Las mejores películas mexicanas del 2019

En esta contraparte del primer conteo – el cual agrupa a los títulos que brillaron por sus aspectos…menos brillantes- se contempla a las producciones nacionales que tuvieron riqueza expresiva en alguna forma; aunque este año fue más complicado armar un conteo sobre lo mejor, pues el 2019 no fue un buen ciclo para el cine nacional.

Una de las luces altas fue la mejora del “cine comercial”, pues sus creadores elevaron los valores de producción e incluso pulieron narrativas. No elaboraron historias más complejas o pertinentes, sino que a pesar de sus limitantes idiosincráticas, una estructura sencilla y con el objetivo único de generar ganancias, hubo un mejor desarrollo de las situaciones para lograr comedia de más calidad. 

En el siguiente listado sólo se incluyen las producciones estrenadas oficialmente durante el 2019; es decir que aquellos largometrajes presentados en festivales importantes como Mano de obra (David Zonana) no fueron considerados. 

Menciones honoríficas: El complot mongol (Sebastián del Amo), Witkin y Witkin (Trisha Ziff), Mentada de padre (Mark Alazraki y Fernando Rovzar), Tod@s caen (Ariel Winograd) y Yo no soy guapo (Joyce García).

Mención especial: Soles negros (Julien Elie)

No es una película mexicana formalmente, pero se siente como una. Un documental que aborda un tema tan actual y pertinente como la violencia sistémica característica de este país y con tal potencia narrativa que merece una consideración especial. México es un país de documental, pues ocurren tantas situaciones, que de no retratarse con una cámara, serían totalmente increíbles. Este es mi primer puesto personal.

10. Esto no es Berlín (Hari Sama)

Con tintes autobiográficos recrea la escena ochentera de antros y la vida de unos jóvenes clasemedieros aspirantes a punketos, Carlos y Gera, quienes son los protagonistas. La aspiración inherente a la cultura mexicana -por supuesto, inserta en su cine- vira hacia una óptica diferente al representar una época de evolución en el arte y sus expresiones (como el performance), la cual no suele abordarse en producciones nacionales si no es por eventos trágicos.

Sí, hay muchos clichés de esa época, pero son manejados con la suficiente virtud para no sobrecaricaturizar la trama. Esto no es Berlín, pero hay cierta valía en retratar el centro de la Ciudad de México y Ecatepunk con la cercanía necesaria para hacer un cuadro fehaciente.

9. Guadalupe Reyes (Salvador Espinosa)

La única comedia que logró entrar al conteo. Ante las fórmulas que suelen imponerse a los géneros predominantes en la cartelera “comercial” mexicana, es complicado que una resalte por dar algún tipo de giro a su trama.

Guadalupe Reyes, una historia sobre dos viejos amigos que han ido por caminos diferentes -uno por el lado de los excesos y el otro por el godinato- se juntan para cumplir el quizá no tan ficticio reto Guadalupe Reyes, que consiste en embriagarse todos los días desde el 12 de diciembre al 6 de enero. Suena banal y algo que no se separa mucho del resto de sus hermanas comedias, sin embargo, esta destaca por la sorprendente efectividad de sus líneas cómicas y por los giros que logra introducir, leves reflexiones sobre la edad y las etapas de la vida; además de su producción algo más pulida. Punto adicional: tiene la mejor escena de godínez que se ha hecho desde su incorporación al vocabulario mexicano.

8. Belzebuth (Emilio Portes)

En este país el cine de terror/horror es casi tan consumido como el de comedia. Sin importar qué tan mal luzca, el género no suele irse desapercibido en taquilla. Qué mejor cuando una producción nacional de horror como Belzebuth es filmada con tal competencia y no fue ignorada por la audiencia mexicana.

La película destaca por las grandes licencias creativas que se toma en su historia sobre dicotomías divinas, alusiones al salvador y curas excomulgados. Eso no es común en el cine mexicano, que suele inclinarse a apariciones de una niña con apariencia cutre en una casita o en una mina -te miro, La niña de la mina-. Tal compromiso con el argumento, el cual fue llevado con la suficiente virtud para no volverlo ridículo, es un punto alto que merece gran consideración.

7. Solteras (Luis Javier M. Henaine)

En esta época de transición de ideas -y cuando el cine mexicano se resiste a modificarse, para bien o para mal- hay ciertos temas que, dependiendo de su tratamiento, se vuelven incómodos.

Las aspiraciones de las mujeres han cambiado con el paso de los años. En Solteras vemos a una mujer cuyo mayor objetivo en la vida es casarse, lo cual la lleva a tomar un curso con una especie de gurú de amarrar hombres.

