No te metas con los gatos: el nacimiento de un asesino en Internet

Por: Citlalli Juárez (@citlallijuarez)

Es un día normal como cualquier otro. Navegas en tu feed de Facebook, das like a un par de fotos de tus amigos, te ríes con algunos memes y apenas miras los titulares de las noticias. De pronto algo llama tu atención; muchas personas están hablando de cierto video desgarrador. Alguien publica el link en un grupo al que perteneces, acompañado de una descripción inusual: “Aquí está el video. Probablemente lo eliminarán pronto…” ¿Qué es esto?, te preguntas mientras das click en el enlace a pesar de la desconfianza que te causan los cientos de comentarios advirtiendo no ver el video. La página carga y en tu pantalla se reproduce el video de un hombre jugando con dos gatitos en una cama. Todo parece ser una escena inocente de aquellos videos de animales que el Internet tanto ama, hasta que el hombre mete a los gatos en una bolsa de plástico y con una aspiradora comienza a succionar el aire hasta asfixiarlos.

En el año 2010, las redes sociales se conmocionaron debido a la publicación del video ‘1 Guy 2 Kittens’, en donde se mostraba el asesinato de dos mininos, mismo que sirvió como detonante e hilo conductor en la historia de la serie de Netflix, Don’t f**ck with cats.

No te metas con los gatos (por su nombre en español) es una serie documental de tres episodios, de aproximadamente una hora de duración, que narra la historia del asesino Luka Magnotta y el inicio de su vida criminal con una serie de videos publicados en internet donde mató a gatos de maneras brutales, hasta convertirse en el “Descuartizador de Canadá” al asesinar a un hombre, descuartizarlo, enviar partes de su cuerpo a políticos canadienses y subir un video de su crimen a Internet. Asimismo, la serie aborda la historia de un grupo de cibernautas, quienes motivados por la indignación se dedican a descubrir la identidad del “asesino de gatitos”; descubren pistas en los videos, rastrean fotografías, comparan formas de escritura y demás técnicas de la talla de investigadores profesionales para llevar al criminal ante la justicia.

Esta serie de finales del 2019 se posicionó como uno de los más grandes aciertos de Netflix, que ha incursionado en documentales criminales y de asesinos seriales (como Las Cintas de Ted Bundy o Un asesino oculto: En la mente de Aaron Hernandez) con gran aceptación. Resulta apropiado decir que su éxito se debe a la gran labor de producción, así como el manejo de la historia y su desarrollo.

Uno de los más grandes atributos de la docuserie es la edición, que se apoya de entrevistas, material de archivo y, en su mayoría, de la recreación de las interacciones y conversaciones del grupo justiciero a través de redes sociales. De esta manera, al escuchar a una mujer describir lo que se ve en el primer infame video de los gatos, es posible ver la respuesta colérica de cientos de usuarios en redes que demandaban justicia, lo que brinda una mayor perspectiva del alcance del video en su época; de la misma forma, la búsqueda remota de las escaleras en donde Luka fue visto por última vez, se convierte en una auténtica escena de persecución que perdería impacto si no fuese por la edición.

Otro de sus grandes aciertos es la narración de los eventos. La historia se aborda a partir de la paulatina revelación de información importante, la cual funciona para que el espectador cree sus propias deducciones. Es así que cuando la tensión se acumula y el público cree saber lo que está por suceder, la historia tiene un giro dramático en sus eventos, que generalmente funciona como el cliffhanger para el siguiente capítulo. De esta manera, Don’t f**ck with cats logra mantener al espectador ansioso de conocer el desenlace de la historia. Sin embargo, también es cierto que los creadores se tomaron bastantes licencias en la narración de la historia, como la supuesta amenaza hacia una de las investigadoras cibernautas tras recibir un video del lugar donde trabajaba; sin embargo, no se explica cómo llegó hasta ella. Ahí también se encuentra lo que se puede considerar una conexión forzada entre el asesino y la cinta Bajos Instintos (1992), entre otras asunciones bastante dramatizadas.

Además de dichos aciertos y desaciertos, el mayor atributo de la serie es la introspección obligatoria a la que se somete al espectador. Desde los primeros minutos se establece que el asesino es una persona altamente narcisista que disfrutaría de una persecución al mismísimo estilo de Atrápame si puedes (2002), en donde Leonardo DiCaprio interpreta a un astuto falsificador que evade durante años al FBI; más adelante se demuestra que además es un individuo que anhela la atención, llegando al extremo de crear rumores sobre una relación con Karla Homolka (una de las asesinas más reconocidas de Canadá), sólo para ganar fama en medios. La advertencia está presente desde los primeros minutos: este individuo gusta de la atención.

De esta manera, la docuserie cierra lanzando la pregunta más incómoda a la que se podría someter el público: ¿Hasta qué punto somos responsables del nacimiento de un asesino?

Si bien es cierto que Internet es un lugar inmenso con millones de usuarios y que no podemos controlar el material que otros suben, también es cierto que somos responsables del contenido que consumimos y compartimos. En este sentido, ¿fueron los investigadores cibernautas el público que Magnotta tanto ansiaba? ¿De alguna manera lo motivaron a continuar asesinando?

Y si reflexionamos sobre estas interrogantes con respecto a nuestra sociedad actual y el manejo de redes sociales, ¿quién resulta ser más responsable? ¿La persona que comete un crimen o el espectador que continúa compartiendo el contenido violento, sumando vistas y creando un público para estas personas?

Run: el debut de Vicky Jones en la pantalla chica

Los planos iniciales de Run muestran el inmenso estacionamiento de un centro comercial al aire libre, en el cual se encuentra la protagonista Ruby. El silencio predomina en el interior de su automóvil; tiene la mirada perdida y el rostro desencantado. Mientras la cámara muestra su soledad, a lo lejos aparecen nombres de tiendas y los otros coches que rodean a la desdichada esposa. De manera simple y rápida, la guionista Vicky Jones junto a Kate Dennis en la dirección, muestran en pantalla la premisa central que marca el ritmo de la serie: el deseo de escapar de todo sin consecuencias ni miramientos. 

Con siete capítulos de media hora cada uno, Vicky Jones, colaboradora de la admirable Phoebe Waller-Bridge en varios proyectos multipremiados como Fleabag (2016), y Killing Eve (2018), debuta con esta serie mezcolanza entre comedia romántica al estilo de Richard Linklater (Antes del amanecer, 1995) –referencia citada por la propia creadora–y el género thriller, cuya atmósfera en ocasiones recuerda a la adaptación cinematográfica de Alfred Hitchcock, Extraños en un tren (1951). 

