El lugar sin límites: un drama apasionante

“Yo soy el plato fuerte, corazón”

La Manuela

Un hilo rojo es el corazón del conflicto en un pueblo donde no ocurre nada. Una camioneta del mismo color se abre paso entre las calles. Las casuchas y  avenidas de terracería atestiguan el vestigio de lo que alguna vez fue un sitio en apariencia próspero.

De la obra homónima de José Donoso, Ripstein estructura un drama apasionante. Contenido en los anhelos de La Manuela, un travesti venido a menos quien funge como co-propietario del prostíbulo del pueblo. Pancho es su contrapunto necesario, típico macho-homosexual-closetero que irrumpe con la tranquilidad del poblado.

El choque de fuerzas se plantea por medio de la ansiedad de ambos personajes por encontrarse; el primero es el testigo inequívoco de un pasado que ya no es, el segundo representa lo nuevo. El montaje de Ripstein retoma el principio y se contagia del ansia, no le satisface el dilema presente y nos lleva al pasado del sol en torno al cual gira todo. La Manuela es el centro de la constelación, que torpemente se mueve al ritmo de sus pasos de baile.

A través de él se nos presenta a un reparto del que destacan Fernando Soler como el cacique del pueblo, Lucha Villa como la legendaria dueña original del prostíbulo y Ana Martín, la japonesita.

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El travesti celebra mientras es abucheado por hombres que desean poseerlo en secreto. Pero que representan la frustración de no tenerle a través del insulto. La cámara de Arturo aguarda paciente, a través de planos fijos se limita a observar las acciones que se desarrollan frente a él.

El rojo será un color constante en el metraje. Sus matices representan, oprimen e inclusive se adhieren a la piel de los personajes a través de la vestimenta. A La Manuela le interesa coser un viejo vestido, signo inequívoco del deseo de poseer a Pancho. Coserlo será la empresa del protagonista, usarlo el fin último.

Ataviado con la prenda otorga una de las escenas más bellas del cine mexicano. Roberto Cobo se abandona al personaje, baila, seduce, coquetea y se deja llevar por el ser que interpreta. Gonzalo Vega es un espectador más, sonríe nervioso, observa con cautela, se tensa ante la magnitud del intérprete que se erige frente a él. El resultado de la danza es funesto.

Lamentablemente, aquel baile y su resultado continúan vigentes al día de hoy, ese lugar abandonado a la suerte podría servir como metáfora del México actual. No es que Ripstein se adelantara a su tiempo, es nuestro país el que se estancó. Apelando a las palabras de la japonesita, quizás recuperemos el camino: -A lo mejor, cuando él vuelva, ya nos instalaron la luz-.

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