Gangs of London: una serie para rendirle culto

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Finn Wallace (Colm Meaney), el líder comercial de los clanes londinenses y del sector inmobiliario, ha sido asesinado a manos de dos mercenarios adolescentes. Sean (Joe Cole), el heredero del emporio criminal, decide detener todos los negocios legales y clandestinos para vengar la muerte de su padre. Mientras tanto, Elliot Finch (Sope Dirisu), un agente infiltrado, logra convertirse en la mano derecha de Sean  con el objetivo de incriminar a los Wallace y al maquiavélico tío Ed (Lucian Msamati).

Cuando se trata de series sobre crimen organizado es común encontrar perspectivas unidimensionales, donde la atención se centra en una familia específica y el resto de pandillas sirven de secundarios ocasionales. Las diferentes facciones que conforman el universo de Gangs of London poseen la misma importancia, haciendo incierto el rumbo y desenlace de cada episodio. Si bien existe un protagonismo de los Wallace, los rivales cuentan con las mismas oportunidades de sentarse en el trono de los negocios londinenses. La primera temporada apenas es el punto de partida para desarrollar una consecuente carnicería de proporciones épicas.

De forma consciente, Gareth Evans y Matt Flannery dieron a su programa una atmósfera de lucha monárquica, llena de traiciones y alianzas. Michelle Fairley como matriarca de los Wallace fue una gran elección para afianzar el sentido de “nobleza contemporánea” que los showrunners buscaban. El primer episodio de hora y media (muy cinematográfico en su composición) arranca con la confrontación entre capos tras la muerte del “rey”; no obstante, al margen de esa batalla se encuentra un poder superior y omnipresente, conformado por empresarios y políticos. Aunque la corrupción y los complots en las altas esferas son piedras angulares, los responsables le dieron al programa un imaginativo trasfondo familiar que magnifica la pelea entre casta.

Un tema central son los lazos familiares y la lucha generacional por cambiar las retorcidas prácticas de sus predecesores; “tu generación es un virus”, llega a decir un político a su padre Asif (Asif Raza Mir), capo de la heroína que financió la campaña electoral del hijo. En una era de aparente progresismo, los jóvenes vástagos ven a sus progenitores como psicópatas adictos al derramamiento de sangre, mas sucumben a la violencia heredada. Por tal razón, la serie se aproxima más a las tragedias monárquicas shakesperianas que a los thrillers convencionales. En ese contexto, el arco dramático de Sean Wallace es el más notable. Quien en un inicio se percibe como líder tirano e imprudente, termina convirtiéndose en un melancólico rey salomónico, con destellos de “compasión”, que lidia contra los pecados de sus padres.

Otro personaje destacado es Elliot, el policía tentado por el diablo. Una idea clave para entender su relevancia en la historia es la frase “los peones no puede ser reyes”; la insistencia en dicha acotación vaticina la posterior degradación de su íntegra personalidad. La meritocracia es cuestionada como un proceso de corrupción del alma en pos del ascenso en la pirámide del poder. Las derrotas de Luan (Orli Shuka) y Lale (Narges Rashidi) confirman ese punto; ambos poseen prioridades ajenas al monetario: para él su familia, para ella su pueblo. En cambio, Marian Wallace (Fairley) no duda en atentar contra sus hijos si de eso depende conservar el poder. 

Los episodio 4 y 5 son lecciones magistrales en el manejo del suspenso en escenas de acción para TV. Con momentos a la altura del famoso plano secuencia de True Detective, en ambas entregas sorprenden la dirección y el montaje; sin embargo, el quinto capítulo es la cereza del programa. Se trata del intermedio a la línea narrativa central, común en las series, tras alcanzar el punto de acción más alto. Lo que parece la simple continuidad paralela al escape de Darren Edwards (Aled ap Steffan), el joven gitano que asesinó a Finn Wallace, se convierte en una sangrienta matazón en la línea del mejor cine de gangsters. Si bien el mayor atractivo promocionado por los críticos es la violencia explícita, tal gore no tendría ningún impacto sin el terror construido a partir del magistral argumento; los eventos en dicho episodio son un claro ejemplo de ello, una consecuencia orgánica a la hybris del primer capítulo. 

Como especialistas en cine de artes marciales, Evans y Jude Poyer (el coordinador de dobles de riesgo) construyeron las secuencias de pelea a partir del análisis sesudo de los personajes; así, dependiendo de la historia de vida asignada a cada rol, se decidió qué tipo de mezcla coreográfica se emplearía. Aunque es imperceptible para el espectador común, tal complejidad en escenas de acción otorga profundidad al salvaje espectáculo inspirado (según el showrunner) en el vigor cinematográfico del RoboCop (1987) de Paul Verhoeven, el ambiente callejero ruso y el legado de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), ya que ambas inician con una “celebración”.

[Inicia spoiler]

Durante el último episodio ocurren cosas extrañas, razón de la mala recepción por parte de la audiencia. Tras la explosión de la Torre –el cierre lógico–, el capítulo 9 se siente como un colofón de eventos que anteceden a la segunda temporada, con un final paranoico a lo Bourne y la absurda “resurrección” de Marian. Distanciandose del gore previo, el desenlace desvía la atención hacia el corporativismo siniestro que concluye con la “inesperada” muerte de Sean (entre otros personajes esenciales) y la incorporación formal de Elliot a uno de los bandos en guerra. En un twist bien ejecutado, Sean termina convirtiéndose en el mártir del fuego cruzado; situación decepcionante para algunos, porque ya no tendremos a Colm Meaney en las próximas temporadas.

[Termina spoiler]

La lección final: el verdadero demonio no son los capos de la droga, sino los empresarios que mueven el dinero sucio. La llegada de Gangs of London (concebida como saga de películas) se asemeja bastante al estreno de The Handmaid’s Tale: una serie que, de boca en boca, irá ganando adeptos férreos y un prestigio destacado. El atractivo de la trama se debe a la diversidad del coro criminal, donde paquistaníes, albaneses, gitanos y kurdos luchan por un lugar en la escena criminal al puro estilo de (no quería mencionarlo, pero sale a colación en varias entrevistas) Juego de Tronos. Como fanboy del cine de acción, Gareth Evans produjo una brutal y sangrienta historia repleta de momentos cardiacos, carente de apologías y con una revisión dramatúrgica y artificiosa del género, alejada del acartonado “realismo social” de la BBC.  Gangs of London será un punto de referencia y agasajo visual para los amantes del thriller policiaco.

 

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