El Faro: folklore, sirenas y scat

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

A finales del siglo XIX, Ephraim Winslow (Robert Pattinson) viaja a una remota isla de Nueva Inglaterra para trabajar como aprendiz de farero. Thomas Wake (Willem Dafoe), el jefe soez y única compañía, sobreexplota y humilla al recién llegado para corromper la aparente rectitud del empleado. Mientras el clima empeora, la convivencia se vuelve más violenta hasta llevarlos a un demencial estado colérico.

Son bastantes las películas innecesariamente monocromáticas, dado que el blanco y negro es el maquillaje efectivo para aparentar “profundidad intelectual” en una narrativa vacía de contenido. No quiero insinuar que El Faro (Robert Eggers, 2019) está sobrevalorada, pero su propuesta fotográfica se va por la vía fácil (teniendo la oportunidad de explotar toda la paleta de colores en la tradición costera del país). Eggers utiliza la austeridad y el alto contraste a la manera de Belá Tarr, e igual que el húngaro genera una expectativa pesimista sin rumbo, con el fin de generar desconcierto gratuito en la audiencia y divagar sobre Dios.

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Lo que salva a esta obra de la pretenciosidad de Satantango (1994) es su toque oscurantista, graciosa eproctofilia y el brutal final (elegante y desmesurado a la vez). Con dos títulos, Eggers ha iniciado un compendio siniestro basado en su experiencia con el lado oscuro de su natal y protestante Nueva Inglaterra. El autor cambia las cabras por gaviotas para crear un microuniverso místico lleno de ambigüedades.

El particular estilo del director (en colaboración con su hermano Max Eggers) viene de mezclar su noción del folklore nacional con la paranoia polanskiana (donde el antihéroe siente asco de sí mismo). La experiencia de El Faro es muy similar a la ofrecida por Aleksey German en Qué difícil es ser un Dios (2013); en ambas, la perspectiva perturbada del protagonista es el motor de la repulsiva atmósfera (razón del exceso de relamidos primeros planos).

A pesar de su elemental trama gótica, la película es demasiado densa debido al “involuntario” (según el director) trasfondo sexual. Si La Bruja (2015) giraba en torno a la liberación femenina, El Faro se va al extremo opuesto con dos machotes enfrentándose a la fragilidad masculina (con una controlada dosis de homoerotismo). El aquelarre y la luz desbordada del faro son los límites sensoriales vedados por la sociedad. Lejos del mundo civilizado, los personajes descubren la anarquía moral, donde el yo y superyó desaparecen para dar rienda suelta al ello. Con una segunda lectura del largometraje, lo que parece terror termina convirtiéndose en un camino hacia la libertad absoluta.  

Tan elevado y filosófico es el filme como grotesco e inquietante. Eggers conoce bien a su público y le brinda pequeños placebos antes de llegar al clímax. Lo interesante de estos “aperitivos” visuales es que son perturbadores con pocos recursos narrativos (más forma y menos contenido). Las gaviotas, la sirena, Thomas enfebrecido y la sesión masturbatoria de Ephraim terminan por dar una estructura dinámica al pesadillesco viaje hacia la locura.

Otro elemento celebrado de esta película es el humor, con perfecto balance entre guión planificado e improvisación. La beligerante dupla Pattinson-Dafoe crea un duelo interpretativo parecido al de Bibi Andersson contra Liv Ullmann. Evocando a Persona (Ingmar Bergman, 1966), dos desconocidos intercambian confesiones a medias; el resto de la verdad la debe intuir el espectador con la batalla entre fareros. El resultado final: las mejores actuaciones del año.

Los hermanos Eggers se dieron el lujo de experimentar con la producción: jugaron con lentes antiguas, sacaron provecho de la extroversión de Dafoe y dañaron equipo de rodaje; todo por el mero gusto de dar al espectador una “sensación artesanal”. La película recuerda a las obras de los grandes poetas del cine (Tarkovski, Fellini, Bresson), debido a su fuerza emotiva; la simpleza del relato resulta placentera sin saber cuál es el elemento estimulante. Desde La Bruja, el discurso terrorífico de Robert Eggers ganó una potencia alegórica fascinante y caótica. El Faro es un hermoso despropósito que todo cinéfilo necesita ver.

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