmente en amigos. El ramen se convierte en el elemento conciliador de la relación de Tampopo y Gun, la razón por la que enemigos pueden trabajar juntos en un objetivo en común, e incluso ayuda a que los personajes se armen de valor para enfrentar la vida. 

Si bien es cierto que la historia principal es la de Tampopo y su búsqueda por el ramen perfecto, las tramas secundarias también se entrelazan por medio de la comida, brindando escapes cómicos a la trama principal: desde la mujer moribunda que sólo se levanta del lecho de muerte para prepararle la cena a su marido, hasta la historia de amor entre un gánster y una joven que utilizan la comida para explorar sus fantasías sexuales. 

Tampopo no sólo une generaciones, también abre el apetito. 

Cook up storm (Wai Man Yip, 2017)

En la misma línea cómica se halla esta película china que probablemente los puristas del cine ni siquiera considerarían ver debido a su sencillo y un tanto predecible guion, o simplemente porque difiere mucho del formato de películas gastronómicas asiáticas. 

Cook up storm cuenta la rivalidad entre Sky Ko, el chef principal de un humilde restaurante de comida tradicional cantonesa, y Paul Anh, un chef coreano ganador de una estrella Michelin que busca elevar la comida tradicional, al mismo tiempo que apunta por ganar su segunda estrella. Ambos personajes enfrentan en una batalla de cocina sus diferentes visiones sobre la comida; sin embargo, a pesar de las diferencias, unen fuerzas para combatir un enemigo en común, logrando un equilibrio entre la comida tradicional y la alta cocina. 

La importancia de la comida es notoria desde los primeros minutos, pues se concibe como un puente entre culturas y un elemento importante en la formación del concepto de familia. La comida es la causante de grandes heridas emocionales, así como la responsable de que los personajes principales encuentren a sus amigos de verdad y su propia valentía. Los cocineros que una vez se enfrentaron logran respetar sus diferencias y aprenden el uno del otro,  combinando lo mejor de sus culturas y pasados para crear algo espectacular. 

Una propuesta que se aleja de las entregas asiáticas contemplativas que invitan a una exhaustiva reflexión sobre la vida y su significado; se acerca más a una película hollywoodense de acción, en donde los planos detalles de las llamas saliendo de los woks y las cámaras lentas de los ingredientes cocinándose invaden la pantalla. A pesar de la teatralidad que abunda, se muestra una historia conmovedora de dos chefs con inseguridades, quienes descubren el verdadero significado de la familia. 

El cocinero de los últimos deseos (Jojiro Takita, 2017)

Basada en la novela The Last Recipe de Keiichi Tanaka y dirigida por el autor de Okuribito (2008), ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera, cuenta la historia de Sasaki Mitsuru, un famoso chef que se gana la vida recreando platillos para gente millonaria, pues posee la magnífica particularidad de jamás olvidar el sabor de cualquier comida que pruebe.

Sasaki tiene un problema de actitud, su propia arrogancia llevó a su restaurante a la bancarrota y es por eso que se dedica a recrear platillos para pagar sus deudas. Un día un cliente le ofrece una sustanciosa cantidad para que rastree las recetas perdidas de un chef japonés que, según la historia que le cuentan, fueron servidas en el famoso Banquete Imperial Japonés. De esta manera, Sasaki emprende una extensa búsqueda que lo adentra en la historia del banquete, una historia de familia y amistad.

La película no busca ser histórica, y es justo por esa razón que el drama se centra en el cuento de un cocinero y su familia, el chef obsesionado por crear el mejor banquete y la amistad que nace entre personas de culturas heridas por una guerra cruel. Algunos pueden tachar a este título de complaciente al ocultar los horrores de la guerra chinojaponesa, sin embargo, muy a su manera y en su tono, pretende demostrar que a la hora de comer todos somos uno. 

La comida es el personaje principal que hace dialogar culturas, el mensajero de secretos magistrales de generaciones y el transmisor del amor de familia y amigos. Las recetas y platillos representan un paso más en la jornada de Sasaki hacia el autodescubrimiento y el elemento redentor del oscuro pasado del protagonista. 

Ramen shop (Eric Khoo, 2018)

Masato es el hijo de un chef japonés y una cocinera singapurense, quien trabaja en la tienda de ramen de su padre. La relación de padre e hijo se deteriora desde la muerte de la madre de Masato, y cuando su padre fallece repentinamente, el joven cocinero encuentra un diario que perteneció a su mamá. Aquel diario le brinda a Masato las fuerzas necesarias para emprender un viaje a Singapur con el objetivo de hallar los sabores que le permitan recordar a su madre. Con la ayuda de una blogger de cocina, Masato encuentra a su tío, quien también es cocinero, y le pide ayuda para aprender a preparar uno de los platos más representativos de la cocina de Singapur: el bak kuh teh. 

La comida en Ramen Shop cumple con su cuota de tomas instagrameables al recorrer las calles de Singapur a través de los platillos típicos, desde el cangrejo en curry hasta el arroz con pollo singapurense. Sin embargo, también es un elemento personal en la travesía del protagonista, pues la comida es la única manera en la que está “conectado” con sus padres. 

Al igual que El cocinero de los últimos deseos, esta película plantea los horrores cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, la ocupación japonesa en China y el rencor que aún permea en la sociedad china, esto a través de una abuela que rechaza la existencia de Masato y el matrimonio de su hija. En este sentido, la comida es un enfrentamiento con el pasado y una manera de enmendar el futuro, una ventana de esperanza al sanar las relaciones que durante la película provocan una que otra lágrima. 

El director singapurense expresa su intención de fusionar la cultura japonesa y la china a través de la comida desde el título: Ramen Teh (título original), una combinación del platillo representativo de Singapur y uno de los más famosos platillos japoneses; una forma de unir la vida de sus personajes. 

Una pastelería en Tokio (Naomi Kawase, 2015)

La cineasta japonesa Naomi Kawase, quien en 1997 se convirtió en la ganadora más joven del premio Cámara de Oro del Festival de Cannes con su ópera prima Suzaku, expresa en esta película el significado de la vida. 

Sentaro es un cocinero frustrado y con poco amor a su oficio que trabaja en un pequeño café de dorayakis (una especie de sándwich de pancakes relleno con pasta de frijoles dulces); Wakana es una estudiante de secundaria con problemas familiares que se refugia siempre en el café donde trabaja Sentaro. La vida de ambos cobra un nuevo sentido cuando conocen a Tokue, una dulce, peculiar y alegre anciana que pide trabajo en el café. 

Con la llegada de Tokue y su gran receta de anko (pasta de frijol dulce), el café se encuentra en su mejor momento. Sin embargo, la gente comienza a hablar sobre las desfiguradas manos de la anciana; poco tiempo después se descubre que Tokue enfermó de lepra cuando aún era una niña, por lo que fue condenada a vivir en el exilio en un centro de leprosos. 

Si bien los dorayakis son un elemento auxiliar en el desarrollo de la trama, también sirven como el pegamento que une los destinos de los tres solitarios personajes. Tokue se convierte en una aliada para Wakana y le enseña a Sentaro el valor de la paciencia, la vida y la esperanza a través de la preparación del anko. 

La manera sensible en la que Kawase explora los sentimientos desesperanzadores de la soledad y la impotencia se contraponen con la sencillez de la historia, que deja al espectador un sabor agridulce. Una película que plantea que el significado de la vida es propio y en ocasiones difícil de reconocer, y que aún los alienados y desdichados “quieren vivir en un mundo donde salga el sol”. 

In the mood for love (Wong Kar-Wai, 2000)

Finalmente, no podía faltar la obra maestra del cineasta chino Wong Kar-Wai, considerada una película de culto por su historia y la majestuosa fotografía, entre muchas características más. Si bien dista mucho de ser un filme foodie con planos detalle de deliciosos platillos como en Chef (Jon Favreau, 2014), el uso de la comida como elemento mediador es brillante y resulta evidente que su propósito fue premeditado. 

Situada en el Hong Kong de los años 60, cuenta la historia de Chow, un jefe de redacción en un diario local, y Li-Zhen, una hermosa secretaria en una firma de exportación. Ambos son residentes del mismo edificio, con trabajos demandantes y parejas que casi no ven desde que se mudaron al mismo bloque residencial. En un cruel actuar del destino se revela que el esposo de Li-Zhen la engaña con la mujer de Chow.  Es así que comienzan un juego en el que encarnan a sus respectivas parejas, pretendiendo descubrir los sentimientos que habrían orillado a sus cónyuges a engañarlos. 