El primer gran proyecto de Jones en la pantalla chica es sencillo en su desarrollo dramático; de manera lineal se cuenta la historia de dos exnovios de la universidad, quienes tras 15 años sin verse y un mensaje de texto que sólo dice “Run”, deciden abordar un tren, huir lejos de sus problemas para vivir como siempre quisieron sin que los molesten. Y aunque las situaciones son predecibles debido a la poca dimensionalidad de sus personajes Ruby (Merritt Wever) y Billy (Domhnall Gleeson), la historia es entretenida a ratos debido a los pocos temas que aborda. 

El redescubrimiento erótico de la figura femenina es una influencia directa de los trabajos que la directora de teatro trabajó con su amiga Waller-Bridge; ambas tienen inquietud por escribir sobre la reconexión que una mujer tiene con su sexualidad, luego de pasar años en una rutina marital que las hace olvidar su rol femenino para convertirse sólo en madres o esposas. Existen pinceladas de la personalidad de Eve –por lo menos en su primera temporada– o de Fleabag, en la confundida esposa que interpreta Wever.   

Billy, por otro lado, es el personaje que agrega misterio a la trama, es el encargado de provocar la mayoría de los conflictos hitchcockianos –un hombre que es perseguido por su pasado–. Aunque su crecimiento narrativo es más superficial a comparación que el de su compañera, Jones, aprovecha el pasado del protagonista y su asistente Fiona, interpretada por Archie Panjabi, para desarrollar una segunda premisa que va sobre la idea de felicidad y éxito que se busca en charlas o libros motivacionales y cuyo único propósito es aprovecharse de ellas para ganar cantidades bárbaras de dinero. 

Y si bien estos rasgos de personalidad en los protagonistas le dan cierto punto de interés a los primeros capítulos, la trama (luego de un par de conflictos) se vuelve monótona. Ni siquiera el trabajo de Kate Dennis (Glow 2017-18) junto a Matthew Clark (Notas perfectas 3, 2017) en la fotografía, una producción organizada, pero sin aportar mucho a la narrativa visual, logran hacerla más interesante. La mayoría del tiempo la cámara está presente sólo para describir el espacio o para saber quiénes están hablando. 

Hacia su desenlace, la serie se desinfla, principalmente por la débil relación amorosa entre los protagonistas; el lazo que los mantiene unidos durante la temporada, aún después de bastantes años sin verse, no resulta verdaderamente justificado. La química que se supondría electrizante entre dos ex amantes tras un recuento no se siente genuina y eso provoca que una vez conocemos lo básico de sus motivaciones, el resto de la trama sea monótona. 

Run no es la serie del año, e inclusive podría asegurar que fueron pocos los interesados en aventurarse a verla; su trama, aunque se lee interesante en pocas líneas en la práctica, resulta menos compleja. El nombre de Phoebe Waller-Bridge como productora es bastante llamativo para querer darle una oportunidad –su trabajo como guionista ha sido impecable– aunque al final, el prestigio de su amiga no fue más que una estrategia de HBO para vender mejor la historia de Jones. Bueno, por lo menos el intento se hizo.

Matarife: la serie que exhibe a uno de los políticos más poderosos de Colombia

Por: Eduardo Reyes (@EduardoReyesSer)

Matarife: Persona que tiene por oficio matar y descuartizar el ganado destinado al consumo.

Desde hace más de 40 años el nombre de Álvaro Uribe Vélez ha resonado en la vida política de Colombia. En los 80 fue Alcalde de Medellín y director de Aerocivil (organismo estatal regulador de la aviación en todo el país). En los 90 fue Gobernador de Antioquia y más tarde fue electo Presidente de la República en los periodos 2002-2006 y 2006-2010. Actualmente es senador por el Centro Democrático, partido fundado por él y que actualmente gobierna el país a través de su actual Presidente Iván Duque.

“El gran colombiano”, como se le conoce popularmente, es quizá el político más influyente y poderoso de su país, por ello no es extraño que una serie como Matarife, un genocida innombrable genere cierta agitación mediática. Creada por el abogado y escritor Daniel Mendoza Leal, la producción se basa en diversos artículos realizados por él y los periodistas Gonzalo Guillén y Julián Martínez, quienes por años han seguido la carrera de Uribe y han constatado su historial criminal, sus vínculos con grupos paramilitares, narcotraficantes y políticos corruptos de Colombia.

Desde su origen, el creador de Matarife decidió distribuir los avances en grupos cerrados de WhatsApp y Telegram, esto como medida preventiva ante posibles actos de censura, lo cual generó mucha expectativa entre los colombianos, quienes se unieron a dichos grupos mediante un número telefónico que la ONG australiana AULA (encargada de la distribución) compartió por internet. Los datos de estos usuarios se subieron a un software programado para recibir cada episodio directo en su celular. Este peculiar método de distribución permite compartir el contenido con más velocidad y llegar a un mayor número de espectadores. 

La serie -coproducida por Colombia, Estados Unidos y Australia, y dirigida por Jack Nielsen- está compuesta por 50 capítulos distribuidos en cinco temporadas; con una narrativa ágil los episodios duran aproximadamente seis minutos y cada uno se liberará paulatinamente. El primero se estrenó en YouTube el 22 de mayo pasado y, de acuerdo con el portal Colombia Informa, en tan sólo dos días se registraron más de 4 millones de visitas. Hasta el momento se han subido dos capítulos más, sin embargo, aún no se comparten las fechas de publicación del resto.

Semanas antes de dicho estreno, el 8 de mayo, Mendoza Leal publicó un video en el cual declara ser vigilado y haber recibido amenazas; en el mensaje se le ve nervioso y frente a cámara afirma: “el grupo narco-paramilitar colombiano de Las águilas negras me quiere asesinar, la orden la dio el expresidente Álvaro Uribe Vélez”, además, informa que Daniel Palacios, director de la Unidad Nacional de Protección (UNP), es la única figura quien podría protegerlo, sin embargo, éste “es un lacayo de Uribe”, sostiene. En ese contexto el periodista decidió acelerar la producción y estrenar Matarife antes de lo planeado.

Por su parte –y quizás como un acto de defensa- el expresidente también lanzó una serie de videos llamada Hechos de la vida pública de Álvaro Uribe que se distribuyó en las redes sociales de su partido. Desde una postura institucional y casi propagandística resalta sus logros y enfatiza su fuerte compromiso para combatir el narcotráfico; además hace un repaso por las denuncias no comprobadas durante sus funciones, como aquellas que afirman que favoreció a grupos del narco expidiéndoles licencias de aviación para transportar sus mercancías cuando era director de Aerocivil, tema que seguramente abordará Matarife.

