Anatomía del plano secuencia y películas rodadas en una sola toma

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado) 

En todos lados se escucha hablar del plano secuencia. Ya sea porque una serie de televisión introdujo uno en su nueva temporada o porque un videoclip se realizó de esta forma. Es tanta su popularidad que incluso se dice, a manera de broma, que en las escuelas de cine la primera opción de tesis de sus estudiantes es rodar un cortometraje en el tan popular plano.

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Videoclip Kiesza – Hideaway

¿Pero qué es un plano secuencia? Para dimensionar su importancia hay que revisar los siguientes conceptos: el plano es la unidad más pequeña en el montaje y consiste en la captura de una acción con indicaciones específicas de encuadre, dimensiones y posiciones de elementos; éste puede durar desde un segundo a varios minutos. La escena es una unidad formada con un conjunto de planos que comparten un mismo espacio y tiempo; es decir, la escena se corta cuando se cambia o se modifica su construcción espacio temporal (por ejemplo en un cambio de set). Una secuencia entonces es la suma de varias escenas que forman una acción temática y siguen una línea argumental; esto significa que puede ocurrir en distintos lugares o incluso en diferentes tiempos, pero se acaba cuando cumple con el objetivo que quería narrar o transmitir. Finalmente, un acto se compone de varias secuencias unidas y a su vez tres actos forman la estructura narrativa de una película convencional (inicio, desarrollo y desenlace). Para distinguir visualmente todos estos conceptos, en una película se hace uso del corte para evidenciar los cambios de unidades.

En resumen, el plano secuencia es un plano que abarcará toda una secuencia completa y sin cortes, por lo que su extensión puede cubrir desde un plano de un minuto hasta los tres actos enteros de una película.

Plano secuencia de Atonement

La importancia del tiempo

“Se puede uno imaginar, en efecto, una película sin actores, sin música y sin construcciones, incluso sin montaje. Pero es imposible una película en la que en sus planos no se advirtiera el flujo del tiempo”.

Andrei Tarkovski en Esculpir en el tiempo

El plano secuencia tiene profundas intenciones narrativas: genera en el espectador una sensación de cercanía con lo que ve en pantalla y lo convierte en un personaje más de la historia. La ausencia de cortes (una herramienta importante para manipular la noción de tiempo) provoca en el espectador una sensación de continuidad, una experiencia en tiempo real, como si lo visto en pantalla ocurriera a la par que nuestra realidad; éste es un efecto conocido por nosotros, ya que nuestro día a día técnicamente es un plano secuencia que empieza cuando despertamos y termina cuando cerramos los ojos para dormir.

La idea del cine como símil de la vida se refuerza con reflexiones como la del realizador ruso Andrei Tarkovski (Nostalghia, 1983), quien en su libro Esculpir en el tiempo sugiere que el cine es un arte que observa los hechos de la vida, entendiendo esta como un bloque de mármol al que se le esculpe para hacer surgir de la piedra un determinado sentido. Para el director, el ritmo interno de los planos (la manera en que fluye el tiempo) era muy importante, ya que debía respetar esa observación de la realidad sin ser afectada por un montaje externo. El ritmo entonces es fundamental en el plano secuencia, ya que determinará el tiempo e influirá en esa sensación de verosimilitud con la vida misma, creando imágenes de mayor impacto.

Otro de los mayores atractivos del plano secuencia es el cuidado excesivo que se pone en los detalles para que salga exitoso desde la primera toma, ya que un error es imposible de corregir en la sala de edición; la cantidad de ensayos para coordinar tanto el movimiento de cámara, como el trazo escénico de los actores, es extremadamente necesario para obtener el mejor resultado final.   

A través de los años

La salida de los obreros de la Fábrica Lumiére en Lyon (1895), a manera de ejemplo

Las secuencias sin cortes no son una invención reciente, de hecho son tan viejas como el cine mismo: las primeras grabaciones eran fragmentos de corta duración de sucesos cotidianos donde su intención era exhibir una realidad en vez de contar una historia. Fue hasta la aplicación del montaje que el cine adquirió una dimensión más narrativa con la utilización del corte y el uso de las escalas del plano.