La trágica historia de amor se alimenta con el grácil uso de la comida para armonizar el inicio de la relación entre los personajes. No es gratuito que el primer acercamiento que tienen es al comprar una orden de tallarines en un local callejero o que al pretender ser sus respectivas parejas en una cita, ambos ordenen la comida favorita de sus esposos y den instrucciones específicas de la manera en la que lo comerían. 

La comida está presente en la mayoría de las escenas, al igual que los comedores, restaurantes y locales callejeros. El nivel de atención que el cineasta presta a la comida resulta abrumador, pues en una historia que se desarrolló casi sin guion alguno, se respetó la estacionalidad de los platillos. 

Deseando amar (título en español) utiliza la comida de forma elegante y poética: traza el avance de la relación confusa y lastimosa de los protagonistas. Es un ejemplo de la manera en que la comida puede unir a las personas.

Cineastas franceses que debes conocer

Por: Miguel Sandoval 

Con la llegada de los hermanos Lumière y el cinematógrafo en 1895, Francia se convirtió, junto a Estados Unidos, en una de las grandes potencias fílmicas del mundo: la salida de los obreros fabriles después de una jornada, al igual que el arribo de un tren, fueron los primeros ejercicios documentales de un arte en pleno nacimiento. Más tarde, a mediados del siglo XX, el grupo de jóvenes cineastas encabezado por Jean-Luc Godard y Francois Truffaut, revolucionaría las imágenes en movimiento, esta vez gracias a una ruptura con las convenciones cinematográficas de la época.

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Actualmente, el país europeo es la cuna de estilos y realizadores diversos, quienes exploran géneros desde el terror hasta la creación experimental –que tan bien ha caracterizado a algunos de sus más reconocidos exponentes–.

A continuación te presentamos cuatro cineastas cuya contribución al séptimo arte vale la pena revisar debido a su inusual manera de hacer y pensar el cine.

Chris Marker (1921-2012)

Contemporáneo de la nueva ola francesa, Chris Marker es más conocido por su incursión al cine documental, desde el que exploró (con un enfoque distópico) la intimidad de la cultura nipona y el avance de la tecnología de finales del siglo XX. También es famoso por acompañar a los realizadores Akira Kurosawa y Andrei Tarkovsky en el set, a quienes dedicó los filmes A.K (1985) y Un día en la vida de Andrei Arsenevich (2000), respectivamente.

Por otra parte, si bien su obra se centra en reflexiones que la hicieron merecedora del título de ‘documental subjetivo’, el cineasta creó una pieza de ciencia ficción; a través de fotografías en blanco y negro, susurros y una historia enmarcada en la tragedia, El muelle (1962) se perfiló como referencia para otros títulos sobre viajes en el tiempo, entre los que destaca 12 Monos (1995), de Terry Gilliam.

El muelle

Recomendamos, además de las obras mencionadas, su segmento en el documental colaborativo Lejos de Vietnam (1967) y la cinta Recuerdos del porvenir (2001), a través de las cuales puso de manifiesto su compromiso político con la región de Indochina y África.

Philippe Grandrieux (1954 – en activo)

Luego de su paso por la instalación audiovisual, el documental y el videoensayo, entre otras disciplinas, el trabajo de Philippe Grandieux ganó popularidad a finales de los 90 en Francia e internacionalmente; su cinta Sombre (1999), atrajo las miradas del Festival de Cine de Locarno, donde contendió por la distinción máxima que el certamen otorga. No obstante, a pesar de los elogios que la obra recibió, una parte del jurado cuestionó la moralidad de su violencia sexual.

En efecto, el cine del autor podría considerarse transgresivo, debido al papel que desempeña el cuerpo humano, como principal vehículo de sus historias: los planos cerrados y desenfocados, además de su inestable cámara con reducida iluminación, ayudan a sugerir la agresividad de que se le acusa; hecho, por otra parte, que no debe confundirse con la gratuidad. Es decir que, si bien la filmografía del autor concentra impulsos violentos, coexisten también en ella, múltiples imágenes en el rango de lo bellamente poético.

Sombre

Recomendamos, además del mencionado filme, La vida nueva (2002) y Un lago (2012), mediante los cuales, el cineasta apremia las sensaciones sobre el ritmo de la narrativa, junto a piezas instrumentales que configuran sus atmósferas ominosas. También en sus películas, expone una faceta del deseo prohibido o tabú, al igual que su compatriota Gaspar Noé.

Éric Rohmer (1920 -2010)

Crítico y editor en la respetada Cahiers du Cinéma, Éric Rohmer fue además un cineasta embelesado por lo simple. A su obra, entre diálogos que exponen posiciones morales, la caracteriza un deambular de sus protagonistas, el cual no debe confundirse con el despropósito: en el cine del francés, prevalece sobre la tensión del conflicto, la sencillez de las relaciones humanas.

Por otro lado, como escritor y director, adaptó él mismo sus textos a la pantalla grande, con una paleta de colores que aviva los paisajes (a menudo veraniegos), donde toman lugar sus historias. En este sentido, a pesar de que se considera una figura emblemática de la nueva ola, no optó por la experimentación, sino por una puesta en cámara y montaje que refleja la frescura juvenil de sus personajes.

Mi noche con Maud

Recomendamos sus cintas Mi noche con Maud (1969) –nominada al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera–, Pauline en la playa (1983) y Cuento de verano (1996), imprescindibles para estudiar las tres etapas de su filmografía.

Claire Denis (1948 – en activo)

Egresada del Instituto de Altos Estudios de Cinematografía en Francia, Claire Denis fue, tras sus años de estudiante, asistente de realizadores emblemáticos como Wim Wenders y Jim Jarmusch. Actualmente, es considerada una de las grandes cineastas europeas, junto a Agnès Varda, gracias a una carrera en la que ha experimentado con diversos géneros cinematográficos: el thriller, el melodrama y la ciencia ficción, sólo por mencionar algunos.

Aunado a lo anterior, a su obra la caracterizan historias en que personajes aislados transitan universos convulsos; a pesar de los lentos movimientos de su cámara e irregular montaje, es en los cuerpos de sus protagonistas –a veces marginados– donde se encuentra la fuerza de su cine, al igual que en el devenir político de sus narrativas. Esto último es consecuencia de los años de su infancia, cuando vivió en colonias francesas de África, debido al trabajo de su padre.

El intruso

Chocolat (1988), El intruso (2004) y High Life (2018), son títulos que recomendamos de esta inconfundible autora, quien además de estar presente en el Festival de Cine de Cannes y el Festival Internacional de Cine de Venecia, ha trabajado con los actores Juliette Binoche y Robert Pattinson. Su próxima película , The Stars Of Noon, contará con la participación del también modelo británico y será distribuida por A24.

Cinco directoras de cine de terror actual

Por: Rubí Sánchez (@rubynyu)

El cine de terror es uno de los géneros más consumidos en todo el mundo. Las sensaciones que provoca son buscadas por los espectadores ávidos de sentir, desde la seguridad de la butaca, situaciones escalofriantes que los lleven al límite. 

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A continuación cinco directoras de diferentes países, quienes en los últimos años han trabajo el terror aportando nuevas historias y directrices desde diferentes lugares del mundo.

Mari Asato

Directora y escritora japonesa que comenzó su carrera como fotógrafa. Otorga a sus películas el misterio característico del cine actual japones.  Se ha valido de elementos clásico del terror como el doppelgänger o el regreso de un familiar fallecido. En sus primeros trabajos empleó características del body horror, que en sus entregas recientes se han vuelto más delicadas, apostando más por la tensión que por lo gráfico.  

Fatal Frame (2014), una de sus cintas más conocidas, está basada en una saga de videojuegos y narra las distintas maldiciones que rondan una escuela femenina, desencadenas por una fotografía maldita. La trama se vale del referente de Ofelia, personaje de Hamlet (William Shakespeare), para hablar de los secretos de las alumnas. 

El terror está presente con las apariciones etéreas que, sin necesidad de grandes efectos sonoros o visuales, causan escalofríos. Otros buenos ejemplos para adentrarte a su obra son: Ju-on: Black Ghost (2009) Bilocation (2013) y Under Your Bed (2019).

Karyn Kusama

Directora estadounidense que ha experimentado con otros géneros como la ciencia ficción en Æon Flux (2005), y el thriller con Destroyer (2018).  Su trabajo en el terror se caracteriza por transfigurar elementos clásicos, como la femme fatale o el home invasion.  Participó en la antología XX (2017) junto a Jovanka Vuckovic, Roxanne Benjamin y ST Vincent. Su segmento Her only living son apela a una maternidad proteccionista extrema.  

Su película Jennifer’s Body (2009) aborda la amistad femenina y las tensiones clásicas de la adolescencia desde una mirada cómica y terrorífica. Juega con el tropo clásico de la chica sensual contra la chica nerd, pero logra darles una profundidad característica.  

