Las mejores películas en blanco y negro contemporáneas

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Gracias al social media y sus filtros vintage, la cinematografía monocromática no representa un gran reto para distribuir en el amplio sector comercial. Dos películas en blanco y negro compitieron por el Oscar a la mejor fotografía en 2019 (Roma y Guerra Fría) y este año una (El Faro). Reducir la saturación de color en un largometraje puede crear atmósferas, dar profundidad a la composición u homenajear al cine clásico. Sin embargo, también es un recurso fácil para fingir complejidad temática inexistente.

Un amplio público siente aversión por el blanco y negro, debido a su vínculo con “lo viejo y aburrido”; no obstante, esa misma industria se regodea en la majestuosidad de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) o Sin City (Robert Rodriguez y Frank Miller, 2005). Con la aparición de El Artista (Michel Hazanavicius, 2011) y su triunfo entre los académicos, la ausencia de color se ha convertido en un estilo mainstream, aunque continúan las reservas a la escala de grises. Obras como Mad Max: furia en el camino (George Miller, 2015), Logan (James Mangold, 2017) o Parásitos (Bong Joon-ho, 2019) tuvieron reestrenos con versiones alternativas, esquivando la posible disminución de ingresos por cortes finales carentes de color. A la larga, estos montajes ganan adeptos como sucedió con La Niebla (Frank Darabont, 2007), cuya composición contrastante acentúa el terror y le brinda un toque serie B.

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De 1936 a 1966 se entregó un doble premio Oscar en el rubro de cinematografía, separando a las películas en blanco y negro de las filmadas a color; desde entonces, sólo los títulos de Spielberg y Alfonso Cuarón consiguieron el galardón (con 25 años de separación). Esto fue una paradoja en contra de las tendencias, ya que durante los 90 se vivió un redescubrimiento del blanco y negro con la aparición de (ahora) clásicos como Europa (Lars von Trier, 1991), El odio (Mathieu Kassovitz, 1995), Sátántangó (Béla Tarr, 1994), Sucedió cerca de su casa (Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde, 1992), Pi (Darren Aronofsky, 1998) y Ed Wood (Tim Burton, 1994), los cuales marcaron un punto de ruptura en la estética monocromática.

El blanco y negro no sólo es un recurso visual, también permite la expresión de conceptos tan abstractos como las emociones. Pensemos en Buenos días, tristeza (Otto Preminger, 1958), donde el gris permite comprender la culpa y desencanto en la vida de la protagonista. Si a esto le agregamos texturas, contrastes o desenfoques, se pueden lograr experiencias estridentes y extremas como El Faro (Robert Eggers, 2019) o A Field In England (Ben Wheatley, 2013).

En resumen, el color y su ausencia es un elemento más en la ficción; cualquier alteración de éste lleva al espectador fuera de lo verosímil, ya sea adentrándonos a un sueño, viajando a través del tiempo (cuando se homenajea al cine de oro) o saltando entre realidades (como nos enseñó Wim Wenders en Las alas del deseo).

A continuación las 13 mejores películas en blanco y negro contemporáneas.

  1. Noviembre (Rainer Sarnet, 2017)

Una joya de la fantasía, no tan conocida por los cinéfilos. Rainer Sarnet se inspira en la novela de Andrus Kivirähk para crear este locurón de cuento fantástico sobre la codicia, con homenajes involuntarios a la ciencia ficción folklórica de los hermanos Strugatskiy. Retornados, nahuales estonios, demonios y autómatas esclavizados conviven en una misma tierra azotada por la pobreza y la magia. Aunque la línea dramática parece un tanto arbitraria, la puesta en escena compensa cualquier fallo en la libre poesía visual. La cinematografía se caracteriza por el alto contraste, imitando a las ilustraciones antiguas y potencializando las virtudes del paisaje invernal.

  1. Oh Boy (Jan Ole Gerster, 2012)

Niko es un desertor universitario sin futuro asegurado; vive a expensas de su padre, pero él ya no está dispuesto a costear la errante vida de su hijo. Con ecos del underground monocromático de Las alas del deseo (Win Wenders, 1987), Oh Boy junta momentos significativos en un día de perros cualquiera. De acuerdo con el director, el “journey” va sobre “una generación que no sabe qué decir”; tal discapacidad para comunicarse lo lleva a encuentros incómodos e insustanciales con otras personas. Como si se tratara de un Ulises (el de James Joyce) contemporáneo, cada paseo por las calles de Berlín va enriqueciendo a esta comedia crítica con la generación de adultos jóvenes sin porvenir definido. 

  1. El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015)

Historia a doble tiempo sobre la búsqueda de una planta sagrada, ambientada en la Amazonia colombiana. Es alucinante el ojo de Ciro Guerra para armar este metraje en tierra inhóspita, estructurado a la manera de viaje onírico. La decisión de grabar en blanco y negro (según el realizador) se debe a la intención de borrar la frontera entre persona y naturaleza, una justificación metafórica que emula a la visión cosmológica del protagonista.