Al colocarse en una cómoda zona gris entre la comedia pura y el melodrama cómico, la película no tiene tapujos para desarrollar su gracia y menos para hacer expreso el deseo de la protagonista de contraer nupcias para sentirse realizada. Con el transcurso del tiempo se desarrolla un giro que salva a la trama de caer en el irreflexivo machismo permeado en casi todas las hermanas comedias, convirtiéndola en un relato algo más consciente y actual.

6. Disparos (Elpida Nikou y Rodrigo Hernández Tejero)

La única entrada documental del conteo. Disparos se elabora a partir de los tiros fotográficos y de los balazos como tal, pues cuenta la historia de Jair Cabrera, un fotoperiodista reconocido quien, al inicio, pide refugio al gobierno español, pues es perseguido por el crimen organizado de México.

A la par del interesante relato del fotógrafo, originario de un barrio de Iztapalapa y quien justamente comenzó su carrera retratando la cotidianidad de su entorno, se hace un recuento de la violencia sistemática extendida en México, donde ya no queda nada. Desde hace algunos años el documental es la categoría que saca la cara por el cine mexicano y este año no ha sido diferente.

5. El ombligo de Guie’dani (Xavi Sala)

Guie’dani es una niña indígena zapoteca que se ve forzada a mudarse a la Ciudad de México por el trabajo de su madre, quien es empleada doméstica de una familia -muy- acomodada.

Por el desarrollo de su planteamiento, hay quien dice que se trata de la anti-Roma. No estaría tan de acuerdo ni creo que por ser ambas de un tema similar, se les deba comparar. Quizás El ombligo de Guie’dani tenga un presupuesto menor, pero la idea de la rebeldía ante la impuesta docilidad que involucra servir en la casa del otro, es virtuosa, especialmente porque eso habla de una consciencia del personaje, de un argumento con bases sólidas y un discurso ajeno a las regularidades, donde suele mostrarse a los empleados domésticos de raíces indígenas como los sirvientes ideales y siempre agradecidos con los patrones blancos.

Además, este título contribuye a la visibilización y extensión de las historias indígenas. No hay tal cosa como películas necesarias, pero sí hay algunas que son más que bienvenidas.

4. El sueño de Mara’akame (Federico Cecchetti)

Nieli es un joven huichol que tiene el sueño de dar un concierto en la gran ciudad, así como lo han logrado otros en su comunidad. Pero su padre se opone a ello, pues lo considera impuro y fuera de su la tradición de su pueblo; él cree que su hijo debe seguir su linaje y convertirse en Mara’akame (un chamán).

La historia del hijo que no quiere seguir el mandato parental no es nueva, pero lo es para el cine nacional al mostrar la mentalidad de un joven indígena que sí, probablemente fue permeado por el capitalismo y las ideas de consumo, pero que su visibilización favorece a la desestigmatización de las poblaciones indígenas. Aunado a esto, la película no abandona la iconografía huichol ni sus creencias tradicionales, creando una peculiar mezcla idiosincrática.

3. La camarista (Lila Avilés)

Rankeada quizás erróneamente -lo admito- en el conteo de 2018La camarista tuvo su estreno oficial durante el 2019 y se llevó el reconocimiento del público durante un rato considerable. Ya hemos hablado de ella antes, pero es importante ponerla en su debido puesto en este top. Un filme sobre una vida encerrada en otras.

2. Las niñas bien (Alejandra Márquez Abella)

Basada en el texto homónimo de Guadalupe Loaeza, relata la debacle de Sofía (excelente Ilse Salas), una mujer de abolengo que ve su estatus derrumbarse por las crisis que azotaron a México durante los ochenta.

El discurso narrativo, encarnado en Sofía en su entorno, revela la marcada división que existe en la sociedad mexicana: ellos y nosotros, independientemente de donde se vea. Una excelente adjetivación fílmica del imaginario mexicano, el cual constantemente persigue el imaginario burgués. Postales en movimiento de la aspiración y la crisis. Reconocimiento aparte el de ser la película que pudo quitarle varios Arieles a Roma.

1. Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón)

El séptimo largometraje de Julio Hernández Cordón matiza el tema de la narcocultura en un relato de un México no muy lejano, donde las mujeres casi han desaparecido totalmente y la natalidad ha bajado. El país está ya totalmente controlado por el crimen organizado y las autoridades son figuras simbólicas (les digo, no está tan lejos). En ese marco vemos a Huck, una pequeña niña que vive con su padre, un empleado de loss narcos, quienes se llevaron a su madre y hermana. 

La verosimilitud es el aliciente más grande, pues su relato nos es tan terriblemente cercano que se vuelve contundente, en especial con su armado fílmico tan virtuoso, particularmente en el aspecto fotográfico y de libreto. La inocencia infantil inserta en un contexto que arrebata eso y más a todos. Recordatorio y presagio que nos demuestra la valía de la suerte y la pesadez de la realidad.

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