Como si se tratara de una película de ficción sobre detectives y criminales, Daniel Mendoza Leal aparece en una sala de investigación con el retrato del expresidente clavado en la pared. En cada capítulo va pegando fotografías de otras figuras relacionadas con su carrera criminal y, mientras su voz en off narra los acontecimientos, imágenes de archivo se intercalan con la mano del periodista quien enreda un hilo rojo que conecta a estas personas con el actor principal: Álvaro Uribe.

Y simultáneamente a este entramado, Mendoza Leal también se perfila como otro actor protagónico, aunque éste pertenece a la vida real y la historia que se narra es el curso que su vida empezará a tomar. Ha asumido su papel de periodista comprometido, de criminólogo implacable, de ciudadano preocupado por conocer y revelar la verdad. 

Sin duda el proyecto que está desarrollando lo pone en la mira del funcionario más poderoso de Colombia, pero a cambio otros ciudadanos ya le reconocen su valentía y en YouTube le escriben mensajes de apoyo: “Por fin salió alguien a decir la verdad”, “¡Brutal! ¡muy buen periodista, como muy pocos en este país!”, “Tremenda labor de conciencia, un tiro directo al corazón del sistema”, “No sé, pero solo siento miedo por las personas que se atrevieron a destapar esta caja de pandora…”; y aunque esta historia aún no termina, la sociedad exige el surgimiento de más voces.

Aquellas que emerjan desde otras latitudes y que exploren la vida de sus propias figuras criminales, pues el contexto colombiano no es un caso aislado, incluso en toda América Latina podríamos encontrar equivalencias. México, por ejemplo, se ubica en una coyuntura similar: nuestro expresidente, el que declaró la guerra contra el narco, pareciera emular las tácticas políticas de Uribe Vélez al destaparse su posible relación con el Cartel de Sinaloa; y aunque esta figura ya tiene un pie en los juzgados de Estados Unidos, aún no surge un Mendoza Leal que exponga a nuestro propio matarife.

Capítulo 1. La granada que activó la élite:

Capítulo 2. Corporación muerte:

Capítulo 3. Esquirlas sociopáticas. Segunda parte: 

Gangs of London: una serie para rendirle culto

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Finn Wallace (Colm Meaney), el líder comercial de los clanes londinenses y del sector inmobiliario, ha sido asesinado a manos de dos mercenarios adolescentes. Sean (Joe Cole), el heredero del emporio criminal, decide detener todos los negocios legales y clandestinos para vengar la muerte de su padre. Mientras tanto, Elliot Finch (Sope Dirisu), un agente infiltrado, logra convertirse en la mano derecha de Sean  con el objetivo de incriminar a los Wallace y al maquiavélico tío Ed (Lucian Msamati).

Cuando se trata de series sobre crimen organizado es común encontrar perspectivas unidimensionales, donde la atención se centra en una familia específica y el resto de pandillas sirven de secundarios ocasionales. Las diferentes facciones que conforman el universo de Gangs of London poseen la misma importancia, haciendo incierto el rumbo y desenlace de cada episodio. Si bien existe un protagonismo de los Wallace, los rivales cuentan con las mismas oportunidades de sentarse en el trono de los negocios londinenses. La primera temporada apenas es el punto de partida para desarrollar una consecuente carnicería de proporciones épicas.

De forma consciente, Gareth Evans y Matt Flannery dieron a su programa una atmósfera de lucha monárquica, llena de traiciones y alianzas. Michelle Fairley como matriarca de los Wallace fue una gran elección para afianzar el sentido de “nobleza contemporánea” que los showrunners buscaban. El primer episodio de hora y media (muy cinematográfico en su composición) arranca con la confrontación entre capos tras la muerte del “rey”; no obstante, al margen de esa batalla se encuentra un poder superior y omnipresente, conformado por empresarios y políticos. Aunque la corrupción y los complots en las altas esferas son piedras angulares, los responsables le dieron al programa un imaginativo trasfondo familiar que magnifica la pelea entre casta.

Un tema central son los lazos familiares y la lucha generacional por cambiar las retorcidas prácticas de sus predecesores; “tu generación es un virus”, llega a decir un político a su padre Asif (Asif Raza Mir), capo de la heroína que financió la campaña electoral del hijo. En una era de aparente progresismo, los jóvenes vástagos ven a sus progenitores como psicópatas adictos al derramamiento de sangre, mas sucumben a la violencia heredada. Por tal razón, la serie se aproxima más a las tragedias monárquicas shakesperianas que a los thrillers convencionales. En ese contexto, el arco dramático de Sean Wallace es el más notable. Quien en un inicio se percibe como líder tirano e imprudente, termina convirtiéndose en un melancólico rey salomónico, con destellos de “compasión”, que lidia contra los pecados de sus padres.

Otro personaje destacado es Elliot, el policía tentado por el diablo. Una idea clave para entender su relevancia en la historia es la frase “los peones no puede ser reyes”; la insistencia en dicha acotación vaticina la posterior degradación de su íntegra personalidad. La meritocracia es cuestionada como un proceso de corrupción del alma en pos del ascenso en la pirámide del poder. Las derrotas de Luan (Orli Shuka) y Lale (Narges Rashidi) confirman ese punto; ambos poseen prioridades ajenas al monetario: para él su familia, para ella su pueblo. En cambio, Marian Wallace (Fairley) no duda en atentar contra sus hijos si de eso depende conservar el poder. 

Los episodio 4 y 5 son lecciones magistrales en el manejo del suspenso en escenas de acción para TV. Con momentos a la altura del famoso plano secuencia de True Detective, en ambas entregas sorprenden la dirección y el montaje; sin embargo, el quinto capítulo es la cereza del programa. Se trata del intermedio a la línea narrativa central, común en las series, tras alcanzar el punto de acción más alto. Lo que parece la simple continuidad paralela al escape de Darren Edwards (Aled ap Steffan), el joven gitano que asesinó a Finn Wallace, se convierte en una sangrienta matazón en la línea del mejor cine de gangsters. Si bien el mayor atractivo promocionado por los críticos es la violencia explícita, tal gore no tendría ningún impacto sin el terror construido a partir del magistral argumento; los eventos en dicho episodio son un claro ejemplo de ello, una consecuencia orgánica a la hybris del primer capítulo. 

