Misbehaviour: sobre feminismo y el privilegio blanco

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Sally (Keira Knightley) es estudiante de Historia y activista a favor de la equidad laboral. Tras conocer a Jo (Jessie Buckley), miembro del Movimiento de liberación de las mujeres, propone y lidera (involuntariamente) el boicot del Miss Mundo de 1970, el cual tendrá al misógino humorista Bob Hope (Greg Kinnear) como invitado. Mientras tanto, Jennifer Hosten (Gugu Mbatha-Raw), Miss Granada, se mantiene distante a las protestas, pues defiende su oportunidad de ganar el concurso con el fin de impulsar la visibilidad racial en su país.

La película tiene un objetivo muy claro: la ilustración de las diferentes facciones del feminismo, dirigida a las audiencias poco avispadas sobre el tema; sin “radicalismos” y desde lugares comunes, evitando crispar demasiado al mainstream conservador. Así como Pride (Matthew Warchus, 2014) lo hizo con la huelga en Gales de 1984, Misbehaviour constituye la recreación monográfica sobre un momento histórico atractivo para el espectador contemporáneo; dice la directora Philippa Lowthorpe: “ver qué tan lejos hemos llegado” en temas de racismo y derechos de las mujeres.

Tal interés edificante no resta entretenimiento a la ficción, puesto que la narración homenajea a las voces reales (quienes aparecen durante los créditos) y no representa a los prejuicios de un guionista con ojo panfletario. Lo anterior evidencia la seriedad en la revisión de los hechos, puesto que sabotear el programa televisivo (dirigido a las familias nucleares del mundo) fue un acto heroico que necesitaba reivindicarse. La película defiende abiertamente al Movimiento de liberación de las mujeres y sus métodos de protesta activa (“vandalización” le llaman algunos) como la única vía para iniciar cambios sociales significativos. Muestra de ello es la representación de “Jo”, sin la hostilidad característica en el cliché de la feminista radical; en cambio, el activismo moderado e individualista de Sally sí es cuestionado en varias ocasiones.

El largometraje no se ahoga en lo convencional y dirige su foco hacia puntos clave que conectan con nuestra actualidad. El paralelismo más llamativo es el sectarismo dentro del feminismo, presente en el encuentro ficticio de Sally Alexander y Jennifer Hosten: mientras la primera intenta derrocar el patriarcado que determina el estándar estético de las mujeres, la segunda lucha por (mínimo) ser incluida dentro del concepto de “belleza”, como un trampolín mediático para las siguientes generaciones de jóvenes racializadas. Las guionistas (Rebecca Frayn y Gaby Chiappe) convierten tal desigualdad en el conector principal entre ambas líneas dramáticas, pero sin juicios negativos hacia la condescendencia de Hosten, ni al privilegio “burgués” de Sally.

Para bien, juegan con la ambigüedad ideológica de otros personajes; por ejemplo, Miss Suecia (Clara Rosager), quien al inicio parece racista, pero más adelante descubrimos que está en un proceso de deconstrucción, incómoda con la sofocante cosificación de su cuerpo. En menor o mayor medida, cada rol femenino tiene una dosis de misoginia interiorizada, ya que –a 50 años de distancia– era imposible estar en el lado “correcto” de la historia, debido a los prejuicios e ideas machistas arraigadas en la formación de cualquier persona. Bastantes acciones cotidianas son rastros de la basura ideológica en nuestras cabezas: desde un “¿quién es el padre?”, hasta la reprobación del activismo radical, abogando por la manifestación “pacífica, civilizada y legal”.

Frayn y Chiappe también aprovechan la oportunidad de emitir su postura sobre la “inquisición de la comedia”. La frase “ya no se puede hacer humor de nada” es una defensa al “museo de los chistes” de Bob Hope, compuesto por lascivas burlas clasificadas. Cual Louis C.K. vintage, el personaje de Kinnear viene acompañado de críticas hacia su festiva ridiculización de la liberación femenina –presente en la famosa rutina “Bob Hope Looks at Women’s Lib.”, transmitida en la NBC– y el férreo apoyo a la Guerra de Vietnam. Dicha denuncia al ADN sexista de los humoristas consagrados no tiene concesiones hacia el recuerdo de Hope; si bien no es caricaturizado, sí se remarca lo reprobable de sus actos dentro y fuera del escenario. Ya lo mencionaba Gugu Mbatha-Raw, esos rasgos en la realidad ficcionada hacen notoria (en contenido y forma) la presencia de una directora y mujeres guionistas, opinión ilustrada con la “evaluación de las espaldas” durante el concurso, carente de los sugestivos planos cerrados que cualquier director habría insistido en filmar.

Entre los aspectos negativos de la producción están la corta duración (menos de dos horas para tanto material) y el desproporcionado manejo de tonos en las apariciones de Miss Granada. Mientras el resto del filme se mantiene con una intensidad emotiva moderada, las apariciones de Jennifer Hosten (Mbatha-Raw) se desbordan en intrusiva música melosa, simulando el entusiasmo de la concursante; no obstante, el encuentro final con Sally y otras escenas clave justifican dichas decisiones en el montaje. Por tal motivo, y a pesar de ciertos excesos, es comprensible el entusiasmo de algunos críticos por este título. Misbehaviour es una película congruente en su revisión del pasado, rescatando discursos relevantes para los actuales tiempos de corrección política. 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s