Las niñas bien: la frágil promesa del bienestar

La prosperidad es una de las grandes promesas que se repite constantemente en México. Ni siquiera sexenio con sexenio, sino año con año es la cantaleta favorita de aquellos que ostentan el poder político y fáctico -y más en estos tiempos, pero ese es otro tema-.

Si recordamos el sexenio de José López Portillo, rápidamente brinca la frase “defenderé el peso como perro” y, por supuesto, una de las devaluaciones más fuertes que ha sufrido el peso mexicano frente al dólar. Sin embargo, así como apuntan Ariel Rodríguez Kuri y Renato González Mello en El fracaso del éxito, en realidad el optimismo previo a la crisis de 1982 era verdadero, pues a pesar de las debilidades a nivel macro del esquema económico de entonces, “había sido un modelo (…) que generó empleo, crecimiento y bienestar. La evidencia disponible muestra que los niveles de vida más altos en la historia de la sociedad mexicana se alcanzaron a principios de la década de los 80, después de cuatro décadas de industrialización y urbanización”. Es decir, el ocaso era posible, pero cayó de sopetón. Y cayó para todos…

Las niñas bien (2019) dirigida por Alejandra Márquez Abella y basada en el texto homónimo de Guadalupe Loaeza, se ubica históricamente en el periodo del JoLoPo, centrándose en los vaivenes de Sofía (espléndida Ilse Salas), una mujer hiperfifí -usando el vocabulario de estos tiempos- que disfruta las supercomodidades de la clase alta mexicana en, como dijimos, un momento sorprendentemente idóneo de la economía nacional. Pero, azota la crisis del ‘82 y todo comienza a desfallecer. Así pues, la trama desarrolla el lento descenso de la pirámide socioeconómica de esta mujer con todos los asegunes de la clase alta: la rasposa interacción del “club” exclusivo, los hábitos de consumo y la ceremoniosa rutina que padecen y gozan a la vez.

La sociedad mexicana parece estar dividida en una lógica de “ellos y nosotros”, independientemente desde dónde se vea. Desde la primera secuencia, comienza esta exposición de la marcada línea divisoria entre los dos grandes segmentos socioeconómicos: aquellos que fantasean con la posibilidad de conocer a Julio Iglesias en una aventura veraniega llena de excesos, hacen fiestas ostentosas, hacen bromas de escuelas privadas, y aquellos que no. O sea, al espectador se le introduce a un mundo tan suntuoso que parece irreal, pero no lo es. Es el México que también existe y donde cohabitamos todos sin saber.

Y es en la construcción psicológica de las figuras donde percibimos la mentalidad de estos seres. Las preocupaciones son el vino y el número de automóviles, el dar una “buena impresión” en una fiesta donde no hay mayor contacto que charlas cortas sobre negocios y levemente sobre política. No considero que sea una crítica -y no, eso no es un defecto-, sino que la primera mitad de la cinta es mayormente un retrato detallado de “ellos(as)”, quienes existen e interactúan dentro y con un imaginario.

Esta idea se ve reforzada con el diseño fotográfico compuesto mayormente por planos generales en ejes altos que capturan toda la vanidad de esta irrealidad verosímil. Postales del imaginario. Igualmente con los movimientos de cámara, especialmente en una de las mejores escenas, donde observamos la áspera conversación en el desayuno con las amigas. Con fluidos travellings circulares se captura toda la frivolidad de las señoras, desprestigiando a las que les caen mal y chismeando sobre el dinero de otras. Ellas creen que todo gira alrededor de esa mesa y queda excelentemente adjetivado.

En la segunda mitad y relatando, en numerosas ocasiones, con virtud desde el campo vacío, ocurre el rompimiento cuando se anuncia la devaluación del peso en el noticiero. Aquí entra la desesperación y la cámara se concentra en la protagonista que comienza a sufrir los estragos de la crisis, iniciando con una tarjeta rechazada en “El Palacio”. El abolengo se va desmoronando en una trágica hecatombe plagada de impotencia por la imposibilidad de controlar el destino. Es decir, en la segunda parte irrumpe la realidad, quedando insertos algunos planos contemplativos para exhibir la demolición de la fantasía y el primer contacto con el decadente suelo.

Las niñas bien es una gran proyección de la dualidad existente en este país: ellos y nosotros, pueblo y fifís, como quiera llamarlo. Sin querer (o queriendo) adquiere actualidad cuando el discurso oficial refuerza esta diferenciación. Además, consigue capturar la esencia aspiracional inherente a la sociedad mexicana, la que constantemente persigue el imaginario.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

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