Seis imperdibles películas clásicas de terror

¿En dónde radica el miedo? Quizá la clave está en lo desconocido. Nos atemoriza lo que hasta el momento no podemos comprender. Sentir miedo nos regresa a un estado animalesco por lo que ocasiona; te retraes, huyes o intentas contraatacar, pero de esta sensación nunca desaparece el factor humano, como los pensamientos lastimosos que sobreviven y perturban más que cualquier aparición.

Una de las grandes virtudes de las películas de terror es ponerte en la piel de quienes están sufriendo ese temor, de no ser así, si tú eres una mirada externa, si tú no te mentes en la dinámica de lo sucedido en esos contextos, no se genera ninguna emoción. Conforme ha pasado el tiempo, las películas de este género se han tornado más gráficas, pero la experimentación del miedo puede desprenderse más de lo que se percibe que de lo que se observa. La siguiente lista de clásicos en blanco y negro conciben sus atmósferas terroríficas más allá de lo visible.

Frankenstein (James Whale, 1931)

Pese a ser uno de los monstruos más icónicos del cine de terror por su aspecto, en la película de Whale lo monstruoso no recae simplemente en el físico de la creatura, sino en la consecuencia de crear algo que no pertenece a este mundo, y considerar lo diferente a ti como un peligro. Víctor Frankenstein, obsesionado por crear vida de partes muertas, olvida preguntarse si debía hacerlo, si había una razón más grande que su propio interés para transgredir el curso natural de la vida. Si en el cine de terror hay que estar de lado de quien vive el miedo, la adaptación más recordada del libro de Mary Shelley presenta el temor a lo desconocido desde dos perspectivas: la del creador, el doctor Frankenstein, y su creación, el personaje interpretado por Boris Karloff. Uno sintiéndose perseguido por una creatura que no comprende y lo sobrepasa; y el otro, por despertar en un mundo completamente nuevo. Contar con la mirada del supuesto monstruo da otra dimensión al personaje, mayor a la de un simple villano; lo espeluznante no es únicamente el encuentro con la bestia, sino estar asediado por los que te consideran un monstruo, y sin siquiera saber por qué.

The innocents (Jack Clayton, 1962)

Esta adaptación de la novela de Henry James es gran ejemplo de cómo jugar con tu mente, uno de los grandes tópicos del cine de terror. La señorita Giddens es contratada para cuidar a Miles y Flora, dos huérfanos que viven en una apartada mansión, pero comienza a sospechar de la inocencia de los niños cuando los cree casi poseídos por los espíritus de dos antiguos sirvientes. A partir de la secuencia de créditos y la entrevista del inicio, nos presentan a la protagonista como alguien de imaginación y de religiosidad marcada. Toda la película va en ese sentido, introducir a un personaje sensible a un ambiente que la altera y alienta su imaginación una y otra vez hasta el punto del delirio, y que nosotros la acompañemos en esa inmersión. La ambigüedad transita por todo el filme para que, constantemente, personaje y espectador se pregunten ¿es cierto lo que está (estamos) viendo? Aunque se desarrolla desde el personaje de Deborah Kerr, el trabajo de guion hace que la historia tenga guiños a las otras versiones para que no queden cabos sueltos y siempre quepa la incertidumbre. ¿Lo habrá imaginado o no?

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Vampyr (Carl Theodor Dreyer, 1932)

