Synonymes: escapar de la herencia judía

Aunque se considere que las raíces étnicas son constructos sociales -que sí lo son- también es cierto son perceptibles e influyentes en la vida de una persona; donde nacimos, quienes nos engendraron, bajo qué sistema de creencias fuimos criados, los primeros contactos socioculturales a los que fuimos expuestos… todo se unifica en lo que somos. ¿Es posible escapar de todo aquello?
Synonymes, dirigida por Nadav Lapid, muestra el viaje de Yoav (Tom Mercier), un joven israelí que huye de su nación y ha deambulado por ahí hasta llegar a París, su tierra prometida. Desde ahí se elabora el conflicto que le genera el no poder deshacerse por completo de su herencia judía ni de estar totalmente inserto en el modo de vida francés.

El tema de la migración es un asunto delicado en Europa. Si bien el continente europeo es concebido como el territorio más avanzado y “progresista” del planeta, la idea del mestizaje sigue siendo poco aceptada realmente y sólo tolerada más por consecuencia que por convicción. Aún existe una gran reticencia a la hibridación cultural, incluso dentro de la propia comunidad europea. Hay muchas personas del Medio Oriente que huyen de sus países por los conflictos antiquísimos que padecen sus naciones, buscando los amarillentos pastos del “viejo continente” para tener una mejor vida y adoptar -en la medida de lo posible- la idea de una vida aburguesada y en el progreso.


“¿Por qué Francia?”, le preguntan a Yoav. Él no puede dar una respuesta certera, pero ya compró un pequeño diccionario hebreo-francés. Presentado desde el extraño comportamiento del protagonista y sostenido por la inestabilidad de la cámara cuando el personaje se encuentra en la calle, este desequilibrio permea todo el desarrollo. La ajenidad ante el entorno acomodado y extrañamente tranquilo donde todos sólo se preocupan por sí mismos se vuelve incómoda, pero es algo con lo que debe lidiar mientras repasa solitariamente palabras en francés.

También, retratando escenarios posiblemente -quizá seguramente- reales, la película expone otras situaciones que viven los israelíes en el extranjero, como la interacción con las agencias de inteligencia de su país o el ser perseguidos por exilio. La libertad anhelada se complica. En una escena peculiarmente interesante, Yoav abre las rejas de la Embajada Israelí a sus compatriotas que esperan en la lluvia y grita que no hay fronteras. Apartando el momento de peculiar histrionismo en donde el estelarista queda en medio de un mar de gente mientras mira al cielo como si se tratara de una liberación interna, es una escena de potente discurso político en favor de la migración. La caída de las líneas imaginarias, muros simbólicos de contención.

Sin embargo, por mucho que desee la emancipación de las raíces, es imposible deshacerse de ellas. Es parte del camino transitado y por cubrir. Entre el letargo de comer la misma pasta de un euro porque la vida aburguesada es muy costosa y la necesidad de dinero, Yoav cae en una “sesión de modelaje” en la que un pervertido le pide que se desnude y diga cosas en su idioma natal.

Este es el momento de quiebre, pues la desesperación hace que explote en gritos de “¿qué carajo hago aquí?”. El contexto del momento y la construcción de la trama dan a entender que no habla de estar frente a este tipo, sino en ese país, en esas circunstancias de franco refugio. Hacia el final hay otra secuencia ya de plena locura que ya involucra violencia y la completa pérdida del sentido de armonía, detonada por enfrentar la idea de que estar en otro territorio no es tan satisfactorio como pensaba.

Synonymes expone en nota alta un argumento llamativo del hombre disgustado ante un ambiente tranquilo, pero que resulta hostil. Además, contiene diversos momentos formalmente virtuosos que intercalan estructuras cinematográficas atractivas, especialmente en el trazo fotográfico. Eso sí, no pude evitar pensar que, sí, con un discurso y hechura mucho más complejo, pero la historia es similar a la sandleriana No te metas con Zohan (2008)… En fin, no me haga caso… pero sí.

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