Buzón rojo de la calle Escher: la vida como un set

Sion Sono es uno de los directores japoneses más interesantes de la actualidad y uno de los creadores más peculiares de cualquier ámbito. Es posible que se hayan cruzado alguna vez con sus películas, especialmente en circuitos alternativos, pues su trabajo no cae estrictamente en el lado del “lo comercial”, pero sí es muy programado.

Explorar la obra de Sono es toda una aventura, pues sus figuras suelen ser sumergidas en un confluir de situaciones, fuerzas e ideas tan absurdas como brillantes. Pero hay un elemento que siempre sobresale: la creación misma, la cual guía o trastorna a los personajes. Así como pasa en Vamos a jugar al infierno (2013), es la producción cinematográfica el núcleo de Buzón rojo de la calle Escher (2020), donde vemos la historia de todos los involucrados en el nuevo proyecto del renombrado director Tadashi Kobayashi (Tatsuhiro Yamaoka) a manera de división episódica. Hay audiciones para todos los papeles, pero el relato se detiene en los extras y cómo se ve el caos ordenado de una filmación desde su perspectiva, así como el interior de sus vidas antes de estar brevemente frente a cámara.

Con un gran entusiasmo, unos jóvenes reparten volantes para el casting. Se lo dan a cualquiera que ande por ahí y todos lucen emocionados por participar en la siguiente película de Kobayashi. Después, vemos los cuentos cortos de, entre otros, un grupo de chicas fanáticas del cineasta, una chica inocente y sobreprotegida que encuentra en la actuación un desahogo a su frustración, una joven trastornada por el suicidio de su padre, el productor herido, el guionista e incluso del director. Esta exposición de la intimidad de las piezas del cine resulta en un excelente mosaico de crónicas pequeñas sobre la mundanidad. Aleja los reflectores y quita del pedestal a una actividad tan grandiosa y pomposa como es la producción y regresa a una ordinariedad intrínseca: las pugnas con los viejos amores o la timidez escondida detrás de un alto perfil.

Es en los segmentos de los extras donde la trama encamina los hilos hacia un tratamiento sobre lo que hay detrás de este rol poco valorado, yendo hacia sus motivaciones para salir en pantalla aun si es poco tiempo. Algunos lo hacen por desquicio, otros por querer ser parte de algo en su existencia sin motivación. “Si comparamos una película con una hamburguesa, los extras no seríamos la carne o el queso, somos más como la cebolla. Sin ellas, algo falta”, dice un amable anciano mientras le presume todas las cintas en las que ha aparecido (como extra) a unos jóvenes que no caben de entusiasmo. “¡Ha tenido hasta 15 segundos de pantalla!”, expresa un amigo del señor ante el asombro de los chavos.

Estas escenas, junto a la parte final, cierran un reconocimiento al proceso cinematográfico. Todos los hilos se juntan en, por supuesto, una secuencia que muestra la filmación de los diálogos que ensayaron en las audiciones, asemejando un rompimiento en la narración, y por la verosimilitud que exhibe luce como un performance; esta es la parte más interesante de la película por su ejecución y trasfondo, pues combina ambas estructuras, cine y performance, para dar desenlace a las múltiples aventuras que desembocan en la materialización del sueño: realizar.

Se deshace la planeación y, con una mezcla de cámara en mano con pocos emplazamientos, se elabora esta culminación que contiene varios elementos que desdibujan la ficción con una referencia a la realidad. Mientras los extras discuten de lo magnífico que es estar en ese sitio trabajando, hay unos niños que los graban sin detenerse. Hay problemas, polémicas, peleas, pero ellos siguen grabando. Crean, pero a la vez vigilan. Ni siquiera hablan.

El director sale corriendo para perseguir al amor de su vida y llegan a una intersección concurrida. La diégesis se rompe y pasamos al cine guerrilla, pues poco pasa para que llegue un policía para pedir que dejen de grabar, pero no importa: los personajes ya hicieron un llamado a la acción. A ser los protagonistas de la vida.

El caos es una idea que persiste en el cine de este director, un director que cualquiera que quiera dedicarse a la creación debe ver. Sin embargo, es un caos con un sentido tanto narrativo como subtextual. En este caso, es un parecer sobre la industria cinematográfica que, así como puede ser magnífica, no se separa del componente humano de las microhistorias; por otro lado, demuestra los vicios que la aquejan como el corporativismo.

Cine y performance se combinan en Buzón rojo de la calle Escher, una metaficción de atrevimiento estimulante y ejecución por demás virtuosa. Quizá, todos habitamos un set, siendo el consumo fílmico una actividad de tres capas, una meta-metarealidad. O no.

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