High Life: sensaciones en el vacío

“No somos nada” es una frase que puede escucharse en los funerales. Se le dice a los familiares o personas cercanas al fallecido para expresar condolencias. Este tipo de expresiones, comúnmente huecas y vacías, suelen cargar con significados más amplios de lo que aparentan y con posibilidades de aplicarse en otros contextos.

Por ejemplo, queda perfecta para referirnos a High Life (2018), décimo sexto largometraje salido de la peculiar cosmovisión de Claire Denis. La película cuenta sobre un grupo de criminales peligrosos, quienes son mandados a una misión de descubrimiento al espacio, con la casi total certeza de que nunca volverán. Cruel manera de reinsertarles a la vida útil. Dentro de ese conjunto destaca el protagonista Monte (espléndido Robert Pattinson). 

Si un grupo de personas estuvieron decididas -casi forzadas, según nos cuentan- a embarcarse en una misión suicida por un proyecto del que no había seguridad alguna más que la tecnológica, entonces ¿qué son? ¿Conejillos de indias? ¿Desechos humanos? Los apestados de la sociedad, es decir, prácticamente nada. Esta reducción de la cualidad humana tras ser expulsados a la fuerza de su planeta en el nombre de la ciencia es reforzada por la voz en off de Monte, quien lamenta su situación al saberse parte de un capricho engendrado por alguien que quiso descubrir el espacio, o sea, la nada. Igualmente, en varias líneas del resto de la tribu.

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Ahora, este clan habita una nave espacial que provee todas sus necesidades básicas, las cuales son amenazadas cada 24 horas si no hay un reporte de avances. El contacto con el otro se reduce únicamente a las mismas personas por años -terrestres-, medida de tiempo insuficiente para el cosmos. En ese caso, ¿siguen siendo humanos? Si el contrato social se suprime casi por completo, lo suficiente para que el instinto predomine en su comportamiento, pero no tanto como para olvidar el lenguaje, ¿en qué punto están? La mitad que puede traducirse en ninguna parte. De nuevo, la nada.

La semiabrogación del carácter humano queda adjetivada en dos escenas clave: la violación de una mujer por su compañero criminal, quien no puede contener más sus impulsos al verse insatisfecho sexualmente, y la violación de Monte, llevada a cabo por Dibs (potente Juliette Binoche), la doctora encargada de la “salud” de la comunidad, pero especialmente encomendada a concebir un bebé mediante la inseminación de las mujeres a bordo. Ella carga con el trauma de haber asesinado a sus hijos, mostrando su obsesión por cumplir la tarea para fungir como madre postiza de la criatura ante su incapacidad reproductiva. Los impulsos de ambos perpretadores fueron los catalizadores de sus actos, omitiendo por completo el comportamiento aceptado hacia el prójimo. ¿Qué es quien actúa guiado por nada más que su instinto o bien, una naturaleza construida por su entorno?

Al mostrar una violación de una mujer hacia un hombre y tras ser cuestionada por no poner “roles femeninos positivos” o “fuertes”, la directora respondió con molestia: “…no soy una trabajadora social”. Fuera de tratarse de una respuesta que denota una agilidad impresionante, es una línea que exhibe congruencia discursiva. El argumento de la película no gira alrededor del género, aun si las lecturas que permite lo involucran de alguna manera. Es la reducción de la condición humana en un entorno astral que, sí, da para interpretaciones múltiples, pero que no se reduce a un plano de agenda unidimensional. La visión de la autora se impone a lo que rodea a la película.

Este cúmulo de discursos (posibles) y sensaciones queda representado con grandiosas composiciones plásticas del espacio inexistente para nosotros, imaginario para todos -en la realidad-, pero común para los personajes. Las imágenes del cosmos son excelentes para enseñar el absorbente negro y los brillantes colores contrastantes. Para capturar las acciones de la nave, se opta mucho por el close-up que fragmenta los cuerpos, enfoca emociones como tristeza, enojo, desesperación… todas propias de enfrentar el vacío.

High Life, debut en el idioma inglés para la realizadora, aun con su desarrollo parsimonioso, es una compleja analogía sobre la vida y su fragilidad, sobre la gran inmensidad de la nada. Una pieza expedida de la brillantez de Denis que reduce al espectador a un mundo donde predomina la sensación ante la razón. El todo fílmico y la nada discursiva.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

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