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Ocho películas de amor en blanco y negro

peliculas de amor en blanco y negro

denise roldan

No todas las historias de amor vienen envueltas en comedias románticas. También pueden llegar en pequeñas dosis vanguardistas, en una comedia de acción del cine mudo, en medio de conflictos bélicos. Como el amor no tiene que venir en una sola forma, les comparto ocho producciones que, a pesar de tomar caminos diferentes, exploran, desde el blanco y negro, al sentimiento más retomado por la cinematografía mundial.

El maquinista de La general (Buster Keaton Clyde Bruckman,1926)

Estalla la Guerra de Secesión, Estados Unidos está por dividirse en ejércitos del norte y sur. Johnny Gray (Buster Keaton) quiere enlistarse en las fuerzas sureñas por amor. Su novia Annabelle Lee (Marlon Mack) lo ha alentado a ser un soldado, pero los reclutadores le niegan la entrada, lo consideran más útil en su actual puesto como maquinista de la locomotora La general.  En pleno conflicto roban la locomotora de Gray y él tendrá que rescatarla, al igual que a Annabelle que fue raptada sin querer junto con la máquina. En todo momento luce la destreza física de Keaton haciendo acrobacias sobre un tren en movimiento, así como su impávido rostro a pesar del peligro y la comicidad. Con unos exitosos años veinte, Keaton desaparece de escena la década siguiente, y algunos se lo atribuyen al fracaso en taquilla que fue esta producción. Sin embargo, años después sería considerada entre las mejores películas de la historia del cine.

Dos monjes (Juan Bustillo Oro, 1934)

Un monasterio de tenebrosa atmósfera esconde la tragedia de un triángulo amoroso. El hermano Javier (Carlos Villatoro) descubre que hasta su enclaustrado escondite ha llegado el hombre que le quitó a su amada Ana (Magda Haller), su antes amigo, Juan (Víctor Urruchúa). A partir de ahí, escucharemos dos versiones de la misma historia. Las marcas del expresionismo alemán que impregnan toda la película y en especial el gran delirio del clímax se deben a la fotografía de Agustín Jiménez y los diseños escenográficos de Carlos Toussaint. Igual peso tiene la música que al ser interpretada a cuadro con un órgano tubular desata el enfrentamiento decisivo con la culpa. Antes de que Bustillo Oro dirigiera a Cantinflas en su despunte, Ahí está el detalle, se adentraba en el llamado gótico mexicano con esta producción que es de las primeras con sonido en México. Puedes ver la versión restaurada por la Filmoteca de la UNAM y The Film Foundation aquí.

Casablanca (Michael Curtiz, 1942)

Durante la Segunda Guerra Mundial, Casablanca se vuelve la antesala al Nuevo Mundo. De todos lados llegan a refugiarse a la ciudad marroquí. Entre ellos está Rick Blaine (Humphrey Bogart) dueño del Rick’s café, un hombre de caparazón cínico, pero de interior sentimental que nunca pensó volver a ver a su inolvidable amor Ilsa Lund (Ingrid Bergman) hasta que escuchó la melodía que los unía en su propio café. “Elegimos enamorarnos cuando el mundo se desmorona”, le dice Ilsa a Rick la última vez que se vieron cuando escuchaban por un altavoz a la Gestapo hablar sobre su entrada en París. La Warner Bros consigue hacer un clásico de clásicos casi sin proponérselo. La película de Curtiz destaca por sus Óscar ganados, su escena con la canción As time goes by, la sutileza de sus diálogos para esquivar el código Hays, la batalla musical entre la resistencia francesa y los alemanes nazis y sus icónicas frases como “Siempre nos quedará París”.