La complejidad de este plano es tal, que varios realizadores han experimentado con él: desde el cineasta alemán F.W. Murnau con Sunrise (1927), los experimentales Béla Tarr en Macbeth (1982) o Theo Angelopoulos en Eternity and a Day (1998), hasta el mexicano Alfonso Cuarón con sus aclamadas Children of Men (2006) y Gravity (2013). Es extensa la lista de directores que pusieron a prueba su talento con un plano secuencia o lo han hecho parte de su estilo.

Tercer plano secuencia de Children of Men

Gracias a los avances tecnológicos, los planos secuencia alcanzaron un nivel de producción apabullante, permitiendo así una facilidad para realizar películas rodadas en una sola toma larga. Aunque Birdman (Alejandro G. Iñárritu, 2014) y 1917 (Sam Mendes, 2019) son las películas más conocidas por el público, existen otras —como las que leerán a continuación-— cuyos directores también se atrevieron a hacer un sólo plano secuencia, continuo o simulado, que funcionara como un engrane más de la máquina y no como un artilugio publicitario.

Utøya: el atentado del siglo (Erick Poppe, 2018)

Nombrada en noruego como Utøya – 22 juli, la película aborda los sucesos del 22 de julio de 2011, cuando Noruega sufrió un doble atentado: el primero en Oslo —la capital del país— y el segundo en la isla de Utøya, donde un simpatizante de extrema derecha llamado Anders Behring desató un tiroteo en un campamento juvenil del Partido Laborista Noruego, dejando un saldo de 77 muertos y cientos de heridos. Se estima que el ataque en la isla duró poco más de 70 minutos.

La película se enfoca en los sucesos del campamento desde la perspectiva de las víctimas. De acuerdo con los reportes, el ataque de Anders Behring duró poco más de 70 minutos, desde el primer disparo hasta la llegada de la policía a la isla. Con esta información en mente, el director armó un increíble plano secuencia con cámara en mano y de aproximadamente 77 minutos de duración, en el cual vemos de forma frenética el violento desarrollo de los sucesos y sus consecuencias en tiempo real.

Si bien la parte técnica es un gran acierto de la película, los actores y el guion también destacan por sus propias virtudes. Andrea Bertzen, quien interpreta a Kaja, carga de manera efectiva con el papel protagonista y nos lleva de la mano por toda la isla para observar la muerte y el caos mientras ella busca a su hermana adolescente, de quien se aparta durante el inicio del ataque. Erick Poppe estructuró su película de una forma tan grandiosa, que en todo momento se percibe el peligro en lo que vemos; es inevitable sentir miedo por un asesino amenazante al que nunca vemos pero que acecha a nuestros protagonistas en todo momento.

Brutal y despiadada, Utøya: el atentado del siglo es un recordatorio amargo, aunque asombroso técnicamente, de uno de los días más tristes de Noruega: nos obliga a imaginar la enorme cantidad de factores, casualidades y errores que llevaron a que la masacre en la isla alcanzara aquellas catastróficas dimensiones.

PVC-1 (Spiros Stathoulopoulos, 2007)

De la misma naturaleza que Utøya, este drama también asombró al mundo y a la crítica durante su proyección en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes de 2007. Inspirada en hechos reales, la colombiana PVC-1 narra el momento en que unos delincuentes irrumpen una granja y le colocan a Ofelia (la protagonista) un collar bomba hecho con tubería de PVC para presionar a su esposo con el pago de 15 millones de pesos. Al no tener esa cantidad, la familia decide acudir con las autoridades locales  para intentar retirarle el artefacto.

PVC-1 es una batalla contra el tiempo de 85 minutos de duración en la que la elección del plano secuencia responde a cuestiones narrativas y técnicas. Por un lado, se aborda la idea de la inalterabilidad del tiempo; cómo ésta es la enemiga y no deja de avanzar, cualquier corte o manipulación de montaje rompería con el ritmo, la tensión y la sensación de tiempo real. Por otro lado, las particularidades de la historia y las locaciones elegidas determinaron también su uso definitivo, agregándose al bajo presupuesto del proyecto.

Aunque la película se grabó sólo en un día, tuvo un largo periodo de preproducción: el director entrenó físicamente durante tres meses, cinco horas diarias, para aguantar los 15 kilogramos de peso de la cámara y el estabilizador que se usaría para grabar el plano secuencia. Al ejecutar él mismo las funciones de director, fotógrafo y sonidista (PVC-1 fue grabada con una cámara HDV con micrófono integrado), él debió establecer meticulosamente la iluminación y el trazo escénico para que todo saliera conforme al plan. En el primer caso, trabajó durante siete días para determinar la posición de la luz natural y de la cámara; con los actores —tres de ellos profesionales-— trabajó durante un mes para coreografiar correctamente sus acciones en coordinación con el movimiento de cámara.