Jennifer’s Body

Otro de sus trabajos cercanos al género es The Invitation (2015), en donde maneja la sensación de encierro y  la paranoia en una cena entre amigos que se cruza con cultos suicidas. 

Actualmente trabaja en una nueva versión de Drácula para Blumhouse y Universal.

Hélène Cattet

Directora y escritora francesa quien de la mano de su esposo Bruno Forzani ha conseguido afianzar una carrera por lo estilizado de sus películas, cercanas al terror gótico y, en ocasiones, con elementos demasiado gráficos. Ambos participaron en la antología The ABCs of Death (2012) -que reúne a 26 directores de todo el mundo- con el cortometraje O is for Orgasm

Su propuesta cinematográfica parte del uso de referencias estilísticas del giallo y el western. En su cine es importante la sensación que dejan las texturas y el uso de close ups. Amer (2009), su título más elogiado, sigue a Ana durante varias etapas de su vida, retratando desde experiencias sobrenaturales hasta el temor ante el acoso, terror que se siente por la cercanía del asesino más que por sus actos. 

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Amer

Otros de sus filmes son: L’étrange couleur des larmes de ton corps (2013), el cual combina la violencia con colores neón, y Laissez bronzer les cadavres (2017), más cercano al homenaje al western con las apariciones ocasionales de un fantasma dorado.  

Jennifer Kent

Directora y escritora australiana. Comenzó su carrera en el cine como ayudante de director de Lars von Trier en su cinta Dogville (2003). Su primer largometraje fue la adaptación de su corto Monster (2005), que se convirtió en The Babadook (2014).

The Babadook sorprendió por su manejo de la maternidad a través de los miedos que nadie quiere tocar. Su tratamiento del terror parte de la psicología de sus personajes, quienes extrapolan sus traumas a lo sobrenatural. Importante es el uso de visuales que materializan los miedos. 

The Nightingale

Su segundo largometraje, The Nightingale (2018), se acerca al subgénero de la venganza por violación, en este caso ubicada en una Tasmania colonizada, permitiendo que dos venganzas se consigan. Alice + Freda Forever, película esperada para 2021,  se encamina más hacia el suspenso a partir de la historia de un asesinato entre dos adolescentes. 

Veronika Franz

Directora y escritora austriaca. Inició su carrera escribiendo crítica de cine, después como guionista para su esposo, el director Ulrich Seidl, conocido por Safari (2016). Su acercamiento a la dirección empezó con Severin Fiala (sobrino de la pareja), con quien dirigió el documental Kern (2012) sobre el actor Peter Kern, favorito de Rainer Werner Fassbinder.

Su siguiente colaboración, que los puso en el mapa del terror, fue Goodnight Mommy (2014), destacada por su perspectiva de la maternidad y de la perdida. En esta película el manejo de la hiperviolencia permite elevar el terror, contrastando con la pulcritud de las tomas y espacios.

Goodnight Mommy

Posteriormente trabajaron en Die Trud, segmento para la antología The Field Guide to Evil (2018) en la que la temática unificadora son los mitos. Su segundo largometraje, The Lodge (2019), se enfocó más en crear una atmósfera asfixiante.

Gigi Saúl Guerrero

Como bonus, tenemos a una directora mexicano-canadiense que ha llamado la atención por sus cortometrajes de terror. Su cine no le teme al gore y a lo explicito; elementos como las quinceañeras, la religión y  los luchadores han sido parte esencial de su cine. Ha participado en las entregas antológicas: México bárbaro (2014), ABCs of Death 2 1/2 (2016) y The Source of Shadows (2020).

Su primer largometraje, Culture Shock, forma parte de la serie Into the Dark para la plataforma Hulu. Protagonizada por Marta Higareda, es una fantasía distópica sobre la migración, en la cual contrasta lo árido del desierto con una ciudad color pastel. Se encuentra realizando su película 10-31, producida por Eli Roth.

Culture Shock

 

Seis películas para entender el cine chileno de la última década

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado) 

El cine latinoamericano se ha posicionado en los últimos años como un semillero importante de propuestas fílmicas y un espacio para las voces creativas. Desde comedias románticas hasta películas más experimentales, la aportación de Latinoamérica a la historia del cine se nota por el interés del cinéfilo mundial, quien voltea a ver con más frecuencia lo que se produce en la región.

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En años recientes, las producciones de países como México, Brasil y Argentina han pisado fuerte en los festivales más prestigiosos del mundo. Ante ello, otros países latinoamericanos han aprovechado este interés por las narrativas locales para fomentar e impulsar la creación de un cine propositivo y autoral que comparte espacios de exhibición con el cada vez más aplastante cine hollywoodense.

Chile es, junto a Colombia, uno de los países hispanohablantes con más proyección internacional en los últimos años. Sus premios y nominaciones en festivales importantes delatan un cine de la más alta calidad, bien escrito y producido, con una capacidad para abordar distintos temas sin ningún tipo de restricciones, aunque ahondando en el tema político debido al contexto histórico y social del país.

La primera película que podríamos clasificar dentro de este “boom chileno” es La nana (Sebastián Silva, 2009). En ésta se presenta la vida monótona de la introvertida Raquel, quien lleva trabajando 23 años en la casa de la familia Valdés como nana. Debido a algunos conflictos internos, la familia contrata a una nueva empleada para ayudarle a Raquel con repartirse las tareas del hogar, pero ella, que ve peligrar su papel en la casa, se dedica a hacerle la vida imposible a las nuevas ayudantes. 

Producida con muy bajo presupuesto (430 000 dólares) y rodada casi enteramente en una misma locación, esta película fue bien recibida por su historia sin intenciones de hacer crítica social (aunque aparentemente la hay) y también por su planteamiento visual. Grabada con cámaras de video, las imágenes  sobreexpuestas, el grano y los movimientos cámara en mano son fundamentales para involucrarnos de una manera más íntima en la vida de Raquel.

La nana debutó en Sundance, donde recibió el Gran Premio del Jurado y un premio especial para la actriz Catalina Saavedra. Consiguió más de 20 premios internacionales, entre los que destaca el Colón de Oro a Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva y los premios de la Crítica y Mejor Actriz en el Festival de Cartagena de Indias. También resaltan sus nominaciones a los Premios Ariel como Mejor Película Iberoamericana y su nominación a los Globos de Oro en la categoría de Mejor Película en Lengua No Inglesa, siendo la primera cinta chilena en lograrlo.

Dos años después se estrenó Violeta se fue a los cielos (Andrés Wood, 2011), una producción entre Chile, Francia y Argentina que narra en una estructura no lineal la vida de la cantautora Violeta Parra y se enfoca en los puntos más importantes que definieron su vida y su carrera musical.

Abordar las vidas de los cantantes suele ser una tarea complicada debido al halo místico que sus fans les adjudican, por lo que una adaptación cinematográfica siempre generará comentarios y opiniones encontradas. En el caso de Violeta se fue a los cielos, se retrató a una de las cantantes latinoamericanas más importantes de forma bastante cercana a los sucesos reales y esto es gracias a la dirección de Andrés Wood, que no sólo no teme contarnos la vida de Violeta Parra en una estructura no lineal, también aprovecha otros recursos como la música y el sonido para hacer la experiencia más poética y no tanto cinematográfica.

La biopic de Violeta Parra obtuvo múltiples premios internacionales: el Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance, los de Mejor Dirección y Mejor Actriz en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, así como sus nominaciones a los Premios Ariel y a los Premios Goya como Mejor Película Iberoamericana.

Casi al mismo tiempo llegó No (Pablo Larraín, 2012). Protagonizada por el mexicano Gael García Bernal y dirigida por uno de los cineastas chilenos más activos de la actualidad, la película cuenta cómo se desarrolló el plebiscito chileno de 1988 que puso fin a la dictadura del general Augusto Pinochet, en donde sólo habían dos opciones: votar SÍ para extender por ocho años el gobierno del general o votar NO para convocar a elecciones. La cinta enfatiza en cómo se desarrolló la campaña por la opción NO con estrategias propias de la publicidad, y de esa forma se le mostró a los chilenos que existía una posibilidad de cambiar los años de gobierno autoritario por un futuro más alegre. Grabada con cámaras de video de la época, la película se distingue por una atmósfera casi documental; hay momentos en donde se vuelve muy difusa la línea entre lo que es imagen de archivo y lo que es puesta en escena.

No ganó varios premios internacionales como los Premios Fénix y los Premios Platino en la categoría de Mejor Guion. También resalta su nominación a los Premios Ariel como Mejor Película Iberoamericana y además se convirtió en la primera producción chilena candidata al Oscar como Mejor Película en Lengua Extranjera.

