Wendy: otro Peter Pan destinado al olvido

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

La pequeña Wendy (Devin France) vive con su madre, la propietaria de un restaurante al costado de las vías del tren, y sus dos hermanos gemelos, Doug-O (Gage Naquin) y James (Gavin Naquin). Una noche, ve por la ventana a alguien jugar sobre los vagones de un tren en movimiento. La niña decide seguirlo y los mellizos se unen a la aventura. El desconocido, quien resulta ser Peter Pan (Yashua Mack), lleva a los tres hermanos al caribeño Neverland, donde un grupo de eternos niños viven bajo el cuidado de “Madre” (enorme pez con propiedades mágicas).

Los productores y cineastas de Hollywood tienen una fascinación intrínseca por la obra de J. M. Barrie. Sin importar los fracasos en crítica y audiencia –Hook (1991) y Pan (2015) son los trabajos más vergonzosos de Steven Spielberg y Joe Wright, respectivamente–, la industria sigue “refrescando” al personaje con una frecuencia innecesaria, ya sea respetando la visión clásica o cambiando la narrativa (como sucede en Wendy). La actualización de Benh Zeitlin consiste en regresar a la estética de Apocalipsis sureño, presente en Bestias del sur salvaje (2012), para reinventar el origen del Capitán Garfio. 

En los avances la idea era atractiva, con una Wendy más aventurera y menos maternal; sin embargo, la suma de todos los elementos resultó mediocre, debido a lo impreciso del tono: ¿es película para niños o un drama adulto? Parecido al Taika Waititi más infantilizado (el de Jojo Rabbit o Hunt for the Wilderpeople), Zeitlin pierde el norte al intentar remover los recuerdos infantiles de la audiencia. El largometraje arranca a lo Malick (mucha atmósfera etérea), después imita a El señor de las moscas y remata con el facilón cliché de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1987). De hecho, el vínculo a Peter Pan era innecesario, ya que la referencia predispone a rigurosas expectativas.

Este filme es (en toda la regla) el típico alarde intelectual de cineasta neoyorkino, divagando entre temas filosóficos para concluir con un mensaje de autoayuda (o algo de fácil lectura). Por momentos, Wendy escarba en temas turbios y perturbadores (relacionados con el nacimiento del “Capitán Garfio” y la comunidad de ancianos), pero tal oscuridad se va a la basura cuando Zeitlin se pone cursi y decide que el mensaje final sea “crecer es una aventura”. Esa urgencia por elevar el discurso a nivel trascendental arruina la experiencia; en lugar de entregarnos el entretenido surgimiento de un villano (lo cual estuvo a nada de lograrlo), el realizador se limita a una ñoña metáfora sobre la infancia (ya vista en el cine hasta el cansancio).  

Quizás, la peor decisión fue dar tanta relevancia a la mirada de Wendy, siendo que el peso dramático estaba en la relación de los gemelos. El duelo mal superado o la caza de “Madre” eran grandes oportunidades para crear los escenarios creepys de un tremendo cuento siniestro sobre el resentimiento y el odio (muy a lo Werner Herzog); no obstante, los guionistas apagan cualquier fuego en pro de filmar un producto rentable para todo público (como fue Bestias del sur salvaje), aumentando  la carga reflexiones sesudas y eliminando cualquier momento shockeante. Por esa ostentosidad, los diálogos sobre el tiempo y la vejez se quedan cortos, ya que anulan el conflicto y arruinan toda la mitología alrededor del clásico Peter Pan: el Capitán Garfio es reducido a un vejete jugando a ser malo, mientras “Peter”  es el cuidador del asilo isleño.

Tanto buenrollismo convierte a Wendy en videoclip de Sigur Ros o Lana del Rey, un sedante viaje de barbitúricos sin euforia final. Los logros de varios departamentos le quedan holgados a la Neverland de Zeitlin; el más evidente es la banda sonora. La música de Dan Romer es el verdadero soporte emotivo de las escenas, aunque el montaje es inconsistente en la incorporación de la melodía. Si bien se entiende la intención épica, los violines y tambores están sobrados durante la mayor parte del metraje, siendo un mero agregado decorativo a la plana fotografía (a cargo de Sturla Brandth Grøvlen, recordado por su trabajo en el brutal plano secuencia de Victoria).

Ni siquiera los siete años de producción le aseguraron a Benh Zeitlin repetir la hazaña del pasado. Cuando fue nominado al Oscar en 2013, la mención se sentía una exageración local (dejando fuera de la categoría a Tarantino, Bigelow y P. T. Anderson), en un intento de la Academia por renovar la plantilla de jóvenes realizadores. De Bestias del sur salvaje a su segunda película no hay gran cambio; es la misma fórmula pero aún más edulcorada, arrastrando un mensaje “positivo” que podemos encontrar en cualquier charla TED. Wendy es arriesgada en términos de producción, mas naufraga en la moderada capacidad creativa de su apocado autor.

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