Como especialistas en cine de artes marciales, Evans y Jude Poyer (el coordinador de dobles de riesgo) construyeron las secuencias de pelea a partir del análisis sesudo de los personajes; así, dependiendo de la historia de vida asignada a cada rol, se decidió qué tipo de mezcla coreográfica se emplearía. Aunque es imperceptible para el espectador común, tal complejidad en escenas de acción otorga profundidad al salvaje espectáculo inspirado (según el showrunner) en el vigor cinematográfico del RoboCop (1987) de Paul Verhoeven, el ambiente callejero ruso y el legado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), ya que ambas inician con una “celebración”.

[Inicia spoiler]

Durante el último episodio ocurren cosas extrañas, razón de la mala recepción por parte de la audiencia. Tras la explosión de la Torre –el cierre lógico–, el capítulo 9 se siente como un colofón de eventos que anteceden a la segunda temporada, con un final paranoico a lo Bourne y la absurda “resurrección” de Marian. Distanciandose del gore previo, el desenlace desvía la atención hacia el corporativismo siniestro que concluye con la “inesperada” muerte de Sean (entre otros personajes esenciales) y la incorporación formal de Elliot a uno de los bandos en guerra. En un twist bien ejecutado, Sean termina convirtiéndose en el mártir del fuego cruzado; situación decepcionante para algunos, porque ya no tendremos a Colm Meaney en las próximas temporadas.

[Termina spoiler]

La lección final: el verdadero demonio no son los capos de la droga, sino los empresarios que mueven el dinero sucio. La llegada de Gangs of London (concebida como saga de películas) se asemeja bastante al estreno de The Handmaid’s Tale: una serie que, de boca en boca, irá ganando adeptos férreos y un prestigio destacado. El atractivo de la trama se debe a la diversidad del coro criminal, donde paquistaníes, albaneses, gitanos y kurdos luchan por un lugar en la escena criminal al puro estilo de (no quería mencionarlo, pero sale a colación en varias entrevistas) Juego de Tronos. Como fanboy del cine de acción, Gareth Evans produjo una brutal y sangrienta historia repleta de momentos cardiacos, carente de apologías y con una revisión dramatúrgica y artificiosa del género, alejada del acartonado “realismo social” de la BBC.  Gangs of London será un punto de referencia y agasajo visual para los amantes del thriller policiaco.

 

Defending Jacob: la ilusión ambigua del victimario

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

El asistente del fiscal Andy Barber (Chris Evans) investiga la muerte de un adolescente; no obstante, las primeras evidencias apuntan a su hijo Jacob (Jaeden Martell) como el principal sospechoso del homicidio. Después de ser apartado del caso, Andy comienza a indagar las pruebas que involucran a otro presunto asesino descartado. En tanto, su esposa Laurie (Michelle Dockery) sufre una crisis emocional ocasionada por las dudas sobre la culpabilidad del joven.

Todos los dramas legales parten del mismo punto y es durante el desarrollo cuando demuestran su verdadero alcance. La nueva serie de Apple TV+ arranca con una premisa convencional, mas resultan atractivos su formato y atmósfera, resultado de la colaboración entre el showrunner Mark Bomback y el director Morten Tyldum. Desde el piloto la serie comenzó a tener una respuesta positiva de la audiencia, en parte, gracias a la aproximación de Tyldum y Jonathan Freeman (director de fotografía del último episodio de Juego de Tronos) a la estética fría y pesimista (sin solemnidad) de las series europeas más representativas del género, como las belgas Beau Séjour y Enemigo Público.

El ritmo no es la mayor virtud del programa, ya que el suspenso no es prioridad; sin embargo, tales agujeros emotivos son rellenados con otros temas sugerentes, como el acoso mediático contra el victimario y el “gen del guerrero” (MAOA) en el ADN de los Barber. En las narrativas contemporáneas se ha normalizado el uso de términos médicos para racionalizar la violencia juvenil, una conversación iniciada en el mainstream por Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2011). Similar al filme de Ramsay, la relación madre/hijo es el gancho para profundizar en los antecedentes de la posible mente criminal del protagonista. Lo intenso del drama no se encuentra en el doble proceso legal que hila la trama, sino en la reconstrucción de los hechos a partir del paranoico personaje de Michelle Dockery, pues solo ella es consciente del verdadero rostro de Jacob.

Las dudas de Laurie conforman un retorcido drama acerca de las nuevas maternidades, sin los clichés de amor ciego e incondicional. Como sucedía en la temprana El ángel malvado (Joseph Ruben, 1993) —aunque más ambigua en su desarrollo—, la madre se enfrenta al dilema de convertirse en verdugo del “monstruo” que podría ser su hijo. Para aligerar el tono trágico de la novela (con un desenlace concreto a la segunda acusación contra el chico), Bomback desplaza el juicio en la corte a un segundo plano y centra su atención en la batalla interna de Laurie, con el objetivo de entregar al espectador un magnífico final abierto a las interpretaciones. Tal ejercicio de suspenso anticlimático es muy parecido al de John Patrick Shanley en su obra La duda, donde la incertidumbre de los personajes sobre cierto evento constituye un incómodo vacío narrativo para el espectador.

La serie también toca terreno fangoso al elegir una mirada empática hacia el presunto culpable. El año pasado, La víctima (producción de la BBC) contenía una crítica similar sobre el acoso social contra el victimario, un fenómeno magnificado por el ruido del social media. Al final de Defending Jacob nos preguntamos: incluso siendo el asesino ¿es justificado el asedio del criminal por parte de la opinión pública? ¿Cuál es nuestra facultad moral para juzgar y sentenciarlo? Leonard Patz (Daniel Henshall), un ofensor sexual sospechoso del homicidio, es importante para entender la gravedad del problema. Mientras la familia Barber es hostigada por la fiscalía y los vecinos, el propio Andy acosa a Leonard para librar a Jacob del juicio, motivado por el prejuicio de los antecedentes penales de Patz.

Dicho lo anterior, Defending Jacob tiene una perspectiva pesimista sobre la hipócrita sociedad “americana”: nadie es amigo de nadie. El asesinato del chico, el pasado familiar de Andy y los gustos extremos de Jacob son pretextos para mostrar cómo una familia privilegiada es vulnerada por la exhibición (sin clemencia) de todos sus secretos. No obstante, en ese punto la serie se queda corta, pues (en pro de aminorar la antipatía de los protagonistas) Bomback se muestra tibio con la representación de Andy como una ciudadano con principios éticos (estereotipo reafirmado por el innecesario prólogo del episodio 9). El desequilibrio de complejidad argumental entre el personaje de Evans y el de Dockery resta oscuridad al drama, cayendo en el clásico thriller sin cuestionamientos al sistema judicial estadounidense (donde no existen corruptos, solo burócratas frente a dilemas complicados).

