Belzebuth: el demonio en cámara

¿Qué se puede decir del cine mexicano de horror? Realmente muy poco. Recientemente se le ha valorado más a Carlos Enrique Taboada por su filmografía que posee un particular encanto -algo formulaico-, además de ser apreciado por el público. El libro de piedra (1969) -personalmente, creo que es la película más escalofriante del cine nacional-, Más negro que la noche (1975) y Veneno para las hadas (1984) son los referentes mexicanos dentro del género. Siendo muy espléndido, Kilómetro 31 (2006) por ser la última que causara revuelo… y párale de contar.

A pesar de que esta categoría está decadente en todo el mundo, no deja de ser atendida por los creadores nacionales -aunque con cada vez menos intentos-, pero casi siempre fracasando por falta de creatividad narrativa aderezada con motivos presupuestales. Hace mucho que no llega algo rescatable.

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Emilio Portes, creador cercano pero no inserto a las dicotomías religiosas con su Pastorela (2011), decidió intentar con Belzebuth, proyecto que tardó tres años en concretarse. La historia versa alrededor de Emmanuel Ritter (Joaquín Cosío, viejo conocido de Portes), un agente policiaco que debe investigar una serie de crímenes contra niños que le recordarán la trágica muerte de su hijo en un despiadado asesinato aparentemente inmotivado y, hasta entonces, inexplicable.

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Al tratarse de un desarrollo que involucra investigaciones, la trama combina con suficiente provecho el cine policiaco con el subgénero de posesiones demoníacas al no perder el hilo conductor primario, la resolución de los siniestros, sin dejar de lado el aspecto paranormal. Con el pasar de los minutos ambas corrientes se juntan cada vez más hasta el punto climático que involucra una secuencia de posesión que refleja cierta escasez presupuestal por la apariencia del ente, pero es adecuadamente sostenida por el cuadro escénico general como para no ser cómica. De hecho, hay numerosas escenas que involucran efectos visuales sorprendentes para el estándar de una producción mexicana.

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En la construcción del protagonista vemos a un polizonte endurecido por la crueldad que la vida -y otras entidades- tuvieron con él, supuestamente escéptico con las pendejadas de fantasmas y la magia; pero, destaca el sentimiento de culpa no sólo por la muerte de su hijo que no pudo evitar, sino por su esposa fallecida a causa de un suicidio apoyado por su constante ausencia al no querer enfrentar el duelo con ella, el cual es reflejado en su comportamiento y expresado en momentos clave con flashbacks montados precisamente. La desolación que se enfrenta con la dureza propia de su oficio. Vaya, no es ninguna maravilla dentro del subgénero, pero aún para los mínimos hay que reconocer las virtudes.

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Ahora bien, lo más interesante de la película es el compromiso que tiene para con su propio argumento y el universo que construye alrededor de él. Veamos -y tratando de no adelantar nada-: una pareja de agentes, uno crédulo y el otro dudoso sobre lo paranormal, con cierta esencia del estereotípico policia mexicano corrupto y bravucón, deben resolver una serie de asesinatos contra niños y son apoyados por el tímido gringo especialista en fenómenos paranormales con formación eclesiástica (sí, el gringo es el segundón y eso también es de apreciarse) para descubrir que hay un cura excomulgado por “satánico” que posiblemente es la mente maestra, y todo el asunto podría tener implicaciones gigantescas para la humanidad. Sin lugar a dudas, es una trama sumamente inventiva y hasta viajada, y ahí está el encanto. Estas son licencias creativas que el canon nacional no suele otorgarse y que, aparte, no suele apoyar con su propia adjetivación en pantalla. No importa qué tan extraño sea todo, el filme lo sustenta con su libreto, el trabajo actoral -un amplio rango de Cosío y aceptable labor del resto del elenco- y la realización con un notable diseño de producción y sonoro para crear atmósferas posiblemente inquietantes para buena parte del público.

Es decir, Belzebuth es una obra de género con todas las letras. Salvo el desenlace donde sí se dispara el cliché como programa paranormal de televisión y de las convenciones genéricas, es una película consciente de su relato y que toma muchos riesgos aceptables, elaborada con gran decencia y con numerosos puntos altos. Planteando una analogía, éste es un vídeo de apariciones o demonios donde sí se ve algo, y eso ha sido filmado con notoria competencia.

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

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