Los perros (Marcela Said, 2017) también aborda el régimen autoritario de Pinochet, pero desde la perspectiva femenina y muchos años después: Mariana es una mujer que vive cómodamente y experimenta los hobbies y los placeres de la adinerada clase alta chilena. Acostumbrada y a la vez aburrida del ambiente machista en el que se encuentra, advierte un particular interés por su maestro de equitación, lo que desata una ola de sucesos que revelan el rol que jugó su entorno social en la dictadura chilena y la ambigüedad moral de los que se beneficiaron del antiguo régimen.

Se trata de una película que juega mucho con la moral y los roles de poder. Por un lado tenemos personajes bastante ambiguos: ellos se saben beneficiados por la dictadura que hace décadas acabó, pero no lo quieren reconocer abiertamente en su presente acomodado. Por el otro lado hay una denuncia a ese machismo que somete a las mujeres dentro de sus círculos sociales y que en cierto modo esa presión las obliga a querer tomar el control de su vida y buscar rebelarse… o seguir disfrutando de los beneficios de ese sistema que las oprime.

El paso de Los perros por festivales internacionales fue bastante exitoso: a partir de su estreno en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes, la película tuvo presencia en festivales de cine como el de San Sebastián, de Munich, de Chicago, de Calcuta o de El Cairo.

Ese mismo año llegó a las pantallas Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017), que narra la historia de Marina, una joven transgénero que trabaja como cantante y mesera en un bar de Santiago de Chile. Su novio Orlando, con quien tiene planes de una vida juntos, sufre un aneurisma durante la noche y muere. Su fallecimiento desencadenará un cúmulo de situaciones de discriminación por parte de la familia de Orlando, quienes tienen serios conflictos con su transexualidad y la relación que sostenían ambos.

En la película protagonizada por la actriz Daniela Vega vemos a una mujer que defiende su identidad sin caer en lo panfletario. A pesar de su carácter pacífico, Marina no es una persona débil porque en todo momento se cuida del conflicto. Ella es un ser transgresor que con su presencia incomoda a la conservadora familia de Orlando, pero también reclama su derecho como ser humano de despedirse de su ser amado. Marina es tan estoica como para aguantar el rechazo de la sociedad, pero también es tan fantástica como para permitirse soñar despierta.

La entrega de Sebastián Lelio es probablemente la película chilena más exitosa de la historia tanto en premios como en nominaciones: debutó en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde ganó el Oso de Plata al Mejor Guion y el Teddy Award por Mejor Largometraje; recibió el Independent Spirit por Mejor Película Extranjera los Premios Goya y Ariel en la categoría de Mejor película Iberoamericana; así como Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actriz y Mejor Guion en los Premios Platino. Para culminar, Una mujer fantástica fue nominada a los Premios Óscar por Mejor Película Extranjera y se convertiría en el primer filme chileno en ganarlo.

Una de las últimas sorpresas del cine chileno es Tarde para morir joven (Dominga Sotomayor, 2019). Ubicada en el año de 1990, los protagonistas Sofía y Lucas (de 16 años) y Clara, de 10, son integrantes de una comunidad aislada que vive por la cordillera de los Andes, en aparente libertad después del final de la dictadura. Los tres niños deben sobrellevar esta vida idílica al mismo tiempo que aprender a lidiar con sus emociones, con sus miedos y con el primer amor. Todo esto mientras la comuna se prepara para una gran fiesta de Año Nuevo.

La dirección de Dominga Sotomayor es clave para representar ese choque entre las preocupaciones de los niños con las que tienen los adultos y cómo éstas influyen en el desarrollo de su comunidad. Al ser una película que evoca un momento preciso en el tiempo, la directora aprovecha varios recursos narrativos para representar lo real y lo onírico: la cámara lenta, las exposiciones múltiples y los fuera de foco, elementos que en complicidad con el trabajo fotográfico de Inti Briones refuerzan un sentimiento de nostalgia en las imágenes.


Esta película también fue un hito en la historia del cine chileno ya que le mereció a Dominga Sotomayor el Leopardo de Oro a Mejor Dirección en el Festival de Cine de Locarno, siendo la primera vez que se le otorgaba a una mujer. Tarde para morir joven también pasó por festivales como los de Toronto, Róterdam, Londres, Viena o el FICUNAM en la Ciudad de México.

Cinco recientes películas románticas que no te puedes perder 

Por: Karla León (@klls_luu)

Seamos sinceros, las películas románticas son ideales para hacernos suspirar y pasar un buen rato entre líos amorosos, la búsqueda de la felicidad perfecta, la correspondencia de un amor imposible y apasionado, e incluso para soltar un par de lágrimas cuando el camino de los protagonistas se torna, por demás, tormentoso. 

El término “romántico” se desprende de la literatura y, bajo este principio, se refiere a la expresión libre de la emociones y los sentimientos del autor para descubrir su propia representación de la tristeza. No obstante, con el paso del tiempo, y la adaptación de este concepto a la cinematografía, el romance se transformó para darle vida a las cualidades del amor y la pasión, así como para conmover al espectador. 

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La primera obra que se consideró parte del cine romántico fue el polémico y pequeño filme El Beso (1896) de William Heise, en el que se muestra a una pareja conversando unos cuantos segundos y, posteriormente, se dan un beso. La popularidad de este fragmento trascendió no sólo por la época o su gran número de espectadores, sino por tratarse del primer beso en la historia del cine. 

Adicionadas con toques humorísticos, de suspenso o drama, la fórmula narrativa de estas películas se ha vuelto un tanto predecible, a tal punto que reconocemos con facilidad los finales inesperados, los puntos dramáticos, o bien, los diálogos enternecedores y melosos que los personajes sueltan de tanto en tanto. Sin embargo, siempre hay nuevas producciones que nos llevan más allá de lo común. 

Los caminos son infinitos y, muy a pesar de los prejuicios que podamos tener entorno a este género, las películas románticas, o también llamadas chick flicks, son una excelente apuesta cuando se trata de superar un trago amargo, reforzar relaciones o simplemente entretenernos. A partir de esta premisa, te presentamos cinco títulos de romance que destacan por una trama interesante, novedosa o vivaz y que, además, proponen algo más allá de los ya conocidos clásicos del amor. 

Un día lluvioso en Nueva York (Woody Allen, 2019)

Gatsby (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning) son una joven pareja que decide viajar un fin de semana a Nueva York para que ella pueda realizar una asignación periodística; sin embargo, durante su estancia, y como parte de un mal augurio por el clima lluvioso que se apodera de la ciudad, los dos enamorados se dispersan y toman caminos diferentes que los llevan a vivir numerosas vicisitudes, entre ellas, la crisis creativa de un director de cine (Liev Schreiber), la persecución de su productor (Jude Law), un desliz con una aspirante a actriz (Selena Gomez) y un encuentro con un famoso y cotizado artista (Diego Luna). 

Un día lluvioso en Nueva York  nos ofrece una trama entretenida, aunque cíclica y poco sobresaliente entre la extensa filmografía del mítico cineasta, quien ya trabaja en la postproducción de su siguiente película bajo el título Rifkin’s Festival, que se estrenará a finales de septiembre de este año. Lo que queda claro es el sello tan distintivo del director, el cual nos recuerda a cintas como Medianoche en París (2011) y Manhattan (1979). 

Si hay algo que podemos destacar de esta película es el extraordinario recorrido por las avenidas y lugares más icónicos de la “Gran Manzana”, el juego hilarante entre los momentos clave de la narrativa, su diseño de producción, así como la interesante propuesta de actores, quienes le dan un toque fresco a este largometraje que, en México, se estrenó en el Festival de Cine de Morelia y la 67° Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. 

Violet y Finch (Brett Haley, 2020)

Basada en la novela All the Bright Places de Jennifer Niven y bajo la producción de Netflix, Violet y Finch es un drama romántico que explora la forma en la que dos personas destrozadas por un pasado tempestuoso se unen para descubrir el significado de los pequeños momentos y hacer frente a las heridas emocionales que marcaron sus vidas. 

Protagonizada por Justice Smith y Elle Fanning -quien se sumó a la extensa lista de productores-, esta película va más allá de cualquier trama clásica de un romance de rescate. Con una esencia particular, la adaptación de esta historia, inspirada en personajes que marcaron la vida de la también guionista (Niven), apunta hacia una narrativa sobrecogedora en la que se habla de la muerte inesperada, el duelo, la superación, la depresión y las enfermedades mentales. 

En general, Violet y Finch maneja un vaivén de emociones que se potencializan por la gran construcción de personajes que se alejan de lo evidente, además de los puntos álgidos, diálogos emotivos y un final que, en comparación con la novela original, es mucho menos desgarrador y explícito, pero igual de impactante. 