Dentro del género, la serie cierra creativamente al conflicto legal. Los dos últimos episodios tienen un perfecto desarrollo de la trama jurídica, que ayuda a engrandecer el conflicto de Laurie (repito, el punto medular del programa). De acuerdo con el showrunner, el centro de la serie está en la pregunta: “¿soy tan buena persona como pensé que era?” Como respuesta, Defending Jacob es una historia inquietante sobre la inexistencia de justicia y otra victoria para Apple TV+ en la guerra del streaming.

El último baile: lo único inevitable es el final | Capítulos 9 y 10

 

La parte 9 de El último baile trata sobre el quinto campeonato ante el Jazz de Utah tras una temporada histórica por el gran récord de victorias. Si bien sigue la estructura de los demás (entrevistas y una que otra adulación a Michael Jordan), la narración mejora mucho, especialmente en la articulación del material de los partidos para construir emoción en torno a los cinco anillos.

Ahora, el mejor episodio de toda la serie es, sin duda, el final. No sólo porque aborda con gran virtud la serie de partidos definitivos ante, de nueva cuenta, el Utah Jazz, sino que se revelan varios aspectos interesantes y desconocidos sobre lo que pasó después de recibir el trofeo.

Aunque se habían mostrado pequeños fragmentos donde Michael Jordan no era todopoderoso como se le eleva después, en estos encuentros particularmente se le percibe cansado, incluso con sus deseos incansables para tener una victoria definitiva para su legado. En general, el agotamiento es visible en los desgastados Bulls, quienes ya han estado en muchas situaciones similares. Hay una extraña aura por que todo acabe, a pesar de saber que era la última vez juntos.

El montaje de estos partidos definitivos es especialmente provechoso, pues no solamente se usa el pietaje de las cámaras televisivas, también se añaden los demás ángulos del crew especial para ese año, particularmente notorio en esa ocasión para hacer una excelente variación de ángulos y así conformar perspectivas sorprendentes de la acción en la duela. Las imágenes complementadas por las pistas elegidas crean una mancuerna efectiva para la progresión dramática de un microrelato que, insisto, conocemos de antemano. En esta recreación del Juego 6 de las finales de 1998 se aprecia todo el potencial de este archivo inédito, un valor agregado enorme para las narrativas del documental deportivo en general.

Los aciertos continúan en las reflexiones finales sobre, por fin, el último baile. Entre pensamientos sobre la dinastía que creó ese equipo y sus logros casi imposibles de igualar en la actualidad por las condiciones de la liga y demás, hay revelaciones sobre lo que pudo ser un futuro y… ¿una pieza más?

Como mencionaron en el episodio 1, el antagonista y gerente general, Jerry Krause, estaba en total disposición de reconstruir al conjunto sin el entrenador Phil Jackson: “no importa si tienes 82-0, este es tu último año”, le dijo en privado al coach. Sin embargo, el dueño Jerry Reinsdorf le ofreció al estratega volver por una temporada más para conseguir el séptimo título. Además, dice que no pensó ofertar nada a los elementos nucleares de la escuadra porque “tras seis títulos, su valor de mercado sería demasiado alto”. Estas declaraciones no eran del conocimiento de Michael Jordan, quien dice que habría aceptado jugar bajo un contrato de un año sólo para tener el campeonato siete y, probablemente, sus compañeros habrían aceptado igualmente.

El único que no aceptaría –palabras suyas– (y fue lo que sucedió), es Phil Jackson, quien se negó a la propuesta del propietario. Como se vio anteriormente, este mánager tiene una filosofía muy definida. Creía firmemente en los ciclos y, posterior a la victoria sobre el Jazz, orquestó una ceremonia de clausura emocional donde participaron todos sus pupilos. Dejaron ir al quemar en una fogata sus sentimientos escritos.

Las reflexiones que inserta este fragmento, donde Jackson cierra toda posibilidad de una nueva entrada a la organización, son sumamente interesantes. Es decir, es común que se medite en los “hubiera” -y más en la esfera deportiva-, pero ¿por qué debería ser así? Estas consideraciones sobre el final como elemento ineludible de las trayectorias, donde se aprecia el pasado a veces glorioso y después se abandona para seguir adelante, son las piezas más sustanciosas del subtexto de esta producción, pues vienen directamente de quien organizó un proyecto ganador durante una década. “Para mí, todo había terminado. Terminamos”, expresa tajante el exdirector técnico.

Posterior a esto, se coloca un montaje con imágenes que encumbran a todos los miembros del equipo, pero se contrastan con planos al presente. Mientras se habla de la gloria, se estrella con la calma del hoy. Esta secuencia termina con unos acercamientos a la vejez de Jordan vista en sus manos y con un plano medio a su persona de espaldas. El final es lo único inevitable y ni Michael Jordan puede huir de él.

Esta es una gran conclusión para El último baile -que bien pudo titularse La coreografía o algo así-, serie documental que quedará como uno de los grandes exponentes de su género. No sólo fue la gran articulación entre declaraciones, material conocido e inédito, también fue la forma de contar mediante matices desconocidos o incómodos, incluso si estos eran tenues. El único defecto mayor, como ya dije en ocasiones anteriores, es el excesivo encumbramiento a la figura de Jordan. Pero, como vemos, ni él puede escapar de quedarse en la historia. Sí, en lugar privilegiado, pero finalmente… eso fue ayer.

The Great: lecciones de sofisticado humor negro

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

La romántica Catherine (Elle Fanning) llega a la salvaje corte del Imperio Ruso para casarse con Peter (Nicholas Hoult), rey psicópata obsesionado con alcanzar la gloria de su padre. Después de la hostil recepción, comienza a organizar un golpe de Estado, apoyada por sus únicos amigos dentro del palacio: Marial (Phoebe Fox) y Orlov (Sacha Dhawan), una dama convertida en sirvienta y el paranoico consejero del emperador.

Cuando leyó el guion de La favorita (2018) desarrollado por Deborah Davis, Yorgos Lanthimos no quedó tan convencido con el tono formal y serio de la trama; para darle un poco de color, buscó la asesoría de otro escritor. Según medios, el realizador revisó cerca de 150 guiones hasta descubrir el piloto de The Great escrito por Tony McNamara. Tras la nominación al Oscar del australiano, Hulu decidió dar luz verde al proyecto. Aunque película y serie tienen una familiaridad innegable, la segunda posee mayores dosis de irreverencia e incorrección jocosa, más o menos en la línea de la magistral Taboo, pues —debajo de la capa de frivolidad chic— contiene una reflexión sesuda sobre los juegos de poder entre regente y gobernado, trama perfectamente adaptable a cualquier contexto moderno.