“¡Esos desgraciados se tragaron todos mis segundos!” exclama la desesperada Ofelia en uno de los momentos más desgarradores de la película, y es que PVC-1 se encarga en todo instante de recordarnos los minutos consumidos y que en cualquier momento puede ocurrir una desgracia. Ante la falta de presupuesto, los cineastas explotan su creatividad para sacar adelante sus proyectos, y en esta película eso se derrocha a manos llenas. Desde la progresión dramática hasta la construcción de los personajes, el trabajo de Stathoulopoulos es un cúmulo de emociones que no hacen más que crecer; del enojo a la alegría, de la rabia a la impotencia, PVC-1 nos invita a experimentarlas todas y a sufrir en carne propia las formas más ruines en que la maldad del ser humano se manifiesta.

La casa muda (Gustavo Hernández, 2010)

No se necesitan de grandes exteriores y muchas locaciones para rodar un plano secuencia, los interiores también se prestan para experimentar. La casa muda se convirtió en la primera película de terror uruguaya en rodarse así; está inspirada levemente en los asesinatos de la casa muda (ocurridos en el año de 1944 al interior de una vivienda rural en el poblado de Godoy, departamento de Tacuarembó) y narra la historia de Florencia y su padre Wilson, quienes deben pasar una noche en una casona de campo con el fin de restaurarla, pero que en el transcurso de la noche se enfrentarán a una serie de sucesos sobrenaturales.

Grabada en sólo cuatro días con una cámara DSLR (la Canon EOS 5D Mark II) y con un presupuesto de 8 mil dólares, el debut de Gustavo Hernández fue bien recibido en el Festival de Cannes del 2010 (donde participó en La Quincena de Realizadores) y Hollywood se interesó tanto en el proyecto, que en 2011 realizó un remake llamado Silent House —estelarizado por la actriz Elizabeth Olsen—, convirtiéndose en la primera película uruguaya de la historia en tener un remake estadounidense.

La experiencia del terror en tiempo real funciona bastante bien en La casa muda: en cuanto entramos de lleno en la casa podemos percibir que algo extraño habita allí y sólo estamos a la espera de que se manifieste; la película es efectiva gracias a su diseño sonoro y a la cámara en mano que acompaña en todo momento a la protagonista y se coloca por todos los rincones de la casa para generar encuadres interesantes en algunos instantes de terror. Estos dos elementos en conjunto convierten a la casa en un personaje más. Aunque el tercer acto cae un poco en lo explicativo (restando algo de verosimilitud a los personajes), La casa muda es un experimento claustrofóbico con momentos de terror eficaces y de una atmósfera agobiante durante sus 86 minutos de duración.

El arca rusa (Aleksandr Sokúrov, 2002)

Una voz en off nos anuncia que no sabe dónde está y desconoce qué ocurrió con él; algo en su interior le dice que ha muerto. Después de unos segundos de oscuridad, la imagen sustituye al negro para mostrarnos la llegada de varias carrozas a lo que aparentemente es una fiesta dentro del Palacio de Invierno de la ciudad de San Petersburgo. Invisible a los ojos de los demás, este narrador omnipresente nos invita a recorrer 300 años de historia rusa acompañado de “el europeo”, un viajero francés del siglo XIX con la facultad extraordinaria de poder verlo.

El arca rusa es tal vez la película grabada en una sola toma con los valores de producción más grandes de la historia: recorre los interiores y exteriores del actual Museo del Hermitage, una de las colecciones más grandes y completas del mundo. A través de 33 habitaciones, la cámara nos guía mediante un plano secuencia de 90 minutos por diferentes etapas de la historia de Rusia. Para lograr tal proeza, el director Aleksandr Sokúrov convocó a más de 2000 actores y a tres orquestas que ensayaron durante varios meses para el rodaje (con el apoyo de 22 asistentes de dirección) ya que el museo sólo permitió por un día el cierre de sus instalaciones. Con la cámara a cargo de Tilman Büttner, uno de los mejores operadores de Steadycam del mundo, se realizaron cuatro intentos del plano secuencia, siendo el último el exitoso. La toma larga fue grabada con una cámara de video de alta definición, la cual guardaba todo en un disco duro con capacidad para cien minutos de almacenamiento.

