La vida invisible de Euridice Gusmão: los últimos días del patriarca

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Dos hermanas toman caminos separados tras la huida de una con su novio a Grecia. Cuando regresa a Brasil, Guida (Julia Stockler) es desconocida por sus padres y expulsada a las calles con un avanzado embarazo. La chica envía cartas a Austria –porque, según el padre, su hermana había sido aceptada en el Conservatorio de Viena–, sin saber que Eurídice (Carol Duarte) se encuentra en la misma ciudad, atrapada en un opresivo matrimonio que no le permite despegar su carrera como pianista profesional.

Aunque parezca un género menor, el melodrama tiene reglas, las cuales le permiten mantener un grado de verosimilitud que lo diferencia de la farsa. Las grandes obras melodramáticas no sólo se tratan de la lucha entre bien y mal, acompañada con remates musicales (prejuicio atribuido por su uso en radio y TV), sino todo lo contrario: en el cine, se encarga de cuestionar las concepciones morales del momento. Así, títulos como Sólo el cielo lo sabe (Douglas Sirk, 1955) deben el impacto emotivo a su crítica sobre los  prejuicios sociales. Basada en la novela de Martha Batalha (editada por Seix Barral), La vida invisible de Eurídice Gusmão (2019) tuvo cierta notoriedad por su juicio contra el heteropatriarcado del siglo XX y cómo bastantes rasgos sobreviven hasta la fecha.

La adaptación de Karim Aïnouz nos brinda un magistral vistazo al pasado, pues su drama “femenino” tiene la agudeza de Rainer Werner Fassbinder (por ejemplo), al impactar discursivamente en el presente con postales costumbristas del pasado. La sociedad brasileña del filme muestra su lado más conservador e intransigente, donde solo los hombres poseían don de mando en las decisiones familiares. Sin embargo, lo más llamativo es la violencia sexual, abordada de una forma que no alcanza la brutalidad explícita, pero sí nos deja claro el daño emocional en una mujer sin la educación sexual adecuada. La “noche de bodas” es una de las escenas más fuertes del metraje, pues supone el fin del sueño profesional de Eurídice, además de adelantarnos la sofocante vida marital.  

De acuerdo con el director, la intención fue dar visibilidad a una generación de mujeres (hoy entre los 80 y 90 años) que se convirtieron en madres solteras. De acuerdo con la película, no sólo implicaba tener la responsabilidad completa en la crianza de los hijos, también incluía graves limitantes, como la imposibilidad de viajar sin la forzosa aprobación del padre. Por otro lado, la vida matrimonial era aún más jodida, pues el control masculino negaba a las mujeres el derecho a tomar decisiones en asuntos tan básicos como la planificación familiar. Sin embargo, Aïnouz no se regodea en el “pseudohomenaje” a la matriarca “luchona”, el amor incondicional y sus luchas en pro de la familia; el filme explora a mayor profundidad sus identidades como artistas, amigas y (sobretodo) hermanas.

Lo anterior es la justificación a los arcos narrativos de ambas protagonistas, opuestos en arranque y desenlace. Si bien la vida de Guida es violenta, la honestidad de sus actos parece premiarse al final; mientras el matrimonio de Eurídice se va malogrando con el paso de los años. En ese sentido, el melodrama cumple a la perfección con su función: establecer un mensaje edificante sobre la importancia del feminismo en la actualidad y la decadencia de la familia tradicional como institución. En un momento importante, Guida dice: “la familia no es sangre, es amor”, con relación a los lazos afectivos formados con su amiga Filo (Bárbara Santos), quien le dio la compasión que un padre “moralmente recto” le negó.

La dirección aporta sabor y vida a la historia, pues Karim Aïnouz tiene callo en la creación de atmósferas. El montaje es diverso en sus texturas, que van desde la saturada ralentización nocturna (a la usanza de Wong Kar-wai), hasta la luminosidad del lenguaje fílmico más convencional; todo gracias al creativo talento de Hélène Louvart, una de las mejores fotógrafas en la actualidad. También, es importante destacar la actuación de Julia Stockler (Guida), capaz de alcanzar un amplio rango interpretativo que estimula emociones complejas y desconcertantes (por ejemplo, el momentazo de “la leche”). En suma, todos los departamentos logran una soberbia saga familiar que nos revela al melodrama como un formato narrativo en las venas del artista latinoamericano y mediante el cual se pueden producir obras tan hermosas como La vida invisible de Eurídice Gusmão

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