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Comencemos por lo más escandaloso: la cínica imprecisión histórica. Aunque parece un recurso para facilitar el trabajo de los guionistas, las mentiras convertidas en verdades es una idea sobrevolando en todos los capítulos, justificando de forma aceptable la libre referencia a los libros de historia. Lo que diferencia a este título de otros vacíos programas de época es la profundidad política alrededor de todas las situaciones. Mientras en Reign, Medici y similares se priorizaron los chismes de corte (a lo Gossip Girl), en The Great cada episodio es una lección concreta sobre la peligrosa aventura de derrocar a un tirano. Echando mano de Voltaire y Maquiavelo (en términos muy generales), la intención de los guionistas fue crear viñetas ilustrativas sobre los espectros de dolor y humillación necesarios para conservar un status de privilegio.

¿Cuánto está dispuesto un subordinado a soportar con tal de convertirse en “el favorito”? Cada capítulo plantea una postura diferente del sometimiento, que va desde la furia revolucionaria hasta la condescendencia. La inexactitud histórica permite dar mayor intensidad a las injusticias y al sadismo ejercido por el (ficticio) monarca déspota. El humor incómodo (presente en el tren de tortura, la “cena de las cabezas” o el patíbulo sobre el corredor) es una forma soez de jugar con estereotipos y prejuicios, lo cual permite entender el nivel de degradación ocasionado por una asimilación generalizada de la violencia.

Si bien podría tomarse como una representación xenófoba de los rusos, los pasillos invadidos por cortesanos violentos es una representación oportuna de la autocracia pudriendo a toda la sociedad (incluida la propia Catherine), donde la religión y la superstición son elementos que detienen el progreso. La Rusia de The Great no es la imagen concreta de un estado, sino la suma de crímenes y vicios resultantes del cesarismo posible en cualquier parte del mundo (discurso resuelto con soltura en la reunión diplomática del episodio 8).

Recientemente, los seriales de época tienen giros extraños (y desconcertantes), en pro de llegar a un target amplio y progre; el caso más reciente es Hollywood (de Ryan Murphy), dramedia perdida en la versión más frívola y vacía de la cultura gay, disfrazada de “cool” para las jóvenes audiencias. La modernización de la Rusia zarista en The Great es más orgánica. Sin erotismo gratuito ni tremendismos innecesarios, el hilo temático no se pierde entre la comedia oscura y las postales surrealistas. Cuenta McNamara que (a pesar del carente rigor) la mayoría de los gags burdos (como el anticonceptivo de limón o la escena del mapache) son resultado de la investigación del equipo de escritores para dar vida al programa y convertirlo en un anecdotario de alocadas conductas del pasado (del tipo Horrible Histories de la BBC).

A diferencia de La favorita, muy concreta en su estilo fílmico, The Great posee una puesta en escena muy teatral (tirando hacia la farsa), con prolongados momentos discursivos y exageradas interacciones entre los personajes (dentro del margen dramatúrgico). Por tal razón, el formato se asemeja más al trabajo escrito por Tom Stoppard –el de Rosencrantz y Guildenstern han muerto (1990)– que a la filmografía de Lanthimos. Los responsables construyen el crescendo a partir de diálogos vehementes (casi histéricos) para rematar con soluciones shockeantes o un golpe humorístico en forma de ironía.

El proyecto inicial aspiraba a seis temporadas, entre las cuales se dosificarían los hechos importantes en la vida de la monarca. Por el momento, la primera entrega ni siquiera alcanza a concluir con el golpe de Estado de 1762. Tal corte en seco representa un cierre frustrante para la primera tanda de episodios, ya que arruina la experiencia en beneficio del suspenso final; además, el desenlace del capítulo 10 pronostica que bastante tiempo pasará antes de ver a Catherine en el trono (con el objetivo de prolongar el interés de la audiencia). Tal decisión repercute en el ritmo del programa, aunque también podría reservar momentos importantes para temporadas posteriores.

El personaje de Elle Fanning es un mix entre Catalina II e Isabel I de Rusia (quien organizó la Revolución de 1741, transformó la vieja corte corrupta y estableció las bases progresistas del imperio). Por tal mezcla de personajes y sucesos, el final abierto da la posibilidad a varios escenarios. El primero es el ascenso al poder de la tía Elizabeth (Belinda Bromilow), convirtiendo a Catherine en sucesora directa de Isabel I. Por otro lado, McNamara podría perdonar la vida a Peter y mandarlo al exilio (sin el asesinato a manos de Orlov), con el fin de adaptar la leyenda de Yemelián Pugachov (cosaco sublevado en 1773 que decía ser Pedro III). No obstante, el poco respeto del showrunner a los libros puede llevar a la trama por cualquier rumbo.

La serie funciona muy bien en la recreación de eventos crudos, como la visita al campo de batalla o la solución a la viruela. En forma muy sutil, dichos momentos establecen una conversación sobre la actual inacción social. ¿No armamos revoluciones por conformismo o por miedo a vulnerar nuestro confort y privilegio? Tendremos que esperar hasta las próximas temporadas para descubrir si esta comedia continúa con la densidad crítica de la primera o sólo fue la sobrevaloración resultante del éxito de La favorita. De momento, los primeros 10 episodios son un deleite fuera del preciosismo naif; otra joya en bruto de Hulu, lista para ser pulida con el paso de las renovaciones.

El último baile: Jordan toma el autobús | Capítulos 7 y 8

Seis campeonatos son un logro impresionante para cualquier deportista. El aficionado ocasional al basquetbol puede preguntarse: “Si Jordan era tan bueno, ¿por qué no ganó más campeonatos?”. La respuesta, considerando ya el periodo del “3peat” (término usado para decir “tres campeonatos al hilo”), es que jugó por un tiempo al béisbol profesional. Sí, suena raro, pero sucedió.

El título de este texto hace referencia a Jordan Rides The Bus (Ron Shelton, 2010), documental de la primera temporada de la serie 30 for 30 -insisto en la recomendación- donde se aborda justamente este lapso de su majestad ahora en el plano más mundano: siendo uno más de los Birmingham Barons, sucursal de AA (territorio de desarrollo) de los Medias Blancas de Chicago. Este mismo tramo es el argumento del episodio siete de El último baile.

