Aquellos que están bien: lejos del glamour de Suiza

Suiza se distingue por un nivel alto de bienestar, por lo que es percibido como un lugar hiper avanzado, donde no hay crimen ni injusticia, aunque con cierta apertura en el concepto, puede considerarse un paraíso fiscal…pero ese es otro tema.

¿Por qué alguien tendría la necesidad de estafar? Aquellos que están bien (2017), ópera prima de Cyril Schaublin, desarrolla un relato ubicado en una región alejada del glamour de Zúrich. Alice (Sarah Stauffer) trabaja en ventas telefónicas de seguros y planes telefónicos; el público objetivo -target, dirían los de publicidad- son ancianos de edad avanzada, susceptibles y manipulables con el contacto efímero.

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Alice descubre un área de oportunidad para obtener grandes cantidades y se hace pasar por amiga de un familiar de los ancianos. Con unas cuantas palabras sensibles y abusando de la confianza y estado endeble de los viejos, logra sacarles mucho dinero en efectivo.

Sin soltar el hilo conductor, se extienden varias narrativas que conducen al núcleo en un eficiente tratamiento de la cotidianidad, manejada como contemplación. La película comienza con una señora y dos señores platicando tranquilamente y, a manera de anécdota, ella comienza con el relato de las estafas. Desde ahí se nos dirige al desarrollo anticlimático que, con franca lentitud, presenta todas las situaciones alrededor de los crímenes. Los policías especializados en bombas que cuchichean sobre la terrible calidad de su red celular y su compañera que les recomienda a su proveedor, los detectives que reciben informes de posibles fraudes realizados a ancianos y que se quejan de su aseguradora, la tranquilidad en la que vive Alice… Es decir, dentro de un eje definido, se abordan estos microcuentos en una interesante forma de abordar la mundanidad.

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Incluso en la protagonista no parece haber emoción o motivación alguna para realizar estos abusos de confianza. No se muestran carencias, traumas o algo que pudiera motivarla a hacer esto. Esta es una idea interesante tanto en narrativa como en psicología. ¿Acaso siempre tiene que haber una razón? Quizá sí…pero quizá no. Dependiendo de la óptica, un atropello cometido sin necesidad o pretexto mayor puede lucir como un acto de enorme maldad… o como un acto guiado por nada más que la conveniencia, el ocio o cualquier cosa llana e inexplicablemente humana.

En cuestiones formales, el diseño fotográfico asemeja a un seguimiento incógnito de las acciones, pues la cámara, como si se estuviera escondiendo, se ubica alejada para capturar a las figuras en un largo plano general. Por ello podemos ver cables de luz atravesados en la toma, gente cruzando, árboles y otros elementos del diario que componen un particularmente sobrio panorama de lo ordinario. En las ocasiones que se requiere, por ejemplo, seguir el movimiento de un automóvil, se utilizan extraños tracking shots, algo que refuerzan esta noción del ojo incógnito.

Frías las formalidades y la historia, pues incluso en momentos como cuando la protagonista pasa por cateos de los agentes antibombas, se logra zafar con una simpleza que asombra. Imaginemos esta coyuntura en otra cinematografía como la estadounidense, el drama explotaría. Incluso el final es de lo más impasible, tal como el final de una anécdota a la que le faltaran piezas, lo que es sumamente congruente.

En lo que se puede leer -y lucir- como una película blanda, se encuentra una primera incursión en la dirección de Cyril Schaublin que demuestra capacidades cabales en el manejo de tesituras pasivas, casi estáticas, pero que no dejan de ser llamativas. Un filme sobre lo normal que no deja de ser anómalo -como puede ser un fraude- e impregnado de eficiente quietud.

A partir del 8 de julio podrás verla en el 39 Foro de la Cineteca Nacional.

Fechas y horarios. 

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

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