Love and Monsters: soltar el pasado aun si es el fin del mundo

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado)

 “Cuando dejo ir lo que soy, me convierto en lo que podría ser.

Cuando dejo ir lo que tengo, recibo lo que necesito”

Lao Tzu

Un asteroide se acerca rápidamente a la Tierra con el peligro de destruir todo rastro de vida; para evitarlo, las naciones del mundo se unen y lanzan un arsenal de misiles para acabar con la amenaza. No obstante, los desechos químicos del armamento caen en el planeta y desencadenan un terrible efecto en todos los animales de sangre fría: en un cerrar y abrir de ojos, insectos, anfibios, reptiles y otras terribles criaturas mutantes comienzan a aniquilar a la raza humana y obligan a que los pocos supervivientes vivan debajo de la tierra.

Tal sinopsis suena a una bastante recurrente dentro de la serie B, donde el tópico de “animales gigantes mutantes y asesinos” es incluso un subgénero que ha dado joyas como Them! (1954), Tarantula! (1955), The Food of the Gods (1976), Deadly Eyes (1982) y Eight Legged Freaks (2002). Sin embargo, en este caso se trata de una película con un presupuesto alto para su tipo y que ha encontrado una recepción bastante cálida en las plataformas de streaming.

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Love and Monsters (Michael Mattews, 2020) aborda la vida de Joel Dawson (Dylan O’Brien), un joven que milagrosamente ha sobrevivido durante los últimos siete años en un búnker subterráneo que comparte con otros seres humanos. Aunque la comunidad se reparte distintas tareas y actividades para asegurar su supervivencia, Joel es relegado a funciones menos importantes debido a que entra en pánico y se bloquea cuando se enfrenta al peligro. Después de algún tiempo, Joel localiza con vida a su antigua novia en una colonia a decenas de kilómetros de la suya y éste abandona su colonia para poder estar con ella, aunque tenga que enfrentarse a las creaturas del mundo exterior con sus casi nulas habilidades de supervivencia.

A medio camino entre Zombieland (Ruben Fleischer, 2009) y cualquier película de aventuras ochentera —con perro incluido—, esta comedia romántica establece un universo y sus peligros de manera muy efectiva desde los primeros minutos, involucrándonos emocionalmente con los personajes. La película nos advierte en todo momento de lo absurdo de su trama y nos invita también a no tomárnosla tan en serio dada la alta cantidad de escenas fársicas y cuasi paródicas. ¿Esta ligereza de la historia es un sinónimo de debilidad? Para nada. Contrario a lo que parece, hay una frescura genuina en Love and Monsters que la convierte en un sólido producto de entretenimiento y que no se ve tan seguido en un blockbuster. Esta frescura radica en tres elementos importantes.

El primer elemento son sus personajes. Dylan O’Brien hace un trabajo convincente interpretando al joven arquetípico que es bastante inútil y torpe pero que puede dar una mejor versión de sí mismo. Aunque parece un collage de trabajos anteriores, su papel como Joel no se siente forzado ni desentona con el proceso de transformación que tendrá durante el desarrollo para convertirse en el héroe que necesita ser. En algunos videos promocionales O’Brien comenta que su actuación no es la mejor de la película y probablemente tiene razón: Boy, un perro pastor de raza kelpie, es la otra estrella de la película. El astuto y leal animal sobresale en casi todas sus escenas y curiosamente su personaje y el de Joel comparten un conflicto psicológico y emocional que nos lleva al segundo elemento importante.

La cita con la que inicia este texto, extraída de la vasta tradición del taoísmo, nos transmite una enseñanza importante para la vida y que de cierta forma refleja la premisa de esta película: mientras estemos atados al pasado no seremos capaces de aprovechar las oportunidades del presente. Tanto Joel como Boy deben soltar su pasado, deben dejar ir para vivir en el presente, obtener lo que necesitan y realmente ser felices. Durante su aventura, ambos personajes lidiarán a su manera con sus demonios pero también las circunstancias los obligarán a soltar los nexos con su anterior vida. Aunque ambos perdieron mucho durante este tiempo, la verdad es que también ganaron otras cosas de las que no se habían dado cuenta. Personajes secundarios como Aimee (Jessica Henwick), Clyde (Michael Rooker) y Minnow (Ariana Greenblatt) también han sido afectados por las pérdidas; sin embargo, sus papeles en la trama van más encaminados a ayudar a nuestros protagonistas a soltar y dejar ir su pasado —aun si es el fin del mundo— que en resolver sus propios conflictos internos.

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El tercer elemento es su diseño de producción y los efectos visuales, los cuales recrean un futuro distópico que —contrario al cliché de ruinas y desiertos—, aquí nos encontramos con un mundo verde y rebosante de vida (gigante y asesina, pero vida al fin). El diseño de las criaturas mutantes es un trabajo bastante destacable: con una mezcla de CGI y efectos prácticos como el uso de animatrónicos, la creación de estas animales dignos de un documental de zoología especulativa es tan de aplaudirse que no sorprende que la película fuera nominada a los Premios Oscars 2021 en la categoría de Mejores efectos visuales, compitiendo contra Tenet (Cristopher Nolan, 2020) y The Midnight Sky (George Clooney, 2020).

Con estos atributos, es realmente una pena que su estreno comercial coincidiera con los momentos más delicados de la pandemia de COVID-19 (condenándola a un debut minúsculo en salas de Estados Unidos) ya que hubiera lucido bastante en una gran pantalla. La recepción en streaming también es digna de resaltarse, aunque cabe preguntarnos si la aceptación de Love and Monsters se debe a que es en realidad una buena película de entretenimiento o si el público le encontró elementos y situaciones aplicables con la actual emergencia sanitaria.

Ve aquí el tráiler de Love and Monsters:

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