‘La noche’ de Michelangelo Antonioni: el retrato de dos soledades

Por: Miguel Sandoval

Un escritor de renombre y su esposa visitan a un viejo amigo en el hospital, se les mira entrar lentamente, sin dirigirse palabra, pero es en la distancia de sus cuerpos que el aire pesa y nos envía la señal de que algo no está bien. La noche (1961), del italiano Michelangelo Antonioni, retrata la insatisfacción de un matrimonio casi incapaz de disimular su tedio, como también incapaz de separarse definitivamente.

Esa misma tarde para Giovanni y Lidia transcurre de forma inusual. Mientras que él presenta su más reciente libro ante un público que le adora, ella camina hacia un lugar desconocido: como tratándose de un mal augurio, la mujer escoge un sitio donde las paredes se resquebrajan, con un reloj destartalado en el suelo, imágenes que contrastan con los altos y pulcros edificios de una metrópoli próspera. Más adelante, él la alcanza y comparten un diálogo sobre una construcción que solían frecuentar y que, en símil de su relación, está ahora cubierta de maleza.

Estos elementos ayudan a configurar la puesta en escena de dos soledades, las cuales si bien habitan el mismo departamento o las mismas fiestas, están separadas por el intelectualismo cínico de Giovanni, frente a la espera triste de Lidia, a quien sus ojos melancólicos y húmedos delatan. Tal es la confrontación que el personaje interpretado por Marcello Mastroianni se deja llevar por sus impulsos eróticos, al contrario del personaje de Jeanne Moreau, que se detiene todavía con la idea de rescatar su matrimonio.

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Sin embargo, la lucha de las tiernas pupilas de Moreau contra el semblante solemne de Mastroianni, cesa cuando acuden juntos a una reunión con amigos adinerados. En la celebración, cada uno toma un sendero diferente, de modo que Giovanni empieza a coquetear con una mujer, paralelamente a que Lidia se esconde de un desconocido al que agrada. Así, la velada se extiende con diálogos de negocios, el papel del porvenir y otras cuestiones que no parecen entusiasmar demasiado a los personajes, sólo distraerlos.

El trabajo de Antonioni cobra fuerza gracias a un guion coescrito junto a Ennio Flaiano y Tonino Guerra (conocidos por colaborar con Federico Fellini y Andrei Tarkovsky, respectivamente). En La noche, a pesar de existir una construcción del hombre intelectual, resalta la complejidad de Lidia, quien no se decide entre ser infiel o esperar a que su esposo regrese a ella como antes de su vida rutinaria. Y es que, a propósito, la comodidad de la rutina y de su vida sin preocupaciones parece aburrirlos, llevándolos a buscar otra fuente de placer.

Por ejemplo, Giovanni es arrastrado en una extraña seducción con una mujer del hospital donde se aloja su amigo, de forma parecida en que Lidia disfruta de una pelea juvenil en un terreno desolado; es decir que ambos son atraídos por el arrojo, la novedad y por ese otro mundo imprevisible al cual, por su estatus económico, no pertenecen. Por otro lado y en abono a la personalidad contradictoria de ella, con una actitud retadora invita a su esposo a conquistar a otras mujeres, quizá para probarse que él volverá (o no) arrepentido a sus brazos.

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Continúa la fiesta cuando, en medio de una lluvia que espabila a los presentes, el personaje de Moreau escapa en un auto con el hombre que la busca. En este punto de la cinta y, pese al clima desastroso, la observamos reír como nunca antes, relajar su cuerpo a través de una conversación que no escuchamos, pero que intuimos disfrutable más allá de las ventanas del vehículo. Empero, el escape romántico culmina ante lo imposible de abandonar a su marido, por lo que decide retornar a la fiesta.

En contraparte, al personaje de Mastroianni lo deleita la conquista de Valentina (interpretada por Monica Vitti), mediante un juego que se antoja cada vez más difícil y que es descubierto por su esposa, desarrollándose una rara complicidad entre los tres, la cual se percibe asimismo como la resignación del matrimonio acostumbrado ya a esa clase de infortunios. Lo que es peor, la despedida del triángulo amoroso parece, a juzgar por las palabras que emplean, un ‘hasta pronto’ y no un ‘adiós’.

La última secuencia acompaña a la pareja hacia un bosque, cara a cara al amanecer, lejos de la villa donde fue la reunión con sus amigos. Lidia saca una carta de su bolso, como si la cargara siempre con ella y la lee a Giovanni. Finalmente la pared se ha terminado de resquebrajar, el tiempo es inútil, la maleza cubre totalmente los antiguos sitios del amor; en su abatimiento él la besa, le pide aferrarse a lo suyo, mientras que ella permanece callada en el suelo.

La noche es el segundo título de una serie de largometrajes conformada por La aventura (1960) y El eclipse (1962), a menudo llamada la “Trilogía de la modernidad y sus descontentos”. Su director Michelangelo Antonioni, de 50 años durante la época, ganó el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín con esta historia de gestos sutilmente desesperados y de intentos de separación, ceñidos por un mundo donde la comodidad burguesa y su trivialidad no hacen más que oscurecer la vida del matrimonio. 

 

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