De la infancia: un potente retrato de la niñez mexicana

La censura para el cine mexicano no es, desafortunadamente, una cuestión extraña. Hay casos renombrados como los de La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960) y Canoa (Felipe Cazals, 1975), censuradas por su contenido crítico ante las coyunturas de su tiempo. Cabe señalar que, en esa época, la cinematografía nacional -y el país- vivían circunstancias muy diferentes, con un régimen sumamente autoritario que tenía cooptadas todas las instituciones. El cine siempre ha dependido del Estado, por lo que éste también debía ajustarse al discurso que las autoridades querían mostrar.

Según desde la “transición democrática” (ojalá se pudieran poner más comillas) del año 2000, se han dado avances en cuanto a la libertad de expresión en este país. Entonces, ¿censura en el Siglo XXI en una de las naciones que siempre se jacta de estar cada vez más cerca de formar parte de los desarrollados? ¡¿Cómo va a ser?!  Pues sí, y le sucedió al tipo detrás de El crimen del Padre Amaro (2002) -que también sufrió intentos de prohibición-: Carlos Carrera. ¿Qué sería tan grave como para ‘enlatar’ algo por casi 10 años?

La producción de De la infancia terminó en 2009. La historia aborda la caótica situación familiar de los Niebla, pero centrada en los niños Francisco (Benny Emmanuel) y Damasco (Gael Zárate). La crudeza particular de los matices de esta trama quizá no agradó  a las viejas buenas costumbres que gobernaban en ese entonces.

Ubicado en el contexto de marginación de una colonia popular de la Ciudad de México, este relato acentúa, desde la primera secuencia, como las condiciones de desarrollo en la etapa infantil son determinantes para el resto de la vida. Para esto, se vale de intensificar varias situaciones que viven los pequeños personajes; sin embargo, éstas no se notan exageradas, pues al observar la realidad social mexicana, sabemos que son perfectamente verosímiles.

También se maniobra con otras ideas como el aislamiento, la imaginación infantil y la imperiosa necesidad de proteger a los niños. Esto último adquiere relevancia narrativa cuando intervienen fantasmas -literal- para auxiliar a los protagonistas en situaciones de riesgo; recurso del género de horror que, ya ajustado en el escenario de afectación a los chamacos, hace sentido a pesar de la horrible apariencia de las ánimas.

El potente libreto se ve apoyado por las provechosas actuaciones de todo el elenco, sobresaliendo la de Damián Alcázar como Basilio, el padre de los hermanos. Su papel del patriarca agresivo e inestable es interpretado con gran soltura; además, con su rol se explora un trasfondo interesante que aborda los traumas del pasado como cimiento del futuro. Siempre es más complicado asimilar acciones fuertes cuando involucran niños. Sin demostrar grandes dotes histriónicos, las gesticulaciones que hacen los infantes sí demuestran las sacudidas emocionales que reciben.

Encuentro ecos ligeros de Los olvidados (1950) de Luis Buñuel en la estructura, particularmente en la exhibición de la niñez como seres sexualizados y que suelen sufrir agresiones de este tipo. La inocencia peligrante en un mundo así de absurdo y cruel.

De la infancia impacta por su brusquedad y se convierte en un efectivo retrato de la niñez mexicana de clase baja: la que lidia con carencias, terribles problemas familiares y un entorno que no hace más que endurecerlos. Un recordatorio peculiarmente real sobre lo endeble de la sonrisa infantil. “Infancia es destino”, dijeron por ahí.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

 

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