El escándalo: entre la justicia y el poder

Por: Karla León (@klls_luu)

En plena campaña del partido republicano para nombrar al próximo candidato por la presidencia de los Estados Unidos, la periodista Megyn Kelly, de la cadena Fox News, planteó en la agenda mediática las acusaciones de violación y acoso en las que se vio involucrado, años atrás, el magnate y contendiente Donald Trump. Pronto, la que se veía como una película en contra del ahora presidente, se transformó en una vívida y superficial trama sobre lo que atormentó, por años, a las mujeres del medio dirigido por Roger Alies. 

Dirigida por Jay Roach, El escándalo retrata uno de los más grandes escándalos mediáticos de los últimos años, cuando la exconductora Gretchen Carlson (Nicole Kidman), denunció al ahora exdirector de Fox News, Roger Alies (John Lithgow), por acoso sexual, hecho que animó a más de una veintena de mujeres a seguir sus pasos para levantar la voz en contra de las conductas que, tanto directivos como colegas, realizaban de manera cotidiana. 

Así, con un guion de Charles Randolph que perfila la fuerza del movimiento #MeToo, pero que resulta un tanto tradicional y, a ratos, confuso por la gran cantidad de subtramas y personajes involucrados, El escándalo sobresale por los hechos reales, el diseño de producción y las grandes actuaciones de la no tan reconocible Charlize Theron en el papel de Megyn Kelly, Nicole Kidman y Margot Robbie, quien encarna a un personaje que no corresponde a una persona real, pero que, al final, desarrolla y experimenta el sentir de las mujeres que ofrecieron sus testimonios. 

Bajo la cinematografía de Barry Ackroyd, quien también colaboró en The Big Short (2015) y Detroit (2017), la producción presume una buena calidad técnica, aunque algunos espacios no son de lo más atractivos y en momentos de tensión -principalmente del equipo de redacción-  se abusa de los movimientos de cámara bruscos y zooms injustificados. 

Al dejar atrás la polémica ante la dirección masculina de una película que requería perspectiva de género para no caer en estigmatismos sociales o en personajes poco profundos que no plasmaran la esencia de las consecuencias por la violencia y acoso, El escándalo deja claro, desde el primer segundo y con el recorrido de Theron por las instalaciones de Fox (donde rompe la cuarta pared para explicar a detalle el conglomerado de Rupert Murdoch) que la crítica va más allá de estos casos.

De esta forma, el también director de Trumbo (2015), se toma el tiempo para exponer y esbozar las ambiciones laborales, la presión, el silencio, la incomodidad, la impunidad, así como la poca solidaridad femenina que se vive -hasta cierto punto, de manera muy generalizada-  en uno de los medios estadounidenses más importantes en el mundo. 

Con un final agridulce, en el que la justicia es un tanto desconcertante y de términos medios, la película logra que el espectador (con múltiples vaivenes), comprenda el mítico emporio apegado al discurso de Donald Trump y la historia de cientos de mujeres que viven día con día algún tipo de violencia o acoso en sus lugares de trabajo. Si hay algo que debemos aplaudir, es que El escándalo se atrevió a tocar uno de los temas más difíciles dentro de la industria cinematográfica y los medios de comunicación, así como la falta de empatía y descaro que resalta, incluso, desde las trincheras del actual gobierno norteamericano. 

Aves de presa: la ¿emancipación? de Harley Quinn

Aves de presa (y la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn), el spin-off de Escuadrón Suicida (David Ayer, 2015)se ubica después de la separación de Harley Quinn, interpretada por Margot Robbie, con el Joker. 

En la octava película del Universo extendido de DC (DCEU) Harley Quinn reúne a Black Canary, Huntress y Renée Montoya para proteger a Cassandra Cain, quien encuentra un diamante del al amo del crimen, Black Mask.

Aunque la película se ha convertido en el debut con el fracaso más grande de DC al recopilar $81.3 millones de dólares a nivel mundial, en México tuvo su mayor recaudación con una suma de $4.6 millones de dólares.

