Leto: el rock rojizo

Siempre en constante transformación y, quizá, en una actual etapa de redefinición, el rock ha sido un género musical fundamental en la modificación de las estructuras sociales. Desde los pioneros como Chuck Berry a los disruptores Rolling Stones, o en las diferentes variantes que han surgido, el rock es la banda sonora por excelencia del reajuste.

La tradición del rock proveniente de la extinta Unión Soviética no es muy extensa ni conocida en occidente, pero existe. Leto (Serebrennikov, 2018) se ubica en el preámbulo de la Perestroika, cuando la caída del socialismo se vislumbraba y el capitalismo estaba al tiro de gracia para dominar. En ese marco, la película cuenta brevemente -y con varios elementos de ficción- el nacimiento artístico de Viktor Tsoi (Teo Yoo), figura indispensable en la historia del rock ruso -aunque suene extraño-.

Desde el inicio se establece una contextualización de cómo se percibía el rock en aquel territorio. A pesar de que el Club de Rock de Leningrado se podía considerar como parte de la escena underground, este espacio es exhibido con la carga del yugo oficialista, congruente con la nación a la que pertenecía. El diseño arquitectónico que recuerda a los antiguos teatros (en cine, gran diseño de producción), los asistentes a quienes no se les permite demostrar la intensidad de un concierto y se limitan a mover levemente los pies al ritmo o a sonreír con discreción mientras se saben observados por guardias, los artistas que apenas se mueven en el escenario e interpretan con cierta torpeza. El rock rojizo en ciernes.

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El rockero de la escena descrita es Mike Naumenko (Roman Bilyk) -protagonista durante el primer medio del desarrollo-, melómano e intérprete medioreconocido que ha hecho carrera traduciendo o “inspirándose” en material de sus ídolos del oeste como Bob Dylan o David Bowie. En esto cabe la primera lectura: la relación de amor/odio en esa época de los soviéticos con occidente.

Es una cuestión de perspectiva, pero existen múltiples fuentes bibliográficas, hemerográficas e incluso cinematográficas -viene a mi memoria Chuck Norris contra el comunismo (Ilinca Călugăreanu, 2015), documental que recuerda la aparición de cineclubes y del contrabando de producciones hollywoodenses en la Rumania de Nicolae Ceaușescu- que denuncian de cierta forma las carencias y limitaciones que vivía la población soviética de entonces y ni qué decir de los abusos de autoridad. Insisto, en todos lados se cuecen habas. Sin embargo, hablando de rock, es innegable que detrás de la cortina de hierro, la cultura de este género estaba mucho más desarrollada, ya incluso contando con varias fases y exponentes históricos conocidos en todo el globo. Los personajes consumen esta música prohibida vía contrabando, escriben las letras en sus libretas austeras de “de oído”, practicando el inglés lo mejor que pueden, y buscan imitar su estilo.


Esta disputa ideológica se ve reflejada en la mejor escena de la película, cuando un anciano ultracreyente del comunismo regaña a un joven rockero porque está simulando el estilo de vestimenta y música de sus enemigos ideológicos. El señor lo denuncia a los guardias del tren, quienes le ponen una golpiza por hereje, pero ahí inicia una secuencia que rompe con la narración -situación explicada por una figura imaginaria- y entra al espacio irreal con enorme virtud, valiéndose de elementos gráficos dibujados y planos largos, emulando un video musical -cantado en inglés, por supuesto-, donde se exhibe la esencia del género, mezclada con un poco de punk: contestatario, escandaloso y vivaz. Ser como no puedes ser, como no debes ser.

A pesar de que el filme muestra la transición hacia “la apertura”, se le recuerda al espectador que este movimiento de la nueva ola del rock ruso también era vigilada por el Estado. En una presentación del joven Viktor, hay cortes hacia una señora funcionaria que le explica a su superior cada movimiento del espectáculo para justificar su existencia. Era una forma de extender los límites hasta maniobrar con ellos y romperlos, aunque su destrucción viniera con la posterior caída de la utopía.

Leto es una mirada sensata hacia un movimiento musical desconocido y con muchos claroscuros, pero importante para comprender el reclamo de aflojar las cadenas de la última fase de un sistema utópico. También, una obra que representa provechosamente el ideal perseguido por el rock, aun si sus métricas y letras son precarias.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres.

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