El diablo entre las piernas: ‘ok, boomer’ 

Seguro han escuchado por lo menos una vez el término “nuevo cine mexicano”. Ya se ha hablado de esto al menos tres veces a lo largo de la historia; por primera ocasión a finales de los 60 y principios de los 70 con los entonces jóvenes directores que labrarían el camino para el segundo gran momento expresivo de las producciones nacionales.

Esa camada contó con varios nuevos realizadores como Jaime Humberto Hermosillo, Felipe Cazals y, quizá el más reconocido, Arturo Ripstein, quien construyó un sello autoral a través de la exploración de temas tabú para la época: la homosexualidad, el machismo, la doble moral religiosa, el incesto, entre otros. Todo con una tremenda potencia narrativa que puso a varias de sus películas dentro de la historia del séptimo arte latinoamericano.

La gloria setentera permanecerá, pero nadie puede ganar en todas y Ripstein ha ido desgastando su carrera con escándalos como aquella demanda que metió contra el crítico Jorge Ayala Blanco, en la que exigió una indemnización millonaria por una mal comentario a Mentiras piadosas (1989), argumentando -y es en serio- que por la nota negativa, no había conseguido trabajo en más de dos años. Por supuesto que no procedió y, aparte, en ese momento el realizador no estaba sustentando en pantalla el desacuerdo con las reseñas no elogiosas… Ni ahora.

El diablo entre las piernas muestra a un matrimonio de ancianos ya en la decadencia moral, anímica y de salud total. Beatriz (Sylvia Pasquel en una actuación totalmente bipolar) es constantemente agredida verbalmente por su esposo infiel (Alejandro Suárez sorprendente pero sin ser necesariamente destacado), pues sospecha que ella es infiel. Y ya.

En lo que se supone es una exploración a las relaciones conflictivas -soñando ser una recrudecida versión de Ana, mi amor (2018), por ejemplo-, en realidad tenemos a un señor diciéndole “puta” con gran uso de sinónimos a su esposa por más de dos horas con breves y sorpresivos -e injustificados- momentos de armonía entre ellos. Inserto entre las ofensas, tenemos una verborrea distribuida en diálogos hiperpoéticos que son totalmente discordantes con el tono establecido del desarrollo: “hay que dejar todo en el pozo del olvido”, “los recuerdos nos quedan en los párpados” o cosas así. Si revisa las cintas exitosas de este director, encontrará que los diálogos son de los puntos más altos, pues se sienten plenamente naturales al relato. Ahora, que sobre esto hay una responsable: la guionista y esposa de Ripstein: Paz Alicia Garciadiego, quien ha inyectado ese sello desde que se encarga de los libreto, acentuándose con el pasar de los años.

Para una “trama” así, se utiliza un diseño fotográfico en blanco y negro (escala de grises para los exquisitos) que apuesta aparentemente -y lamentablemente- al efectismo. Si bien, esta decisión resalta algunos rincones no bellos de los cuerpos viejos de los personajes, realmente no se percibe mayor razón narrativa para utilizar la monocromía. ¿Para que luzca bonito y dé una sensación de profundidad?

En una lectura extendida -quizá rebuscada- de la cinta, consideraría que ésta es sobre la decrepitud. Todos las figuras -exceptuando a la Dinorah, la sirvienta que funciona quesque como una hija adoptiva de la pareja protagónica, pero realmente es un elemento anecdótico hasta la secuencia final- luce realmente acabada de la vida y, además, sus interacciones demuestran muchos prejuicios que existían en las generaciones anteriores, especialmente sobre la sexualidad y su ejercicio libre por las mujeres. El esposo de Beatriz se la pasa reclamándole de su juventud, cuando ella practicaba la promiscuidad -insisto, de eso va la película completa-: “cuando me contabas que estabas hasta con tres hombres en un día”. Es decir, cosas que suelen decir las personas mayores en tonadas santurronas.

Quien me conozca y/o me haya leído -o ambas y si es así, le agradezco-, sabe que a mí no me espantan las historias toscas o incómodas para el ambiente sociocultural actual, pero deben tener un propósito. Debe haber un desarrollo argumental para justificar tal o cual mecanismo, aún si éste no es agradable. Tener a dos señores deambulando en una casona sintiendo lástima de ellos mismos mientras uno agrede a otro porque sí e intercalando diálogos rebuscados, no es un argumento.

Arturo Ripstein siempre formará parte de la historia del cine mexicano. Su cine de los 70, principios de los 80 y alguna posterior estará ahí, siendo la transgresión una de sus rúbricas. En estos años, decirle “ramera” a otra persona no es ninguna disrupción y mucho menos si no tiene objetivo alguno. Cuando llegó el momento, el director Béla Tarr dijo que se retiraba de la realización porque no iba a reinventarse después de 34 años y “no quería repetirse”. Tal vez sea momento de Ripstein de hacer lo mismo.

 

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