Aquí te dejamos la crítica de Mauricio Hernández.

 

 

 

Los Caballeros: la RocknRolla que Guy Ritchie nos debía

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Mickey Pearson (Matthew McConaughey) ha construido un gran emporio de “granjas” de marihuana, usando como tapadera a las residencias de la empobrecida nobleza británica. Tras una exitosa carrera en el mercado, el capo desea vender su negocio al millonario Matthew (Jeremy Strong) para tener una vida más tranquila con su esposa (Michelle Dockery). Después de la misteriosa muerte del narcotraficante, Fletcher (Hugh Grant), el investigador privado de un diario sensacionalista, intenta extorsionar a Raymond (Charlie Hunnam), mano derecha de Pearson, con  varios millones de libras a cambio de no publicar información de su jefe.  

El prestigio de Guy Ritchie se debe al culto a sus dos primeras películas (ambas, con un histérico estilo gangsteril muy imitado). Desde entonces, su filmografía ha tenido un irregular recorrido, que va desde la basura indiscutible (Swept Away, 2002) hasta el cine comercial por encargo (Aladdín, 2019). En 2008 tuvo un intento fallido por regresar a sus raíces estilísticas (la atascada RocknRolla), pero es hasta 2020 el verdadero retorno (con honores) al thriller-cómico-criminal de sus primeros años en la industria.

En Los Caballeros se fusiona la entrecruzada narrativa de Snatch (2001) con la sofisticada y colorida atmósfera de El agente de C.I.P.O.L. (2015). El diseño de producción vintage sirve de bonito envoltorio a una comedia que se burla de la vieja tradición monárquica en Inglaterra. Similar a Entre Navajas y Secretos (Rian Johnson, 2019), los personajes  forman parte de una sociedad burguesa imitando el estatus de la antigua nobleza. En ese sentido, los criminales del filme se comportan como reyes y lords shakesperianos hablando slang de barrio bajo: traman conspiraciones y crean alianzas para proteger el trono de cannabis.  

Si la comparamos con las dantescas tramas en películas y series sobre cárteles y mafias (plagadas de traiciones y masacres), Los Caballeros se siente desfasada y utópicamente cordial. El primer cine de Ritchie se desarrollaba bajo la pregunta: ¿se puede ser criminal y buena persona al mismo tiempo? El bien y el mal eran conceptos muy presentes en sus guiones. En Lock, Stock and Two Smoking Barrels (1998), después de la matazón final, Eddie (Nick Moran) termina su balance de daños diciendo: “no hemos hecho nada malo, estamos limpios”. De igual forma, Pearson (McConaughey) advierte: “mi producto no mata a nadie”, marcando una distancia entre los inescrupulosos cocineros de drogas sintéticas y su “legítimo” negocio de granjas (en víspera de la legalización).

La conexión entre Los Caballeros y el Ritchie experimental de los 2000 es ese tipo de juegos sobre la ética en los bajos mundos y la necesidad de reglas mínimas para evitar la deshumanización. El amor de los Pearsons, la lealtad de Raymond y la rectitud de El Entrenador (Colin Farrell) son ecos de la responsabilidad paternal de Big Chris (Vinnie Jones), la venganza de Mickey (Brad Pitt) o la amistad entre El Turco y Tommy (Jason Statham y Stephen Graham); personajes salidos de un thriller moralista con James Cagney y trasladados a la actualidad. Lo anterior convierte a las películas en edificantes moralejas del tipo: “si te portas bien, nada puede salir mal”, he ahí el sentido del remate sobre los reyes y las dudas generando destrucción.

Ritchie pudo integrar más acción a su nueva creación, pero decide llevársela tranquila con el ritmo, recordándonos que hace años él fue la promesa del Thomas Pynchon del cine. Apenas inicia la película, se nos hostiga con un torrente de vínculos y subtramas (sin importarle que el espectador las entienda o no). Durante la primera hora no sucede nada, sólo escuchamos a Fletcher explicando el contexto. ¿Tiene relevancia esa larga narración? No mucha, es pura paja, pero el recurso narrativo tiene tan buen ritmo (lleno de giros y humor) que lo superficial del diálogo pierde importancia.