El Sol también es una estrella (Ry Russo-Young, 2019)

¿Crees en el amor a primera vista? Esta es la premisa que narra la travesía amorosa de Daniel Bae (Charles Melton) y Natasha Kingsley (Yara Shahidi), dos jóvenes que se conocen inesperadamente en las calles de Nueva York y cuyas circunstancias personales los hacen comprobar, en tan sólo un día, si su destino es permanecer juntos o si deben evitar ir más allá de un flechazo fugaz. 

La trama se torna interesante y vivaz cuando descubrimos que Natasha es una joven jamaiquina quien, tras contratar los servicios legales de Jeremy Martínez (John Leguizamo), descubre que tiene menos de 24 horas para evitar que ella y su familia sean deportados de Estados Unidos. Por ese motivo, evita que Daniel, un idealista cuya aspiración es convertirse en poeta, la corteje para evitar enamorarse. 

Basada en el best seller de la escritora Nicola Yoon y dirigida por la directora Ry Russo-Young, esta película nos lleva por una agradable travesía a lo largo de la “Gran Manzana”, en donde la trama, en conjunto con la ya reconocida habilidad fotográfica de Autumn Durald, sobresale por una crítica a las políticas de inmigración y muestra un multiculturalismo apegado a las raíces americanas. Ante esto, El Sol también es una estrella consolida una trama juvenil refrescante y arrebatada que se conjuga bajo el sabor de la decepción, no obstante, para aquellos que pueden llegar a aborrecer poco más de 100 minutos de melosidad, llega a resultar un tanto agobiante. 

Si supieras (Alice Wu, 2020)

Tras un prolongado descanso cinematográfico, la cineasta Alice Wu consolida una propuesta innovadora que, además, se suma a la nueva oleada de películas LGBT+. Esta comedia romántica adolescente narra un entretenido, pero conmovedor, triángulo amoroso entre Ellie Chu (Leah Lewis), una introvertida joven asiática-americana que se enamora en secreto de Aster Flores (Alexxis Lemire), luego de que Paul Munsky (Daniel Demier), un nuevo estudiante del colegio, le pide ayuda para escribirle cartas de amor y mensajes románticos. Dentro de la historia, Aster resulta ser la chica más popular de la escuela e hija del pastor del pueblo. 

Con una buena construcción de personajes y una trama que va más allá de los clichés, pero, sobre todo, que celebra la inclusión y la diversidad, Wu (quien también fungió como guionista de la cinta) nos habla sobre el amor platónico, el primer amor adolescente, así como la constante discriminación y acoso escolar que pueden llegar a vivir quienes no cumplen con los estándares de sus círculos sociales más cercanos. 

Con una duración de casi dos horas, la trama de Si supieras se vale de la emotividad, al mismo tiempo que enmarca ternura y aceptación, lo cual establece un sello muy distintivo de la directora, quien se aleja de lo melodramático y apuesta por la sinceridad y la normalidad. Cariño, literatura y reflexiones profundas hacen a esta película una historia imperdible para los amantes del género. 

La excepción a la regla (Warren Beatty, 2017)

Ambientada en el Hollywood de la década de los años 50, esta cinta narra un romance inesperado entre Frank Forbes (Alden Ehrenreich), chofer de Howard Hughes (Warren Beatty), y Marla Mabrey (Lily Collins), una reina de belleza de Virginia que aspira a formar parte del séquito de las actrices más importantes en la industria del cine y quien juega un interesante triángulo amoroso entre un maduro Hughes y el vivaz Forbes. 

La trama resulta un vaivén entre la enfermedad del magnate y cineasta americano; y una hilarante trayectoria de cortejo y aventuras amorosas entre los protagonistas. Bajo el diseño de producción de Jeannine Oppewall y la flamante fotografía de Caleb Deschanel, la película ha generado polémica por mostrar la excentricidad, irreverencia e inestabilidad emocional y narcisista del multimillonario, así como por la poca precisión narrativa en cuanto al papel de la mujer dentro de Hollywood. Sin duda, este drama romántico, al que se le inyecta en ocasiones un toque de comedia, cumple cuando se trata del aspecto amoroso, pero se queda rezagado al intentar dirigir su narrativa hacia el tema de Howard Hughes. La ambientación de la época y una buena selección de su elenco, entre los que destacan Annette Benning, Martin Sheen y Matthew Broderick, hacen que este filme de romance se desprenda un poco de la misma línea argumental que, aseguran, le da un guiño a la película Café Society (2016) de Woody Allen.

25 grandes representaciones LGBT+ en el cine

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

¿Es necesaria tanta inclusión de personajes LGBT+ en el cine y la TV? Considerando que durante décadas el tema fue prohibido, criminalizado o convertido en el chiste homófobo de comedia soez, es bastante justo “dominar” la cartelera en la actualidad (algo que está muy lejos de suceder). Aunque el código Hays (vigente de 1934 hasta 1968) sólo fue implementado en Hollywood, significó una influencia importante en la representación de la diversidad como un tabú sexual y en la identidad de miles de personas alrededor del mundo. Cuando la censura se aligeró en los 70, la opresión había distorsionado tanto las formas, que los primeros intentos por hablar abiertamente sobre el tema eran tóxicos o queerbaiting innecesario, como el de Tomates verdes fritos (Jon Avnet, 1991).

Comencemos por la criminalización, parecida a la antropología del siglo XIX. Durante los 70 y 80, era igual de siniestro toparse a un enmascarado armado con motosierra que a un homosexual enamorado. Dejando de lado la representación obvia de Cruising (William Friedkin, 1980) y animaciones de Disney, las subculturas fuera de la heterosexual sufrieron un proceso de “villanización”, originando múltiples variaciones de antagonistas queer. En alguna entrevista, Joseph L. Mankiewicz llegó a afirmar que dirigió a Anne Baxter en Eva al desnudo (1950) “como una lesbiana”, característica visible a pesar de la codificación de la época; años más tarde, tal subtexto inspiró a Rainer Werner Fassbinder para filmar su camp Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), relajando la villanía de Eve Harrington a simple desamor y rechazo.  En otras películas como El asesinato de la hermana George (Robert Aldrich, 1968) o La soga (Alfred Hitchcock, 1948), la estigmatización incluía relaciones destructivas con retorcidas mecánicas de poder.

El arquetipo del homosexual perverso y homicida ingenioso sería una constante en las principales industrias, adaptándose a la idiosincrasia de cada región. En el caso mexicano, durante los 70, Maricruz Olivier protagonizó dos películas importantes para el estudio del estereotipo dominante: El deseo en otoño (Carlos Enrique Taboada, 1970) y Tres mujeres en la hoguera (Luis Alcoriza, 1977). En ambas existe una noción de presa y depredador, donde la “avivada” lesbiana logra “atrapar” a la ingenua mujer hetersexual en su “trampa”, metáfora explícita en Cuando tejen las arañas (Roberto Gavaldón, 1979). Los personajes LGBT+ de ese período debían tener un rol definido entre víctima y victimario, jamás un término medio. En El cumpleaños del perro (Jaime Humberto Hermosillo, 1974), Teatro Follies (Víctor Manuel Castro, 1983) y Un lugar sin límites (Arturo Ripstein, 1978) se ve claramente cómo el asumirse homosexual implicaba un destino trágico inminente.

Cuando Patricia Highsmith publicó El precio de la sal (Carol) en 1952, la falta de desenlace fatalista supuso un momento disruptivo en la narrativa estadounidense, debido a la omisión de la condena al romance lésbico (un elemento riguroso para contar ese tipo de historias). En el cine es más complicado convencer a la audiencia del final feliz en una trama queer; pongamos como ejemplo Su otro amor (Arthur Hiller, 1982). Cuando el melodrama de Hiller llegó a las carteleras, la forma “cordial” de solucionar la infidelidad homosexual del protagonista (con un discurso inclusivo, adelantado para la época) no fue aceptada por el público; tan mal fue su recepción, que la carrera emergente de Harry Hamlin se vio truncada por dicho título. En cambio, hasta inicios del nuevo milenio, los únicos dramas rentables eran aquellos con involuntaria apología a los crímenes de odio; los casos más obvios: Los chicos no lloran (Kimberly Peirce, 1999) y Secreto en la montaña (Ang Lee, 2005).

Los chicos no lloran

Si bien el alcance de títulos como Secreto en la montaña permitió evidenciar la discriminación, también reafirmaron la concepción del ambiente LGBT+ como un colectivo aquejado por sufrimiento y remordimientos. La homosexualidad en De la vida de las marionetas (Ingmar Bergman, 1980) es una condición sólo comprensible desde el psicoanálisis de los pensamientos más oscuros del individuo. En esa mirada melancólica de turbiedad mental se suscriben clásicos como Muerte en Venecia (Luchino Visconti, 1971) o El conformista (Bernardo Bertolucci, 1970), con personajes que, al reprimir su pulsión sexual, conocen el lado más doloroso de la miseria humana. Sin velo pesimista, Moonlight (Barry Jenkins, 2016) –que imita a Happy Together (Wong Kar-wai, 1997) en forma, mas no en contenido– se suma a tal tradición, haciendo del protagonista un personaje torturado por el rechazo de su madre y un romance juvenil malogrado.

