Cómprame un revólver: nada tan precioso como la suerte

Me da un poco de roña, pero es innegable que existe algo llamado narcocultura en el entretenimiento actual. Este núcleo temático se caracteriza por “desarrollar” tramas sobre el narcotráfico como negocio o sobre algún capo, comúnmente presentando los crímenes como hazañas y a estos sujetos en un punto muy cercano a antihéroes. Independientemente de las implicaciones éticas de seguir dándole exposición a un asunto tan delicado, no todas las vertientes de la producción lo manejan igual.

Los tratamientos van desde esta mencionada glorificación como hace algún gigante del streaming -saben de quién hablo- a una mirada más reflexiva como han hecho otras producciones lejanas a los reflectores como, por ejemplo, La libertad del diablo (Everardo González, 2017) o Pájaros de verano (Ciro Guerra y Cristina Gallego, 2018).

Cómprame un revólver, séptimo largometraje de Julio Hernández Cordón, enmarca su relato desde un México distópico -lamentablemente cercano- donde todo el territorio ya está controlado por el crimen organizado y, dados los feminicidios, ha disminuido la natalidad por la falta de mujeres. En ese hórrido contexto se cuenta sobre Huck (Matilde Hernández), una pequeña niña que vive con su amoroso padre (Rogelio Sosa) que tiene problemas de drogadicción detonados por la pérdida de su esposa y su primogénita a manos de su propio empleador, un sanguinario capo (Sostenes Rojas). 

Conociendo la situación violenta que atraviesa nuestro país, la verosimilitud es el primer impacto al público de la trama, pues todo parece tan cercano, tan inminente. Huck, aunado a ser protagonista, sirve como narradora en off de algunos aspectos de su entorno. Ella explica, entre otras cosas, cómo usa un grillete para que no la roben, pues “ahí se llevan todo” y cómo su papá, a falta de un patrimonio decente, busca heredarle su suerte. Es decir, este acompañamiento de voz, aparte de ser un recurso narrativo que agrega cierta carga dramática, sirve como constante recordatorio a la audiencia de la siniestra realidad a la que se ha llegado, donde una pequeña niña se ve forzada a elaborar los sucesos que sobrellevan con inmunda normalidad. Siendo la improvisación el principal elemento del libreto, a cada interacción se le agrega una singular carga de naturalidad e ingenuidad, pues la estelarista no es una infante actriz con preparación, aunque se nota muy pocas veces.

La inocencia como perspectiva principal en una odisea de supervivencia no sólo yace en Huck, también en sus amigos que forman parte de una peculiar resistencia. Todos convencidos de que “los malos” deben ser castigados y uno de ellos con la venganza como motivación por haber perdido su brazo ante ellos -por robarles algo-, son lo más cercano a una fuerza opositora contra este gigantesco mal. En una lectura extendida y no explícita, esto sirve para meditar sobre la pérdida del estado de derecho y la falta de instituciones competentes que ahora padecemos. ¿En qué lugar derruido debemos estar para que unos pequeños sean el contrapeso ante esta opresión de un poder fáctico, aparentemente más poderoso que cualquier otro oficial?

Y es esta inocencia que se va desvaneciendo por la crudeza del mundo real, circunstancia adjetivada en uno de los puntos climáticos de la película, donde con una sorprendente simpleza, dispara a quien se había convertido brevemente en su aliado: el capo. La violencia siempre queda en un punto simbólico, pues nunca se ve con todo el rigor, sino que queda a la imaginación de quién la mira. Algo ingenioso dependiendo de la óptica.

Contrario a la espontaneidad de los diálogos, el diseño fotográfico no luce nada improvisado, sino eficiente y congruente con la trama. Los planos van desde el general que contextualiza, al close-up que captura todo el inocuo desconcierto de un infante que vive en el infierno, al cenital que hace parecer a lo vehículos que transitan entre retenes como pequeñas piezas de un perverso ajedrez.

Cómprame un revólver es recordatorio y presagio. Una mirada reflexiva y no apológica hacia el fenómeno del narcotráfico en este país, que ha llegado a un punto escalofriante. La inocencia se encuentra con la crueldad en este relato, donde se confirma que en un país como éste, no hay nada tan precioso como la suerte.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

Nuestro comentario en Cine para todos 

 

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