El tratamiento del tema es similar en ambas producciones: comienza con la misma pregunta: ¿por qué se fue siendo el mejor de su disciplina y tras ganar un campeonato?, para después colocar la muerte del padre de Jordan como principal motivo, y ayudarle a cumplir un sueño: que su hijo fuera jugador profesional de las Grandes Ligas. Se utilizan casi los mismos clips de archivo como las conferencias, los entrenamientos, la firma del contrato y demás, pero una diferencia importante es la elaboración de teorías alrededor del caso.

Como se mencionó en el capítulo seis, “su aérea majestad” ya cargaba sospechas de adicción a las apuestas, las cuales se intensificaron tras la muerte de James Jordan, pues se manejaron versiones del crimen que conectaban su asesinato con el hábito de juego de su hijo, una versión ruin -muy comentada- pero ciertamente plausible. Esto se enlaza con el posterior retiro de MJ que siempre fue justificado por él bajo motivos de presión, falta de hambre competitiva por haber logrado todo, así como las ganas de cumplir el deseo de su papá; no obstante, otra versión propone que esta salida en realidad fue una suspensión de 18 meses para el astro por apostar a sus propios partidos.

Este planteamiento ha sido una teoría de conspiración barajada por aficionados y algunos miembros del medio desde que se sugirió, pero nunca se ha confirmado ni se han dado evidencias sobresalientes. Si bien, no es la primera vez que Jordan habla al respecto de esto, sí es la primera en cámara. Se le cuestiona sobre la idea, pero la refuta de inmediato y con calma. También le llegan con la pregunta al excomisionado de la NBA, David Stern, quien no niega, solamente se limita a decir que “no hay pruebas” para sustentar tal hipótesis. ¿El que calla -o rodea-, otorga?

El hilo del béisbol continúa al poner al entonces exbasquetbolista como un pelotero más que decente, otro ejercicio de elogio (para variar), aún si sus habilidades -como se puede notar en muchos fragmentos- no eran realmente superiores.

El siguiente capítulo, el octavo, elabora alrededor del fracaso de las eliminatorias en el año de regreso de Mike a la duela y cómo logra sobreponerse para llegar a otro título. A mi óptica, el peor de la serie hasta donde vamos.

No solamente es, narrativamente, el más endeble y con menos picos dramáticos insertos por el exceso de declaraciones y la falta de construcción argumental, es el más claro ejemplo de uno de los objetivos conocidos, más no admitidos totalmente, de la producción: elevar aún más la figura de Michael Jordan. Esto es especialmente notorio de forma descarada en la parte final, cuando sus excompañeros y figuras del deporte hablan sobre el duro carácter del altísimo, el cual podía llegar a la bravuconería.

Dicen, de manera resumida, que podía tratarlos mal porque era el mejor y él sólo quería ganar. En las gesticulaciones de algunos se puede percibir cierta incomodidad al hablar del tema, particularmente cuando destacan la agresividad con la que eran mangoneados bajo excusa del anhelo de triunfo. Vaya, esa razón me parece barata, no sólo porque no es justo abusar del otro por tus propias convicciones -incluso en un deporte de conjunto-, sino porque estas declaraciones contrastan con otras de la misma serie que ponían a Jordan como una persona amable. Aquí mencionan trash talk (insultos de cancha y fuera de ella) y una actitud de pedantería. No sólo es incongruente, sino que el reconocimiento de esta conducta por los entrevistados termina encumbrando todavía más ese concepto del bully sobresaliente, y todavía más a Jordan. Todo esto es montado con una serie de imágenes apantallantes de encestes y una melodía para subrayar un heroísmo totalmente absurdo.

Es decir, toda la serie habla prácticamente de él como para que exista este segmento inusualmente largo donde todos alaban una personalidad ampulosa. Estos episodios de El último baile son un despliegue de un tibio atrevimiento para abordar tabúes en torno a una mítica trayectoria, pero su desenlace es la alabanza innecesaria de un egomaniaco. Jordan cada vez me sorprende más, pero cada vez me cae peor.

 

El último baile: Jordan claroscuro | Capítulos 5 y 6

Además de estar encumbrado en la historia del deporte, la percepción general de Michael Jordan -también apoyada por sus logros deportivos, aunque sean aspectos independientes- es que no sólo fue un atleta increíble, sino una gran persona. Todos los humanos somos seres de claroscuros… pero, usualmente los martillos de la moral golpean más fuerte a aquellos que están en los reflectores, idolatrados por cualquier razón. Es extraño, pero aun si quien juzga no lo pone en práctica en su vida diaria, se puede decepcionar de la figura que admira por cualquier error cometido, ahora llegando a la “cancelación”. La cultura de la celebridad en occidente…

Los capítulos 5 y 6 de El último baile regresan a su aérea majestad. La quinta entrega cuenta su participación en el Equipo de Ensueño en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 -primera vez que la escuadra de baloncesto estadounidense tuvo a jugadores profesionales- y la sexta va alrededor del ícono fuera de la duela, sus aparentes problemas extracancha y, por supuesto, cómo los “combatió”.

A pesar de que esta participación en el Dream Team es medular para la trama de esa entrega, considero que lo más interesante es el discurso alrededor de MJ como parte de la cultura pop. Esto se elabora alrededor con el material de los comerciales que empezó a hacer cuando todavía era un jugador novato, dirigidos por Spike Lee. Muchas eran las marcas con su imagen, pero la más importante sin duda fue Nike con la línea Air Jordan, modelo que después daría pauta para la creación de una marca. No sólo fue el sujeto que extendió la venta de los sneakers personalizados, también formó una estructura de negocio alrededor de los atletas y sus productos.

Fue el primer deportista estadounidense identificable en todo el mundo; había estrellas, pero nunca había existido un ícono tan famoso y reconocible. Se convirtió en parte del imaginario. Desde los comerciales de tenis hasta la campaña de Gatorade que literalmente llamaba a “ser como Mike”. Con este tipo de anuncios había superado la barrera del atleta y brincado a la de persona, un esquema que seguiría posteriormente con otros. No sólo querías alcanzar sus habilidades, te guiabas éticamente como él.

Si bien, este episodio puede percibirse como un extenso homenaje -otro más- a la figura de Jordan incluso si existe el hilo del equipo olímpico, existe una pequeña sección que aborda la rivalidad inicial de los jugadores de los Toros con Toni Kukoc, prospecto croata elegido en el reclutamiento colegial por el equipo de Chicago, proyectado como la siguiente gran luminaria y de quien sus compañeros tenían celos. Esto no es muy extenso, pero da para reconocer una faceta insegura y egoísta de estas leyendas del deporte, comportamiento que el propio Kukoc dice no comprender en ese momento, pues ni siquiera los conocía.