En plena crisis pandémica del VIH, existió un esfuerzo de directores por mostrarse empáticos hacia los problemas de la comunidad; no obstante, el formalismo de Hollywood terminó heteronormando el “mundo gay”. El caso más criticado es Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), pero en bastantes películas del mainstream aparecían secundarios que reafirmaron la versión edulcorada del prototipo homosexual: muy masculino, homoflexible y regido bajo los estándares de belleza occidental. En La boda de mi mejor amigo (P. J. Hogan, 1997) el personaje de Rupert Everett entraba y salía del clóset a voluntad, todo por ayudar a su heterosexual amiga Julia Roberts. Tal idea del “amigo gay” (a quien “no se le nota”) era uno de los tantos clichés de la fantasía hollywoodense que hoy han sido contrarrestados por varias olas de cineastas.

La actual forma del  cine LGBT+ inició con el New queer cinema (durante los 90), el cual vino a refrescar las representaciones en pantalla. Como el mismo Todd Haynes lo llegó a expresar, entonces la gente definía al cine gay “únicamente por contenido: si hay personajes gay en él, es una película gay”. Tal movimiento llegó a crear un statement estilístico y temático, no solo interesado por la inclusión de personajes queer en pantalla; el principal objetivo de sus integrantes era dinamitar las normas y estructuras narrativas del heropatriarcado, sustituyéndolas con crudas críticas sociales y festivas sátiras.

El legado de dicha generación se puede respirar en autores como Andrew Haigh. Si bien 45 años (2015) no tiene ningún personaje gay, la reflexión sobre la vacuidad del matrimonio (como institución) se desarrolla dentro de un contexto de libertad afectiva, donde un “fin de semana” puede representar una manifestación amorosa más sublime que un largo y falso matrimonio heterosexual. Entender tales discursos permite evidenciar que películas como La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) o Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017) poco tienen de queer, en tanto se eliminan los elementos de fondo y sólo se potencializan las relaciones sexuales como un factor homoerótico rentable o una plataforma actoral para ganar notoriedad: Mahershala Ali, Jared Leto, Eddie Redmayne, Rami Malek, etc.

Así como existe el test de Bechdel para evaluar la presencia de mujeres en el arte, la prueba de Vito Ruso (desarrollado por la GLAAD) analiza las representaciones LGBT+ dentro del cine. Los criterios son:

  • Los personajes son claramente identificables como LGBT, sin ambigüedades.
  • No debe definirse única o predominantemente por su orientación sexual o identidad de género.
  • El personaje LGBT debe estar vinculado en la trama, de tal manera que su eliminación tenga un efecto significativo.

Aunque el pinkwashing está impulsando la inclusión comercial (considerada por los grupos conservadores como “forzada”), lo cierto es que tal “visibilidad” esta desbalanceada a favor de los nichos más rentables (en específico, el mercado gay). La cuota del resto de letras del acrónimo es inferior y con bastantes lagunas en sus construcciones, las cuales anulan propiedades obvias de la vida queer (como la sexualidad) en aras de producir películas familiares, como sucedió en los heteronormados biopics Bohemian Raphsody y The Imitation Game.

A partir de dicho contexto, construimos un TOP de películas con trasfondo LGBT+, estableciendo un muestrario de momentos significativos en el cine.

  1. El cuarto hombre (Paul Verhoeven, 1983)

“La religión es un estado esquizofrénico”, explicó Verhoeven al ser cuestionado sobre el uso de simbolismos católicos en este suspense erótico, protagonizado por un hombre bisexual protegido por la mismísima virgen María. En un primer visionado, la película parece un despropósito, después ofende (por los estereotipos y el tratamiento), pero al final resulta una fantasía jocosa que reta a toda la audiencia conservadora por el uso de simbolismo sacro, compatible con el homoerotismo religioso más clásico. Como en la  mayoría de sus thrillers, la adaptación de Verhoeven desdibuja la condición moral de su antihéroe, hasta no hacer reconocible si se trata de la víctima o el victimario. De forma retorcida y desconcertante, algunas películas de Verhoeven desarticulan las dinámicas de supremacía masculina y ésta no es la excepción.

  1. Los encuentros después de la medianoche (Yann González, 2013)

Película poética sobre la soledad en la multitud; según el director, inspirada por El club de los cinco (John Hughes, 1985) y El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel, 1972). La orgía está compuesta por clichés sexuales del cine comercial, fuera de sus contextos y lidiando con los pensamientos más tenebrosos en sus mentes. La narrativa  entremezcla realidad y sueños, lo que permite al director crear un collage de postales evocadoras. Cuando la noche termina y el amanecer llega, la fantasía sexual y el brillo festivo desaparecen, dejando a los personajes expuestos al vacío.

  1. Maurice (James Ivory, 1987)

Una de las razones que motivaron el surgimiento del New queer cinema fue Maurice, pues su narrativa desde el privilegio no representaba a nadie en su momento. Durante mucho tiempo fue denostada por la vacuidad del romance; sin embargo, a la distancia y tras el estreno de Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017) –aún más elitista y blanca–, el filme parece tener cierta profundidad social. El romance entre Alec (Rupert Graves) y Maurice (James Wilby) nos habla de un vínculo afectivo entre dos personas de diferente nivel económico y sin dinámicas de poder tóxicas, como sí sucedía en Ernesto (Salvatore Samperi, 1979), de trama similar. Aunque no rompe demasiados platos, plantea la idea del amor sin prejuicios; además de hacer notorios los (LIMITADOS) derechos ganados, en comparación con la Inglaterra victoriana del filme. Además, el status de Ivory como cineasta gay debe tomarse siempre en consideración.

  1. Los que me quieren tomarán el tren (Patrice Chéreau, 1998)

Chéreau se inspiró en el funeral del crítico Gilles Sandier, las notas de Hervé Guibert sobre la muerte de Michel Foucault y anécdotas aportadas por Danièle Thompson (quien adjudica la  frase del título al director François Reichenbach en sus últimas horas de vida). En el filme, la personalidad del fallecido artista se distingue en todos los asistentes a la despedida y a partir de diálogos fragmentados podemos aproximarnos a su conflictiva existencia. Según el realizador, aborda dos formas de amor: el conyugal y el filial, los cuales conforman un drama coral complejo y caótico. El paisaje creado  por Chéreau incluye drogas, peleas en pareja, homosexualidad y VIH, una diversidad de identidades que hablan bastante del talento contenido en  la mente del cineasta francés.

  1. Los buenos modales (Juliana Rojas y Marco Dutra, 2017)

El cómo estos directores mezclan géneros es alucinante, pues tiene de todo un poco: terror, musical, fantasía y comedia romántica. Si bien el romance lésbico solo forma parte del primer capítulo, es un elemento fundamental para entender la idea global del filme: un cuento de terror sobre ser “diferente” en Brasil. El contraste social entre las dos protagonistas es una forma de incluir al racismo estructural en una “nueva” narrativa, alejada del realismo convencional. De acuerdo con Juliana Rojas, ambas mujeres (de posiciones económicas y raciales opuestas) se encuentran en la misma condición de marginalidad, borrando las fronteras individuales en ciudades como São Paulo, incluso dentro de sectores vulnerables como el LGBT+. Los directores hacen mucho hincapié en su manejo del erotismo interracial, ya que evitaron la interpretación “fetichista del cuerpo femenino”.

  1. Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017)

La película de Contreras es un suceso particular en el cine mexicano: mezcla fantasía con realismo (sin imitar fórmulas) y el resultado es sorprendente. La conjunción del tema lingüístico con la  amor oculto de los protagonistas conforma un hermoso paralelismo sobre las identidades destinadas a la invisibilidad en la sociedad mexicana  (llena de prejuicios y problemas ideológicos). El punto positivo del filme –y otras del mismo periodo, como Carmín tropical (Rigoberto Perezcano, 2014)– es buscar espectros de la comunidad LGBT+ fuera de las representaciones citadinas, ya que la gama es demasiado amplia y podría dar paso a  un sinnúmero de narrativas. Para el largometraje, se solicitó al lingüista Francisco Javier Félix Valdez la invención de una lengua llamada zikril, con el objetivo de evitar la apropiación cultural; práctica de consciencia social que deberían imitar todas las producciones nacionales.

