La infancia y la orfandad en las historias de Isao Takahata

Por: Sofía Galeno

El 5 de abril de 2018, a causa de un cáncer de pulmón, falleció Isao Takahata, quien hoy hubiese cumplido 84 años. Director de la famosa película La tumba de las luciérnagas (1988), Takahata dejó un sello imborrable en el famoso Estudio Ghibli, del cual fue cofundador junto a su amigo y colega Hayao Miyazaki.

Heredó al cine japonés grandes obras y un estilo en contar historias, muy diferenciado de Miyazaki, por lo cual es quizá injusto que se la haya considerado estar a la sombra de él. 

Su acercamiento con la animación inició con su estudio de literatura francesa. El conocer al animador francés Paul Grimaut lo impulsó a integrarse a ese mundo. Desde ahí agarró la motivación para ser ayudante de dirección en Toei Animation, el conocido estudio por producir series como Sailor Moon, Dragon Ball y One Piece. Fue aquí donde conoció a Miyazaki, con quien posteriormente fundaría Studio Ghibli, su último lugar de trabajo. 

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La niñez es sin duda el sello de Ghibli, sin embargo, a diferencia de Miyazaki, Takahata lograba darle un toque menos fantasioso. La independencia de los niños, situaciones adversas y la orfandad fueron destacadas en sus relatos. Isao no subestima a los niños; él los cree capaz de entender y adaptarse a distintas situaciones. 

De las producciones más conocidas anteriores a Ghibli están Heidi, la niña de los Alpes (1974) y Marco (1976), entregas que funcionan como ejemplos de adversidad. Heidi es una niña que se enfrenta a una nueva vida después de la pérdida de sus padres, teniendo que adaptarse a vivir con su abuelo. Por su parte, Marco, va en busca de su madre al ya no recibir sus cartas, con lo cual se embarca en un rol de salvador. 

Al pasar a sus largometrajes y hablar de la que es considerada su obra maestra,  La tumba de las luciérnagas, tenemos la historia de Seita, un niño que junto a su hermana menor quedan huérfanos después en la Segunda Guerra Mundial.  Él se convierte en un adulto para cuidar de su hermana, enfrentado a eventos dramáticos como el hambre, la pobreza y la indiferencia de las personas, dando como resultado un desenlace realista y dramático. 

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El no tener final feliz se repitió en su última película, El cuento de la princesa Kaguya (2013). Un campesino encuentra a una bebé que nació de un tallo de bambú, y junto a su esposa deciden criarla, haciendo que viva una infancia feliz hasta que deciden que debe contraer matrimonio. Ella es una princesa y tiene que encontrar a su príncipe, pero, al más estilo de Ghibli, el empoderamiento femenino gana y ella se libera de una atadura impuesta, aunque tuvo un precio a pagar. 

Anteriormente, Takahata ya había hablado sobre esta herida de padres estrictos en Recuerdos del ayer (1991), la historia de Taeko, una joven de 27 años que decide emprender un viaje. Desde ahí recuerda su niñez en diversos flashback, retomando eventos que la marcaron por no estar de acuerdo con su familia (que es  bastante conservadora) y lo que forjó la personalidad que tiene el presente. El encuentro de la niña con la adulta es la liberación del personaje, dejando atrás el peso del pasado. 

Takahata sin duda ha marcado a quienes han podido apreciar sus películas. A pesar de que su obras más conocida puede contener un mensaje desesperanzador, este también sirve como una oportunidad para apreciar la vida y estar atento de qué puede estar pasando alrededor. Somos seres con heridas del pasado, pero que aún así podemos adaptarnos e intentar disfrutar lo que se nos va proponiendo, en palabras de él: 

“Con mis historias trato de animar a la gente a que viva su vida de la forma más intensa posible, que sea la mejor versión de sí misma y no se deje distraer por bagatelas como el dinero o el prestigio. Nuestra existencia es algo precioso porque es finita. Un día nos vamos a morir y debemos aprovechar al máximo nuestro tiempo, y allanar el camino para aquellos que vendrán después de nosotros”

El Periódico, 2016

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