Un asunto de familia: la humanidad en los lazos

El preguntarse qué constituye a una familia puede parecer sencillo de contestar, pero es una cuestión que guarda cierta complejidad, tal como lo elabora Hirokazu Kore-eda en Un asunto de familia (título sorprendentemente, más adecuado que Shoplifters), su décimo octavo largometraje.

Cuando una pareja adopta a un(a) niño(a) -por la vía legal o de facto-, comparten actividades y realmente se nota un cariño y procuración del otro, nadie se atrevería a debatir su carácter de grupo familiar. Kore-eda reflexiona sobre este asunto de las configuraciones familiares en un argumento así: la conformación y cotidianidad de un clan formado por personas con diferentes trasfondos y no necesariamente lazos sanguíneos que “rescatan” a la pequeña Yuri (Miyu Sasaki), después renombrada Lin por ellos, de su familia abusadora. La película elabora el paulatino apego emocional de estos misfits con Lin y sobre el aspecto legal-social de lo que significa ser familia.

Común en la trayectoria del director, los personajes y su desarrollo suelen ser uno de sus pilares narrativos, virtud adecuadamente tratada en esta historia. Este clan variopinto está integrado por Osamu (Lily Franky), un haragán amoroso con grandes deseos de ser padre y que lo llamen como tal -aspiración expresa en distintos momentos, matiz psicológico clave para el desarrollo-; Nobuyo (Sakura Andô), empleada en un centro de lavado y madre postiza de todos; Hatsue Shibata (Kirin Kiki), la abuela benefactora y poseedora de toda la sabiduría ancestral -¡como son buena parte de las abuelas del mundo!-; Aki (Mayu Matsuoka), nieta real de la señora y trabajadora en un centro de diversión para adultos; Shota (Jyo Kairi), el “hermano mayor”, quien también fue “rescatado” y se nota receloso de integrar a alguien nuevo; y la pequeña y temerosa Lin.

La primera parte contiene toda la aclimatación de la “hija” desconocida y la vida normal de estas personas que se encuentran en condiciones de pobreza, dependientes totalmente de su engaño al seguro social japonés -la pensión que recibe la abuela al, supuestamente, vivir sola y no tener familiares- y de lo que puedan obtener de sus robos hormiga -de ahí el Shoplifters (ladrones de tiendas)-.

Sin condescendencia o idealización de la pobreza, la mirada es agradable hacia quienes basan su estilo de vida principalmente en la convivencia y el entendimiento mutuo, creando un ambiente familiar sano a pesar de su nula relación real -genética-.

Ahora bien, después del evento catalizador que no adelantaré, la trama se rompe y se desata un tono escabroso y sorprendentemente trágico, el cual destapa los aparentes verdaderos motivos y secretos de esta pandilla; a mi parecer, el núcleo subtextual más importante de la película.

En esta comunidad imperaba el amor y la comprensión, pero igualmente son responsables de actos cuestionables por su calidad moral (ya verán a lo que me refiero), además de que, en estricto sentido, violaban la ley al robar de las tiendas. Sin importar nada, nuestra familia -escogida o no- son seres humanos imperfectos y que pueden tomar decisiones difíciles o pueden conducirse por motivos egoístas o simplemente dañarnos con intención o sin ella, y no dejar de sentir/mostrar cariño el uno(a) por el otro. Es decir, la desmitificación de los lazos familiares, usualmente concebidos como entrañas de pureza moral.

La película también expone la configuración socioeconómica de Japón, pero aplicable a otros países. Los personajes viven en un espacio bastante reducido para una familia de seis integrantes y su entorno constantemente muestra una urbe rebasada por su enorme población, misma que exhibe signos de agobio por el trabajo y gran miedo a la soledad. Esto es representado en varias líneas de La Abuela, quien explícitamente dice no querer morir sola y en la secuencia más potente de la película que es fotografiada con maestría, donde Aki solicita ir con cliente a un salón privado únicamente a platicar sobre su familia y sobre su día. Ese señor, visiblemente miserable en el interior, queda dormido sobre sus piernas, dejando lágrimas sobre ella por haber recibido un acto de genuino interés.

Estremecedora sin dejar de ser conmovedora, Un asunto de familia es un interesante mosaico sobre la complejidad de las relaciones humanas y sus alteraciones ante las necesidades socioeconómicas posmodernas. También, un gran despliegue de capacidades cinematográficas de un consolidado Hirokazu Kore-eda.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

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