  1. But I’m a Cheerleader (Jamie Babbit, 1999)

Joya humorística adelantada para su tiempo. Comparada innecesariamente con el cine de John Waters (Babbit es superior), esta sátira se burla de las clínicas de reconversión y el ideal binario establecido por la sociedad; de hecho, el campamento (True Directions) tiene un nombre similar al centro de rehabilitación que dirigía la madre de la directora (New Directions). El guion de Brian Wayne Peterson no solo se queda en la superficie de las relaciones afectivas; también incluye acotaciones sobre la identidad, como el personaje de Katrina Phillips (Jan), una chica heterosexual ingresada a la rehabilitación por su aspecto “masculino”. La película tuvo problemas en el casting (muchas actrices rechazaron el personaje de Megan) y en la distribución solo recibió una oferta baja de Fine Line. Si bien las películas pesimistas como Los muchachos no lloran tenían una audiencia aceptable, la comedia colorida de Babbit no contó con el suficiente empuje para tener ventas en el mercado mainstream… recordemos, los finales queer felices no vendían.

  1. El banquete de boda (Ang Lee, 1993)

La comedia surge del odio del director hacia los banquetes de boda, por considerarlos un pretexto para liberar “5 mil años de represión sexual”. Los conflictos entre padres e hijos son el centro temático en la primera etapa fílmica de Ang Lee, en respuesta al progresivo desapego a su tierra natal tras la temprana migración a Estados Unidos. El banquete de boda presenta un choque entre dos generaciones con identidades culturales opuestas, una liberal y la otra tradicionalista; no obstante, a pesar de su ojo crítico hacia la idiosincrasia taiwanesa, Lee muestra su lado más afable y positivo. Cada uno a su modo, los padres del protagonista se vuelven flexibles hacia la vida “sui generis” del hijo, motivados por el amor de ambos hacia él. Los detractores del filme la catalogan una perspectiva edulcorada y alejada de la realidad; sin embargo, también llevó al cine modelos de “tolerancia” y aceptación familiar poco frecuentes en los contenidos de ese momento.

  1. 120 latidos por minuto (Robin Campillo, 2017)

Si alguien tiene autoridad para hablar sobre la epidemia del SIDA, ese es Robin Campillo, quien fue activista militante de la Act Up francesa. 120 BPM es dolorosa para todos, incluyendo al mismo Pedro Almodóvar (presidente del jurado de Cannes en 2017), quien quedó conmovido con el filme y la nombró su Palma de Oro personal. Para la actualidad, el filme reivindica la lucha por los derechos y su visibilidad en el espacio público. El título hace referencia al House, música representativa del momento y que continúa ligada al ambiente gay. Al final se lanza un mensaje contundente contra los detractores del carácter festivo del Pride; pues, tras la crisis del VIH y todos los crímenes de odio contra la comunidad, el continuar con vida es motivo suficiente para celebrar en todo momento.

  1. El duque de Borgoña (Peter Strickland, 2014)

A pesar de la ficción que envuelve al relato, El duque de Borgoña es la aproximación al S&M más sexy y verosímil en la historia del cine, sin dramas y con una hermosa reflexión sobre la imposibilidad de vivir una fantasía 24/7. La película navega en el terreno bergmaniano, donde los roles en las dinámicas de poder se confunden y el sumiso puede terminar sometiendo a su amo. Tras un primer intento de adaptar Les possédées du diable (1974), Strickland decidió inspirarse en el sadomasoquismo lésbico de Jesús Franco para crear una fábula con “emociones realistas” sobre las fantasías no consumadas. Respetar las reglas del juego se convierte en afecto, porque la simulación y el fetichismo son las chispas que detonan el amor. En el montaje, la referencia a los collage experimentales de Stan Brakhage da una sensación inquietante a dicha experiencia.

  1. Más allá de las colinas (Cristian Mungiu, 2012)

La película está inspirada en el  exorcismo del monasterio de Tanacu en 2005, donde un sacerdote ortodoxo practicó un exorcismo a una monja con problemas mentales hasta asesinarla. El caso documentado por la novelista Tatiana Niculescu Bran sirvió de trasfondo para la denuncia de Cristian Mungiu contra las instituciones religiosas y sus  anacrónicos métodos de sometimiento y control. A pesar de suceder en la actualidad, el convento ortodoxo de Iași pareciera vivir en otro siglo, ya que se pretende evidenciar el atraso ideológico ocasionado por la dictadura de Nicolae Ceaușescu: las regiones  rurales del país quedaron a su suerte y tal situación motivó el auge de la superstición religiosa. En el largometraje, el proceder de las monjas ni siquiera es denunciado como un acto de maldad o crimen de odio, pues es resultado de la ignorancia y la ideología de un líder intolerante, como suele suceder en cualquier parte del mundo.

  1. Fresa y chocolate (Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, 1993)

Con el actual ambiente político, los diálogos de Fresa y chocolate tienen un lugar importante en la conversación pública. No se ataca o defiende una ideología política, sino el uso por los líderes para someter a los disidentes de sus regímenes. “Titón” (Alea) se inspiró en las purgas académicas contra homosexuales, religiosos y detractores de “la revolución”, de las cuales fue testigo presencial. El protagonista del filme (soberbia la interpretación de Jorge Perugorría) es un artista con firmes convicciones sobre el gremio artístico, el cual no debe estar al servicio del Estado. Lo anterior convierte al largometraje en un bellísimo tratado sobre el fuerte vínculo entre el arte y la comunidad LGBT+, quienes  por siglos han sido curadores, productores y transformadores de la poesía en múltiples disciplinas. Con un precario presupuesto (los actores llegaron a cobrar cerca de 40 dólares), la película supuso un punto de ruptura en la producción cinematográfica y la tardía liberación sexual de Cuba.

  1. El tiempo que queda (François Ozon, 2005)

La idea del filme nació durante el tiempo de espera de Ozon por los resultados de unos estudios médicos. Tras investigar, descubrió que  la mayoría de los pacientes de cáncer con pronósticos negativos deciden no tomar los tratamientos. La elección de cáncer como enfermedad, en lugar de SIDA, responde a una intención de borrar el estigma del VIH como sinónimo de muerte; pues, para entonces, los avances médicos habían logrado reducir al mínimo la mortalidad de pacientes detectados: “es posible que un gay muera por algo más que el SIDA”, mencionaba el realizador. Durante los últimos días del protagonista vemos la faceta más poética del autor francés, incluidas una dolorosa ruptura forzada, la despedida de familiares y la  ingeniosa trama de la camarera, con el ménage à trois más hermoso en la historia del cine.

  1. Thelma (Joachim Trier, 2017)

Los críticos aún debaten si se trata de una película de superhéroes o terror puro. Lo cierto es que Thelma fue un triunfo en el género donde bastantes habían intentado y fracasado (como Kornél Mundruczó), debido a la preciosista mitología alrededor de la protagonista, la cual mezcla elementos salvajes y místicos. Hay un aire de Stephen King, pero el rumbo de la trama es diferente, pues lo sobrenatural es un pretexto para hablar sobre el amor, la liberación y el autocontrol. Trier elimina los escenarios clásicos  de sometimiento y castigo femenino para sustituirlos por una versión contemporánea de la fantasía y el suspenso con perspectiva de género (el desenlace esperanzador es prueba de ello). Según el realizador, la mayoría de las historias LGBT+ en el cine escandinavo son masculinas (gay); por tal motivo, Thelma se desarrolló a partir de un romance lésbico, con el fin de dar proyección a más relatos de este tipo.

  1. El amor es extraño (Ira Sachs, 2014)

El filme de Ira Sachs es una carta de amor a la longeva generación de artistas homosexuales neoyorquinos que sobrevivieron a la epidemia del VIH, dándoles visibilidad en una industria que pocas veces los reconoce. A diferencia de su filmografía previa, la película se distingue por una ligereza festiva, resultante de la actual libertad que gozan las comunidades LGBT+ en las principales ciudades del mundo; según el realizador, si la hubiera filmado cinco años antes, no habría sido una “película gay feliz”. El largometraje muestra las “dinámicas comunales” del colectivo, donde puede haber diferencias (en este caso, generacionales), pero siempre existirá un apoyo entre los miembros de “la misma  letra”; imagen de fraternidad desdibujada con los años. Como sucede también en Little Men (2016) con el asunto inmobiliario, El amor es extraño tiene un trasfondo de denuncia social contra la falta de seguridad social en todos los sectores de Estados Unidos; dicho problema llevará a los protagonistas a situaciones precarias que  contradicen el estereotipo en cine y TV del homosexual con bienestar asegurado.

