La daga en el corazón: la simbiosis del goce y el peligro

No hace falta ir demasiado lejos para ver, en una misma página, sexo y muerte. Eros es el dios del amor, Thanatos personifica la muerte, y tras los estudios psicoanalistas uno representa la pulsión vital, sexual; el otro, la destrucción, la finitud. Y están tan íntimamente ligados que son prácticamente inseparables. Esta dupla tan conocida y explorada configura de principio a fin el segundo largometraje de Yann Gonzalez, La daga en el corazón (2019).

Anne pasa por una ruptura amorosa, al mismo tiempo que tiene que ser detective, pues los actores de las películas de porno gay que produce y dirige están siendo asesinados misteriosamente. Sin complicaciones la película desarrolla su argumento, de tal modo que hay coherencia y continuación entre el contenido, la forma y el estilo para plantear lo indivisible del amor y el dolor, del placer y la muerte.

En la primera secuencia, Gonzalez se vale de todos los elementos cinematográficos para poner de manifiesto la simbiosis del goce y el peligro. Sucede el primer asesinato, se desestabiliza el mundo narrativo y se establece la estética de su película. Posterior a este encuentro sexual de sumisión absoluta, donde la música pasa de un estado de seducción a uno de ternura y finaliza de manera violenta, la cinta se sigue desarrollando en paralelo: Anne es la pulsión amorosa, el asesino, el impulso tanático.

Historia, personajes y principalmente el género cinematográfico explota esta duplicidad.  El cineasta francés dirige la travesía emocional y policiaca de Anne como una tragicomedia envuelta en un thriller. Debido a las rupturas dramáticas que provee el género tragicómico, podemos pasar de una escena sexual exagerada, a un asesinato sangriento; o de una confesión de corazón roto a otro asesinato violento, o a un elemento risorio. Y esos mismos vaivenes de emociones los vive la protagonista, se transmiten en la música, y encadenan la secuencia de acciones de todo el filme.

Pese a que se disfrute el estilo visual que no niega sus influencias del cine de los 70, no es suficiente para sostener toda la película. Después de un principio que presenta adecuadamente una amalgama erótico violenta, lo que fuera un acierto se convierte en una maldición. El conflicto no se complejiza, sigue en línea recta hasta perder fuerza, y cae en lo repetitivo debido a lo emparentados y complementarios que se vuelven Anne y el asesino. La relación entre los homicidios y el personaje de Paradis es el único elemento que queda para mantener la intriga. Dependiendo de qué tan severos seamos con la película, podríamos describirla como transparente o predecible.

Finalmente, además de destacarse el diseño de producción que rememora bien al cine de serie B, también cabe mencionar la relevancia que Yann Gonzalez da a las películas en sí mismas. Pues tanto para el amor como para la muerte, el cine puede ser ese lugar y tiempo para regresar a lo inacabado; inclusive, en medio de sexo hiperbólico y sangre de utilería, puede ser un espacio para la memoria.

Denise Roldán

Talents press FICG 2019. Por indecisa, soy locutora, guionista y cantante de karaoke. Pero siempre regreso a la escritura, ¡siempre!

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