Un verano con Mónica (Ingmar Bergman, 1953)

Una joven pareja ve a dos enamorados en pantalla; es el inicio de su viaje para escapar de sus vidas que desentonan con la del film. En una isla Mónica (Harriet Andersson) y Harry (Lars Ekborg) viven su propio edén, su relación se convierte en refugio y liberación. Solos en la naturaleza, los adolescentes se dejan ser alejados de los problemas de la adultez y la ciudad. Es entonces cuando resplandece la película que, en palabras del director sueco, siempre lo hacía feliz el volver a verla. La fotografía de Gunnar Fischer, en complicidad con el paisaje, acentúa de manera natural la sensualidad de Andersson, se trata de una joven impulsiva, enamoradiza, decidida que disfruta un verano con su novio. Pero el idilio también se rompe y es cuando vemos la otra parte de una adolescencia que se abalanza a una vida adulta. La película haría despuntar la carrera de Bergman y un plano en particular, Mónica viéndonos fijamente, causaría eco en generaciones siguientes.

Él (Luis Buñuel, 1953)

Durante su etapa mexicana, Luis Buñuel creó grandes títulos como Los olvidados, Nazarín, El ángel exterminador y entre ellos está Él, película basada en la novela, algo autobiográfica, de Mercedes Pinto. Francisco (Arturo de Córdova) se enamora de Gloria (Delia Garcés), pero el amor que le tiene parece venir más de la locura y la obsesión que de algo genuino. La paranoia de Francisco crecerá cada vez más y más hasta el punto de querer agredir a su esposa. Gloria no podrá huir de ello por la presión social y religiosa que no ven en esos actos machismo, sino muestras de amor y rectitud. La producción fue un completo fracaso en taquilla. A pesar de estar mostrando a un hombre paranoico por los celos, el público se reía a carcajadas. Quizá los espectadores mexicanos de los cincuenta no habían reparado en el amor mal entendido, desfigurado en celos por la inseguridad y la inestabilidad emocional.

La pointe courte (Agnès Varda, 1955)

La veinteañera Varda, con más experiencia en la fotografía que en el cine, se aventuraba a hacer su primer largometraje. Sabía desde el inicio que se trataría de dos filmes en uno, pero no que sería precursora de la Nueva ola francesa. Estaría la vida de un barrio pesquero al sur de Francia, con su gente, siendo ellos con sus dinámicas, y a su vez el matrimonio de Lui (Philippe Noiret) y Elle (Silvia Monfort) que pasarían los siguientes días conversando sobre el amor y el desamor para cuestionarse si deben seguir juntos. El lugar de encuentro de las dos historias sería La pointe courte. Haciendo notorio ese deseo por ponerle palabras a sus imágenes, Varda filma por primera vez. A diferencia de la naturalidad con la que se desenvuelven los pobladores frente a la cámara, Monfort y Noiret ofrecen una actuación estoica. Ambas tramas disfrutan de la fotografía franca y estilizada con la que Agnes Varda se abría paso en el mundo del cine.

Cold War (Paweł Pawlikowski, 2018)

El tortuoso romance entre Zula (Joanna Kulig) y Wiktor (Tomasz Kot) comienza con la música, al igual que la película que nos cuenta su historia. Él, un artista polaco que recorre pueblos en busca de artistas populares; ella, una cantante con talento, pero no con uno tan atrayente como su personalidad, que no pasó desapercibida para Wiktor. Desde entonces, el contexto sociopolítico de Polonia durante la Guerra Fría complicará aún más su relación. Mucho se mencionó la disfrutable fotografía a cargo de Lukasz Zal, de ambiente entristecido, que utilizaba los espejos para desarrollar la escena en un encuadre. Pero también habría que mencionar el recorrido musical, que a la par del amoroso, nos convida del momento por el cual pasan los personajes. La música y ellos viajen de Polonia, de cantos regionales, a Paris, al jazz, el rock & roll, y de regreso a una Polonia muy diferente a la de 1949 que ahora los muestra cansados y derrotados con una suerte de música caribeña interpretada por unos supuestos mariachis.

Bonus

La ópera Mouffe (Agnès Varda, 1958)

La menos convencional de la lista, pero quizá la más personal. Varda filma este cortometraje estando embarazada mientras observa y se pregunta por los ancianos que ve en el barrio Mouffe. A los rostros curtidos los acompañan las composiciones de Georges Delerue que le da ese carácter musical anunciado en el título. También se atisban fragmentos de dos amantes que después desaparecen. La pareja no es el centro como en las demás, pero quizá se cuela como prólogo a la visión de la mujer embarazada, y como contraparte de lo que se ve en el empobrecido barrio.

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