Guerra dedicó varios años para lograr tal representación fiel al simbolismo de las comunidades indígenas, en un libre trabajo de ficción. En El abrazo de la serpiente, el colonialismo y la evangelización son vistos como una oscura fuente de maldad y exterminio, mientras la selva “virgen” es un ente sabio y ancestral. La nominación al Oscar puso al director colombiano en la escena internacional y sirvió de muy buena promoción para el siguiente trabajo, otra obra maestra llamada Pájaros de verano (2018).

  1. Güeros (Alonso Ruizpalacios, 2014)

Esta road movie se alimenta bastante de Temporada de patos (Fernando Eimbcke, 2004), pero la magnífica sensibilidad narrativa de Ruizpalacios hace de Güeros un producto diferente. El director concibe una festiva comedia que romantiza la huelga de la UNAM de 1999 y el limbo emocional ocasionado. En el trasfondo de esta ópera prima se encuentran tópicos más densos, como las diferencias sociales en la Ciudad de México o el conflicto del padre ausente en la mayoría de los mexicanos; la incolora fotografía es parte de la mirada nostálgica a los últimos años análogos (cuando los cassettes y los vochos eran parte del día a día urbano). La camaradería entre hermanos y amigos es el mejor distintivo en el cine de Ruizpalacios, dotada de frescos diálogos espontáneos y memorables.

Güeros película

  1. Los ojos de mi madre (Nicolas Pesce, 2016)

Pesce (actualmente, en su peor momento después del malogrado remake de The Grudge) tuvo un resplandor de creatividad al filmar este siniestro cuento, propuesta un tanto fetichista y visceral. Tras la muerte de sus padres, la joven Francisca encuentra un método para lidiar con su soledad: la tortura y el homicidio. Distorsionando la idea de maternidad hasta los límites más perturbadores, esta propuesta sorprendió por la estética gótica que sacó provecho al blanco y negro para crear claroscuros sugerentes, los cuales dan apariencia de universo freak al relato. Según el director, intentó recrear la estructura narrativa de The Twilight Zone, usando la violencia “fuera de foco” para desconcertar al público. Uno de los mejores ejercicios de terror en los últimos años.

  1. Nebraska (Alexander Payne, 2013)

Payne es uno de esos nombres que surgieron con el boom de cine indie en los 2000. Aunque mucho de su cine se repite, Nebraska es un título que se distingue por lo divertido de sus personajes: un padre senil dando batalla a su hijo por el cobro de un premio millonario. Debido a que la película fue planeada en preproducción como road movie en blanco y negro, el presupuesto para la filmación fue ajustado, algo notorio en la austeridad que beneficia a la atmósfera decadente de la “América profunda”. La película está basada en las experiencias personales del guionista Bob Nelson y, especialmente, en la personalidad de su padre fallecido. Nebraska es una obra encantadora como pocas.

  1. Qué difícil es ser un dios (Aleksei German, 2013)

La última osadía de Aleksei German es una bestialidad colosal que a nadie deja indiferente. Desde los primeros minutos, el espectador puede “oler con los ojos” la sangre, el sudor y el fango, experiencia sinestésica producida por la cruda puesta en escena monocromática. La novela de los hermanos Strugatskiy ya había sido adaptada por Peter Fleischmann, pero en la visión de German se descartaron los elementos de ciencia ficción y se filmó un postapocalipsis medieval  gris y sofocante (que deja a Juego de Tronos como un Harry Potter cualquiera). Después de sus tres horas, el espectador quedará hastiado del caótico recorrido a través de calles invadidas por el oscurantismo. El filme es un delirio pesadillesco sin sentido, concluido en la sala de montaje por Svetlana Karmalita y Aleksei German Jr (esposa e hijo de German) tras la muerte del director.

  1. El día más feliz en la vida de Olli Mäki (Juho Kuosmanen, 2016)

Bonita, tierna y romántica; así es como se puede describir a esta película que retorna a la fórmula clásica del boxing movie, con un conflicto entre el deporte y el amor. Similar a nuestra Campeón de barrio (Rafael Baledón, 1964), la fama como boxeador peso pluma lleva a Olli a distanciarse de su novia Raija. La ambientación de los años 60 debe bastante mérito a su fotografía, la cual simula a la perfección el estilo del cine clásico (tanto en iluminación como en composición), siendo The Loneliness of the Long Distance Runner (Tony Richardson, 1962) la principal influencia del director. Sin embargo, la película no se queda en el básico drama deportivo; la ópera prima de Kuosmanen es una potente fábula sobre lo efímero de la fama y la virtud de una vida oculta (pero feliz). Como dato curioso, el director incluyó un cameo de los verdaderos Olli y Raija en el desenlace.

