El joven Ahmed: el fanatismo psicópata

El extremismo religioso es un tema delicado porque, quienes lo abordan, suelen desdibujar la línea entre los argumentos y el discurso salido totalmente del odio. Entre que las acciones de varios protagonistas de las historias pueden ser cuestionables por el peligro que representa y el respeto que debe existir hacia las creencias individuales, abordar temáticas del tipo siempre resultará rasposo. ¿En qué punto se debe considerar el respeto cuando en nombre de la religión se lastima a otros?

El joven Ahmed, dirigida por Luc y Jean-Pierre Dardenne, cuenta la historia de un joven yihadista de nombre Ahmed (Idi Ben Addi) inserto en la sociedad belga, la cual aglomera muchas creencias y muchos estilos de vida. Entre ellos, por supuesto, el islam en una rama más abierta a la convivencia con otras religiones y que tiene prácticas que él no considera puras, por ejemplo, la lectura del Corán con mujeres o en un idioma que no sea el árabe antiguo. De esa pureza ideológica se deriva una acción terrorista que realiza en contra de un miembro de su comunidad, la cual encamina a una aparente reflexión sobre sus valores.

Planteada en un tono expositivo inicial alrededor de la sociedad de un suburbio belga cosmopolita, la película se desarrolla -al menos la primera mitad- en la exploración idiosincrática de un fanático religioso, particularmente de un yihadista, ala del Islam sumamente criticada por la radicalidad de sus acciones, muchas de ellas terroristas. Desde el desdén a su madre por “negar” su linaje árabe y ser una “impura”, una “apóstata” -como ellos les llaman- a los señalamientos de la comunidad por la extrañeza inherente al comportamiento de alguien, de cierta forma, tan sesgado en su deber del cumplimiento del mandato divino. La ceguera justificada en una claridad personal, inentendible para los demás, incluso para la propia familia practicante.

En esto interviene otra figura fundamental, el Imam, el dirigente de la mezquita, quien como profeta, logra introducir pensamientos en el maleable joven acerca de una nueva guerra santa o cosas por el estilo. Aquí se exhibe la vulnerabilidad del chico ante la falta de acompañamiento en el núcleo familiar, encontrando un refugio y aceptación en las creencias recalcitrantes; hecho aplicable no sólo a las sociedades europeas o del Medio Oriente, igualmente en, por ejemplo, naciones como Estado Unidos donde el supremacismo blanco está ganando adeptos cada vez más jóvenes.

Si bien durante toda la película no se utilizan muchos emplazamientos en favor de una cámara móvil para acompañar el movimiento del protagonista y, posiblemente, para hacer juego con su inestabilidad psicoemocional constante, esto se potencia al momento del atentado antes mencionado. Genéricamente, el filme rompe en diferentes momentos de una exploración del enajenado a un interesante thriller matizado donde actúa un psicópata absoluto, aún si posee motivaciones justificadas en la ingenuidad de su edad o de su entorno sociocultural.

Aunque considero a esta película como un retrato lo suficientemente respetuoso del marco de una tesis religiosa que, al estar ubicada en una región diversa como Europa también involucra asuntos de clase socioeconómica, creo que sí cabe la discusión de si esta es la visión del privilegio plasmada en un largometraje sobre algo que no se comprende a totalidad. Las gafas con las que se mira. En estos casos, el respeto y el alejamiento son fundamentales para elaborar una pieza alrededor de una materia delicada, cosa que los Dardenne tienen en su trabajo, pero -como he leído por ahí- también entendería a quien viera El joven Ahmed como un cuadro pintado por unos chicos blancos que son ajenos a las dificultades que retratan, particularmente por la revelación final que llega tras una catástrofe y luce como una expiación -algo aún construido con soltura fílmica-. No compartiría esa idea, pues la trama sí evade tanto las miradas extremadamente compasivas como aquellas sentenciosas, pero la verdad no la posee nadie, ni el Imam de la cinta.

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