Aladdin: el ¿necesario? regreso de los clásicos de Disney

La primera Aladdin (Ron Clements y John Musker, 1992) es parte de los nuevos clásicos de Disney, realizada en su etapa de renacimiento durante la parte tardía de los 80 y los 90. Incluso fue brevemente la película animada más taquillera antes de que llegara El Rey León (Roger Allers y Rob Minkoff, 1994), otra obra mayor.

Como ya he dicho en otras ocasiones: en estricto sentido, no existe tal cosa como las películas necesarias. Digo, nadie puede llenar una forma a las majors y pedirles películas, ya sean originales o nuevas adaptaciones. Entonces, ¿qué tan necesario es el panorama actual del cine mainstream?

Ya que dijimos que el consumidor tiene realmente poca injerencia en la agenda de producción, es obvio que estamos inmersos en una nueva ola de remasterización de los Clásicos de Disney. Quizá ya no se recuerde por lo olvidable que fue el producto, pero esta malaria… digo, tendencia empezó -ya formalmente y como un camino a seguir por la productora- así como en 1994, con El libro de la selva (2017) ahora dirigida por Jon Favreau- y cuya mayor virtud fue una sorprendente utilización de la potencia gráfica del CGI. Antes hubo otras, pero con esa vieron que había dólares por la vereda de la nostalgia.

Si usted vio la primera, ha visto la mayor parte de ésta. Es la historia de Aladdin (Mena Massoud), una “rata callejera” con gran corazón que debe robar para vivir, robar para comer -espero haya entendido je, je-. En un encuentro fortuito, salva a la Princesa Jazmín (Naomi Scott) de sus propios guardias, pues ella escapó del Palacio para ver el mundo como es su anhelo. Se enamoran, pero no pueden casarse porque él no pertenece a la realeza. Luego se encuentra al genio (decente Will Smith), pide que eso cambie en el exterior, enfrenta al malo que quiere ser sultán y demás. Aunque existe el mismo hilo conductor del romance posible a pesar de las legislaciones arbitrarias y las distintas posiciones económicas, hay divergencias notables con respecto a la versión animada, especialmente en cómo se maneja la mentalidad y sus consecuentes discursos hacia el exterior, hacia el espectador.

Desde su anuncio, el corporativo roedor dejó ver que los pilares para este remake sería el respeto de la identidad étnica hacia los personajes, la multiculturalidad y que estaría “cargada de acción” -sea lo que eso haya significado-, siendo ese el motivo de la elección de Guy Ritchie para la dirección, teniendo un trasfondo en el cine coloquialmente conocido como “de acción”.

Aun con que sí hubo tal “fidelidad” étnica con la elección del actor protagónico oriundo de Medio Oriente, notamos que sólo hubo tal en el elenco secundario. Las elecciones de Will Smith -gringo- y Naomi Scott -quien tiene raíces ugandesas-indias-inglesas, más no mediorientales- en los papeles más importantes, revelan que tal proclamación en favor de la inclusión puede modificarse según las conveniencias económicas. No iban a poner a más de un nombre incipiente en los estelaristas.

Hablando del argumento, notamos que, conservando la esencia de la primera, hubo modificaciones sustanciales en el desarrollo. Los 38 minutos adicionales de ésta versión -128 contra 90- se van en un exagerado despliegue musical y cómico, en los que el relato se apoya principalmente en pequeños picos con Smith que no siempre son efectivos, además de desarrollar una subtrama crucial para los propósitos mercadológicos, discursivos y narrativos del filme: la coronación de una sultana.

En la antecesora, Aladdin es elegido por la Princesa Jazmín para ser su esposo, tras demostrar su buen corazón y una modificación que hace el sultán en las leyes de Agrabah. En ésta, Jazmín constantemente expresa su deseo de ser mandamás, abogando por su preparación y capacidades para gobernar.  Poco antes del final hay un número musical en el cual ella grita que no permanecerá callada y desvanece -literalmente- a los guardias que la tenían apresada. Con el avanzar de los minutos y tras una derrota ridícula de la versión más fome que pudieron recrear de un villano, ella se convierte en reina para ella cambiar la ley y poder casarse con el plebeyo. El -parcial- momento culminante de inclusión… de la agenda liberal estadounidense.

Ahora, usted puede pensar que este matiz ideológico es insertado a calza por propósitos de imagen pública y… tendría razón. De hecho, esto se siente inoportuno con el momento y la música es bastante deslucida. Sin embargo, considere que cada obra es testigo de su tiempo y este discurso en favor de la equidad de género es una idea que habla de nuestra época. Ya depende de cada quien las ideas que quiera aceptar y consumir.

Salvo la primera secuencia donde vemos una agraciada interpretación del número de apertura Noches de Arabia, Aladdin del 2019 se percibe más como una actualización estrictamente discursiva de un argumento cuyo ritmo y realización tiene muchos aspectos desdichados -¡vea la pantalla verde!-, que una nueva adaptación fílmica de un clásico. Pero bueno, al menos no mostraron tanto esa versión azul perturbadora de Will Smith, a quien vemos rapear en el acto de los créditos. Ya ve que el rap es muy de la cultura árabe. Disney siempre fiel.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

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