A partir del suceso de “Aslan” la acción comienza a tomar forma, aunque en una intensidad muy plana (y muy británica), en la línea de Blitz (Elliott Lester, 2011) y otras producciones locales del mismo tono. Los Caballeros tiene la apariencia de película menor (con fotografía y elenco sobresalientes), pero (al terminar la proyección) el conjunto de elementos deja un sabor a obra memorable (de esas que puedes ver muchas veces y jamás cansan).

Lo aplaudible de esta película es su falta de complacencia; el director intenta volver a experimentar con las fórmulas del género y el resultado es (poniéndonos exquisitos) bastante aceptable. Se aproxima la adaptación anglosajona de Le Convoyeur (Nicolas Boukhrief, 2004), aunque tendrá que pasar bastante tiempo para ver a Guy Ritchie en tan buena forma.  

 

Los Miserables: demasiado optimista para tiempos violentos

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Stéphane Ruiz (Damien Bonnard) es asignado a una patrulla anticrimen en los suburbios de París; sus compañeros de trabajo son Chris (Alexis Manenti) y Gwada (Djebril Zonga), dos policías con métodos prepotentes para mantener “el orden”. En el primer día de Ruiz, la brigada atiende la denuncia por el robo de un león del circo gitano. Mediante redes sociales, los agentes descubren que el ladrón fue Issa (un niño conflictivo del barrio), pero su captura se sale de control y el evento es grabado por un dron que sobrevolaba en la zona, lo cual desata un operativo para encontrar al dueño del dispositivo y eliminar el video. 

La película ha tenido una proyección internacional gracias a la postura política de su director (muy oportuno en la era de Macron y los “chalecos amarillos”). Sin embargo, la revolución planteada por Ladj Ly no queda del todo clara en Los Miserables (2019), cuyo punto de enfoque es la corrupción en los poderes del Estado, mas no la miseria en los sectores “desclasados” de Francia. El protagonismo de los policías y superiores ocasiona la percepción de los suburbios como una impersonal masa de gente muy violenta (obviando las razones).

A diferencia de la novela de Victor Hugo (mencionada en cada entrevista al director), no existe una dinámica opresor-oprimido que permita sentir simpatía por los insurgentes; en cambio, sí se trabaja demasiado la compasión hacia Ruiz y Salah (Almamy Kanouté), el poderoso narcotraficante de la zona. Aunque el realizador intentaba hacer una película sobre Gavroche (en palabras propias), terminó en una justificación a Javert, enarbolando su redención final. Llega a un nivel de condescendencia tan alto, que el presidente Macron sumó el filme a su agenda política. En otras palabras, Los Miserables no incomoda a nadie; incluso, Joker (Todd Phillips, 2019) podría ser un mejor estandarte antiestatista.

Involuntariamente, la ópera prima de Ladj Ly encaja con el perfil del clásico cineasta burgués progresista (muy parecido al pseudorealismo bobalicón de Maïwenn o Nadine Labaki). Previo al desenlace, existe un extraño anticlímax con los policías y el “alcalde” (un tipo autodenominado regente del barrio) lidiando con la cotidianeidad y sus familias. Esta perspectiva es un tanto problemática, ya que amortigua la imagen negativa que el espectador podría tener del sistema judicial, haciendo de las autoridades buenas personas encargadas de hacer el trabajo sucio. No se percibe esa atmósfera de injusticia social presente en títulos como Court (Chaitanya Tamhane, 2014) o cualquier obra de Jafar Panahi, en los que la corrupción y el despotismo ya son parte de la personalidad nata de los funcionarios.

