Monos: Apocalipsis Now en miniatura

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Lobo (Julián Giraldo) y Lady (Karen Quintero), soldados de un grupo paramilitar encargado de custodiar a una rehén estadounidense, piden permiso a su coronel (Wilson Salazar, un verdadero exguerrillero de las Farc) para “emparejarse”. Después de la boda simbólica, ocurre un evento que deja a la camada sin líder. El nombramiento del megalómano Patagrande (Moisés Arias) como nuevo jefe y una ofensiva del enemigo fracturan la fraternidad entre los miembros del escuadrón juvenil. Mientras más se adentren en la jungla, la tensión incrementará hasta desatar la irracional anarquía e insana locura.

En Nocturama (Bertrand Bonello, 2016), tras hacer explotar tres bombas en el centro de París, un grupo de adolescentes se esconde en una tienda departamental. Aislados de la sociedad, los chicos comienzan a asumir los roles de una tribu, consecuencia de encomendar tareas terroristas a manos inconscientes de la violencia implícita. Los protagonistas de Monos parecen los mismos niños de Bonello trasladados a la hostil provincia colombiana. Los pequeños criminales, al ser nativos de entornos con la violencia asimilada, superan los códigos de los adultos y llevan el terror guerrillero a un nivel extremo.

Sin embargo, el director evita filmar la usual apología de la miseria en el tercer mundo y las infancias interrumpidas –la escuela tremendista de Voces inocentes (Luis Mandoki, 2004)–; la película no tiene intenciones documentalistas y se presume como trabajo de mera ficción. El contexto está desdibujado y los objetivos de la organización paramilitar son ambiguos; de hecho, jamás sabemos quién es “la doctora” y la razón de su secuestro (¿pertenece a una ONG o es una espía extranjera?). La trama está tan abierta a las interpretaciones que los hechos podrían suceder en cualquier parte del planeta, ya sea en un escuadrón juvenil del IRA o de Hezbolá.  El punto central de Monos, como película antibélica, es exponer la evolución sistemática de los jóvenes reclutados en asesinos robotizados (sin ideología ni personalidad).

Las locaciones (escenarios vírgenes) tienen demasiada importancia en el desarrollo de la historia. La introducción en el páramo de Chingaza es el mayor atractivo del filme; un romanticismo salvaje azul/ocre en sintonía con la Cumbres Borrascosas (2011) de Andrea Arnold. Alejandro Landes construye una onírica interpretación del espíritu rebelde, donde se exalta la belleza del cuerpo y el combate. El beso triple entre Lobo, Lady y Rambo (Sofia Buenaventura) o la boda nocturna son postales festivas de adolescentes que disfrutan la camaradería inocente, última felicidad previa a la barbarie en la verde jungla. El suicidio de un personaje (filmado con pasmoso sadismo animal), rompe la idílica vida primitiva en los confines del mundo.

La segunda parte en la selva representa el desencanto por la lucha armada, visto desde la perspectiva de Rambo, quien reta el autoritarismo enfebrecido de Patagrande (el Coronel Kurtz colombiano). Con la traición del “revolucionario dentro de la revolución” (como nombra Buenaventura a su personaje) se desata una cacería infantil a lo William Golding (visualmente más moderada, pero con la misma intensidad). La última toma con el rostro de Rambo es un guiño al desenlace de Ven y mira (Elem Klímov, 1985), resumiendo en una imagen la destrucción psicológica de víctimas y victimarios. Dice el director en una entrevista, “vieron unirse a un ejército rebelde como una vida mejor o creyeron en la causa” y ésta sólo les dejó devastación.

Pese al atiborre de referencias al cine bélico, la película se vive como una experiencia nueva y cautivante. La valiente producción logra una obra agresiva, pero contenida a la vez; ejercicio de estilo a la altura de clásicos como Beau Travail (Claire Denis, 1999), en el que la guerra se vuelve una abstracción para reflexionar sobre la condición humana. En perfecta coralidad, cada personaje representa una nota del drama. Destaca la presencia femenina en el relato; las cuatro protagonistas aportan una  revisión de arquetipos como “la mujer trofeo” o “la cautiva” y (por momentos) convierten a los hombres en personajes secundarios.

Como sucede con el extraordinario cine de Ciro Guerra, Monos integra simbolismos al relato crudo, elevando la experiencia a un nivel trascendental. Distanciándose de la hanekiana tradición latinoamericana de “cámara fija” (presente en Porfirio), la puesta en escena de Landes tiene ritmo ágil y aporta emotividad a la agobiante tensión subversiva en CinemaScope (incrementando la calidad del metraje). Su osadía ha sido comparada con las aventuras de Werner Herzog, debido a los riesgos tomados en su filmación; no obstante, la película colombiana es mucho más rica en su propuesta. Otra indiscutible obra maestra del actual cine latinoamericano. 

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