Aparte de sus logros técnicos y de producción, El arca rusa también resalta por una serie de cuestiones narrativas: al ser el plano secuencia un instrumento para evocar la sensación de tiempo real, Sokúrov se permitió experimentar con este paradigma, jugando con los viajes temporales al pasar de una habitación a otra. De este modo, nuestros personajes brincan sin problemas de la época de Pedro el Grande al Leningrado de la Segunda Guerra Mundial con sólo abrir una puerta; o convivir tanto con miembros de la corte del zar Nicolás I como con turistas contemporáneos que visitan las salas del museo. Aunque esta narrativa no lineal se llega a sentir pesada y por momentos el ritmo de la secuencia decae un poco, es una experiencia magnánima que está lejos de ser sólo un recorrido guiado de altísimo presupuesto al Museo del Hermitage.

Victoria (Sebastian Shipper, 2015)

Grabada en las calles nocturnas de Berlín, esta película brilla con luz propia; no sólo se trata del plano secuencia más largo que se haya rodado hasta el momento (140 minutos de duración), también es una experiencia frenética con situaciones y giros atractivos. Victoria es una chica española que se ha mudado recientemente a Berlín para trabajar; no habla alemán y no conoce a nadie en la ciudad. Una noche, al salir de un bar, un grupo de cuatro jóvenes la invitan a pasar un rato con ellos; aunque insegura al inicio, Victoria acepta.  El resultado de esa decisión serán las dos horas más locas e intensas de su vida.

Victoria destaca por tres puntos esenciales: el trabajo de dirección, el talento actoral y el manejo de la cámara. El director Sebastian Shipper desarrolló una historia que le permite jugar con muchos tópicos y géneros para así manipular nuestra percepción y expectativas; lo que parecía al inicio un relato de amor juvenil con la ciudad de Berlín al fondo, cambia en determinados momentos de la trama para sorprender nuevamente al espectador. Curiosamente, esto lo logra con un guion de 12 páginas en donde sólo estaban descritas las acciones generales, dejando lo demás a la improvisación de los actores. 

Con una historia tan abierta a lo espontáneo, el director le atinó al encontrar al talento con la capacidad de desarrollar a sus personajes de la forma más natural y creíble posible. En este caso, la actriz española Laia Costa destaca por dotar a Victoria —en apariencia frágil e inocente— de un abanico de emociones, yendo de la duda a la felicidad y de la frustración a la valentía. Sus compañeros no se quedan atrás, cada chico destaca por cualidades particulares que complementan sus personalidades y su interacción como grupo. Esto no es ninguna coincidencia ya que meses antes del rodaje invirtieron bastante tiempo ensayando y desarrollando los diálogos entre ellos.

El manejo de cámara es el tercer gran acierto de Victoria. Grabada en tres intentos entre las 4:30 y 7 de la mañana,  pasando por 22 cambios de set aproximadamente, el trabajo del fotógrafo Sturla Brandth Grovlen destaca en el seguimiento que le hace al grupo por las diferentes calles de Berlín sin descuidar la propuesta visual. Su capacidad para intuir las acciones de los personajes, así como su destreza para mantener el ritmo de la cámara le dieron el honor de ser el primer nombre que aparece en los créditos -antes que el director-, además de distintos premios y nominaciones en varios festivales.

 

REFERENCIAS 

Alonso, G. (2020). 13 películas narradas íntegramente (o casi) en un solo plano secuencia.  

Crusellas, L. (2017). Diferencia entre escena, plano, toma y secuencia. Blog de Formación Audiovisual. 

González, D. (2015). El plano secuencia, origen de este arte distinguido. La piedra de Sísifo.  

Hernández, A. (2008). PVC-1, una carrera contra el tiempo. El Mundo.  

N.A. (2018). Plano secuencia: definición y ejemplos de todo tipo. Aprender Cine. 

Rajas, M. (2008). La poética del plano secuencia: Análisis de la enunciación fílmica en continuidad (Tesis doctoral). Universidad Complutense de Madrid. Madrid. 

Romero, P. (2017). Plano secuencia: de Rope a PVC-1. Universidad de Palermo. 

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