Mientras otras producciones contemporáneas intentan cambiar la narrativa sobre los grupos desprotegidos (Atlantics, Sorry We Missed You o Bacurau, en la misma Selección Oficial en Cannes), Los Miserables se pasa de optimista con su perspectiva “buen rollo” (muy en la vieja escuela de los Dardenne). El final abierto pone a la “empatía” como eje determinante en la solución a la violencia (no leyes ni acciones, sólo sentimientos); incluso, el mismo Ladj Ly afirma que la intención de esa última escena era dar un mensaje de esperanza al espectador. Quizás sea posible en Europa, pero en el tercer mundo es iluso considerar que el problema se resuelva con las buenas intenciones de un policía honesto.

Aunque al final vemos el estallido de la furia colectiva, la trama parece un evento aislado y no el resultado de un contexto nacional. La película (adaptación de un corto homónimo de 2017) está inspirada en los disturbios multitudinarios de 2005 contra la policía francesa, en protesta por la muerte de dos chicos norafricanos (quienes fallecieron electrocutados tras huir de una revisión “rutinaria”). El mayor atributo de Los Miserables es convertir ese referente histórico en un elaborado “conflicto” a lo Farhadi (donde el “incidente” evidencia una red de serios problemas arraigados en la sociedad).

Si bien no alcanza los niveles de anarquía épica anunciados desde Cannes (no tira piedras a ninguna élite francesa), el largometraje posee un atractivo y contundente discurso sobre el descuido de las periferias en las grandes ciudades (el “elefante en la habitación” omitido por las administraciones de cualquier nación). Ladj Ly es un genuino activista en pro de los olvidados, tan quisquilloso e incorrecto como Ken Loach (en sentido positivo), sólo le falta encontrar una narrativa alejada de los convencionalismos del cine de festival más estandarizado (las apologías a la miseria que tanto gusta a los críticos veteranos).

Sex Education: sin prejuicios ni sexualización

Por: Angélica Mejía (@lilithchance)  

Desde su estreno en enero del 2019, la serie británica Sex Education ha dado mucho de qué hablar, pues es, probablemente, el único producto de ficción comercial para público juvenil que habla abiertamente de la sexualidad sin caer en prejuicios ni la sexualización de menores de edad. 

En términos generales, narra la historia de Otis, un joven de 16 años cuya madre es terapeuta sexual y por ello ha reprimido su propia sexualidad; Maeve, una adolescente rebelde con problemas familiares y el excéntrico Eric, quien desde el comienzo deja claro que no tiene miedo de ser quien es.

Otis y Maeve unen fuerzas y conocimientos para dar consultas a diversas personas de la escuela, quienes se enfrentan a problemáticas sexuales, al mismo tiempo que se envuelven en sus propios dramas sentimentales. 

Claramente, lo que Laurie Nunn pretendía al crear Sex Education, era una comedia con aspectos de las cintas y series juveniles exitosas, deconstruyéndolos en un producto sin sexualización, uso irreal de las drogas, ni padres tontos (aunque sí cuestionables). 

La serie de Netflix se desarrolla en una preparatoria, por lo que los estereotipos son casi obligatorios (considerando adolescente público meta), sin embargo, esto conduce a argumentos individuales de calidad: el conflicto del deportista, el de “las plásticas”, el del “bully” y más. Cada personaje con su respectivo pasado y su evolución. 

Sex Education da espacio para abordar temas sensibles pero realistas, tales como el aborto, acoso sexual, sororidad, enfermedades de transmisión sexual, familias disfuncionales, entre otros, con el debido toque de comedia y romance. 

Mientras que en la primera temporada se presenta una consulta de Otis casi en cada episodio (lo que dio la posibilidad de abordar distintas “problemáticas”), en la segunda, estas se ven reducidas y se da mayor espacio a los conflictos amorosos de cada personaje (protagonistas y secundarios). 

