Soles negros: las voces que gritan en la oscuridad

Desde hace varias décadas México ha perdido la luminosidad de sus bellos paisajes. La delincuencia e impunidad de las autoridades han convertido a nuestro país en un retrato gris, dominado por el silencio sepulcral de las víctimas obligadas a permanecer en las sombras.

El viaje comenzó con el libro Huesos en el desierto (2002) del periodista Sergio González Rodríguez; una crónica sobre la alarmante cifra de feminicidios perpetuados en Ciudad Juárez desde principios de los años 90, crímenes silenciados por las propias autoridades debido a su complicidad con los victimarios, algunos de ellos con altos mandos en el gobierno.

La narración del escritor fue la inspiración que condujo al canadiense Julien Elie a realizar Soles negros (2018), un documental que como punto de partida toma el lugar donde inició el caos. Y como si no hubiese pasado el tiempo, el largometraje muestra que las desaparecidas lo siguen estando, los familiares permanecen sin respuestas, las autoridades continúan protegiendo a los perpetuadores, y el crimen ya no es algo exclusivo de Juárez: se ha extendido a lo largo y ancho de todo el territorio nacional.

Elie recorre las calles en cinco de los 32 estados en los que el crimen organizado ha nublado al país. A lo largo del documental las voces protagonistas de esta historia cuentan lo difícil que es seguir la lucha por esclarecer la desaparición o el asesinato de sus seres queridos, aun con las amenazas o trabas que el propio gobierno les imponen.

La convicción de estos activistas por no ceder ante el miedo son las pequeñas luces de esperanza, apenas visibles a la mirada del espectador, que de a poco iluminan el ennegrecido mapa proyectado en la pantalla de cine, resultado de la edición cinematográfica a cargo de Aube Foglia, pero que a su vez simboliza la realidad del país.

Soles negros también habla sobre el México de los contrastes. Los grandes paisajes naturales captados por la lente de los fotógrafos François Messier-Rheault, Ernesto Pardo y Orion Szyde, en color blanco y negro, desprenden el recuerdo de Gabriel Figueroa. Panoramas ahora desencantados, utilizados cada vez con mayor frecuencia como fosas comunes. Cementerios clandestinos con cientos, miles, millones de huesos tirados en el desierto, revisados a diario por las familias, quienes ante la falta de apoyo se convirtieron en peritos forenses, anatomistas, detectives y guardaespaldas. Son superhéroes sin serlo, porque no les quedó de otra.

Aun con ello no son inmunes a la balas ni al miedo que provocan las amenazas de muerte de las que son objeto. En el documental este sentir es latente, en ocasiones gracias a la música de Mimi Allard, que condensa el ambiente de terror a través de su tétrica composición melódica, pero la mayor parte del tiempo basta con la mera presentación del material y el relato de las víctimas para hacer temblar el corazón.

Soles negros, película ganadora del Premio del Público en el marco de la novena edición del FICUNAM, es el recuerdo de voces anteriores.

Durante sus dos horas y media de duración, el cineasta canadiense retoma el documental El grito (1968) para rememorar a través de sus imágenes la masacre de los estudiantes en Tlatelolco; los primeros planos de Soles Negros recuerdan a las señoritas extraviadas, el largometraje realizado en 2001 por Lourdes Portillo; en los recorridos que el cineasta realiza por las calles de Iguala, se evoca aquella noche fatídica en la que 43 estudiantes desaparecieron sin dejar rastro alguno.

Cada suceso, puesto en perspectiva respecto a los casos actuales, dan cuenta de la ola incontrolable de violencia que domina al territorio, la cual asciende paulatinamente años tras año.

El segundo trabajo del director canadiense es un relato íntimo, construido desde la mirada de un realizador extranjero interesado en descubrir el otro amanecer de México, el que no figura entre los panfletos turísticos pero está ahí, manifestándose desde la oscuridad gracias a las voces gritando cada vez más fuerte, exigiendo justicia por quienes ya no pueden levantar la voz.

Diana Mendoza 

Editora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte.

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