Cuties: sórdida reflexión sobre infancias interrumpidas

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

En vísperas de la segunda boda de su padre, Amy (Fathia Youssouf Abdillahi) ve cómo su madre sufre en silencio ante la inminente llegada de la nueva esposa. Para escapar del drama familiar, la chica comienza a socializar con las mean girls del colegio, quienes desean ingresar a una competencia de baile. En el baño de su departamento ensaya las coreografías, hasta lograr ser aceptada en el grupo.

Hace un par de años leí la novela La mujer de sombra (Editorial Anagrama), de Luisgé Martín, en la cual se narra de forma explícita la violación de un par de niños desde la perspectiva del abusador. Para la literatura es relativamente accesible crear escenas sórdidas, apelando a la destreza del lector para separar el “yo” ficticio del autor, pero ¿cómo podría abordarse la misma trama en la pantalla grande? Entonces pensé en Michael (Markus Schleinzer, 2011). El filme austriaco toca el abuso de una forma “figurativa” e “insinuada”, con transiciones abruptas interrumpiendo la acción. Para “Occidente”, ese montaje satisface la moral colectiva, pero ¿qué sucede con otros entornos menos estrictos con los márgenes de lo gráfico permitido?

Aunque pareciera un asunto viralizado por las redes sociales, el uso de actores infantiles en producciones con temática sexual ha sido un debate permanente en la industria; recordemos a Jodie Foster en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Brooke Shields en Pretty Baby (Louis Malle, 1978), el escándalo por “la secuencia” en El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff, 1979), o las varias veces que Catherine Breillat filmó escenas explícitas con (“casi”) menores de edad. En el caso de Cuties (2020), aunque parecieran los mismos escenarios de hipersexualización, el baile tiene otro significado, puesto que tales momentos están detrás de un velo racial diferente al convencional. ¿Debería haber un censor de estas narrativas? ¿Qué diferencia hay entre ficcionar un tema o hacer un documental con imágenes veristas? Los concursos de baile recreados existen, y son aún más “intensos” que los mostrados en la película.

De acuerdo con Maïmouna Doucouré (realizadora), el largometraje es una autoficción surgida de experiencias personales y de su opinión sobre los choques culturales existentes en los grandes suburbios parisinos. La directora investigó durante 18 meses al entorno filmado, tiempo en el que recopiló múltiples testimonios de niñas, los cuales sirvieron para construir la anécdota de la protagonista. Similar a sus colegas (Mati Diop, Ladj Ly, Houda Benyamina), Doucouré no escribió una historia tremendista con intenciones edificantes o de entretenimiento, el journey de la chica es un ejercicio de ficción para documentar la actual condición en un sector específico de los barrios pobres de Francia; mirada femenina tan relevante como en su momento lo fue La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995) sobre la violencia.

La cineasta cuestiona la paulatina desaparición de la infancia como periodo de “inocencia”. Ya sea un entorno fundamentalista o la urbe más progresista, la educación y consumo cultural llevan a los niños hacia una reproducción de roles adultos. Parecida a la protagonista de Eighth Grade (Bo Burnham, 2018), en forma menos desbordada, Amy descubre que la sexualidad es la vía fácil de socialización en el colegio y la explota hasta sus últimas consecuencias, condición de peligro latente en la que todos estuvimos expuestos alguna vez.  

En la línea de Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015), donde se expone la “otra” sexualización patriarcal, Cuties busca hacer un paralelismo entre el bombardeo mediático (reflejado en la imitación de las Kardashian) y la imposición de roles en la comunidad religiosa. En ambas se anula la identidad infantil de la protagonista para exigirle un comportamiento adulto. Tan reprobable es el baile como obligarla a picar cebolla y entrenarla para la vida matrimonial. En el desenlace, el golpe de conciencia sobre el escenario permite unificar ambos conceptos en una añoranza del hogar que nunca existió; aquella imposible familia sin adversidades ni violencia, vida gris representada por la sombra sofocante del padre ausente. La reacción afectiva de la madre (con su propio drama interno) es una hermosa y sorora tregua generacional, donde una comprende el dolor de la otra, sin juicios ni condenas.

A nivel narrativo, Cuties reproduce algunos patrones del actual cine de denuncia social (en pro del urgente antirracismo europeo), lo que hace poco original a su trama. Obviando la apología de la miseria aplaudida en festivales, del tipo Cafarnaúm (Nadine Labaki, 2018), el filme sólo es salvado por el perfil de su enunciadora, (aún) una particularidad en el mar de cineastas masculinos. Por otro lado, la opinión de Doucouré parece no importar en el linchamiento mediático, porque un gran espectro de la audiencia no se ha molestado en asociarlo al contenido y la forma del título. Largometraje prescindible o no, es una respuesta que llegará con el tiempo, pues la incursión de los directores racializados en la producción mainstream (con sus propias normas de corrección) es un suceso relativamente nuevo.

La película es complicada de ver y comentar. Siempre quedará la duda: ¿habría tenido el mismo odio en su contra sin el incidente del póster? Es positiva la reacción de la gente, ahora el siguiente paso es despertar el ejercicio de la investigación antes de comenzar un boicot. Después de leer y escuchar a la directora se pueden comprender las intenciones del relato, muy alejadas de la apología consciente y maliciosa de la pederastia, como sí sucede en mucho contenido blanco de la TV estadounidense. Lo cierto es que Cuties marcará un precedente sobre lo permitido y censurable en la producción de ficciones con jóvenes intérpretes. 

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