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Los lobos: una nueva cara de la migración en el cine

Los lobos: una nueva cara de la migración en el cine

Por: Iván Guzmán

El cine mexicano suele nutrirse con constancia de narrativas ligadas fuertemente a las problemáticas sociales que aquejan a sus habitantes. Si bien dichas problemáticas son variadas, en ocasiones pareciera que terminan por entrar en una suerte de loop que hace que existan diversas películas en torno a un solo tema. Quizá los favoritos mexicanos de nuestro tiempo sean la migración y el narcotráfico. Resultaría una frivolidad decir que son temas de moda o que dan una mala imagen del país, pues se trata de historias que exigen ser escuchadas y que encuentran en el arte el auditorio perfecto para hacerlo.

En Los lobos conocemos la historia de Max y Leo, un par de niños que se encuentran emigrando de México a Albuquerque con su madre, quien les hace la promesa de visitar Disneyland. El segundo largometraje dirigido por Samuel Kishi ya cuenta ya con una veintena de premios, y a espera de sumar hasta otros 13 en los próximos premios Ariel, entre los que destacan Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor actriz, Mejor Fotografía y una doble nominación a revelación actoral.

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En esta ocasión, el tema de la migración es tocado de manera diferente; el punto de la historia no se trata del viaje, sino de la llegada y la posterior adaptación al nuevo lugar y la intención de declararlo un hogar.  Además, la trama se encuentra adjunta al proceso de madurez que enfrenta Max, quien fácilmente puede situarse como el protagonista. A dicho proceso lo llevará no sólo ser el hermano mayor, sino el entender los motivos de la ausencia de su padre, así como el proceder de su madre; Max vive su propio coming of age que culmina en una de las secuencias más bellas y enternecedoras que ha dado el cine nacional en los últimos años, donde observamos a madre e hijo, uno frente al otro, conectados por la mirada mientras el rostro permanece cubierto.

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Por su parte, Lucía, madre del par de niños, se ve obligada a dejarlos solos en un pequeño departamento de alquiler mientras sale todo el día a trabajar. Mientras tanto se vale de una grabadora de audio para dejarles algunas lecciones de inglés  e instrucciones para que los niños sientan menos su ausencia. Estás intermitencias sonoras hacen que Max y Leo no se encuentren realmente solos, y que la manada esté siempre completa. La grabadora crea dos lazos familiares: une a Lucía con su padre ausente, y a su vez a los niños con Lucía.

En esta misma línea de lo sonoro, parte de la crítica ha tildado a la música del filme como chantajista, sin embargo, esto puede resultar un tanto engañoso. ¿Qué función cumple la música en una película sino el de generar emociones? ¿Podríamos llamar a la música de Cinema Paradiso de chantajista?  La música creada por Kenji Kishi, hermano del director, es en todo momento un gran acompañamiento para la trama, y no sólo acentúa las emociones de cada secuencia, sino que se acopla de manera casi orgánica a la fotografía de la misma.

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Y es quizá en la fotografía donde se halla uno de los puntos más fuertes de la misma. Cada uno de los encuadres se nota tremendamente cuidado, desde las contrapicadas de cielos nublados —las cuales hacen ver a la familia como gigantes—, hasta aquellas secuencias donde observan o son observados, así como los plano detalle que muestran a más migrantes, quienes recuerdan que la historia de Lucía, Max y Leo no es solo de ellos, sino de todos aquellos que han tenido que dejar su hogar para buscar una mejor vida.

De alguna manera existen tres niveles del desarrollo de la narrativa en el filme; el primero es delimitado por las secuencias de animaciones que surgen del juego infantil de los niños, y cómo intentan asimilar lo que ocurre en su mundo desde la resignificación del leitmotiv del foco hasta sus alter-egos y los poderes que se asignan. El segundo es de lo que sucede dentro de su pequeño departamento, el tiempo que pasan con su madre y con la grabadora, la observación de lo exterior, que es el último nivel, muchas veces el más crudo, donde se encuentran con antagonistas y donde Lucía enfrenta las dificultades de ser una madre migrante.

El único de estos niveles que permanece intacto es el de la animación, pues los otros dos se trastocan: el departamento es irrumpido por los antagonistas y el mundo exterior no solo tiene hostilidades pues en él encuentran a la señora Chan y eventualmente se dota de momentos felices como la caridad de la iglesia o la visita a la feria.

Sin duda, Los lobos presenta una nueva cara de una temática que pareciera estar demasiado explorada. Para no ir más lejos, la comparte con Sin señas particulares y Ya no estoy aquí, películas creadas en este lustro. El gran logro de Kishi es que mediante una narrativa agradable —sin caer en lo melodramático— hace una exploración de sus personajes, sus carencias y sus motivaciones, y es sin duda una de las mejores películas mexicanas de los últimos años.

Los lobos está disponible en FilminLatino.

Ve aquí el trailer de Los lobos 

 

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