Maldito cielo: más que una historia sobre yonquis

Las primeras secuencias de Maldito cielo (Nathan Silver, 2015) vaticinan un desarrollo y una historia quizá convencional. La tranquilidad y la alegría se asoma, pero la crudeza suelta una suave bofetada. Los minutos avanzan y nos damos cuenta que la disfuncionalidad es lo único que une a los personajes. El escenario: una casa en un suburbano de Nueva Jersey en la década de los noventa, donde habita un grupo de personas ex adictas a las drogas. La presencia de jóvenes y veteranos marca una pauta interesante, ya que no se trata de un mal generacional. 

La regla es estar limpio, y quien lo incumpla, debe abandonar la casa. Nadie duda de las medidas a  tomar si alguien la rompe. Sin embargo, cuando esto sucede, las seguridades comienzan a desvanecerse. ¿Qué hay afuera para un ex adicto?, ¿a dónde iría alguien que en los últimos años no ha olvidado la droga porque, paradójicamente a lo que se esperaría, no ha estado aislado de ese ambiente? Todos habitan ahí por la misma razón, su pasado se fracturó por los mismos efectos, todos están huyendo. Y no pueden olvidarlo, porque desearían no tener que robar en supermercados, encontrarse con ex amores que les digan que son un asco, tener que compartir el excusado, el automóvil, vender té fermentado a unos cuantos dólares.   

Pero Nathan Silver no se limita al tema psicotrópico. Maldito cielo, su quinto largometraje, no se resume como una película sobre yonquis y ex yonquis y estados depresivos por síndrome de abstinencia. Ahí está Ann (Hannah Gross), quien llega a la casa de manera abrupta en busca de ¿reconquistar? a su ex amante, una mujer del grupo. En su trama se percibe un claro ejemplo del poder del subtexto, y de las palabras de Bernardo Esquinca: lo que no se dice a veces es más inquietante. Es un personaje que causa embrollo. La de ella es una adicción emocional, tal vez más espinosa que la del resto. Convive a medias, y su rostro guarda un poco de esperanza a diferencia del de los demás. Aguarda el momento para espabilar, y cuando el entorno se apodera de ella, vemos que tal vez sólo buscaba un sitio en donde gritarle y enfrentar al pasado sin pudor. 

Entre los mayores aciertos se puede enlistar el formato betacam en el que se filmó, la libertad en los movimientos de la cámara, así como el poco estructurado desenvolvimiento de los personajes, ya que hacen de Maldito cielo una película más aterrizada en el sentir real de los momentos más ominosos que suele enfrentar el ser humano. No hay vergüenza de ser, no hay necesidad de parecer ser. 

La película oscila entre recientes propuestas que han retratado a la juventud que ha violado los límites de lo “bien hecho”, como American Honey, y documentales como The wolfpack, que sin una estética visual de trazos limpios, logra mostrar la obligada intimidad emocional entre sus miembros que a diario peligran caer en la claustrofobia.  

Meterse con la adicción resulta caro. Botarla se cobra lento y el costo no se percibe hasta que está casi saldado. Pero ahí, en el último jalón, resulta que no hay escapatoria. El sujeto ha sido robado, y el abandono no es posible. ¿Este es el destino que espera a los personajes de Maldito cielo? No podemos asegurarlo, porque no hay tiempo de ver al futuro, sólo hay pasado; de eso se alimentan y es lo que ahora son. 

Puedes verla en FilminLatino

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.

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