  1. Frances Ha (Noah Baumbach, 2012)

Dentro de la filmografía de Baumbach, esta película se diferencia debido a la colaboración de Greta Gerwig en el guion (un antecedente directo del discurso progre en Lady Bird). La protagonista está pasando por la crisis de los 27 años: sin amiga (quien tiene la vida perfecta), sin empleo (su trabajo como bailarina pende de un hilo), sin departamento (rentar en Nueva York es un lujo que no puede costear) y sin dinero. La producción “improvisada”, acelerada y de bajo presupuesto benefició a la mesurada ambientación de esta comedia que simpatiza con el mundillo yuppie de Whit Stillman (embellecido por ese blanco y negro decadente). Durante el reinado millennial, este cuento contemporáneo sobre sueños no realizados sugiere que cambiar el proyecto de vida por un trabajo administrativo no es significado de fracaso, sino una forma de adaptación y maduración.

  1. Tabú (Miguel Gomes, 2012)

Miguel Gomes cabalga el lenguaje cinematográfico hasta domarlo. Este sensual filme inicia como comedia en la urbanizada Lisboa y cierra con una tragedia romántica en África. Aurora es una anciana senil que pide ayuda a su vecina Pilar, porque cree que su cuidadora practica vudú. Tras la muerte de Aurora, un viejo amante cuenta su romance en una colonia portuguesa, varias décadas atrás. Ese contraste de géneros dio a Tabú una proporción colosal, donde Miguel Gomes reflexiona sobre cómo la actualidad ha quitado todo el exotismo a la vida cotidiana. El blanco y negro permite unificar ambas partes del filme, respetando la independencia narrativa. Lo interesante se encuentra en la segunda mitad, desprovista de diálogos y sólo acompañada por la voz en off del narrador. Inspirada por el realismo mágico, el cual continuaría en su trilogía Las mil y una noches, el filme se desborda en sublime surrealismo y salvaje drama rústico al ritmo de rock & roll.   

3. Una chica regresa sola a casa de noche (Ana Lily Amirpour, 2015)

Cuando esta ópera prima (surgida del crowdfunding y acompañada de un cómic) apareció en la escena internacional, despertó la curiosidad de muchos por ser un inteligente híbrido de western moderno y film noir con vampiros. Partiendo de una involuntaria base feminista, la protagonista es una vampiro que deambula de noche para alimentarse sólo de “hombres malos”; en el inter, la chica termina enamorándose de  un joven iraní que conoce en las calles.

Ambientada en un mundo de crimen y heroína, la película estimula a la audiencia con un drama de justicia y venganza que coquetea con la oscuridad de Frank Miller (creando una romantizada distopía en los suburbios, muy próxima a nuestros días). Continuación espiritual de Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013), Amirpour filma un fascinante universo de vampiros trasnochados que viven exiliados de la sociedad y seducidos por la anodina vida de los mortales.  

  1. Ida (Pawel Pawlikowski, 2013)

Pawlikowski dirigió un par de dramas más o menos convencionales, hasta que pegó por todo lo alto con esta transformación radical de su estilo autoral. Rescatando el desencanto monocromático de Miloš Forman y Jaromil Jireš, Ida es la historia de una novicia visitando a su tía (alto mando en el gobierno comunista) antes de ordenarse como monja. La reunión de ambas mujeres representa la confrontación entre la vocación espiritual y el ateísmo soviético (placebo perfecto para superar los horrores del holocausto), dos posturas que conformaron la identidad polaca durante la posguerra. Como también se vería en Guerra Fría (2018), el director experimenta un periodo de revisionismo histórico nostálgico, intentando encontrar los últimos resquicios del viejo mundo perdido en algún momento del siglo XX. Pawlikowski no estudió Cine (es egresado de Filosofía y Literatura), por lo que su narrativa parece una ecléctica mezcla entre poesía visual y monotonía vacía para simular la ensoñación de  los recuerdos, algo que imitaría Alfonso Cuarón en su Roma (2018).

  1. La cinta blanca (Michael Haneke, 2009)

Retomando la sátira de Escenas de caza en Baviera (Peter Fleischmann, 1969) y The nasty girl (Michael Verhoeven, 1990), La cinta blanca es un retorcido heimet que escarba entre las perversiones más oscuras de la sociedad alemana, como antecedentes directos de la masacre desatada años después. Previo a la Primera Guerra Mundial, la película transcurre en un pueblo alemán, donde suceden inexplicables actos de violencia contra sectores específicos de la comunidad. En el fondo, los niños (futuros miembros de las fuerzas nazis) se comportan como silenciosos “niños del maíz”, ejerciendo sus propias leyes de segregación y sublevación contra los adultos. A diferencia de películas previas (donde la violencia de Haneke es explícita), La cinta blanca se distingue por una atmósfera opresiva muy sutil, necesaria para apenas sugerir la maldad asimilada por una generación (sin caer en la tosquedad de los estereotipos del cine mainstream).

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