El contraste de la figura de MJ sigue en el episodio seis, el más interesante -en su mayor parte- de lo que llevamos.

Existe una tendencia clara en la percepción de las celebridades. Siempre que alguien alcanza un punto aparentemente culminante en su trayectoria, el público comienza a aburrirse. Un extraño morbo por ver caer a esa figura se esparce. Ocurrió con Michael Jordan después de ganar su segundo campeonato consecutivo. Tenía tratos comerciales, su nada despreciable salario, la fama y cariño del globo entero… ¿Qué faltaba? Unos escándalos.

Aquí aparece el libro The Jordan Rules de Sam Smith, una mirada interna al vestidor de los Bulls durante la temporada 90-91. El texto narra la importancia de “su majestad” en las decisiones técnicas, así como revela ciertos lineamientos que imponía dentro del vestidor. Según, él dirigía al conjunto de facto, quitando importancia al entrenador Phil Jackson. El lanzamiento y éxito de este escrito afectó la química de los Toros y, por supuesto, de su gran protagonista.

Aunado a esto, comienzan algunos rumores alrededor de una adicción a las apuestas, algo que ahora está muy extendido y casi confirmado, pero en esa época era algo gigantesco. ¿Cómo el sujeto más genial del orbe podía tener comportamientos “malos”?

Por buena parte del desarrollo se presenta una cara de Jordan que, si bien, podía anticiparse -vean sus entrevistas y se puede palpar la egomanía-, no suele manejarse a cabalidad ni con tanta soltura, aun si al final existe una curva que lo ensalza de nuevo. El contrapunto narrativo de ponerlo, al menos por unos minutos, en el plano terrenal es lo suficientemente completo como para ser anómalo en un producto que prácticamente gira alrededor de él.

Se toca al rey -sin derribarlo, claro-, un matiz preciso para la elaboración de El último baile, serie que va siguiendo a OJ: Made in America para colocarse dentro de las historias más enteras de ESPN.

 

El último baile: no existe el “yo” en un equipo | Capítulos 3 y 4

Netflix ha liberado los capítulos tres y cuatro de El último baile, serie que aborda la última corrida de campeonato de la dinastía de los Chicago Bulls. Contrario a lo que sucedió en los primeros dos capítulos, las dos recientes entregas se enfocan en dos miembros fundamentales del equipo: Dennis Rodman y Phil Jackson.

El capítulo tres comienza con algunas imágenes de Rodman, el miembro controversial del equipo y la segunda “persona” más grande después de Jordan. Primero se hace hincapié en su habilidad defensiva, única en la NBA e indispensable para el éxito de su conjunto; después, siguen con sus humildes orígenes y terminan con la explosión del monstruo mediático en el que se convirtió por su personalidad salvaje y descarada.

Si bien ya se conocía el lado oscuro del amigo de Kim Jong-un por sus múltiples escándalos, es valioso para este relato el agregar conversaciones más íntimas con el exjugador, quien sufrió por la pobreza y halló un desahogo en el baloncesto.

Intercalado con el relato de Rodman, se elabora alrededor de la rivalidad de los Toros con los Detroit Pistons su némesis desde la segunda mitad de la década de los 80 y el primer año de los 90. Con el barullo en torno al magnífico equipo de Chicago, el aficionado regular probablemente los encumbra como invencibles, pero hubo un periodo en el que tuvieron a un bravucón sobre ellos, una escuadra de una ciudad menor y con un estilo de juego muy físico, en el que una parte imprescindible fue Dennis Rodman, quien inició su carrera en Detroit. Esta “revelación” es importante para la articulación de la trama -al menos de este episodio-, pues se consigue un contraste interesante entre los ganadores indestructibles del ahora y los adorables perdedores del pasado.

Así se enlazan ambas partes del capítulo: mientras se trata el tema del sujeto adicto a los reflectores con una forma poco ortodoxa de desenvolverse en la esfera social y quien llegó a salir con Madonna, se rememora la época del Jordan y los jordinaries falibles. Cuando su Aérea Majestad no podía solo. Por él mismo, nunca pudo -y eso es medular para el argumento general-.

La mitad sobre las riñas Pistons-Bulls tiene un final feliz -pueden anticipar cuál es-, pero el cuento del excéntrico jugador tiene un desenlace abierto con Rodman pidiendo permiso especial a la gerencia para ir a Las Vegas a festejar… algo, la vida. Sí, al más puro estilo de una serie sobre desenfreno juvenil. Lo irónico es que funciona.

Este cliffhanger -descarado, y ya no temen en hacerlos así- enlaza con mucha virtud al capítulo cuatro, el mejor hasta ahora.

El coach es la cabeza de un equipo no sólo en el aspecto táctico, también debe contribuir al manejo emocional del mismo, especialmente en el ámbito profesional donde hay más distracciones y sentimientos volátiles en los jugadores. Phil Jackson es uno de los mejores entrenadores en la historia del deporte y una de sus principales cualidades fue la administración de sus elementos en la dimensión personal.

Con el material de archivo se introduce a un moderadamente exitoso Jackson como jugador y como entrenador de escuadras chicas hasta que Jerry Krause, gerente general y franco antagonista de la crónica, lo trajo como asistente del director técnico de entonces. Posteriormente, asciende a mandamás y el resto es historia. Esta cuarta entrega es la más provechosa porque, aún si no se omite por completo a Jordan -digo, eso es imposible desde cualquier punto de vista-, sí le quitan el balón narrativamente y, de hecho, también sucedió en la realidad, pues ese fue uno de los puntos capitales de la filosofía de este mánager: repartir el juego con los demás. Asimismo, buscó crear un crecimiento espiritual en sus muchachos al introducirlos a la sabiduría de los nativos americanos mientras elevaba sus condiciones atléticas y mentales. Todo para desembocar en el primer título histórico para los Toros ante los Lakers de Magic Johnson. Ahí nomás.

Aunque existen ciertos bajones de ritmo por la cantidad de declaraciones -situación más notoria en el tercero-, considero que El último baile sigue con un desarrollo muy completo, con picos dramáticos sorprendentes para, insisto, algo contado ya en múltiples ocasiones. Los enlaces que hicieron con el primer campeonato denotan que éste no es necesariamente un recuerdo del último baile en solitario, sino del baile entero. Los pasos para articular una coreografía.