Algunos rostros protagonistas son conocidos, como el de Asa Butterfield (Otis) a quien vimos hace 12 años en El niño del pijama de rayas y que desde entonces ha tenido una carrera prolífica, o Gillian Anderson (Dra. Jean, mamá de Otis) reconocida por su papel en The X Files. Pero también incluye elenco que hasta esta producción no había alcanzado gran popularidad, como Emma Mackey (Maeve) o Ncuti Gatwa (Eric). 

En Sex Education no vemos pechos ni genitales expuestos para provocar deseos, pero sí una reflexión de cómo todos los cuerpos son distintos, así como aquello que les produce placer. Incluso la actriz Tanya Reynolds (Lily, una joven extravagante con gusto por las novelas gráficas eróticas) mencionó que a pesar de los actos sexuales que aparecen en el guion, nunca se sintió incómoda o cosificada, pues no considera que sean escenas innecesarias 

Un dato interesante es que aunque el tópico que aborda la serie incumbe también a mujeres, el guion de la segunda temporada no pasaba el test de Brechdel, por lo que tuvieron que incluir la subtrama del acoso sexual en el autobús que sufrió Aimee (Aimee Lou Wood). Esto dio como resultado la secuencia más destacada del programa. 

La sexualidad es un asunto extenso, por lo que Sex Education tiene mucha tela de donde cortar. Las peticiones se han hecho notar, como la de poner a algún personaje transgénero (el no hablar de este tema ha traído críticas negativas). Algunas fuentes afirman que en mayo iniciarán las grabaciones de la tercera temporada, por lo que queda esperar y descubrir qué aspectos abordarán.

Servant: drama pesimista disfrazado de terror

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Dorothy (Lauren Ambrose) y Sean (Toby Kebbell) contratan a la introvertida Leanne (Nell Tiger Free) para cuidar a Jericho, un muñeco (reborn doll o lifelike baby) que sustituye al fallecido hijo del matrimonio. Sean se siente incómodo con la actitud de la niñera “fake”, quien no abandona el rol cuando la esposa (en un estado de negación postraumática) sale de casa. Al finalizar el primer episodio, ocurre un “milagro” que lo llevará a investigar quién es Leanne Grayson.

Una advertencia antes de ver la serie: ¡ES MÁS DRAMA QUE HORROR! Tiene un poco de suspenso, pero en general, prepondera el desarrollo de la insana relación de Leanne con sus empleadores. El mismo año de Nosotros (Jordan Peele, 2019), Entre navajas y secretos (Rian Johnson, 2019) y Parásitos (Bong Joon-ho, 2019) –con personajes marginados derrumbando el bienestar de los ricos– Servant (producida por M. Night Shyamalan) propone un sesudo juego de apariencias, en el cual el espectador nunca estará seguro sobre quién es el verdadero enemigo: ¿será la chica desconocida o los arrogantes ricos?

A partir del episodio cinco (el más importante del programa) nos ponen al tanto de las “pequeñas” injusticias cometidas por las supuestas víctimas contra la diabólica niñera. Tras descubrir que el extraño comportamiento de Leanne se debe a su admiración por Dorothy (famosa reportera de televisión), sucede un cambio de perspectiva que muestra a la chica sufriendo los abusos de sus jefes (los cuales incluyen comida de perro, vigilancia extrema y anguilas masacradas). En resumen, una involuntaria reinterpretación de Carrie (Brian De Palma, 1976), la adolescente “satánica” por quien puedes sentir simpatía.

El capítulo en cuestión da un panorama a lo Alex van Warmerdam sobre la crueldad y humillación implícitas en el vínculo entre amo y siervo. ¿Recuerdan ese paranoico clásico llamado The Servant (Joseph Losey, 1963), donde un “ruin” sirviente logra manipular a su jefe rico? La serie evita esa narrativa clasista (con los pobres como resentidos sin escrúpulos) para poner a ambos en el mismo nivel de astucia durante las confrontaciones. Las escenas de Leanne y Sean en la cocina (con él persuadiéndola a probar desagradables platillos) plantean esa dinámica, donde ninguno es sumiso ni dominante y la conversación oculta un secreto entre líneas.  