Al llegar a un albergue, Allan Gray mira con sospecha a un hombre con guadaña, parecería el presagio de que la muerte ronda muy cerca. Su estancia en aquella posada resulta ser una noche de pesadilla, el pretexto ideal para que el cineasta danés construya una de las más recordadas producciones del cine de género. Una mente como la del joven investigador, ya interesada en el satanismo y vampirismo, y un entorno que se presta a lo lúgubre son campo fértil para explorar lo inquietante y abordar la leyenda del vampiro. La base de la película es la disociación de la percepción y todo el tiempo se está mostrando, tanto en el reflejo en el agua, en las sombras sin dueños o en la separación entre lo real y la sugestión. Siempre presentes la doble visión desde la primera secuencia. En medio de la aventura nocturna de Gray, personajes y audiencia leemos un tratado de vampiros que se va colando en la mente de los involucrados. El libro, que cuenta cómo una anciana vampiro asechó un pequeño pueblo, va pasando de un lector a otro y se convierte en detonador de la disociación. Vampyr, lo mismo que The innocents, nos ubica en la posición de los protagonistas predispuestos a lo irreal, ya sea por su imaginación, como la Srita Giddens, o por su interés en ciertos temas, como Gray. La película de Dreyer se vale principalmente de la cámara subjetiva para lograrlo y así estar todavía más unidos a la mirada de Gray.

Kuroneko (Kaneto Shindo, 1968)

Si bien Onibaba es la película de terror más ligada al nombre de Shindo, agrego Kuroneko por considerarla la ejemplificación de que la humanidad crea a sus propios monstruos. Aunque este punto ya se ha abordado con Frankenstein, específicamente desde lo científico, en la película del japonés se debe a un golpe de bumerang, esa fuerza ejercida contra otros que regresa con la misma intensidad en contra tuya. Un grupo de samuráis violan y asesinan a dos mujeres, y después de ser los agresores se vuelven víctimas de sus propios actos. A diferencia de otras producciones, los samuráis de Shindo se acercan más a los bandidos, personajes antagónicos que toman todo lo que quieren, incluso el cuerpo de alguien más. Kuroneko nos lleva por dos vertientes: además de utilizar lo fantástico y paranormal para demostrar la reacción a toda acción, es la teatralidad, por el uso de la luz y los movimientos de las intérpretes, de dos almas que no encuentran descanso por el gran pesar de su muerte violenta.

M (Fritz Lang, 1931)

Una pequeña niña no regresa a casa después de la escuela. Al encontrar su cadáver, se convierte en una víctima más del asesino en serie que es buscado intensamente por toda la ciudad. La más realista de toda la selección se va por la línea del thriller policiaco. Su elemento de terror recae en algo más allá de los fantasmas y los demonios, pero como estos, es intangible y termina incidiendo en la realidad. La amenaza que plantea M viene desde el interior de nosotros, la mente humana, que al no controlarla te convierte en el monstruo al que todos temen. Con el uso del sonido y el montaje paralelo, Lang crea secuencias de gran tensión tomando tanto las vivencias de las madres que pierden a sus hijas, como las del victimario. La inolvidable actuación de Peter Lorre le da rostro a la batalla interna del asesino que cede ante sus delirios. A más de 80 años de su realización las acciones del personaje de Lorre siguen siendo un motivo de angustia para más de un país. La cinta pone de manifiesto qué hacer frente a un peligro como este, tan humano como la víctima misma.

The haunting (Robert Wise, 1963)

La referencia constante del cine de terror nos sitúa en una mansión tenebrosa a la que el Dr Markway investigará, junto con tres invitados, para saber si, entre sus paredes, continúan ocurriendo fenómenos paranormales. Uno de esos acompañantes es Eleanor, una mujer ávida de cariño que hará lo que sea por tener una nueva vida. El clásico de clásicos une dos de los caminos que nos dirigen al terror: el espacio desconocido que por sí solo intimida, y una mente debilitada que puede dejarse consumir. Apoyándose en la fotografía, Wise le da protagonismo a la casa y la convierte en un personaje más, inmóvil, pero vivo. La enigmática residencia pondrá a prueba la temple y los miedos de cada uno de sus habitantes y, poco a poco, como lo ha hecho con sus antiguos moradores, buscará adueñarse de ellos. The haunting se desarrolla a partir de un personaje susceptible a los encantos/terrores de un lugar que alimenta esa susceptibilidad. Varios años después, la película tendría un remake en formato de serie, a cargo de Mike Flanagan, The Haunting of Hill House.

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