Los ángeles visten de blanco: la opresión hacia las mujeres chinas

Por: Mauricio Hernández (@MauHeRa)

La discusión en temáticas de género está cada vez más presente en la sociedad y, por ende, en los productos audiovisuales, no sólo como exposición de un tema; también, en el caso de la violencia de género, sirve para introducirlo a la esfera pública como un hecho innegable. 

Los ángeles visten de blanco (Vivian Qu, 2017) cuenta la historia de dos ángeles -en sentido figurado- de 12 años que son despojadas de su inocencia en un motel. La recepcionista es la única testigo, pero por el temor de perder su empleo se debate entre dar la información para la resolución del caso y el silencio por su seguridad.

Una de las niñas mira por debajo de la falda de una escultura gigante de Marilyn Monroe que, obviamente, no tiene genitales, pero ella esperaba encontrar algo. Esta escena inicial plantea la curiosidad de la infante por esa parte de su cuerpo. La inocente curiosidad.

Después, cuando se desarrolla el hilo conductor del arrebato de la infancia, podemos decir que la historia se parte en tres: el proceso personal de Wen (la víctima protagonista, interpretada Meijun Zhou), el dilema de la trabajadora del hotel (Mia, encarnada por Qi Wen) y el tortuoso viacrucis administrativo de la investigación policiaca que involucra demasiada burocracia.

Lejos de caer en el siempre fallido cliché de “ponerte en los zapatos de quien lo vive”, pues es virtualmente imposible comprender ese dolor y ese suceso, para la primera subtrama descrita, la cinta permanece en constante acercamiento a las expresiones de tristeza y confusión de la chica, disminuyendo al público a meros observantes de la quietud de la víctima ante la desorientación de quienes le rodean.

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Captamos sólo con sonido fuera del cuadro la agobiante tristeza de su ser que sólo es oyente de las discusiones de sus padres que se culpan el uno al otro, de las preguntas incómodas de los polizontes y médicos; sólo miramos el alma destrozada de alguien que de ninguna manera merece lo que le pasa y está totalmente confundida. El desconcierto total.

El subargumento de Mia está constituido por la exploración moral del único testigo, de quien depende, en buena parte, la sentencia de tal atrocidad. Un debate constante entre la manutención material propia y extender la mano a una pequeña extraña que fue víctima del mundo. En este segmento se agregan otros factores como el personaje de Lily (Jing Peng), la hermana de Mia, muchacha extrovertida ya totalmente acostumbrada a la misoginia de su entorno, pues su deseo constantemente manifestado es estar con alguien que “pague mucho por su virginidad”. Las ideas eminentemente patriarcales de Lily y la duda de Mia de si seguirlas o no, componen una precisa crítica a los valores impuestos por la sociedad, donde la “pulcritud” significada como la virginidad es algo que tiene un valor monetario; o sea, la mercantilización de lo femenino.

Para adjetivar en pantalla el dificultoso procedimiento posterior al ataque, el filme recurre, de nuevo, al acercamiento a las expresiones de los involucrados con el desasosiego permanente por estar inmersos en un problema así; pero también a encuadres que sólo contienen a los sujetos conversando, lo que da una sensación incómoda de formalidad, de pasividad ante el derrumbe emocional de las perjudicadas… inmovilidad que, de alguna forma, las deshumaniza al volverlas parte únicamente del trámite y la estadística. Todo esto queda virtuosamente expresado en la secuencia climática, donde en un plano subjetivo sólo contemplamos las piernas abiertas del ángel y las caras de los médicos que pasan a revisar para dar el veredicto final del caso por un “procedimiento de rutina”. La impasibilidad de los terapeutas contrasta totalmente con el momento y, al ser un chequeo sumamente rápido y sin empatía notoria con la paciente, se revela la insensibilidad ante el sufrimiento. La frialdad del consultorio y la oficina.

Los ángeles visten de blanco es una desgarradora tragedia que, aparte de ser relatada con sobria virtud, ubica al espectador en la terrible realidad de muchas mujeres, no sólo cuando son víctimas, igualmente destaca el peligro constante que viven. Este es, desafortunadamente, un relato real. Los ángeles visten de blanco y nadie debería manchar sus atuendos.

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