De acuerdo con Tony Basgallop (creador del programa), Servant es una historia contenida y personal sobre el miedo paternal a la muerte de un hijo; drama tirando al thriller, pero sin demasiadas ambiciones narrativas (lo esperado de una colaboración con Shyamalan). Tras la gran tragedia del matrimonio Turner, Leanne llega como ángel exterminador a imponer castigos con Biblia en mano; una manifestación física de los odios y resentimientos resultantes del duelo no superado; últimamente, un tema usual en la ficción de terror (La maldición de Hill House, The Babadook, The Lodge).

[INICIAN SPOILERS]

Como en Alps (Yorgos Lanthimos, 2011), la pareja busca suplantar al familiar con un placebo (lo cual trae consecuencias). Al finalizar la temporada, los personajes terminan aún más destruidos que al inicio: Sean insensible al dolor y Dorothy más lúcida que nunca (lista para sufrir por la doble pérdida). Si la trama de los Turner concluyera aquí (eso no sucederá), sería un excelente final redondo, con los personajes sumidos en el sufrimiento evadido.

La serie tiene un aire primitivo, con extravagantes rituales gastronómicos de gente rica: desde un helado de langosta hasta el croquembouche de placenta; elementos que evocan a la cotidianeidad pesimista de autores como Todd Field. El mejor ejemplo de esa frustrante parsimonia neoyorkina es el episodio 9 (dirigido por Shyamalan). Las tomas de espacios vacíos, planos abiertos y silencios interrumpidos por el llanto de Jericho enfatizan la insatisfacción de los personajes, descontentos con la vida privilegiada y perfecta que no cumple con sus expectativas.  

El magnífico manejo del tono “siniestro” se debe a la discreta forma de introducir lo sobrenatural; todo evento tiene una doble lectura: la mágica y la razonable. Al concluir la temporada, el terror no proviene de los dotes mesiánicos de Leanne sino del fanatismo religioso de “los tíos Grayson”, sumándose a la tradición del terror religioso de El bebé de Rosemary (Roman Polanski, 1968), La Profecía (Richard Donner, 1976) o Don’t Look Now (Nicolas Roeg, 1973).

No obstante, esa verosimilitud lograda hace más notorios a los agujeros de guión, fallos de continuidad e incongruencias en el montaje. ¿Por qué Sean jamás va al doctor, siendo el paladar su fuente de trabajo? ¿Quién vuelve a reproducir el video en el episodio final? ¿La gente rica no suele tener cámaras en toda la casa? ¿Por qué las cortinas no se mueven cuando se escucha el viento? ¿No hay acciones legales por homicidio imprudencial? Esas flaquezas en la trama son consecuencia de la improvisación y un mal trabajo de investigación. Aunque el resultado final es aceptable y prometedor, Servant no se salva de los mismos errores en toda la filmografía de Shyamalan.

La primera tanda de capítulos es muy estimulante, pero sabe demasiado al prólogo de una trama superior (como sucedió en el inicio de The Affair, con demasiados nudos argumentales jamás resueltos). El gran reto para la segunda temporada es continuar con la destrucción del matrimonio y ahondar en los objetivos de la secta. 

Dentro del catálogo de Apple TV+, Servant destaca por su pausado ritmo (muy justificado) y una sugestiva historia sin jumpscares ni vueltas de tuerca extremas. Excelente opción para maratonear en un sólo día. 

Dolittle: una película perfecta… para niños de 1960

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Tras la muerte de su amada, el doctor John Dolittle (Robert Downey Jr.), dotado de un talento para hablar con los animales, se enclaustra en una reserva habitada por un montón de especies. La calma es interrumpida por Lady Rose (Carmel Laniado), quien solicita la ayuda del doctor para salvar a la reina Victoria (Jessie Buckley) de una rara y mortal enfermedad. Para aliviar a la regente, Dolittle decide salir en búsqueda del árbol del Edén, cuyo fruto es capaz de curar cualquier malestar. 

