De repente, el paraíso: la poesía del extranjero

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

El director palestino Elia Suleiman (interpretándose a sí mismo) pasa sus días contemplando a todas las personas que lo rodean: el vecino obsesionado con el limonero de su jardín, un viejo cazador melancólico y los ineptos policías en las calles. Las alocadas postales son observadas en absoluto silencio, acotando sus emociones con la mirada y mínimos gestos. Un día decide viajar a dos destinos: París y Nueva York. En ambos lugares es testigo de situaciones que ejemplifican su visión del mundo, como una reproducción a gran escala de la Palestina más surrealista.

Durante los 90 e inicios de milenio, se estigmatizó a Medio Oriente como la región más inhóspita del mundo, con tradiciones exóticas y culturas hostiles. Por tal razón, Elia Suleiman explora las dinámicas cotidianas y los simbolismos de Occidente, para demostrar que todos los países son parte de un loco orden global. De repente, el paraíso es parte de una “nueva” narrativa contemporánea, la cual reflexiona los conflictos sociales (principalmente, los bélicos) a partir de la comedia negra y la sátira, siendo el cine israelí el principal exponente con títulos como Foxtrot (Samuel Maoz, 2017), Pie de página (Joseph Cedar, 2011) o Zero Motivation (Talya Lavie, 2014).

La propuesta de Suleiman es más intelectual, optando por la fractalidad sin sentido de Roy Andersson (quien también se ha interesado por los efectos de las nuevas formas de “colonialismo”), donde (a manera de mosaico) los gags conforman una postura particular sobre el “asunto palestino”. Para el director, quien ha radicado casi tres décadas fuera de su país natal, las grandes urbes comparten los mismos malestares sociales de los territorios árabes, ya que la (post-) posmodernidad impuesta por el neoliberalismo ha permeado en todos los rincones del mundo. En palabras del propio Suleiman, “el estado policial y la violencia son ahora un terreno familiar donde quiera que vayamos”.  

En De repente, el paraíso se diferencian dos formas de “modernidad”: la europea y la americana (más impersonal y salvaje que la primera). Tras pisar suelo estadounidense, las metáforas visuales de la película se vuelven críticas concretas: vemos armas por todos lados y persecuciones callejeras ocasionadas por la xenofobia. De acuerdo con el autor, el agresivo estilo de vida en Estados Unidos supera en su nivel de violencia a otras naciones en guerra, debido a la ecpatía generada por la normalización de las segregaciones económicas y raciales. Los habitantes de esas burbujas citadinas (como Nueva York) viven engañados por la ilusión de progresismo, olvidando que más allá de la periferia existen comunidades regidas mediante leyes del “viejo mundo” (sin derechos ni privilegios).  

En el caso del apartado francés, Suleiman se enfoca en la hipocresía del falso Estado de Bienestar, ya que los servicios e instituciones (como la máquina-recoge-heces-de-caballo o la asistencia a los vagabundos) sólo cubren a los citadinos privilegiados, pero no considera a los migrantes y demás sectores marginales. Frente a toda la belleza arquitectónica –símbolo de la riqueza cultural, en contraste con el poder político estadounidense– transitan trabajadores mal remunerados, homeless y personas acosadas por el sistema judicial, quienes desentonan con el estereotipo del europeo de primer mundo (con seguridad social financiada por el Estado y un buen porvenir asegurado). En ese sentido, el resto de naciones son identificadas como el mundo exótico y marginal, por no tener el capital monetario suficiente para ocultar la basura debajo de la alfombra (como sí lo hacen Francia, Estados Unidos y demás potencias mundiales).

Según el cineasta, rodar en calles solitarias o con poca afluencia fue una decisión estilística para evadir el realismo y remarcar “el estado de las cosas”. Acerca de la perspectiva árabe, sorprende la insistencia del director sobre el poco vínculo emocional con Palestina, porque las escenas más hermosas del filme se encuentran en el arranque y el desenlace, donde predomina la añoranza melancólica de su herencia cultural. Si bien la estética es bastante europea (debido a la distintiva fotografía de Sofian El Fani), las viñetas se sienten como una orgullosa exaltación de las raíces palestinas. Aunque Suleiman teoriza a profundidad el contexto del la película, De repente, el paraíso es más una experiencia sensorial que intelectual; un producto fílmico con sabor inclasificable, pero muy satisfactorio.

 

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