  1. Bound (Lana Wachowski y Lilly Wachowski, 1996)

Si Ridley Scott no se hubiera quedado tibio en Thelma y Louise (1991), se habría adelantado algunos años a esta tremenda obra del suspenso criminal. Las hermanas Wachowski entraron al cine por la puerta grande, con un noir inspirado en la filmografía de Billy Wilder y promocionado como thriller erótico post-Tarantino. El proyecto tuvo problemas de financiación, pues las productoras insistían en cambiar a Corky por un hombre. De acuerdo con varios textos, los múltiples planos cenitales son una metáfora del “clóset”, haciendo alusión a que “todos vivimos en grandes cajas”, ocultando nuestras verdaderas  personalidades. A pesar del fracaso en taquilla, lograron llevar al mainstream una película de género protagonizada por dos mujeres enamoradas y donde los “dilemas” por sus  orientaciones sexuales no son un elemento central. El posterior éxito de Matrix (1999) obligó a la audiencia a “revisionar” la ópera prima de las Wachowski como el germen de una gran trayectoria.

  1. La ley del más fuerte (Rainer Werner Fassbinder, 1975)

No sólo es un melodrama, también es un ensayo crudo sobre el desnivel de clases y la decadencia del amor como institución. La película fue producida durante la época más prolífica del realizador y podría considerarse su obra más personal, debido a su participación actoral y la primera aproximación al ambiente cabaretil de su futura “Trilogía de la posguerra”. Durante el estreno en Cannes del 75, la película fue calificada como una representación negativa de la comunidad gay. Fassbinder declaró que el largometraje no distaba de sus trabajos anteriores (romances heterosexuales con tóxicas dinámicas de poder), pues su objetivo era evidenciar las diferencias sociales como problema universal.  En los 70s, la RFA se encontraba en una crisis económica, por lo que el despilfarro del “villano” era una crítica a la desigualdad imperante en el país.

  1. Tangerine (Sean Baker, 2015)

En Tangerine no hay ningún discurso reivindicativo entre líneas sobre las protagonistas, sólo es una divertida aventura de celos, mentiras piadosas y secretos. El desparpajo de los diálogos y tono “ligero” no eran parte del proyecto en preproducción (Baker y Chris Bergoch planeaban un filme serio); fue hasta después de conocer a las dos actrices principales que el director decidió virar hacia  la “comedia”. Cuando fue estrenada, se sentía el inicio de un nuevo realismo social, alejado del pesimismo y la seriedad del cine de denuncia. Sin embargo, tampoco es el trashy irracional de Korine  o Clark, pues los personajes tienen una dimensión psicológica de gran complejidad, especialmente Sin‑Dee (Kitana Kiki Rodriguez), quien aparentemente está cegada por los celos, pero termina con un excelente arco dramático que demuestra a la audiencia la importancia de la sororidad y la amistad por encima del amor. En Tangerine no hay filtros de corrección política ni miedo a equivocarse, solo honestidad… como debería ser en todo el cine.

  1. Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017)

El director afirmó que el personaje de Daniela Vega es una versión contemporánea de Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1958) y la referencia no está muy distante de la realidad, ya que el trabajo de la actriz es una de las mejores interpretaciones femeninas en el cine latinoamericano. Dentro del actual imaginario queer, “Marina Vidal” es una de las representaciones más positivas, porque (a diferencia de la cantante de Tangerine, sin visibilidad para su talento) Lelio nos muestra a una mujer trans integrada en la sociedad citadina y ejerciendo su profesión artística, con las obvias adversidades laborales). Sí se expone la discriminación, pero no se realiza una apología de la misma. También, castear a una actriz transgénero para este personaje es ir en contra del actual anacronismo de Hollywood, donde actores cis insisten en ser considerados para roles que podrían desempeñar intérpretes trans.

  1. Fucking Åmål (Lukas Moodysson, 1998)

La película de Moodysson fue un éxito internacional que aún preserva su estatus de culto; no por el romance coming of age lésbico (de una belleza inalcanzable para Hollywood), sino por la representación exacta del momento (los noventas tardíos), la cual constituye un fósil nostálgico para los millennials en la treintena. Una chica suicida y otra en búsqueda de emociones fuertes representaban a cualquier adolescente del mundo; no obstante, el plus de Fucking Åmål era el escenario esperanzador para todo joven que deseara salir del clóset y disfrutar abiertamente los mejores años de su vida. Dejando de lado el descubrimiento sexual, las protagonistas también se encuentran en una encrucijada sobre su porvenir, porque ambas se niegan a reproducir los patrones de vida de sus padres. Crecer, reproducirse y morir en Åmål no es parte de sus planes… ellas buscan más.

  1. Carol (Todd Haynes, 2015)

Indiscutible obra maestra del cine queer. Como se mencionó en la introducción, la novela de Highsmith fue un hito para la comunidad LGBT+ y su adaptación no pudo tener mejor director. Aunque en la superficie parezca un trabajo formal, el filme está a tope de detalles que evocan (como pocas películas) el esplendor del pasado. En ese marco de preciosista dirección de arte, el encuentro de las dos protagonistas constituye el romance lésbico que el cine clásico nos negó; de hecho, la estructura narrativa del filme es un homenaje directo a Breve encuentro (David Lean, 1945). El principal objetivo del magistral guión de Phyllis Nagy era remarcar las vulnerabilidades que surgen de un amor prohibido, construyendo diálogos que remarcan la inseguridad de no saberse correspondido. También se destaca que el mundo neoyorquino de Carol es enteramente femenino (en sentido feminista), ya que (cuenta el director) las principales influencias para la estética fueron las fotógrafas Ruth Orkin, Esther Bubley, Helen Levitt y Vivian Maier.

  1. Laurence Anyways (Xavier Dolan, 2012)

Entre las películas de Dolan, Laurence Anyways es la nota más alta en su sello autoral, no por estilo sino por la compleja y emotiva forma de narrar un romance destinado al desencuentro. La película explora los límites del afecto. ¿Amamos el cuerpo o el alma de la otra persona? Al terminar el metraje se responde a la pregunta: el placer corporal es una  parte imprescindible del amor. Desde el despertar sexual de Laurence, los protagonistas vivirán una década evadiendo la cruda verdad y convenciéndose a sí mismos de que el amor sobrevivirá a cualquier dificultad. Hermosa y colorida pieza cinematográfica que nos muestra los alcances del hijo de pop más plástico.

  1. La ley del deseo (Pedro Almodóvar, 1987)

Dentro de la filmografía de Almodóvar, este filme posee una fuerza que radica en el inusual homoerotismo salvaje y desenfadado; para algunos, su última película 100% queer antes de la popularidad entre el mainstream. Este filme deconstruye  el thriller policiaco en un melodrama ingenioso que mezcla celos, sensualidad y mucha estética popular. Como más tarde lo haría Alain Guiraudie o François Ozon, el crimen no es un castigo o signo de maldad, sino la metáfora erótica del atractivo peligro del sexo libre. El personaje de Antonio Banderas (heteronormado y en el clóset) se obsesiona con el miedo a compartir el corazón de su amante con otros hombres, situación que lo lleva a perder la razón y desencadenar el más alocado noir en la historia del cine.

  1. Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019)

El cine de Céline Sciamma se ha preocupado por reflejar en la ficción una gama diversa de identidades. Sin embargo, Retrato de una mujer en llamas es su apuesta más poética y personal sobre el amor entre mujeres. La directora parte de la relación entre artista y “musa”, donde las segundas nunca tuvieron una contribución pasiva en la creación del discurso poético de una obra; no sólo se trata de una mujer sentada frente a un pintor simulando la realidad, en dicha interacción hay algo más. Según la realizadora, la  película está compuesta de interacciones y diálogos horizontales, pues creador y modelo se encuentran en la misma condición. A un año de su estreno en Cannes, este universo compuesto por mujeres es un statement que busca contribuir en el redescubrimiento de muchas mujeres artistas borradas de la historia del arte.

  1. Juego de lágrimas (Neil Jordan, 1992)

El simbolismo queer es central en la filmografía de Neil Jordan, ya sea explícito en el contenido o sugerente en las formas. Al margen de la incómoda representación del IRA, Juego de lágrimas ofrece uno de los dramas más hermosos, protagonizado por un exterrorista en búsqueda de redención y una cantante de taberna. Tomando en cuenta que durante los noventa la presencia LGBT+ iba del romance gay heteronormado al drama pesimista, la relación entre los dos personajes planteaba una trasgresión a las convenciones del cine mainstream. La audiencia no estaba preparada para dicha conversación y el filme fue reducido a un plot twist tremendista, generando cierto rechazo por algunos sectores del colectivo. No obstante, a la distancia temporal, el filme puede tener lecturas más progresistas, como el hecho de que (por primera vez) la fantasía romántica del héroe y la damisela no era para una audiencia cisgénero.

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