Qué caprichosa es la industria, una década diriges Syriana (2005) y a la siguiente Dolittle (2020). Muchos directores indie surgidos en los 2000 (Reitman, Payne, Faris & Dayton) van siendo olvidados, mientras intentan (desesperadamente) sobrevivir con el recuerdo de aquella película que los lanzó a la fama. Ese es el caso de Stephen Gaghan, oscarizado realizador caído en desgracia por el remake de Dolittle, largometraje con bastante ruido negativo y números rojos para Universal (apenas recuperándose del harakiri jelical).  

En octubre, un supuesto colaborador de efectos visuales publicó en Twitter algunas quejas sobre el realizador, afirmando que filmó escenas sin planificar la posproducción de los animales. Esto nos recuerda a Cats y El Irlandés, otras películas con terribles problemas en CGI, ocasionados por la negativa a usar mocap (motion capture) durante la producción. En Dolittle, el director –ya sea Gagham o Jonathan Liebesman, encargado de los reshoots– montó innecesarias secuencias con alta complejidad, que hacen aún más notorios los errores en las texturas y los movimientos de personajes animados –como sucede en la persecución de una jirafa, con la calidad robotizada de Las aventuras de Tintín (Steven Spielberg, 2011) –.

La solución fácil fue asemejar los efectos visuales a un “dibujo animado”; por ejemplo, un “ratón” mojado se esponja después de sacudirse, como en los sketchs de La Pantera Rosa (humor PG muy sesentero y poco verosímil). La mezcla de tonos cómicos no es  orgánica: a la usanza de la vieja escuela Disney, alterna entre la farsa exagerada y la dramedia relamida. De hecho, si la película hubiera sido una animación íntegra (con el estilo visual de su prólogo) tendría una mejor recepción entre los adultos. Con un diseño de producción aceptable, Dolittle transita en la línea barroca de Nanny McPhee (Kirk Jones, 2005), sin llegar al siniestro mal gusto de El Gato (Bo Welch, 2003) o Alicia en el país de las maravillas (Tim Burton, 2010).  

Otro motivo de la mala reputación de la película es Robert Downey Jr., de quien se esperaba su nuevo Sherlock Holmes o Iron Man y sólo logró una Mary Poppins sumida en las drogas y la depresión. Él intenta crear un Jack Sparrow (con lenguaje estrambótico y tics marcados), pero el personaje se le escapa de las manos. La personalidad del doctor deprimido por la muerte de su chica pierde constancia, hasta convertirse en otra narcisista actuación de Robert Downey Jr. interpretando a Robert Downey Jr. (con su habitual gracia motherfucker).

El resto de actores no se queda atrás: Michael Sheen sintiéndose Hugh Grant en Paddington 2 (sin lograrlo), Jim Broadbent apenas manteniéndose en pie y dos protagonistas adolescentes (Harry Collett y Carmel Laniado) demasiado sosos. Todo esto se habría salvado con una narración emotiva, la cual no existe. La trama final parece un deforme gólem construido con parches del concepto de Gaghan y las regrabaciones. El naufragio de Lily Dolittle es contado dos veces (¿?) y en ninguna se consigue el nivel melodramático necesario (tomando en cuenta su relevancia en el viaje). A esto le sumamos absurdos momentos como la ridícula indigestión del dragón, una estúpida conspiración monárquica y la comunicación tarzanesca con los animales (no esperamos Gorilas en la niebla, pero investigar antes de escribir un guión no caería mal).

De acuerdo con rumores del crew, el corte final pudo ser mucho peor. Existen defensores de esta película, justificando el target infantil; no obstante, teniendo en cuenta la alta calidad temática y creativa de Pixar y su reducida competencia (con títulos llenando las salas), validar el largometraje como un título “bueno” para niños es pasarse de condescendiente (aunque tampoco es el despropósito anunciado por la crítica). Dolittle está destinada a ser ruido blanco de TV o programada en pantallas de camiones (no más).